"Si la historia la escriben los que ganan, quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia."
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lunes, 29 de agosto de 2022

Ante otro nuevo aniversario del 26 de agosto

En este cuaderno de bitácora ya nos hemos referido varias veces al asesinato de Santiago de Liniers y compañeros mártires de la lealtad el 26 de agosto de 1810.

Más allá de algún matiz en el primero y algún reparo en el segundo, compartimos dos trabajos que nos parecen interesantes para leer en estos días:

Si desean leer más sobre la cuestión, recomendamos lo que ya hemos publicado aquí:


lunes, 9 de enero de 2017

La mirada de un oficial británico



H.M.S. “Nereus”*, frente a Buenos Aires, 27 de enero de 1813.


Al Honorable Lord Vizconde Melville**.


Mi Lord,


Desde que tuve el honor de dirigirme a Su Señoría, vía el buque “Braganza”, hace casi una quincena, los asuntos han venido ocurriendo aquí tolerablemente tranquilos, aunque, en las últimas seis semanas, más de mil españoles han sido desterrados al interior con varios pretextos que parecieron suficientes.


La última inteligencia que hemos recibido desde el norte de Europa hasta el 13 de noviembre y desde otros lugares les ha hecho suspender por el momento la declaración de su independencia y en el presente se encuentran muy tranquilos sobre aquel asunto.


Un evento de alguna importancia ocurrió el 23 y espero que no sólo sirva a la gente de este país sino que también retire algunos obstáculos al comercio británico y produzca un giro más favorable en el gobierno. Dudo si ya he mencionado a Su Señoría en cartas anteriores detalles concernientes a la influencia que un hombre llamado Francisco Paso ha obtenido mediante conspiraciones e intrigas sobre el gobierno de aquí, del cual su hermano Don Juan José Paso es el presidente. Estos dos hombres son los hijos de un panadero y Don José es un abogado aplicado, intrigante y muy ambicioso. Fue secretario de la Primera Junta y logró conservar terreno cuando Moreno (quien murió en viaje a Inglaterra) cayó y cuando los diputados forzaron el gobierno en diciembre de 1810. Él estaba conectado al partido de Moreno que falló en oponerse al Presidente en 1811, en el mes de abril, y aunque todos fueron desterrados, él logró escapar de este destino pretendiendo estar enfermo, y con otras maniobras. Después, complotado con el partido triunfante, fue uno de los dirigentes de la Diputación que llevé a Montevideo a tratar con el General Elío, logrando la paz que pronto se hizo realidad. Fue justo después de nuestro retorno, en septiembre de 1811, que Juan Paso se unió a Sarratea (ahora capitán general y comandante en jefe de las fuerzas del gobierno en la banda opuesta) y Chiclana, para establecer el Triunvirato, del cual fue el miembro más inferior. Condujeron la Junta y enviaron a los diputados de las otras ciudades de regreso a su vida privada. Se había estipulado que cada uno de los miembros de este Triunvirato iba a retirarse cada seis meses, y Paso de acuerdo con esto se retiró último, cuando Pueyrredón fue electo en su lugar. Aunque se había decretado que un miembro retirado no podía ser electo nuevamente por un lapso de diez meses, en octubre pasado, justo después de que yo llegué, cuando las elecciones equitativas y justas fueron dejadas de lado por las intrigas de los Paso, Don Juan José fue electo Presidente del gobierno, con [Rodríguez] Peña y [Álvarez] Jonte como sus colegas. Desde entonces él se ha visto sostenido poderosamente por su hermano Francisco, cuya situación ponía a numerosos oficiales pagos bajo su control y sueldo; y por sus intrigas e influencia fuera del fuerte, incluso el gobierno dentro de él es su servidor. Su cargo de Comandante del Resguardo puso sumas muy considerables a su disposición, a través de expropiaciones y otros medios, y los informes son cosa corriente aquí (publicados en las gacetas de Montevideo), que adelantó 23.000 dólares [sic] a los oficiales de algunos cuerpos y así aseguró la elección de su hermano para la Presidencia. El pueblo de esta ciudad ya cansado del régimen tiránico de la facción de los Paso, emprendieron por algún tiempo la aceleración de la asamblea de los Diputados, con la esperanza de efectuar cambios en el gobierno así como en el sistema actualmente en vigencia, y Francisco Paso, al mismo tiempo ha intentado cualquier medio posible para contrarrestar sus esfuerzos; pero afortunadamente ha sido demasiado intrigante aún para sus mismos asociados, como suelen ser generalmente los hombres de mente siniestra, y ha caído él mismo en la misma trampa que tendió para otros. Fue descubierto*** el pasado 22 que otra vez había estado conspirando con los comandantes de los cuerpos, a través de la intervención de algunas herramientas corruptas de su facción, con el fin de ganarlos para su bando; y del mismo modo en que logró procurar la elección de su hermano mediantes lo militares, esperaba de nuevo desconcertar a todos en la próxima elección, y, por los mismos medios, mantener a su hermano en el sillón. Pero fue traicionado, acusado y detectado; y a plena luz del día, el 23, fue, por orden del gobierno, aprendido en su propia casa, y desterrado inmediatamente, lo mismo que sus cómplices, bajo una escolta de dragones hasta San Juan, donde aún permanece.


No pronto se deshicieron de este hombre, tuvo lugar una elección justa y cuatro diputados fueron elegidos ese día en Buenos Aires. Me dicen que se han presentado muchos cargos de enormidades contra Francisco Paso, algunas de la cuales, se supone, si se prueban, pondrán en gran riesgo su vida, en tanto que él ha hecho mucho más de los crímenes por los que los viejos españoles pagaron con su vida. Su hermano, el Presidente, quien se encontraba fuera de la ciudad y no supo de su arresto y defenestración hasta su regreso, continúa aún en su cargo, pero, cuando la asamblea, como se informa, se reúna el 31, es muy probable que lo depongan. Es muy difícil decir qué clase de hombres pueden quedar a cargo a continuación. Un hombre del que se habla que tiene probabilidades de tener éxito es Don Juan Larrea. Él es un catalán, de la ambición más activa y turbulenta. Su propiedad es muy cuestionada, puesto que aunque tuvo oportunidades de amasar una gran fortuna, ha contribuido grandemente, en ocasiones, a la lucha de partidos. Él fue uno de los conspiradores contra Liniers, con Álzaga (quien fue fusilado el último julio en la Plaza) y estuvo luego preso durante un tiempo. Aunque nacido en España, es un decidido defensor de la libertad americana y la independencia. Fue desterrado a San Juan en abril de 1811 (siendo uno de los conspiradores de Moreno contra Saavedra) y llamado de regreso en septiembre. Sin embargo, sólo arribó a la ciudad hace unas pocas semanas y está ahora haciendo publicidad para lograr un escaño en el gobierno en la próxima elección. Uno de sus hermanos ingresó al nuevo cuerpo de caballería comandado por San Martín. Este cuerpo tendrá más peso en las elecciones que toda la ciudad de Buenos Aires unida (sic), si la unión fuese algo que aquí puede pasar. Larrea, aunque estuvo antes en el gobierno, era, creo entender, un amigo decidido de lo inglés y de nuestro comercio. Es bien entendido en asuntos mercantiles, es un hombre de experiencia y conocimiento, habiendo pasado bastante tiempo en Inglaterra y varios lugares de Europa.


7 de Febrero.— Nos ha llegado hace un instante inteligencia de la desafortunada captura del “Java” por la fragata estadounidense “Constitution” el pasado trece de diciembre****, navío mediante el cual envíe esta carta. Otros reportes nos informan que algunos corsarios operan en las costas de Brasil, así como la fragata “Essex” y las balandras de guerra “Hornet” y “Wasp” con bandera americana.  Tengo entonces una nueva oportunidad de dirigirme a su Señoría para comentarle que la Asamblea de Diputados de las ciudades y provincias (todos electos en la ciudad de Buenos Aires) se reunieron el 31 último; ratificación oficinal e inesperada que me hizo personalmente el señor secretario Guido, y que he transmitido en el “Emerald”. Como soy perfectamente consciente del motivo de Su Excelencia para dirigirme tal comunicación, me limité a acusar recibo de la misma. Este Don Carlos Alvear, que ha sido nombrado Presidente de esta Asamblea soberana, es uno de los aventureros que llegó en el buque “George Canning” desde Inglaterra, de los cuales hice mención en una carta anterior a Su Señoría.


Esta augusta asamblea está compuesta de personajes de similar estampa: hombres sin respetabilidad ni conexión, sino turbulentos, ambiciosos, demagogos democráticos, quienes en tiempos revolucionarios como éstos, tienen todo por ganar y poco para perder más que sus cabezas. En esta Asamblea reside el Poder Legislativo, y en verdad toda la autoridad y poder. Sus decretos, firmados por su Presidente y uno de sus Secretarios, deben ser ley. El poder ejecutivo recae en el Triunvirato, como antes, pero está sometido por entero a la Asamblea soberana; aunque aún esté compuesto de los mismos hombres: Paso, Peña y Jonte. Bajo el actual estado de cosas, importa poco quiénes son las trompetas parlanchinas de la Asamblea y, por lo tanto, como el poder e influencia del Triunvirato está ahora reducido a poco o nada, dejarán de ser el objeto de la envidia y la ambición, y es probable que permanezcan en su sitio por más tiempo. Los jefes del Ejército, bajo el gobierno ante Montevideo, están variando. Artigas no se dignará a servir bajo Sarratea: se ha rebelado completamente a su mando y no sólo le ha cortado todos los suministros al ejército de Sarratea, sino que está suministrando ganado a Montevideo. Consecuencia de estos disensos, se rumorea aquí que el sitio será levantado y que las tropas recruzarán el río, y luego serán enviadas a reforzar a Belgrano en Perú, quien, se dice, está en marcha desde Tucumán hacia Salta. Desde la última salida desde Montevideo, en la cual envié un reporte a Su Excelencia en el “Braganza”, el General Vigodet ha enviado una pequeña expedición río arriba, que ha fracasado en su objetivo, cualquier éste haya sido. Hicimos una salva de honor en Buenos Aires ayer, en celebración por la victoria que ellos dicen [sic] que han ganado. Al escuchar, unos días atrás, que los montevideanos habían desembarcado río arriba, el coronel San Martín fue enviado con ciento cincuenta de su regimiento para oponérseles; cien infantes fueron con él, pero no pudieron seguirles el paso por falta de postas de caballos en el camino. En el campillo de San Lorenzo, unas sesenta leguas de Buenos Aires, San Martín cayó sobre sus enemigos, unos doscientos veinte, a quienes atacó con fuerza inferior y derrotó,  matando e hiriendo a cuarenta, y tomando diez prisioneros, dos piezas de artillería y un estandarte. El resto precipitadamente se retiró a sus navíos, cuyas armas impidieron que su retirada se viera cortada. Del lado de Buenos Aires hubo ocho muertos y heridos, entre los últimos el coronel San Martín. Al menos así cuentan la historia aquí. La de los montevideanos podría ser muy distinta.


La Soberanía [sic] está siendo excesivamente empleada en las tareas ardorosas empeñadas por esa alta autoridad [sic] para la que fue elevada. Ayer fue promulgada una orden por el Ejecutivo por la que todos los europeos que tengan empleos del gobierno y que no soliciten la ciudadanía en quince días, sean expulsados del servicio. Muchas personas respetables, que han pasado sus vidas en cargos públicos y que están muy familiarizadas con sus rutinas, sin duda serán sacadas para hacer lugar a algunos salvajes e ignorantes criollos. No poca confusión, en varios departamentos del gobierno, será con toda probabilidad la consecuencia. El último lunes, el Obispo de Salta fue ordenado a comparecer ante la Soberanía sólo para realizar los juramentos. Apareció en sus ornamentos mostrando así su situación de prisionero, separado de su diócesis. Se le ordenó regresar, y deseó venirse portando los ornamentos que se puso ante Fernando VII, y dejar sentado que la Asamblea es ahora el Soberano, y que probablemente representaba un soberano mayor a cualquier otro monarca europeo. El Obispo se retiró y fue ayer vestido según las órdenes, siendo admitido a tomar el juramento, y se le ordenó retirarse nuevamente, sin demostrársele la menor civilidad.


Estoy feliz de comunicarle que la más cordial harmonía existe en este momento entre los oficiales que comandan la Infantería de Marina y mis oficiales y yo, siendo que sus navíos con frecuencia anclan cerca de los nuestros y se intercambian amigables saludos. Ocasionalmente me carteo con Su Excelencia el general Vigodet, en un estilo tal que me permite compartir sus cartas con el gobierno aquí cuando las recibo, así como las mías, a una persona de su confianza, con la cual yo estoy  en términos íntimos, destruyendo por completo la operación de ese sospechoso celo que es una característica tan prominente del carácter español. Toda política local es evitada y nada se toca jamás, excepto en lo concerniente a nuestra causa común en la Península o en otras partes de Europa; y ambas partes están al tanto de que estoy en contra de mantener correspondencia con una sin que la otra esté enterada por lo que, por supuesto, se cuidan en el lenguaje para evitar verse en un dilema.


El Cónsul General de los Estados Unidos en este lugar, de cuyo nombramiento le escribí a Su Señoría, por el “Braganza”, aún no llegó, ni puede esperarlo ahora, me imagino, bajo el estado actual de las cosas. Todo esto considerado, se hace cada días más deseable que alguna clase de agente desde Inglaterra sea enviado con algún carácter oficial y comercial (si la naturaleza de las cosas no admiten que sea investido públicamente con cualquier cargo diplomático) para observar y dar información acerca de lo que está ocurriendo aquí y contrarrestar los esfuerzos irredentos de nuestros enemigos inveterados, los ciudadanos de los Estados Unidos, que están haciendo contra nosotros; y sería muy deseable que uno o dos buques pequeños de guerra sean estacionados en este río, donde es casi imposible para un buque de la clase y calado del “Nereus”, con demasiada frecuencia, actuar, o incluso defenderse contra cualquier fuerza inferior que desplace tres o cuatro pies menos de agua, cuando queda, por la bajante repentina del agua del río, fija inmovilizada en el fango. Los buques grandes, que desplazan más de quince pies de agua, pueden, al desplegarse frente a Buenos Aires, impresionar a sus gobernantes y habitantes (ignorantes como son de las cuestiones náuticas), pero son absolutamente inadecuados para la protección del comercio en este río y, en muchos puntos, menos efectivos para la defensa de navíos mercantes contra los ataques de naves mucho más livianas que los navíos más pequeños. Ningún buque que desplace más de quince pies debería ser enviado a este río; el “Nereus” tiene 18 pies 5 pulgadas de calado y por distancias de más de treinta millas me he visto obligado a empujarlo hasta los 18 pies y a veces menos hasta aguas más profundas; y donde ahora estamos anclados, a ocho millas de Buenos Aires, con frecuencia tenemos menos de catorce pies de agua a nuestro alrededor, y el buque queda tan firme como una iglesia, e igual indefendible en los ángulos que sus armas no alcanzan, y cuyos botes no sean equivalentes. Estos males, mi Lord, se suman a la consideración de que en este país no existe un hombre que pueda pilotear este buque sin mí, hacen que la responsabilidad que siendo no sea de poco peso. Sin embargo, hago lo mejor que puedo y espero lo mejor.


Tengo el honor de ser, &c.,


P. H. (Peter Heywood*****)

Retrato de Peter Heywood por John Simpson (National Maritime Museum).



[A Memoir of the Late Captain Peter Heywood, R.N., with extracts from his Diaries and Correspondence, by Edward Tagart (London: Published by Effingham Wilson, Royal Exchange, 1832).]


*El H.M.S. “Nereus” era una fragata clase “Amphion” de 5ª categoría, lanzada el 4 de marzo de 1809 por la compañía South Shields de Durham y completando su alistamiento el 17 de julio del mismo año en el dique de Chatham. El 30 de agosto de 1810 fue enviada a América del Sur. El 15 de junio de 1812 puso proa nuevamente hacia el río de la Plata. En 1813 su comandante, el capitán Peter Heywood fue reemplazado por el también capitán Manley Hall Dixon. El 14 de noviembre de 1814 regresó a Portsmouth desde Buenos Aires. En enero de 1815 es retirado del servicio en Woolwich y, tiempo después, transformado en transporte de tropas. En febrero de 1817 será desarmado en Deptford. 
**Robert Dundas, 2º Vizconde Melville (1771-1851), en aquella época era Primer Lord del Almirantazgo. 
***La conspiración había sido denunciada por José de San Martín, Francisco Ortiz de Ocampo y Manuel Pinto, partícipes de la misma en un primer momento, por oficio reservado al Triunvirato el día 21. 
****En realidad la captura de la fragata ligera H.M.S. “Java” por la fragata pesada U.S.S. “Constitution” tuvo lugar el 29/XII/1813. 

*****Peter Heywood (1772-1831) fue un célebre oficial naval británico. Hijo de una notable familia de la isla de Man, a los 17 años fue uno de los amotinados del H.M.S. “Bounty” en 1789. Perdonado por el Rey en 1792, continuó su carrera naval por otros 20 años. Se distinguió en las guerras napoleónicas, logrando quitarse el estigma de “amotinado convicto”. Estuvo en el río de la Plata durante las Invasiones Inglesas y quedó en el estuario hasta 1808 a bordo del H.M.S. “Polyphemus” del contralmirante Murray en tareas de reconocimiento y protección de la marina mercante británica en el Atlántico Sur. En mayo de 1809 el capitán Heywood recibió el mando del H.M.S. “Nereus” y tras un corto servicio en el Mediterráneo recibió la orden de proteger las embarcaciones mercantes de su país en el río de la Plata. A mediados de 1813, regresó a Inglaterra como comandante del H.M.S. “Montagu”, con el que tuvo el honor de escoltar a Luis XVIII cuando su regreso a Francia en mayo de 1814. En julio de 1816, Heywood se retiró, se casó con una viuda llamada Frances Joliffe y se asentó en Highgate (Londres).

lunes, 18 de abril de 2016

Los Próceres de Mayo y el espionaje británico

El 12 de diciembre de 1804, España declara la guerra a Gran Bretaña. Era la respuesta ante un acto de piratería del almirante Cochrane que, con la excusa de evitar que los tesoros de América fuesen a parar a las arcas de Napoleón, había capturado cuatro fragatas venidas de Montevideo.

En una de éstas, el buque "Clara", viajaba la familia de Diego de Alvear, quienes fueron llevados a Gran Bretaña. El hijo de don Diego, Carlos María, recibiría una educación bastante decente en institutos ingleses, con los años pasaría a América con los miembros de la Logia Lautaro y lo demás es historia conocida.

¿Cómo supo Cochrane del cargamento? Un irlandés de apellido Burke.

Hacía dos años que James Florence Burke se había asentado en Buenos Aires. Vino acompañado y recomendado por el comerciante Tomás O'Gorman. O'Gorman era hijo de un médico que había llegado al Río de la Plata en la expedición de Pedro de Cevallos.

O'Gorman que, aunque criado en el Plata, sirvió en el Ejército Británico y se retiró con el grado de Capitán, casó con la francesa Anne Perichon, oriunda de la isla de Mauricio en el Índico (Île de France, en aquel tiempo, que pocos años después pasaría a dominio británico), venida al país con sus hermanos Jean-Baptiste, Étienne y Louis. O'Gorman y Perichon serán los abuelos de la "famosa" Camila. Ana Perichon, "la Perichona", será acusada de amante y luego concubina de Liniers por los enemigos de éste. Entre ellos, Álzaga la acusará de espiar a Liniers para los británicos y, finalmente, el Virrey la enviará al exilio, donde, en Río de Janeiro, será amante de Lord Strangford.

En Buenos Aires, Burke será vinculado por Juan Bautista Perichon, a quien había conocido en Madrid, al grupo librecambista e independentista del que formaban parte Castelli, Rodríguez Peña, Vieytes, Irigoyen, Warnes, Maestre y Belgrano.

Sabemos de los registros del Foreign Office que Burke tuvo una entrevista con Sir David Baird y Sir Home Popham a bordo de un buque anclado en la bahía de Todos los Santos frente a la costa de Brasil el 10 de noviembre de 1805.

Éste es el mismo Burke al que se refiere el almirante Sidney Smith, desde Río de Janeiro, en un informe a Lord Castlereagh del 24 de febrero 1809, confirmando que seguirá en Buenos Aires como propaganista de la causa independentista.

Ya hacía un año que, debido a la urgencia de la campaña en la Península Ibérica que había desviado a la tercera invasión inglesa de Buenos Aires del futuro Wellington, Gran Bretaña había descartado el sometimiento militar de América y, en cambio, era ahora su objetivo estratégico alentar la independencia (y el libre cambio) en las posesiones indianas de España (teórico aliado momentáneo, pero no muy confiable).
 
Sabemos que en Buenos Aires operaban como partidarios "ruidosos" del librecambismo los primos Castelli y Belgrano, los hermanos Rodríguez Peña, Donado, Passo, Vieytes, el cura Alberti, Terrada, Darregueira, Chiclana y Guido.

Gran Bretaña necesitaba urgentemente mercados en los que colocar los excedentes de su producción y ofrecía ingentes beneficios económicos para los comerciantes locales que ayudaran. Obviamente, beneficios que se extendían a gestores, transportistas, abogados, etc., necesarios para esta operación a gran escala.

En aquella época en Gran Bretaña, los límites entre la marina mercante y la de guerra eran bastante grises, las acciones de piratería, con o sin autorización superior, eran moneda corriente, y el gobierno británico, gracias a su política de hechos consumados, la apoyaría en caso de ser beneficiosa o la rechazaría (castigando con las máximas penas a los implicados) en caso de resultar un fracaso. Así fue con la aventura del almirante Popham.

Éste al menos desde la década de 1790 estaba vinculado a los círculos que frecuentaba el caraqueño Miranda, clubes semisecretos donde aparecen también otros personajes que tendrán significancia histórica en unos años: O'Higgins, Carrera, Lord McDuff, Baird, etc.

En 1805 Popham presenta un proyecto para capturar el estratégico Cabo de Buena Esperanza, en posesión de Holanda, entonces aliada de Francia. Aunque no pidió permiso en ese momento, sabemos por sus contactos con el norteamericano William Pio White, residente en Buenos Aires, que pretendía continuar con el Río de la Plata. Su amigo de logia, el general David Baird estaría a cargo de la operación militar.

Tras la captura del Cabo, Baird reclutó a un oficial de carrera destacado para acompañar a Popham en su siguiente operación: el brigadier William Carr Beresford, un irlandés, hijo ilegítimo de un noble descendiente de reyes, veterano de Canadá, Córcega, India y Egipto. Tras el fracaso de las Invasiones Inglesas, con una fuga de película en medio, absuelto de culpa y cargo, será sucesivamente oficial del Ejército Británico y del Portugués, llegando a ser gobernador de la isla de Madeira. El Duque de Wellington, a quien acompañaría en la campaña de 1811, resaltaría las condiciones personales y militares de Beresford. Multicondecorado, será creado Vizconde y Par del Reino Unido, con un escaño en la Cámara de los Lores. En 1815, siendo ministro plenipotenciario en Río de Janeiro, proveerá pertrechos y asesoramiento militar a las fuerzas brasileñas que invadían la Banda Oriental. Morirá en su propiedad de Kent a comienzos de 1854, sobreviviendo a su cuñado, Denis Pack, amigo íntimo y compañero de armas en Buenos Aires en 1806.

El entonces coronel Pack era en 1806 jefe del Regimiento Nº 71. Era éste uno de los regimientos que, tras la derrota de las fuerzas jacobitas, el gobierno británico había formado con highlanders escoceses para pelear en el exterior. Con cetro de hierro, cualquier escocés encontrado culpable de crímenes tan diversos como contrabando de whisky, vagancia, robo de ganado, lecturas revolucionarias, jacobitas o protestantes no-conformistas, tenía la opción de combatir para el naciente Imperio Británico en el exterior en alguno de estos regimientos nuevos. Además, iban en la expedición Robert Arbuthnot al frente de los Dragones Ligeros y James Frederick Ogilvie con las piezas de la Real Artillería.

En la tarde del día 27 de junio, bajo una copiosa lluvia, más de mil seiscientos soldados británicos entraban marchando en la ciudad de Buenos Aires, la columna principal avanzando dificultosamente por la actual calle Defensa. Se encomendó al comerciante catalán Juan Larrea, socio de Matheu, que redactara la rendición (texto que fue rechazado y reescrito por el brigadier británico).

Según testificaron los mismos protagonistas sorprendidos, como Gillespie y otros, los invasores fueron recibidos con una simpática acogida por las señoritas, mientras los señoritos adoptaron las vestimentas, costumbres y modales ingleses. El 1º de julio, Martín de Sarratea y su cuñado León de Altolaguirre ofrecieron una recepción a los principales jefes británicos. Los vecinos principales competían por alojar en sus casos a los oficiales británicos. En nombre del Consulado, el futuro prócer de Mayo, Castelli pronunció una arenga pro-inglesa, manifestando su adhesión al Imperio británico.

Inteligente, Beresford otorgó seguridades respecto a las personas y bienes de los porteños, garantizando la práctica de la religión católica romana (como habían hecho en Gibraltar, las Antillas o Malta) y se concedió la libertad de comercio. Pronto las mercaderías británicas invadieron las tiendas de Buenos Aires.

María Sánchez, mujer del capitán de puerto Martín Jacobo Thompson (de una familia de comerciantes de origen inglés residentes en Cádiz) que servía de enlace con la Royal Navy,  en cuya casa se cantará por primera vez el Himno Nacional argentino, se muestra entusiasmada por los "jabones de olor" que traían los británicos en sus buques mercantes.

Parecía que los porteños realmente creían en el "honor, generosidad y humanidad del carácter británico" del que hacía alarde Beresford en su proclama.

Los empleados y funcionarios civiles, militares y eclesiásticos del Virreinato residentes en Buenos Aires se agolparon para jurar lealtad al rey británico Jorge III para no perder sus cargos ni arriesgarse a ser tomados prisioneros. Sólamente se resistieron el superior de los Bethlemitas y el Obispo (como ya dijimos), en actitud que los honra. (Como señalamos en otra ocasión, los bethlemitas pagarían cara su osadía, recibiendo toda la furia de los revolucionarios de Mayo de 1810.)

Belgrano optó por escapar a la Banda Oriental posiblemente enterado de los aprestos reconquistadores que estaban teniendo lugar allí. Por el contrario, su primo hermano Castelli, gracias a la ayuda del agente británico White, trabó amistad con Beresford... una amistad que se prolongaría por muchos años incluso después de 1807.

El prior de los dominicos, fray Gregorio Torres, no sólo juró fidelidad al monarca líder anglicano sino que envió una carta a Beresford alabando la suavidad del gobierno inglés y las sublimes calidades del general británico. Prohibía asimismo conspirar con los invasores.

El nefasto Deán Funes, que traicionará a Liniers y liderará el Partido Saavedrista, lamentará en su Ensayo de la historia civil el que las armas británicas no hubiesen vencido. 

Por lo bajo, deja constancia Gillespie, los británicos despreciaban a estos verdaderos cipayos.

El documento de rendición redactado ahora por Beresford fue presentado a los porteños recién el 2 de julio, cuando ya los caudales del Virreinato habían caído en su poder y eran embarcados con destino a Londres y distribuido el resto entre los jefes (Baird, Popham y Beresford) y el pago de la tropa, y el agradecimiento a los que ayudaron a dar con el tesoro: el norteamericano William P. White, el ex director de El Telégrafo Mercantil Dr. Francisco A. Cabello, Pedro Menéndez Argüelles, el ex alcalde de la Santa Hermandad Francisco González (que sirvió de guía a los británicos en su camino a Luján), Juan Gallardo, Isidro Naranjo, Manuel Collantes y el capitán Vicente Capello (que actuó como intérprete).

González integraba una red en la que también participaban el cochabambino Manuel A. Padilla, el porteño Saturnino Rodríguez Peña y el inglés Paroissien. Padilla y R. Peña serían bien remunerados por Su Británica Majestad en años venideros luego de participar del 25 de mayo de 1810. De Paroissien, uno de los primeros ciudadanos argentinos naturalizados y asistente de San Martín, ya hablamos.

Después del fracaso de la segunda de las Invasiones Inglesas, Peña y Padilla escaparían a Río de Janeiro en un pequeño buque de guerra británico que, al efecto, les proveyó el almirante Murray en persona. Ya en Río, Rodríguez Peña le escribe al Conde de Linhares una carta donde afirmaba que los principales vecinos de Buenos Aires estaban convencidos de la necesidad de independizarse de España. Saturnino J. Rodríguez Peña recibiría una pensión de £300 anuales del gobierno británico por sus servicios.

En 1810, el número de abril de The Monthly Report informa que en Buenos Aires coexisten dos partidos que se odian mutuamente: el de "los nativos [sic] que utilizan permanentemente palabras como comercio libre" y el de los que rechaza el comercio con Gran Bretaña. Los segundos, dice, controlan el ayuntamiento porteño, pero no por mucho tiempo. Los librecambistas están listos para tomar el poder.

El 14 de mayo llegaba al puerto la goleta británica "Mistletoe", comandada por el Tte. Robert Ramsay (otro que estará entre los primeros ciudadanos naturalizados). Diez días después la Revolución era un éxito y se iniciaba el camino de la independencia.


Bibliografía:
  • Juan Martín Biedma, Los Rodríguez Peña y la emancipación argentina (Buenos Aires: Taladriz, 1959).
  • Vicente O. Cutolo, Nuevo diccionario biográfico argentino (Buenos Aires: Elche, 1968).
  • Henry Stanley Ferns, Britain and Argentina in the Nineteenth Century (London: Clarendon, 1960). Hay traducción al castellano con el título Gran Bretaña y Argentina en el siglo XX (Buenos Aires: Solar, 1966).
  • Jorge Fondebrider, Versiones de la Patagonia (Buenos Aires: Emecé, 2003).
  • Alexander Gillespie, Gleanings and remarks collected during many months of residence at Buenos Ayres and within the Upper Country, with a Prefatory account of the Expedition from England until the surrender of the Colony of the Cape of Good Hope, under the joint command of Sir D. Baird, G.C.B. K.C. and Sir Home Popham, K.C.B. (Leeds: B. Dewhirst, 1818). Hay traducción al castellano como Buenos Aires y el Interior (Buenos Aires: Hyspamérica, 1986).
  • Bernardo Lozier Almazán, Beresford gobernador de Buenos Aires (Buenos Aires: Galerna, 1994).
  • Ignacio Núñez, Autobiografía (Buenos Aires: Imprenta Congreso, 1996).
  • Carlos Roberts, Las Invasiones Inglesas (Buenos Aires: Emecé, 2000).
  • Oscar Tavani Pérez Colman, Martínez de Fontes y la fuga del General Beresford (Buenos Aires: Dunken, 2005).
  • Enrique William Álzaga, La fuga del General Beresford, 1807 (Buenos Aires: Emecé, 1965).













sábado, 8 de marzo de 2014

De pluma ajena

ENFERMERIDES ARGENTINAS
(Magnas fechas de la  Patria Argentina)
por Juan Pampero

LOS INGLESES FUSILAN AL RECONQUISTADOR

 

   Domingo 26 de agosto de 1810En el paraje denominado Cabeza de Tigre, cercano a Cruz Alta, Córdoba, un pelotón de soldados ingleses fusila al General Santiago de Liniers, Héroe de la Reconquista y la Defensa, Conde y Virrey de Buenos Aires.

 

   El Virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros (1755-1828), fue la cabeza visible del triángulo cuyos vértices estarían apoyados en los comerciantes usureros de la City en Londres, sus operadores españoles en Cádiz y los mercachifles arrastracueros del puerto de Buenos Aires. Esta triangulación, consecuencia de Utrech, formada de 1714 en adelante por Incalaperra junto con una decena más montadas en Hispanoamérica, se dedicaban con fervor al contrabando de fruslerías, el saqueo de la corambre de las vaquerías y el fabuloso robo de la plata del Potosí. Ya habían tenido su acto cumbre en las invasiones de la Incalaperra en 1806 y 1807. Porque es bueno decirlo, para aquellos hechos dolorosos, los ingleses no vinieron: los mandaron a llamar que es muy distinto.

   Cisneros había llegado a Buenos Aires con instrucciones de invitar, muy diplomáticamente, para que Liniers regresase a España. Los buhoneros manilargos del puerto se habían dado cuenta que nada se podría hacer, de lo que después se hizo (más de 40 firmas inglesas operando en Buenos Aires y con casas matrices en Londres), con un Liniers en la ciudad. Entonces presionaron sobre los de Cádiz, lupanar de la masonería, para que éstos, a su vez, lo hiciesen sobre la Junta (que les debía plata a todos), designando como Virrey a un hombre “educado y culto” (como querría después Rivadavia) que, a su vez, tendría la misión de sacarse de encima a Liniers, dejándole el campo orégano al hatajo. Es la versión remozada y rioplatense del cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones (aunque aquí eran mucho más de cuarenta por el proceso inflacionario).

   Con la misma ternura diplomática con que le pidieron que se vaya, don Santiago, que ya había cumplido sus 57 años, les pidió para quedarse. Una contrariedad en los planes de la gavilla. Entonces Cisneros le hace jurar a Liniers la promesa de no inmiscuirse en los asuntos públicos, y lo obliga a retirarse a un lugar distante del epicentro de los negocios: Buenos Aires. Digamos que una cosa por otra: en lugar de desterrarlo lo internaron, como se decía en aquellas épocas. Pero con el mismo efecto: mantenerlo alejado “del progreso”. Aunque con un poco de suerte, se podría morir en el olvido.

   Este juramento del Héroe de la Defensa y Reconquista, con treinta años de nobles servicios a España sin interrupciones, es de donde se han prendido los historiadores del Régimen Perverso con sus ataques de moralina, para decir que Liniers recibió lo que se merecía por quebrantar un juramento. Y, ¿qué validez tiene un juramento hecho ante esta versión remozada de Pilatos? La misma validez que tiene la palabra devaluada del canalla que lo pide.

   Liniers se trasladó a Córdoba donde compró una finca cercana a la localidad de Alta Gracia. Los sucesos ocurridos en Buenos Aires el viernes 25 de mayo (fruto de la tenida del 24 a la noche), llegaron a Córdoba el lunes 4 de junio. Entonces el Gobernador Intendente, Capitán de Navío Gutiérrez de la Concha, quien fuera jefe de le escuadrilla que transportó desde Colonia hasta el Arroyo Las Conchas al ejército de Liniers para la Reconquista, se declara opositor al pronunciamiento de Buenos Aires y arrastró tras de sí al Cabildo de Córdoba, creándose el 6 de junio, ante la emergencia, una Junta Consultiva.

   Para constituir esta Junta, Gutiérrez de la Concha le pide a Liniers que se sume, como ciudadano respetable y persona de honda raigambre popular, junto con el Obispo Orellana, el oidor Victoriano Rodríguez, el deán de la Catedral, Gregorio Funes y el tesorero de la hacienda pública, señor Moreno.

   Hasta aquí, aunque a los tumbos, estoy conteste con los historiadores vernáculos, tanto del Régimen como no pocos militantes del revisionismo histórico. Porque a partir de esta situación cada uno de éstos va dando su versión: que Liniers fue un traidor; otros que un líder desertor; que cometió muchos errores; que no escuchó las súplicas que le hicieran por carta Saavedra y Belgrano, e incluso su suegro Martín de Sarratea; que quiso reivindicarse ante la opinión pública de aquel incidente con el enviado de Napoleón, el Marqués de Sassenay (10 de agosto de 1808); que era un agente napoleónico en Buenos Aires y, otros muchos, que Liniers fue una mezcla de todo esto.

   Confieso humildemente al lector que yo también me tragué estos sapos. Algunos crudos y otros vuelta y vuelta en la sartén con ajo y cebollas. Porque si esto escriben nuestros historiadores, cuya mayoría escribe para facturar, seguramente no es cierto o por lo menos es motivo de revisión o de crítica histórica, si prefiere el lector.

   Liniers no fue un traidor, porque nunca comulgó con otra ideología que no sea su lealtad a la Corona Española por la que terminó dando la vida; consecuentemente tampoco fue desertor porque nunca estuvo adscrito a los complotados que había producido el 25 de mayo; el único error cometido por Liniers fue el de dormir con el enemigo: creerse que Cisneros era un virrey y no el cabecilla de un grupo de quincalleros asociado a los ingleses;  de las súplicas que le hiciera Belgrano mejor no hablar: don Manuel (¡Oh, cuántas tiene en el debe el bueno de don Manuel!), ya había hecho los borradores extremistas que servirían de base para que el terrorista Mariano Moreno hiciese el Plano de Operaciones (dado como secreto el 30 de agosto, según la copia en mi poder); las actitudes de Liniers,  respecto al Marqués de Sassenay, fueron suficientemente claras, y la prisión que sufrió el enviado de Napoleón a manos de Elío fue injusta, prueba de ello es que al ser remitido a Cádiz fue puesto de inmediato en libertad en aquella ciudad y a Liniers jamás se lo molestó para preguntarle nada; etc.

   Ahora bien: ¿por qué Liniers –se preguntará el lector-, se opone a la Junta de Buenos Aires, acompañado de insignes patriotas y leales servidores públicos, cuando le hubiese sido más fácil aceptar el hecho consumado? Simplemente porque Liniers, como antiguo vecino de la ciudad, aparte de haber sido su Virrey, conocía perfectamente a cada uno de los integrantes de aquella Junta, lo que ellos representaban y quiénes movían los hilos de estas marionetas. Aquellos no representaban, precisamente, los intereses del pueblo, del rey ni de su virreinato. Y si no me creen vean lo que sigue: 

   Miguel Azcuénaga, militar, masón recalcitrante de los tiempos de Cabello y Meza, relacionado con las familias más ricas de Buenos Aires en los inicios del siglo, terrateniente y comerciante, fue el garante ante la burguesía porteña y los intereses de la Incalaperra, de las finanzas de la Junta de Gobierno.   

   Manuel Alberti, sacerdote, masón, con rico patrimonio personal, parte heredado de sus padres y parte de lo que él había hecho con sus negocios clandestinos; intervino en las reuniones conspirativas en la casa de Nicolás Rodríguez Peña (espía, masón, asalariado de Su Majestad Británica hasta su muerte); ingresó a la Junta comorepresentante del clero criollo y como defensor de los bienes eclesiásticos (y de los suyos desde luego).  

   Domingo Matheu, comerciante catalán afincado en Buenos Aires, con conexiones internacionales en Europa y, particularmente en Cádiz, sostenedor de las ideas del libre comercio (recargando con un 300% las bagatelas inglesas), fue como tal el representante de los comerciantes de Buenos Aires (los que, mayoritariamente, eran ladrones y contrabandistas). Fue el garante ante la Junta de los comerciantes de la plaza de Cádiz (uno de los vértices del triángulo).  

   Juan Larrea, catalán como el anterior, comerciante de los llamados frutos del país y también armador, estaba seriamente comprometido con los grupos ingleses a los que siempre fue obediente. Es considerado como el banquero de la Junta de Mayo.

   Juan José Paso, abogado, amigo íntimo de Moreno, vinculado a los intereses ingleses en el Río de la Plata. Este personaje es todo un misterio: ¡permaneció en el gobierno desde mayo de 1810 hasta la llegada de Rosas que lo echó! Poco o nada se sabe de su vida porque todos sus papeles públicos y privados han desaparecido cuidadosamente. Pero en verdad: no se sabe por qué fue incluido en la Junta, quedando solamente en pie sus vinculaciones con los comerciantes británicos.  

   Mariano Moreno, abogado (el ausente durante las invasiones inglesas y el mudo del Cabildo del 22 de Mayo), representó a los intereses ingleses, con la habilidad de presentarlos como españoles. Carlos Roberts lo llamaexcelente abogado del comercio inglés y abogado de última hora. El acercamiento ideológico con Castelli  (primo de Belgrano), proviene de que ambos eran abogados de los ingleses en el Río de la Plata. Moreno se destacó  en la ignominia que se llamó  Representación de los Hacendados (en 1809, con patrocinio del Virrey Cisneros donde hizo el papel de chancho rengo), y Castelli en varias defensas de comerciantes ingleses sorprendidos en el delito de contrabando o en el quebrantamiento de leyes consagradas. Cuando Moreno envía a Castelli al norte como comisario político, se quedó con el partido de él en Buenos Aires, y lo superó en los planteos de libre comercio a favor de los buques de bandera inglesa.  

   Manuel Belgrano, abogado y economista aficionado, con amplias y fuertes vinculaciones con comerciantes del Paraguay y ganaderos del Uruguay. Esta es la causa de la aparición, de la noche a la mañana, del Belgrano militar en la campaña al Paraguay y su posterior traslado a la Banda Oriental, cuando en realidad se había destacado comoabogado y economista. Se sabe que Belgrano redactó la introducción y confeccionó el boceto del Plano de Operaciones citado más arriba. Moreno al componerlo, respetó la introducción belgraniana y, en línea generales, su proyecto, aderezándolo luego con sus crueldades propias de Caracalla. Pero don Manuel conoció el documento: a esto no hay quien lo niegue, como se sabe que no abrió la boca para oponerse ante semejantes barbaridades. El documento, encontrado por casualidad en Sevilla por don Eduardo Madero a fines del Siglo XIX, está redactado en tono canallesco, subversivo y terrorista: después me vienen a hablar del Proceso de Reorganización Nacional que es un bebé de pecho al lado de don Mariano y de don Manuel, ¡que son próceres indiscutidos!

   Dios Santísimo: ¿para qué me haces conocer estas cosas? ¿Acaso yo no sería más feliz de otra forma? Pero: hágase Tu Voluntad y no la mía. Prosigo entonces. 

   Llegado a esta altura, le pregunto al lector: ¿y usted que hubiese hecho? ¿Tal vez adherirse a esta Junta, o haría lo que hizo Liniers, después Artigas y finalmente Alzaga? Diga usted. Porque después de todo lo que hizo el Cabildo de Buenos Aires fue tomar la decisión de crear una Junta municipal de gobierno. Le correspondía luego invitar a las demás provincias hermanas a uncongreso revolucionario para lo cual, cada una de ellas, debía dar, como requisito previo, un golpe político como el de Buenos Aires. De esta manera la Primera Junta hubiese sido nada más que una promotora de la revolución nacional. Esta actitud de Buenos Aires de arrasar con las autonomías provinciales y municipales se repetiría constantemente, se reflejaría en la Constitución Nacional y se puede ver hoy en día, donde los Gobernadores, pero fundamentalmente los Intendentes Municipales (donde reside la auténtica soberanía popular), son felpudos del gobierno central. 

   Desbandada la tropa de Liniers y Gutiérrez de la Concha al primer amague, siguieron los dos fugitivos con sus amigos, sin una escolta que les brinde protección, y se refugian en Villa del Chañar, a unas 50 leguas de Córdoba. Allí los alcanza y detiene el Capitán José María Urien, que los venía rastreando, quien comete la arbitrariedad de tratarlos con todas las brutalidades que uno se puede imaginar, incluidos los azotes. La Pasión de don Santiago de Liniers había comenzado en manos de los esbirros del Robespierre porteño, Mariano Moreno: el que en la noche del 25 de Mayo lloraba sentado en las escaleras del Cabildo por las represalias que habría de tomar el rey contra ellos a su regreso “por majaderos”. Esta es la verdadera causa de su misterioso viaje a Inglaterra que dijeron lo hacía en misión diplomática: le aterrorizaba la idea del regreso del rey. En verdad fue un exilio disfrazado con misterios, como su muerte que resultó de un fecaloma: hacía una semana que no iba de vientre y el capitán inglés le suministró un purgante fenomenal. Una hora después estaba con una peritonitis y se fue por la avenida ancha sin semáforos. Pero volvió reencarnado en los periodistas que tenemos que lo han tomado por apóstol. 

   Detenidos los cabecillas del desacato, debería corresponderse con el final de este triste capítulo de nuestra historia. Pero no fue así, porque es realmente aquí donde comenzó. Porque, ¿qué hacer con Liniers, el Gobernador Gutiérrez y el manojo de amigos encadenados? A Córdoba no los podían regresar, porque muchos de los soldados patricios que formaban los regimientos a las órdenes del Coronel José Antonio González Balcarce admiraban y amaban a Liniers y a Gutiérrez por haber luchado codo a codo con ellos en las jornadas de 1806 y 1807. Algo parecido ocurriría con la población civil, memoriosa del trato paternal y deferente de Liniers durante su virreinato. 

   Entonces, ¿qué tenemos por aquí? Tenemos un problema insoluble a nivel de dirigentes. El mismo problema que se les repetiría con Artigas, Alzaga, Dorrego, don Juan Manuel y, si el lector quiere, el de Perón: su inmensa popularidad. ¿Qué hacer con un tipo que supuestamente hace lo que no debe hacer y sin embargo goza de abrumadora popularidad? La respuesta no está en los manuales liberales, ni en las películas de Hollywood de yanquilandia, donde el derrocado es un tiranuelo de cuarta. ¿Qué hay que hacer con un tipo en cuya contra se han ensayado todas las argucias y todas ellas, de a una, han ido fallado? A este tipo hay que matarlo, porque la popularidad para los liberales es un bien peligrosísimo. A Liniers y Dorrego, El Coronel Arrabalero, les costó la vida. El Restaurador se les escapó con un hilo de la pata. Y Perón se salvó de milagro, si se tienen en cuenta desde bombardeos hasta una docena de atentados, comenzando por el de Villa Rica en Paraguay. 

   En verdad la Junta municipal de Buenos Aires, vulgo llamada Primera Junta, ha pensado en el destierro, medida que se le aplicó al compinche Cisneros con todo éxito, pero que con don Santiago sería un fracaso. Alguien ha madurado en hacerlo desaparecer, pero es imposible porque ya todo el mundo sabe que está en manos de sus captores. Reverdece entonces la idea de asesinarlo, pero cómo. Envenenarlo sería muy evidente. A un iluminado de la caterva se le ocurre simular un malón de indios que atacarían la caravana y lo asesinarían sin misericordia. En los alrededores de Buenos Aires hay muchos indígenas que por una damajuana de aguardiente serían capaces de despellejar a su madre. Pero ocurre que a ¡don Santiago de Liniers también lo quieren los indios porque ha sido muy compasivo con ellos! Entonces, si una salida “culta y educada”, resuelven matarlo ellos mismos. Fusilando de esta manera se cargarían de poder coercitivo, desalentando resistencias latentes: digamos que a lo Valle, Cogorno e Ibazeta el 9 de junio de 1956. 

   Llega a Córdoba el decreto para la ejecución. La población recibe la noticia con claras muestras de disgusto. El Coronel Balcarce y el gobernador interino nombrado por la Junta, que fue Juan Martín de Pueyrredón, se enteran que el Regimiento de Patricios, alojado en la casa de Ejercicios Espirituales, se está por sublevar para rescatar a Liniers. Les cierran todas las puertas y les colocan tres regimientos a su alrededor para que nadie salga ni entre. Unas 100 religiosas y religiosos que allí prestan servicios padecen la cuarentena, aunque son completamente inocentes: es la primera herejía de las muchas que luego harían en el Alto Perú contra la Santa Religión. Ortiz de Ocampo hace como Pilatos: se lava las manos y decide remitir al prisionero a Buenos Aires. En realidad le tiene miedo a la pueblada y algunos regimientos que no le han querido rendir honores.  

   La Junta se entera de esto y resuelve que Liniers no debe entrar en Buenos Aires. Para ello acuerdan que Castelli y French, con algunos efectivos del Regimiento Estrella, salgan al encuentro de la columna y fusilen a Liniers donde lo encuentren. Sin embargo aparecen otros problemas, aparte del cáncer de lengua que lo tiene mal a Castelli, los soldados del Estrella ponen las cosas en claro: ellos acompañan pero no fusilarán a Liniers. Los comisionados alcanzan la columna que viene de Córdoba en Cabeza de Tigre, una posta a la altura de Cruz Alta. Allí los espera otro frentazo: los soldados de la escolta que traía a Liniers, también se niegan a fusilarlo. ¡Estos negros de mierda, siempre creando problemas! No, si es como decía Sarmiento: es una raza maldita. Porque no habían nacido debajo de una higuera como él. 

   Pero alguien había sido más previsor que todos estos complotados para asesinar. En Córdoba vivían desde hacía unos dos o tres años un número considerable de soldados ingleses que fueron internados después del escabroso asunto de Luján. Algunos tenían chacra, familia y otros se habían afincado definitivamente. Alguien los habló y ellos aceptaron fusilar gustosamente a Liniers, el autor de su derrota, su prisión, su internación y su vergüenza. Y previendo que pasaría lo que pasó los llevaban a la cola de la columna. 

   Y así fue como en la mañana del 26 de agosto, el mes de la Gloriosa Reconquista, de 1810, una docena de soldados de su Graciosa Majestad Británica fusilaron a don Santiago de Liniers, cubierto de sangre por los castigos y cinco de sus compañeros todos malheridos. El tiro de gracia se lo dio French, el cartero de Buenos Aires, devenido ahora en Teniente Coronel de la noche a la mañana, el que fuera enlace entre las logias masónicas montadas por Rodríguez Peña y el cura Agüero. En las ropas de Liniers se encontró su despacho como Virrey firmado por el rey, que Castelli ordenó quemar: estaba el papel tinto en sangre. 

   A esto último lo descubrió el historiador Julio Lafont al que por poco lo matan. Pero jamás pudieron desmentirlo, hasta el día de hoy porque está muy bien documentado. Al resto, que no es de Lafont, los invito a los historiadores a que me desmientan. Pero, ¡cuidado!, porque a lo mejor no me callo de cosas que aquí he callado.

viernes, 12 de octubre de 2012

¡Muero contento por mi Religión y por mi Rey!


La guerra a los “insurrectos” de Buenos Aires tuvo un carácter esencialmente religioso; los realistas, instigados o acaudillados por sacerdotes, en trance de ser fusilados llegaban al banquillo exclamando: ¡Muero contento por mi Religión y por mi Rey!

José Ingenieros, La evolución de las ideas argentinas






Tanto en América como en España,
al grito de "Muero por Dios y por el Rey",
ante las balas revolucionarias jacobinas.

viernes, 24 de agosto de 2012

El Obispo Lué: Otro maldito de la historia oficial






Benito de Lué y Riega era asturiano, nacido en Lastres, el 12 (17 según otras fuentes) de marzo de 1753, hijo de Cosme (o José) de Lué y de María Josefa de Riega, cristianos viejos y sencillos hidalgos. Había formado parte del Ejército español en su adolescencia, ya en 1770, adquiriendo un carácter a la vez austero e inflexible. Siendo Oficial, abandonó la carrera militar luego de la muerte de su esposa, e ingresó como eclesiástico. Se doctoró en Teología en Santiago de Compostela y en Cánones en Ávila. Y fue, posteriormente, deán de la Catedral de Lugo.

En 1801, el Consejo de Indias lo propuso al rey Carlos IV (y éste luego al Papa Pío VII) para ocupar la sede diocesana de Buenos Aires que había quedado vacante, siendo confirmado el 9 de agosto de 1802. Partió hacia el Río de la Plata el domingo 14 de noviembre de 1802, aún antes de poder ser investido por el Papa.

Fue recibido por el virrey Joaquín del Pino en persona en Montevideo el 30 de marzo de 1803. Y pasó a Buenos Aires, arribando el 22 de abril. El 29 de mayo de ese mismo año viajó a Córdoba, donde su Obispo, D. Ángel Mariano Moscoso lo consagró obispo el día 6 de junio.

Pero en vez de regodearse en la corte virreinal, inmediatamente se abocó a realizar una minuciosa visita pastoral por su inmensa diócesis —cosa que no se hacía desde 1779. Recorrió penosamente y en medio de numerosos peligros Córdoba, Santa Fe, la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, los pueblos de las Misiones, regresando a la Capital virreinal recién el 3 de septiembre. Miles de fieles fueron confirmados, sacerdotes instruidos, matrimonios regularizados, libros parroquiales corregidos.

En Buenos Aires consagró la catedral —que sólo había recibido una bendición de su antecesor—, y durante todo octubre de ese año se dedicó a inspeccionar los curatos de Buenos Aires y Quilmes, visitando Morón y Luján. Al año siguiente, en abril, parte hacia el Litoral y la Banda Oriental del Uruguay.

En 1805, el 9 de marzo funda el Seminario Diocesano en la Capital, y, luego de eso, vuelve a cruzar el Río de la Plata, remontando luego el Paraná hasta Corrientes y adentrándose después por la selva hasta las antiguas Misiones. En su largo viaje, erigió numerosas iglesias, capillas y parroquias.

El 25 de noviembre regresa por fin a Buenos Aires. Al año siguiente, levantó las parroquias de San José de Flores y de San Pedro González Telmo, que se extendían más allá de los límites actuales de la Ciudad hacia el oeste.

Se preocupó especialmente por la formación y la espiritualidad de su clero, ambas en estado calamitoso. En ese orden de cosas, dictó conferencias a la que obligó a asistir tanto a seculares como a regulares.

Todo esto disgustó especialmente a los sacerdotes ilustrados, en especial los que ocupaban escaños en el cabildo eclesiástico bonaerense y los párrocos que ocupaban los curatos más ricos. Los primeros enviaron, al menos, tres cartas al Rey pidiendo la separación del Obispo Lué de su sede entre 1804 y 1809. Se lo acusaba de cualquier cosa, desde alterar las costumbres “de esta colonia” hasta de ir demasiado rápido por los caminos.

A diferencia de su antecesor, el obispo Azamor y Ramírez, que gustaba de las letras y las ideas modernas, dado a la literatura y la conversación erudita, el obispo Lué era buen teólogo y mejor canonista. Y como tal, consideraba indispensable abandonar el onanismo intelectual y dedicarse a la predicación y la catequesis —actividades que disgustaban a algunos clérigos americanos que sólo aguardaban un momento para cruzar el Atlántico y poder así frecuentar los salones y los clubes de pensamiento europeos.

Tampoco hay que despreciar el hecho de que hiciera su divisa de la imposición de una férrea disciplina eclesiástica, combatiendo principalmente a las “queridas” y concubinas de algunos de sus dependientes.

Enseguida se granjeó el cariño del pueblo humilde, pero recio, que admiraba a este prelado viajero, sencillo, sincero y austero —ajeno a la política virreinal y peninsular que tanto gustaba a algunos eclesiásticos americanos, especialmente entre el grupo de los ilustrados.

Sobre el desdichado obispo Lué pesan dos horribles mentiras que, por repetidas al hartazgo, son por todos conocidas. Una se refiere a la actitud del diocesano bonaerense durante la invasión inglesa de Buenos Aires, diciendo que juró a las autoridades británicas. La otra, al contenido de su voto en el cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, donde habría dicho que “mientras quedara un sólo español en América, éste debería gobernar sobre los criollos”.

Como es sabido, el jefe británico de Buenos Aires, el brigadier William Carr Beresford, ordenó que todos los funcionarios civiles, eclesiásticos y militares debieran prestar fidelidad al rey Jorge III en forma obligatoria, pudiendo el pueblo, en general, hacerlo voluntariamente. A cambio, Beresford concedía la libertad de cultos.

Si bien los miembros de la Audiencia se negaron a hacerlo, los miembros del Ayuntamiento y del Consulado (excepción de Manuel Belgrano que se encontraba en la Banda Oriental), y los jefes militares capturados o rendidos, lo hicieron sin problemas. Lo mismo la mayoría de los comerciantes. También entre los firmantes voluntarios estuvieron los futuros revolucionarios Juan José Castelli y Saturnino Rodríguez Peña.

En cuanto al clero, la actitud fue diversa. Todo el clero regular, encabezado por el prior dominicano Fr. Gregorio Torres, excepto los betlehemitas, juró al monarca británico. Pero D. Lué y Riega logró, mediante hábil diplomacia, que el clero secular evitara el juramento.

Luego de la reconquista de Buenos Aires, los fiscales Villota y Caspe dictaminaron, en informe a la Corte, que la actitud del obispo bonaerense fue realmente heroica, subrayando que no fue compartida por ninguno de los otros funcionarios. Además, logrando granjearse la amistad del jefe inglés, salvó de la muerte a varios desertores británicos y a los naturales que los habían ayudado.

También se negó a sancionar con la excomunión a los fieles bonaerenses que osaran tomar las armas contra el invasor británico, como lo exigía Beresford.

En un oficio de Santiago de Liniers a la Audiencia, decía el jefe reconquistador: “Dudo Sr. Exmo., que, de cuantos obispos existen en América, haya uno más benemérito que el que ocupa la silla de Buenos Aires, el Ilmo. Sr. D. Benito Lué y Riega… Hallándose en la triste invasión de los ingleses, observó en estas críticas circunstancias una conducta llena de energía, de prudencia y de caridad, la que le atrajo la mayor consideración e influencia sobre el general inglés, y por ella se logró precaver varios daños a que este infeliz pueblo se hubiera visto expuesto.”

Por si existía aún alguna duda sobre la infamia que se vertió sobre la figura del excelentísimo obispo, el historiador anglo-argentino Eduardo C. Gerding, habiendo accedido a archivos británicos, corroboró que el Obispo nunca juró fidelidad al rey inglés. Por su parte, el cronista británico Alexander Gillespie acusó al Obispo de ser uno de los principales ejecutores de la reconquista de Buenos Aires.

Curiosamente o no, por el contrario, los religiosos juramentados serán los más fervorosos sustentos de la Revolución de Mayo y la Independencia.

También es falso que hubiese participado de la rebelión contra el virrey Liniers. Lo cierto es que, el 1º de enero de 1809, vestidos con sus ropajes episcopales, se entrevistó con los revoltosos en el Cabildo y, luego, atravesó la Plaza hasta la Fortaleza, donde ayudó a alcanzar la paz a ambos bandos, sin inútil derramamiento de sangre.

En cuanto a su participación en el cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, al que sólo concurrió una porción de aquellos vecinos que tenían derecho a hacerlo, porque los revolucionarios habían cortado los accesos a la Plaza Mayor.

La famosa frase “mientras existiese en España un pedazo de tierra mandado por españoles, ese pedazo de tierra debía mandar a las Américas; y que mientras existiese un solo español en las Américas; ese español debía mandar a los americanos” sólo fue recordada en la Memoria Autógrafa de Cornelio Saavedra, sin figurar en las actas del cabildo abierto. Hoy, los historiadores más serios ya no repiten la versión sino que creen que se refería al acatamiento debido al Consejo de Regencia frente a aquéllos que sostenían como hábil maniobra leguleya que la isla de León, donde sesionaba dicho cuerpo, no era propiamente España.

El historiador e investigador Roberto H. Marfany (La Semana de Mayo, 1955) presentó un diario anónimo de un testigo de la Semana de Mayo, según el cual, lo que verdaderamente dijo el Obispo fue “aunque hubiese un solo vocal de la Junta Central y arribase a nuestras playas, lo deberíamos recibir como a la soberanía”.

En cualquier caso, más allá de su opinión, su voto fue el siguiente: “Que el excelentísimo señor Virrey continúe en el ejercicio de sus funciones, sin más novedad que la de ser asociado para ellas del señor Regente y del señor Oidor de la Real Audiencia don Manuel de Velasco; lo cual se entienda provisoriamente y por ahora y hasta ulteriores noticias.”

Toda la descripción que hace Vicente Fidel López, el “creador” de la historia argentina oficial, es espuria. “El obispo tenía tomado asiento con anticipación, vestido con un lujo eclesiástico excepcional. Llevaba todas las cadenas y cruces de su rango, riquísimos escapularios de oro y cuatro familiares, de pie detrás de él, tenían la mitra el uno, el magnífico misal el otro, las leyes de Indias y otros volúmenes con que se había preparado a hundir a sus adversarios.” Nada de esto concuerda con su forma de ser ni con las posibilidades prácticas que daba un cabildo abierto.

El día 26 de mayo, los miembros de la Junta le enviaron una carta para informarle oficialmente sobre la destitución del Virrey y el nombramiento de este cuerpo revolucionario. Sobre todo, se le exigía el acatamiento a este nuevo orden de cosas, convocándolo a presentarse al Cabildo para jurar fidelidad, junto con el resto del clero.

El Obispo respondió que acataba la Junta, pero se excusó de participar en la ceremonia de juramento. Por el momento, aunque disgustados, Saavedra, Moreno y los demás prefirieron no insistir.

Pero la paz duró poco. El miércoles 30 de mayo, onomástico de Fernando VII, la Junta quería que se celebre un solemne tedéum por el Rey y por la Revolución. Los días anteriores, Saavedra y el Obispo cruzaron más de una carta con este motivo. Pasa que los funcionarios revolucionarios querían ser recibidos en la puerta de la Catedral por una dignidad —deán o arcediano— y otro canónigo. El digno Lué se rehúso, aduciendo la falta de suficientes eclesiásticos como para emplear a uno en estos menesteres. La Junta respondió amenazando subrepticiamente al prelado. Éste dijo que había sido malinterpretado y que ya había dispuesto a dos sacerdotes para recibir a los juntistas en la entrada.

Efectivamente en la mañana del 30, un dignidad y otro canónigo esperaron a los nueve miembros en el atrio catedralicio y los acompañaron a sus sitiales; pero, al finalizar la ceremonia, no había nadie para escoltarlos de regreso. El tema se siguió discutiendo epistolarmente durante un mes o más por los sucesos del día de San Fernando.

La excusa protocolar sirvió a los revolucionarios para impedir al Obispo asistir a la Catedral y visitar su Diócesis —que, en el fondo, era lo que se buscaba para evitar que difundiera ideas opuestas “a la libertad de América”. Incluso, el 10 de julio, la impía Junta de Gobierno le prohibió predicar y confesar.

El 21 de marzo de 1812, D. Benito Lué celebró su onomástico en la quinta episcopal de San Fernando donde se encontraba en una especie de arresto domiciliario. Como era costumbre, invitó a todas las personalidades, y asistieron unas cien —entre ellas, muchos enemigos notorios del Obispo que lo hacían por primera vez—. Se ofrecieron chorizos, morcillas, riñones, jamones, pollos, gallinas, pichones, patos y pavos. Todo acompañado de vino a granel.

A la mañana siguiente, el Obispo no se levantó temprano de su cama como era costumbre. Cerca de las 8.30 horas, sus criados ingresaron en su cuarto con preocupación. Yacía muerto en su lecho. El último en verlo con vida había sido el arcediano Ramírez, conocido revolucionario y enemigo del prelado.

Pronto se esparció el rumor del envenenamiento. Sabiendo lo que esto podría causar contra los partidarios de la independencia, el Triunvirato se apresuró a asegurar que la muerte del obispo bonaerense fue por causas naturales. De hecho se prohibió siquiera mencionar en público la posibilidad de otra cosa.

El investigador Miguel Ángel Scenna ha confirmado, luego de una profunda pesquisa, que el Obispo fue envenenado con toda probabilidad (cf. “El caso del obispo envenenado”, Todo es Historia nº 32).

Don Benito Lué y Riega, mártir de la lealtad, fue sepultado el 24 del mismo mes en la catedral metropolitana de Buenos Aires donde aún descansan sus restos mortales.

Tras su muerte, la cátedra bonaerense fue usurpada por el canónigo D. Diego Zavaleta el día 30, con acuerdo entre el Triunvirato y el Cabildo Eclesiástico, que, para evitar un cisma formal, usó el título de “Provisor Diocesano”.

Se inicia así, en la enorme diócesis de Buenos Aires que iba desde el Paraguay y el sur del Brasil hasta toda la Patagonia y el sur del Chile actual, un oscuro período de sede vacante y cisma material que se prolongará hasta marzo de 1830.

¿Ésta es la “revolución católica”?