"Si la historia la escriben los que ganan, quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia."

miércoles, 10 de octubre de 2018

En defensa del Rey: Observaciones sobre el Realismo hispanoamericano en la era de las independencias



René José Silva, 10/X/2016. [*]

[Traducción libre de “In Defense of the King: Observations on Spanish American Royalism in the Era of Independence”, Panoramas (Center for Latin American Studies, University of Pittsburgh, II/2015).]

Entre los historiadores, la independencia latinoamericana ha sido y sigue siendo un campo de investigación prolífico. Comenzando con los relatos personales de los participantes en las guerras de independencia publicados en la primera mitad del siglo diecinueve, década tras década los historiadores han producido una corriente continua de erudición sobre los eventos que dieron nacimiento a las naciones múltiples de América. Estos reportes generalmente pro “patriotas” se han visto enmarcados dentro de los márgenes de una narrativa nacionalista que sirve para elucidar los orígenes de los Estados de hoy día, incluso aunque los contornos geográficos y políticos del Imperio Hispanoamericano no necesariamente encajan en las configuraciones modernas. [1] La misma intensidad investigativa no se aplica a aquellos americanos que se pusieron del lado del monarca español. Hasta recientemente, los realistas que defendieron al Rey Borbón —aunque bastante significativos bajo cualquier punto de vista— habían sido mayormente olvidados. [2] Estos criollos, nativos, mestizos, castas, negros libres, esclavos y residentes españoles de largo aliento en América conforman un grupo distinto al de los peninsulares enviados desde España durante períodos de tiempo limitados para gobernar el Imperio u ocuparse del comercio. Afortunadamente, estudios innovadores provocados en parte por la oleada de historiografía social y cultural del pasado siglo veinte han redescubierto una riqueza de evidencia sobre aquellos segmentos de la sociedad que optaron por conservar su lealtad a la Corona española. Los resultados han sido impresionantes y con frecuentes sorprendentes. Entre la miríada de características del realismo hispanoamericano, al menos sobresalen cuatro elementos: la volatilidad del proceso independentista, los factores religiosos, los múltiples significados de lealtad y las actividades de los subalternos coloniales. Cada uno de estos temas ha recibido la atención erudita desde hace poco.

Desde una perspectiva hemisférica, la lucha por la independencia latinoamericana fue altamente contenciosa, en no menor medida debido a que importantes sectores de la población apoyaron al monarca. Muchas áreas disputadas estuvieron alternativamente bajo autoridad imperial o “patriota” en coyunturas diferentes. Nueva Granada es tal vez el ejemplo más sobresaliente de este casi perpetuo estado fluido. Dentro del virreinato, ciudades como Cartagena de Indias y Bogotá buscaron la independencia total a medida que se desarrolló el conflicto, mientras que otras como Santa Marta, Río Hacha y Pasto intentaron permanecer bajo la tutela de la dinastía borbónica. Para todos, la resolución debió esperar al final de la lucha pero, en el ínterin, cada una sucumbió a los cambios dramáticos traídos por los acontecimientos militares y políticos. Como el resto del Imperio, Cartagena se vio recortada del reino luego de que Napoleón invadiera la Península Ibérica en 1808. Su reacción al comienzo de todo fue profesar fidelidad a la Corona. La ciudad procedió luego a declarar la independencia en 1811, fue reconquistada por el ejército expedicionario español en 1815 y recuperada por las fuerzas “patriotas” en 1821. Así, durante el transcurso de poco más de una década, el puerto se vio gobernado como una entidad autónoma dentro del marco del diseño imperial, apartado durante un tiempo del estandarte real, coaccionado bajo sumisión absolutista y dejado en libertad definitivamente de todo y cualquier ligadura con la madre patria. Tal proceso obviamente no fue una receta de estabilidad. Sus habitantes —aquéllos que lograron sobrevivir las subsiguientes fases y permanecer o regresar— tuvieron que adaptarse en consecuencia a sus nuevos gobernantes durante cada etapa del camino. Esta volatilidad fue la norma en gran parte del Imperio. De las áreas que eventualmente lograron la independencia, sólo las jurisdicciones coloniales del Perú y del Río de la Plata experimentaron algún sentido real de continuidad política. En la primera, la fidelidad a la Corona se vio sostenida hasta el mismo final del enfrentamiento, un momento que los historiadores tradicionalmente atribuyeron a la batalla libertadora “final” de Ayacucho en 1824. [3] En el último caso, la mayor parte del Cono Sur al Este de los Andes conservó una independencia de facto desde el principio del movimiento en adelante. [4] Tras la conclusión de la guerra, los territorios del hemisferio occidental bajo dominio imperial quedaron reducidos a islas caribeñas como Cuba y Puerto Rico. Un excelente estudio que demuestra la volatilidad del período es la colección de ensayos editados por Haroldo Calvo Stevenson y Adolfo Meisel Roca con el título Cartagena de Indias en la Independencia. [5]

Incrustados en esta inestabilidad, las fortunas de los realistas estaban sujetas a preocupaciones religiosas. Fray Eugenio Torres Torres ha editado una sobresaliente colección de ensayos sobre la Orden Dominicana que examina el papel de la institución católica durante el período de la independencia. [6] La historiografía latinoamericana ha subrayado frecuentemente la significación de clérigos como el Padre Miguel Hidalgo en México en apoyo del esfuerzo “patriota”. Por esa razón, es refrescante encontrar que aquí los colaboradores eruditos han reconocido la complejidad más pronunciada del conflicto y han encontrado las simpatías de los sacerdotes, monjas y hermanos laicos afiliados de la Orden hacia ambos lados de la división entre “patriotas” y realistas. Los protagonistas inclinados hacia el realismo incluyen a un sacerdote dominico cuyas afinidades camaleónicas espejaban los flujos y reflujos de la guerra en Chile, cambiando de lado de acuerdo con los recurrentes cambios de régimen; las hermanas dominicas en la Argentina que fueron acusadas de deslealtad por establecer contacto con prisioneros de guerra pertenecientes a los antiguos círculos de la alta sociedad; y los comerciantes prósperos en Buenos Aires devotos de la Tercera Orden Dominicana para seglares cuya influencia se fue disipando continuamente a medida que la región rechazaba al monarca y abrazaba la causa republicana. Tal vez la más intrigante ilustración realista, sin embargo, fue engendrada por eventos poco conocidos en Nueva España, donde Fray Ramón Casaus escribió El Anti-Hidalgo en 1810 como una refutación directa del trabajo del célebre sacerdotes insurgente, mientras que otros realistas intentaron compensar la veneración de la Virgen de Guadalupe entre las fuerzas pro independentistas exponiendo activamente la intervención divina de la Virgen de la Soledad en Oaxaca del lado del rey Fernando VII. [7]

La invasión catalítica de Napoleón a la Península Ibérica en 1808 tuvo efectos profundos más allá del Atlántico, impulsando una cadena de consecuencias no deseadas que transformaron al Imperio en un desarreglo. El soberano español fue secuestrado y retenido como rehén por los invasores y un nuevo régimen bajo el liderazgo del hermano del emperador francés, José I, fue impuesto a todo el país. Los españoles que consideraban a Napoleón una extensión de los ideales de la Revolución francesa y el toque de difuntos para el absolutismo borbónico dieron la bienvenida a los agresores y declararon su lealtad al nuevo orden. La mayoría, sin embargo, desafiaron a los intrusos. Como respuesta, las regiones étnicamente diversas de España formaron sus propios gobiernos locales en oposición a los franceses y en apoyo del Rey cautivo. Así nació la Guerra de la Independencia Española. Las acciones peninsulares llevaron eventualmente a la creación de un Consejo de Regencia que pretendía representar a toda la nación. El problema fue que sus ejércitos repetidamente fallaron en el campo y los españoles en todos lados perdieron su fe en la capacidad del Consejo para gobernar. Esta situación llevó en última instancia a la formación de las Cortes españolas en 1810 que incluían la representación de los dominios imperiales de ultramar. Sin embargo, cuando los gobiernos locales en América se enfrentaron a la cuestión central de la lealtad a una causa común, las opciones estaban lejos de ser claras. La cuestión pronto fermentó en la pregunta más amplia de lealtad a quién. Una posibilidad era el nuevo monarca francés. Otra era el Rey español rehén. Una tercera era una solución de compromiso en las estructuras imperiales existentes, como los virreinatos y capitanías generales, bajo los jefes nombrados por Fernando. Una cuarta era la floreciente oposición nacionalista en la “patria” —primero hacia el Consejo de Regencia y luego hacia las Cortes. Finalmente, los locales podían recurrir a precedentes históricos de la Reconquista medieval y proclamar la autonomía de los autogobernados cabildos locales. La complejidad de este intrincado proceso se vio más complicado en 1814 con la reinstalación de Fernando VII.  Inmediatamente se volvió hacia aquéllos que habían peleado en su nombre y envió una masiva expedición militar para recuperar sus posesiones transatlánticas para su gobierno absolutista. El Rey fue depuesto nuevamente en 1820, sólo para recuperar su trono en 1823 con la ayuda de la mismísima Francia. Dado el abanico de alternativas para los miembros de tan extenso, desconectado y multifacético Imperio, no es sorpresa que los distintos locales inicialmente hiciesen elecciones diferentes. O que los eventos se fueran completamente de manos y que muchas regiones prosiguieran por el camino de la eventual independencia.

Dos textos recientes tratan sobre esta dinámica de lealtad. Preaching Spanish Nationalism Across the Atlantic de Scott Eastman examina cómo el liberalismo se intersectó con el catolicismo para crear una nueva ideología en defensa de la nacionalidad española —logrando ayudar a derrotar a las armas francesas en la Península pero fracasando en Nueva España donde la misma síntesis paradójicamente sirvió para fortalecer la causa de la independencia mexicana. [8] La colosal compilación en tres volúmenes de José Antonio Escudero intitulada Cortes y Constitución de Cádiz: 200 Años también incluye ensayos de académicos de primera línea que exploran el significado de la lealtad en América bajo las luchas políticas que disparó la invasión francesa. Aunque la intención de la obra no es analizar el realismo en sí, las visiones consideradas en los dieciocho ensayos que específicamente tratan de América—demasiado numerosos para reseñarlos aquí—proveen una fascinante mirada de las diversas facetas de la cuestión de la lealtad confrontada por los súbditos españoles de allí. [9]

Un componente integral de la cuestión de la lealtad también concierne a los grupos subalternos en Hispanoamérica que defendieron las prerrogativas de la Corona. Dos estudios recientes proveen un análisis detallado de las elecciones que confrontaron los pueblos indígenas, los descendientes de africanos y los de antepasados mixtos, y las conexiones de esos grupos con los eventos macro. [10] Los resultados a primera vista parecen presentar extrañas contradicciones —por ejemplo, los indios alguna vez conquistados que se ganaron el respeto de los españoles por su continua lealtad, así como los criollos de antepasados españoles generaban sólo desprecio peninsular por su rebelión. Una clave de la lealtad defensiva en Santa Marta fue el apoyo que las élites locales recibieron de los indios rurales que entendían que el apoyo al Rey era la manera de mantener sus privilegios bajo el sistema imperial reinante. Los indios caquetíos de Coro en Venezuela del mismo modo apoyaron a los españoles como forma de preservar su status como “libres”, garantizado por un acuerdo diplomático con España en 1527. Otro estudio explora las distintas lealtades entre los negros. Curiosamente, los arribos de esclavos más recientes desde África tendían a apoyar al monarca español, mientras que los negros libres y esclavos de padres americanos afiliados a fraternidades religiosas o gremios de artesanos con frecuencia apoyaron al bando “patriota”. La lógica de la fidelidad de los subalternos revela que la lealtad en Hispanoamérica fue construida más sobre la base de las necesidades y aspiraciones pragmáticas locales más que sobre la de un espectro ideológico más amplio defendiendo los principios abstractos de la libertad. [11]

Estas observaciones demuestran que el realismo hispanoamericano conlleva el potencial para convertirse en campo de estudios históricos mejor desarrollado, del mismo modo que ya ocurre del lado británico americano con los “Loyalists” de la Revolución americana. [12] Las posibilidades de investigación son infinitas. Los estudios recientes sobre la volatilidad política, la religión, la ideología realista y la subalternidad mencionados aquí son la punta del iceberg. Aforando de lo que estas investigaciones y otras anteriores han develado a la fecha, la lucha por la independencia puede no haber sido tan tranquilizadoramente transparente como alguna vez se supuso.

Detalle de Denis Auguste Marie Raffet, "Memorable y decisiva batalla de Ayacucho en el Perú" (1926).


Referencias:
[*] René Silva nació en La Habana (Cuba) y pasó su primera niñez en la isla. Exiliado con su familia, creció en el nordeste de los Estados Unidos. Graduado en Comunicación en la Universidad Seton Hall (1977), magíster en Historia por la Univ. Internacional de Florida (2011), próximamente doctorado en Historia Atlántica en la misma Universidad; es profesor asistente e investigador en la misma alta casa de estudios.
[1] Por ejemplo, para fines del siglo dieciocho lo que hoy son Ecuador, Venezuela y Panamá eran todos parte del Virreinato de Nueva Granada; los países de la moderna Centroamérica estaban bajo el eje de la Capitanía General de Guatemala; mientras que Uruguay, Paraguay y la mayor parte de Bolivia estaban dentro del Virreinato del Río de la Plata.
 [2] Estudios excepcionales sobre este grupo son más numerosos para Perú que tal vez para cualquier otro país latinoamericano e incluyen: Daniel Valcárcel, “Fidelismo y separatismo en el Perú”, Revista de Historia de América nº 37-38 (I-XII/1954): pp. 133-162; Armando Nieto Vélez, Contribución a la historia del fidelismo del Perú, 1808-1810 (Lima: Instituto Riva Agüero, 1960); Raúl Palacios Rodríguez, “Notas sobre ‘fidelismo’ en la Minerva Peruana”, Boletín del Instituto Riva Agüero nº 8 (1969): pp. 757-806; Waldemar Espinoza Soriano y Luis Daniel Morán Ramos, Reformistas, fidelistas y contrarrevolucionarios: Prensa, poder y discurso político en Lima durante las Cortes de Cádiz 1810-1814: Tesis doctoral (Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2008); César Félix Sánchez Martínez,  “Dispuestos a esgrimir nuestras espadas con los aleves enemigos: la reacción realista en el sur del Perú 1814-1825”, Ahora Información nº 104 (Madrid: 2010).
[3] La investigación reciente ha identificado conflictos violentos que continuaron más allá de la “grand finale” históricamente aceptado. Por ejemplo, el ensayo de Heraclio Bonilla sobre los indios de Iquicha en Indios, negros y mestizos en la independencia (Bogotá: Planeta / Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, 2010).
[4] El proceso en Chile al Oeste de los Andres no sigue en este patrón.
[5] Haroldo Calvo Stevenson y Adolfo Meisel Roca (Ed.), Cartagena de Indias en la independencia (Cartagena: Banco de la República, 2011).
[6] Fray Eugenio Torres Torres (Ed.), Dominicos insurgentes y realistas, de México al Río de La Plata (México: Porrúa Miguel Ángel, SA, 2011).
[7] Para una selección de textos de ensayos específicos de esta colección y otras obras referenciadas aquí, ver René J. Silva y Victor Uribe-Urán, “Spanish American Royalism in the Age of Revolution”, Latin American Research Review vol. 49 No. 1 (2014), pp. 271-281.
[8] Scott Eastman, Preaching Spanish Nationalism Across the Atlantic, 1759-1823 (Baton Rouge: Louisiana University Press, 2012).
[9] José Antonio Escudero, Cortes y Constitución de Cádiz: 200 Años (Madrid: Espasa, 2011), 3 volúmenes.
[10] Heraclio Bonilla (Ed.), Indios, negros y mestizos en la independencia (Bogotá: Planeta, 2010); Jairo Gutiérrez Ramos, Los indios de Pasto contra la república, 1809-1824 (Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2007).
[11] Ver nota 7.
[12] Ver René J. Silva, “Loyal and Royal: A Comparative Analysis of Adherents to the Crown during the American Revolution and the Spanish American Wars of Independence”, inédito (2013).

martes, 14 de agosto de 2018

Pastoral misionera


Salid al frente de esas gavillas de bandidos y bribones, presentad vuestros pechos al acero antes que condescender a un juramento que os hace perjuros para Dios y traidores a vuestro Rey, a vuestra Patria y a vuestra Nación.
No deis oídos a esos viejos de Susana, que nosotros conocemos muy bien, ni a esos jóvenes disolutos que tanto hemos favorecido. Ellos son unos necios atenienses y torpes espartanos que a cubierto de su ignorancia quieren aparentar los mismos nombres que deshonran. Os quieren obligar a ofrecer incienso a Baal, despreciando al Dios de Israel. ¡Ingratos! ¡Inhumanos! Ése es el pago que nos dais y que dais a vuestros padres. ¿Ése es el beneficio que queréis hacer a vuestra patria? Todo hombre depende naturalmente de Dios y del que lo representa. El nombre nada más de independencia es el más escandaloso. Huid de él hijos, como del infierno.
A cualquiera de nuestros súbditos que voluntariamente jurase la escandalosa independencia con pretextos frívolos y de puro interés propio lo declaramos excomulgado vitando y mandamos que sea puesto en tablillas. Si fuere eclesiástico lo declaramos suspenso y si alguna ciudad o pueblo de nuestra diócesis, le ponemos en entredicho local y personal y mandamos consumir las especies sacramentales y cerrar la iglesia hasta que se retractare y juren de nuevo la constitución española y ser fieles al Rey. Si alguno de vuestros hijos obedeciere a otro obispo que a Nos o a otros vicarios que los que Nos pusiéremos, u oyen misa de sacerdote insurgente o recibiere de él sacramentos, lo declaramos también excomulgado.

Hipólito Antonio Sánchez Rangel de Fayas y Quirós, obispo de Maynas (1820).

jueves, 17 de mayo de 2018

EGALITÉ, MANDILES CONTRA ESCUDOS

[Reproducimos con permiso del autor.]

EGALITÉ, MANDILES CONTRA ESCUDOS

Lo que no hicieron Tamerlán, Solimán y sus hordas

Por Fernando José Ares.

A comienzos del Siglo XII los Caballeros de San Juan de Jerusalén tomaron la Isla de Rodas, allí defendieron, con gran esfuerzo y valentía, durante mas de dos siglos la Fe de Cristo contra árabes y turcos.

Tamerlán la saqueó y devastó y finalmente Solimán, “el Magnifico”, tras gran destrucción, la conquistó definitivamente. La isla sufrió luego tres siglos de cruel tiranía musulmana.

Sin embargo todas esas luchas y sitios sufridos mantuvieron incólumes la arquitectura gótica que los Caballeros Cruzados desarrollaron en la isla. Testigos son sus fortalezas, palacios y casas solariegas que hoy hacen el disfrute de los turistas.

Calles enteras de la ciudad capital, también llamada Rodas, y también de otras ciudades están ocupadas por estas casas solariegas que llevaban, de acuerdo a la tradición, en su fachada el escudo de armas de la familia que la había construido y vivido en ella.

Ese escudo era el emblema familiar, su sello personal, a ese símbolo se remitían todos los integrantes de la familia, unidos por lazos de sangre y de historia. La importancia de la casa solariega en la sociedad está muy bien explicada en una obra que trazó hitos en nuestra Patria y en el mundo entero, “El Solar de la Raza” de don Manuel Gálvez.

Y el escudo de armas está estrechamente vinculado a nuestra cultura occidental y cristiana. Notable supervivencia la de los escudos de los Caballeros Jerosimilitanos, resistieron a aquel sangriento rengo Timur, a Solimán y a trescientos años de persecución turca sobre los cristianos.

Mas nociva que los anteriores para las tradiciones familiares fue la Revolución de Mayo, una rara mezcla de Tamerlán y Solimán con Rousseau y Robespierre, que arrasó con los escudos de armas y también con los que los defendieran.

Así la Asamblea del año XIII prohibió los emblemas familiares y mandó arrasarlos de las fachadas y en cualquier otro lugar donde estuvieran. No importaba que fueran propiedad particular ni que, en la mayoría de los casos, fueran una posesión familiar de siglos.

Nada valió, maza y pico no dejaron nada en pié. Y para los que se opusieran estaba la lanza, la espada, el arcabuz y la horca. Es que estaba en juego “la noble igualdad”. La identidad, que es el principio de la distinción, es muy peligrosa cuando se ve “en trono a la noble igualdad”.

Parece una contradicción que en una república se establezca un monarca aunque éste sea la reina Igualdad, pero hay que considerar que aquella era una república sui generis, porque quedó definitivamente claro, después del cuartelazo de 1812, que el verdadero gobernante no es el que figuraba como tal sino una Logia. Se llamaba “Lautaro”, una muestra de indigenismo precoz, en honor del asesino y torturador de don Pedro de Valdivia, persona de solar conocido y con escudo familiar.

A esta Logia, debilitada por la ausencia de su Venerable Maestro, la sucedió otra, la de “Buenos Aires”, pero a diferencia de la Revolución Guillotinadora de 1789, el cambio de logia no aparejó el degüello de los depuestos .

Unos años después el democrático poder en las sombras fue derribado por un criollo que asumió el Gobierno y se ganó honradamente su salario de Gobernador, mandando por si mismo y no como testaferro de una Logia. Como los Caballeros de San Juan de Jerusalén ese criollo sabía muy bien el Catecismo. Duró ese estado de franqueza política hasta 1852 que retornó el poder igualitario de las tinieblas o sea de los mandiles. Es que nada bueno dura mucho tiempo.

Vemos en nuestros días que lo que empezó derribando escudos, llegó también a derribar a nuestro Descubridor, al Gran Almirante, que curiosamente su día de gloria y también el nuestro, el 12 de Octubre, comenzó a ser celebrado gracias a don Manuel Gálvez y su obra que nos habla de las casas solariegas de las familias y culmina con el solar común de un conjunto de familias, que comparten una misma estirpe, es decir una misma sangre, que eso en última instancia es lo que constituye una raza (“El Solar de la Raza”).

Justo también es agradecer por lo mismo a un Presidente argentino, nieto de un fusilado y luego colgado por las logias de los enmandilados “derribaescudos” de su época, don Hipólito Yrigoyen, que prefería leer a Gálvez en vez de ver cine como hacen en la Residencia de Olivos los de los actuales tiempos.

Unos pocos años después del primer y nunca mejor llamado “Día de la Raza” (Denominación que será la próxima víctima de nuestros “derribaescudos”) y quizás no lo hiciera reivindicando el escudo de armas, un notable argentino nos alertaba sobre los frutos aterradores de la ennoblecida igualdad y su reinado, así amargamente se quejaba al respecto: “Todo es igual, nada es mejor”. Se llamaba Enrique Santos Discépolo. Murió de hastío.

miércoles, 19 de abril de 2017

De la Revolución en América

El rey de España no se libró del castigo: la tromba revolucionaria pasó por sus Estados como las olas del mar en completa furia y le arrebató sus colonias americanas. Esta guerra de independencia y transformación de la América realista en pequeños Estados republicanos, es la que rápidamente vamos a bosquejar.
Un acontecimiento extraordinario, que a fines del pasado siglo sobrevino en la América del Norte, conmovió profundamente las colonias españolas. Las inglesas, después de diez años de lucha, acababan de triunfar de la madre patria, y de organizar bajo la dirección de Washington, la república de los Estados Unidos. La idea de emancipación germinaba tan vigorosa en todos los entendimientos, que el conde de Aranda, ministro de Carlos III, después de un viaje a las colonias, osó proponer a su augusto amo que, para adelantarse a inevitables reivindicaciones, era menester constituir en favor de tres Infantes de España, sendas monarquías autónomas, con Méjico, Bogotá y Lima por capitales. Pero el perseguidor de Jesuitas no sabía su «oficio de rey», como le decía muy bien José II. Harto necio en ayudar a los americanos del Norte a lanzar a los ingleses de sus colonias, no comprendía que estimulados con este ejemplo, los americanos del Sur, se organizarían luego para despedir a los españoles.
La revolución francesa activó singularmente la fermentación de los ánimos. Al sustituir a las leyes de Jesucristo y de su Iglesia la voluntad de ciegas muchedumbres, la soberanía del pueblo elevaba el despotismo a la más alta potencia; pero se tuvo buen cuidado de decorarle con el nombre de libertad, se exaltaron los derechos del hombre y del ciudadano, se declamó contra la tiranía de los españoles y contra su sistema colonial, y finalmente, los jefes secretos de la conspiración organizaron ligas patrióticas cuyo fin principal era preparar aquella tierra a un alzamiento. A principios de este siglo estallaron varias tentativas de insurrección; pero sin éxito. Para triunfar de los ejércitos de España, era menester un hombre vaciado en la turquesa de los Alejandros y Napoleones, y América vio surgir de improviso al incomparable Bolívar.
Simón Bolívar había nacido en Caracas, capital de Venezuela el 24 de Julio de 1783, de una familia rica y cristiana. Huérfano desde la infancia, cayó desgraciadamente en manos de un profesor revolucionario, fanático admirador de Voltaire, y sobre todo, de Rousseau. Simón Rodríguez, que así se llamaba este patriota exaltado, hizo del niño un tipo de republicano, y principalmente un encarnizado enemigo de España. A la edad de quince años se le envió a Madrid para terminar su educación. Uno de sus tíos logró introducirlo en palacio, y jugando un día al volante con el príncipe de Asturias, que fue después Fernando VII, diole inadvertidamente un golpe en la cabeza. « ¿Quién hubiera anunciado al Rey, decía más tarde Bolívar, que tal accidente era el presagio de que yo debía arrancarle la más preciosa joya de su corona?» En 1801, visitando a París, admiró al republicano Bonaparte como «vencedor de los reyes y libertador de los pueblos» pero algunos años después, el republicano llegó a ser emperador, y Bolívar renegó de su ídolo, cuya gloria apareció desde entonces a sus ojos como «el resplandor del infierno: como las llamas del volcán que cubría la prisión del mundo». Al pasar por Roma en 1805, electrizado por los recuerdos de la antigüedad, juró en el monte Aventino libertar a su patria de los «tiranos españoles» recorrió en seguida los Estados Unidos, y volvió a Caracas, a tiempo precisamente de desenvainar su espada para cumplir su juramento.
Napoleón acababa de destronar a Fernando VII y de instalar en Madrid a su hermano José, como rey de España. So pretexto de sostener contra el usurpador los derechos del monarca destronado, los patriotas de Venezuela, Nueva Granada y el Ecuador, los tres grandes distritos de que se componía el virreinato de Santa Fe, se organizaron en juntas deliberantes y se insurreccionaron muy pronto, en nombre de Fernando VII, contra las autoridades españolas.
Quito dio el ejemplo el 10 de agosto de 1809; Santa Fe de Bogotá acababa de imitarlo, cuando Bolívar apareció en la escena para ponerse al frente del movimiento.
El 19 de abril de 1810, después de echar la mano al gobernador de Venezuela, depuso a las autoridades españolas y formó una junta suprema, independiente y libre, cuya autoridad solo había de cesar cuando cesara el cautiverio de Fernando VII.
Esta última clausula, por supuesto, no tenía otro objeto que el de disimular a los ojos del pueblo, generalmente muy realista, las miras de la revolución: un año más tarde, aquel congreso deliberaba sobre la cuestión de independencia absoluta; y como ciertos diputados vacilasen en pasar el Rubicán, el joven Bolívar aclamaba en un club patriótico: «La inacción es la traición ¿Que nos importa que España venda á Bonaparte sus esclavos, o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. ¡Qué los grandes proyectos deben prepararse con calma! Trescientos años de calma, ¿no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía?... Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad sur-americana. Vacilar es sucumbir.» Al calor de tan ardientes palabras, el congreso votó el acta de independencia y despachó en un abrir y cerrar de ojos, una constitución republicana, con la declaración de los derechos del hombre por prefacio y la abolición del Santo Oficio por vía de posdata. La nueva nación, que debía comprender más tarde a Venezuela, Nueva Granada y el Ecuador, tomó desde aquel punto el nombre de Colombia, en honra del inmortal descubridor del Nuevo Mundo. Los actos públicos se dataron ya de «la Era por siempre gloriosa de la independencia».
Estaba arrojado el guante a España. El general Monteverde al frente de las tropas realistas, recobró bien pronto las posiciones tomadas por los insurgentes; a punto estaba también de atacar a Caracas, cuando el día de Jueves Santo, 26 de marzo de 1812, un terremoto convirtió esta ciudad en ruinas. En pie sobre los escombros, en medio de una población loca de terror, Bolívar lanzó este grito: «La naturaleza se vuelve contra nosotros; lucharemos contra ella y venceremos». Algunos días después, se batía contra los puestos avanzados, cuando supo que Miranda, su general en jefe, después de haber entregado Caracas á Monteverde, acababa de firmar una vergonzosa capitulación. Corre furioso al puerto con la resolución de expatriarse, cuando de improviso ve llegar al desdichado Miranda, decidido también a pasar al extranjero. Bolívar y sus amigos se apoderan de él y lo arrestan hasta el día siguiente, con la marcada intención de obligarlo a retractarse de la capitulación, o de fusilarlo como traidor. Monteverde los puso de acuerdo, cayendo sobre ellos inopinadamente. Los unos fueron condenados a galeras, los otros al destierro o la muerte. Miranda murió en 1816 en los pontones de Cádiz. Bolívar, protegido por un amigo de Monteverde, obtuvo pasaporte para el extranjero. «Te lo doy, le dijo el español, en recompensa del servicio que has prestado al rey con la prisión de Miranda».
«Había preso a Miranda», respondió con altivez el americano, «para castigar a un traidor a su patria, no para servir al Rey». Monteverde frunció el ceño al ver alejarse al obstinado rebelde. ¡Cuántas veces debió arrepentirse de no haberlo fusilado!
Así desapareció a los dos años de harta precaria existencia, la joven y brillante Colombia, con su congreso, su constitución, su ejército y hermosos sueños de independencia. Pero este fracaso no desaminó a su indomable campeón. Vencido en Venezuela, corre a ofrecer su espada á Nueva Granada, en plena insurrección en aquellos momentos contra los españoles. « ¿Qué esperanzas nos restan de salud? exclama Bolívar. — ¡La guerra, la guerra sólo puede salvarnos por la senda del honor! - ¿Podrá existir un americano que merezca este glorioso nombre, que no prorrumpa en un grito de muerte contra todo español, al contemplar el sacrificio de tantas víctimas inmoladas en toda la extensión de Venezuela?... Id veloces a vengar al muerto, a dar vida al moribundo, soltura al oprimido, y libertad a todos.»
Al frente de quinientos hombres decididos se apodera del fuerte de Tenerife que domina el Magdalena, barre las orillas de este rio hasta Ocaña, y lanza su tropa a la montaña para atravesar a paso de carga las cuatrocientos leguas que le separan de Caracas, y arrojar de allí á Monteverde. Por de pronto arrolla los destacamentos enemigos emboscados en la cordillera, y consigue una brillante victoria en San José de Cúcuta, allende los montes.
Hollando entonces el suelo de la patria, dirige a sus soldados esta ardiente proclama: «Amigos míos, vuestras armas libertadoras han venido hasta Venezuela que ve respirar ya una de sus provincias al abrigo de vuestra generosa protección. — En menos de dos meses habéis terminado dos campañas, y habéis comenzado una tercera, que empieza aquí y que debe concluir en el país que me dio la vida. Vosotros, fieles republicanos, marchareis a redimir la cuna de la independencia colombiana, como los cruzados libertaron á Jerusalén, cuna del cristianismo.» Y parte como el rayo; al pasar, toma a Mérida, Trujillo, Davinas y Victoria, y marcha sobre Caracas, después de haber batido a todos los generales de Monteverde. En la imposibilidad de defender la capital, pide este último una honrosa capitulación.
Bolívar contestó a los suyos: «Sea, para mostrar al universo que aun en medio de la victoria, los nobles americanos desprecian los agravios y dan ejemplos raros de moderación a los mismos enemigos que han violado el derecho de las gentes y hollado los tratados más solemnes. Esta capitulación será cumplida religiosamente para oprobio del pérfido Monteverde y honor del nombre americano.»
El general español no lo esperó: embarcóse con seis mil hombres y se acogió a Porto-Caballo, su último refugio. Bolívar hizo su entrada en Caracas el 6 de Agosto de 1813. Treinta mil hombres lo recibieron gritando ¡viva el Libertador! El ayuntamiento por aclamación le confirmó este título, con el cual es conocido en la historia.
Para conservar su conquista, Bolívar tenía que luchar contra el ejército español, contra el pueblo que permanecía fiel a la monarquía, y sobre todo, contra sus propios generales envidiosos de su gloria.
Al influjo de todas estas causas, perdió en 1814 todo cuanto había ganado en 1813. Sus generales, neciamente obstinados en seguir sus ideas propias, se dejaron batir en toda la línea. En vano multiplicó prodigios de valor en el combate de Carabobo, donde con cinco mil hombres, aniquiló, tal como suena, los batallones enemigos; envuelto por todos lados por los españoles, vendido por los suyos, segunda vez tuvo que abandonar su amada Caracas. En el puente del buque que lo conducía a Cartagena, dijo a sus compañeros: «No hay triunfo contra la libertad; y los que hoy dominan el suelo de Colombia, mañana los verán ustedes humillados y expelidos del seno de nuestra patria, independiente y soberana.»
Mientras tanto, un golpe todavía más sensible le esperaba en Nueva Granada. Al eco de sus victorias y derrotas el congreso le felicitó calurosamente: «General, le dijo el presidente, vuestra patria no ha muerto, mientras exista vuestra espada... Habéis sido un militar desgraciado, pero sois un grande hombre.» Se le confió la gloriosa misión de reconquistar la ciudad de Santamaría, única plaza que ocupaban todavía los españoles en el litoral; pero el gobernador de Cartagena, celoso del extranjero cuyo nombre eclipsaba todos los demás, le negó obstinadamente las fuerzas necesarias; y no queriendo ser tea de discordia en aquella naciente república, única esperanza para lo porvenir, Bolívar tomo el generoso partido de retirarse a la Jamaica aguardando mejores días. «Soldados, dijo a sus compañeros de armas, decidid si hago un sacrificio de mi corazón, de mi fortuna y de mi gloria, renunciado el honor de guiaros a la victoria. — La salvación del ejército me ha impuesto esta ley: no he vacilado.»
E1 19 de Mayo de 1815 dejó el puerto de Cartagena acompañado de algunos de sus fieles oficiales. Los españoles batieron palmas creyendo muerto el león; pero luego tuvieron que presenciar con espanto su terrible despertar.
Colombia, se eclipsó como su héroe, durante los años de 1813 y 1816: la caída de Napoleón devolvió a Fernando VII el trono de sus padres, y el rey envió al capitán general Morillo con diez mil hombres de tropas escogidas a pacificar la América. Morillo pacificaba como la muerte, aplastando en su tránsito a Venezuela y Nueva Granada. Cartagena resistió cuatro meses; pero al cabo de este tiempo, el hierro y el fuego destruyeron lo que los horrores del sitio hablan perdonado. Bogotá se rindió a su vez, y seiscientos americanos pagaron con su cabeza la bienvenida del pacificador. Colombia sucumbía entre sangre y ruinas, cuando se supo de repente que Bolívar, con algunos oficiales y un puñado de valientes, había abandonado su isla é invadido de nuevo a Venezuela, con la firme resolución de vencer o morir.
En efecto, el 1" de Enero de 1817 entraba en Barcelona al frente de su pequeño ejército. «Cuando este ejército, dijo entonces, tenga las armas de que carece... se formará una masa de más de diez mil hombres, con los cuales nada es capaz de impedirnos marchar a Santa Fe y al Perú y librar aquellas provincias del yugo de los tiranos que las oprimen.» La profecía se cumplió al pie de la letra.
Para formar una base de operaciones, atraviesa con algunos centenares de hombres selvas inmensas, cruza el Orinoco y sienta sus reales en Angostura, cabeza de la Guyana, en el fondo do Venezuela, y establece allí un consejo de Estado, como preludio de las instituciones republicanas que eran su sueño dorado y su quimera. A principios de 1818 recorre trescientas leguas de izquierda a derecha, y cae de improviso sobre Morillo. Obligado a atravesar un rio muy ancho, dice a su guía, el guerrillero Páez, terror de la ribera: « ¿En dónde están vuestras canoas?» —«Allí están,» contesta Páez, señalando en la orilla opuesta los barcos del enemigo: y arrojándose al agua con su gente, el heroico capitán acuchilla a los guardias españoles, y vuelve con sus barcas. Bolívar cruza el rio, se deja caer sobre Morillo y alcanza la famosa victoria de Calabozo. El Pacificador perseguido con la punta del acero enemigo a la espalda, solo debió la salvación a la ligereza de su caballo.
El 1° de Enero de 1819, de regreso en Angostura. Bolívar preside el Congreso encargado por él de organizar el Estado. Allí expone sus ideas sobre el gobierno de la futura Colombia; república unitaria, no federal, cámara electiva, senado hereditario y presidente vitalicio, bajo cuyas condiciones, la República, según él, podría subsistir con orden y libertad.
Pero había exaltado en demasía los derechos del hombre y del ciudadano para arrastrar la asamblea a sus ideas conservadoras. Aquellos republicanos sedientos de empleos, necesitaban mucho movimiento de puestos públicos, elecciones continuas, carteras a mano, y una constitución como la de los Estados Unidos. Bolívar se inclinó ante el pueblo soberano y dejándole organizar a su antojo la máquina gubernamental, repasó de nuevo otras trescientas leguas para combatir a Morillo, que acababa de cruzar el Apuro con seis mil hombres.
Aquí comienza una odisea que sobrepuja á cuanto puede inventar la imaginación de los más fecundos novelistas. Bolívar se mantuvo por de pronto a la defensiva, entreteniendo a su adversario hasta la estación de las lluvias, durante las cuales se consideran imposibles las operaciones militares. En el momento en que debía darse por terminada la campaña de 1819, abandona al capitán Páez el cuidado de vigilar a Morillo, que estaba preparando ya sus cuarteles de invierno, y propone a sus tropas invadir la Nueva Granada, reconquistar a Bogotá, y enarbolar de nuevo el pendón de la independencia en la capital de Colombia. Había andado trescientas leguas a los rayos de un sol abrasador; tratábase ahora de recorrer otras tantas en el rigor del invierno, en medio de lluvias torrenciales y de ríos fuera de madre, para escalar sin detenerse las nevadas cumbres de la Cordillera. Pero Bolívar se expresa con tal entusiasmo, que todos sus soldados, ardiendo en fuego patriótico, exclaman: ¡a Bogotá! — «Adelante, grita uno de ellos: hasta más allá del Cabo de Hornos, si fuera necesario.»
El 2o de Mayo comenzó el movimiento de tropas; el 10 de Junio después de haber cruzado, el Arauco, llegaron al pie de la montaña. Por aquellos montes ásperos y gigantescos fue preciso conducir bagajes, cañones y municiones atravesando selvas y desfiladeros impracticables, entre precipicios y lluvias glaciales. Quedó renovado el pasaje de los Alpes por Aníbal. El 5 de Julio llega a saber Bolívar que el general Barreiro se dirige a su encuentro con cinco mil hombres de tropas frescas y aguerridas, lo derrota el 15 en Guarnaza, bate a Vargas el 2o, y lo rechaza a la capital. El 10 de Agosto alcanza la inmortal victoria de Boyacá contra los ejércitos reunidos de Barreiro y del virrey a quienes acorrala en un círculo de fuego y les obliga a rendirse con armas y bagajes. Aquel mismo día entra en Bogotá en medio de las aclamaciones de un pueblo ebrio de júbilo, que repetía frenético: ¡viva Bolívar, el libertador de Colombia, el padre de la patria! Esta campaña del «delirio militar», como la calificaba gráficamente el congreso de Angostura, solo había durado setenta y cinco días. Mejor que el capitán romano podía decir Bolívar: veni, vidi, vinci.
Los años de 1820 y 1821 fueron consagrados a consolidar la conquista con la fundación de la Unión colombiana. El congreso de Angostura decretó que Venezuela y Nueva Granada formasen una sola nación, y por consecuencia, Bolívar convocó nuevo congreso para elaborar la constitución de Colombia. Nombrado presidente de la república, abandonó el gobierno al vice-presidente Santander, para proseguir sin perder momento la obra de la emancipación. Volviendo los ojos al Sur, donde todavía se hallaban veinte mil españoles, y blandiendo la espada, dijo a sus tropas: « ¡Adelante! ¡Llevemos el estandarte de la independencia al Ecuador, al Perú y hasta la cima del Potosí!» y emprendió la marcha en el mes de Enero 1822.
Para llegar al Ecuador faldeando la meseta de los Andes, era preciso atravesar la provincia de Pasto, que con razón pasaba por una especie de Vendée. Aquellos valientes montañeses, hombres, mujeres y niños, pueblo y clero, emboscados detrás de los peñascos, protegidos por torrentes, ríos y barrancos, habían tomado la resolución de rechazar a los revolucionarios o de morir por su Dios y por su rey: el general García, comandante de la provincia, juró al gobernador de Quito llevarle atado codo con codo al traidor Bolívar.
Después de haber salvado obstáculos para todo el mundo insuperables, menos para él, el Libertador llega con sus tropas cerca del volcán de Pasto, al punto llamado Bombona, a. La posición del enemigo es formidable, » exclamó dirigiéndose a sus soldados: «pero no debemos permanecer aquí, ni podemos retroceder. Tenemos que vencer, y venceremos«... «Sin que almuerce la tropa, dijo a Torres, tome usted aquella altura, y yo vuelvo volando con las fuerzas que están en la reserva». Por desgracia, Torres entendió mal; pues entendió lo contrario...
«Entregue usted el mando al coronel Bárrete que seguramente cumplirá mejor que usted las órdenes que se le den.» — Entonces Pedro León Torres, desmontándose del caballo y tomando un fusil: «Libertador, le dijo con una decisión sublime, si no soy digno de servir a mi patria como general, la serviré como granadero... » Bolívar le abraza y le devuelve el mando, y Torres se lanza como un tigre herido al asalto de la colina. Cayó, y diez más tras él quedaron en el sitio: ¡Viva Colombia! exclaman los asaltantes, corriendo ciegos entre un diluvio de balas y de metralla. Tomada la posición, Bolívar entra triunfante en Pasto y el Obispo, realista fiel, le pide un salvo conducto para volverse a España. «Jamás, le contesta Bolívar; Catón y Sócrates no pueden servir de modelo a los próceres de nuestra sagrada religión. Por tanto, yo me atrevo a pensar que V. S., lejos de llenar el curso de su carrera religiosa en los términos de su deber, se aparta notablemente de ellos abandonando la Iglesia que el cielo le ha confiado.» El Obispo se quedó en medio de su rebaño.
Poco después, tuvo Bolívar una noticia que le colmó de júbilo: el general Sucre, a quien había mandado al Ecuador para prepararle el camino, acababa de conseguir una brillante victoria sobre el general Aimerich, gobernador de Quito. La batalla fue dada en el monte Pichincha que domina la ciudad, y terminó la campaña. « ¡Colombia es libre!» exclamó Bolívar. Tenía el propósito, como antes hemos dicho, de anexionar las provincias del Ecuador a la gran república colombiana, y se dirigió a Quito, donde fue recibido en triunfo. Para perpetuar la memoria del 24 de Mayo, día de la batalla de Pichincha, decidió el ayuntamiento que se erigiese una pirámide en la cual se había de grabar esta inscripción: ¡A Simón Bolívar, ángel de la paz y de la Libertad! Guayaquil sentía cierta inclinación a incorporarse al Perú; pero Bolívar no quiso desprenderse de esta joya del Pacífico, y después de una solemne proclama a los delegados de la provincia, se votó la anexión a Colombia entre repetidas aclamaciones a Bolívar, y al Libertador.
Emancipada Colombia, aún quedaba a los españoles el hermoso reino del Perú, en revolución de mucho tiempo atrás; pero cuya completa conquista no habían podido conseguir los patriotas, a causa de sus discordias. Bolívar les ofreció su espada que aceptaron no sin recelo; porque la gloria del gran general ofuscaba a los demagogos de Lima, lo mismo que a los de Bogotá.
El año de 1823, que fue de verdadera agonía, lo pasó en preparativos de campaña. Rodeado de traidores, de tropas dispuestas a desertar o amotinarse, enfermo de desfallecimiento y de fatiga, Bolívar trabajaba día y noche en formar un ejército capaz de batir a los veinte mil españoles acampados en el Perú. Dinero, caballos, municiones de boca y guerra, todo lo disponía, sin prescindir de mínimos detalles. «Es preciso vencer a todo trance, decía, porque en ello va ya la ruina del Perú, de Colombia y de mi gloria.» Terminados los preparativos, escribió el 15 de Abril al general Sucre que andaba explorando el país: «En Mayo saldremos contra el enemigo, en Junio nos batiremos. Tenemos al frente ocho mil españoles; nuestras fuerzas son casi iguales: la victoria es segura.»
Estas previsiones se realizaron al pie de la letra. Bolívar atravesó la cordillera a la cabeza de sus tropas, y después de trescientas leguas de marcha, se incorporó al general Sucre en las llanuras del Sacramento: «Soldados, dijo a los veteranos de Colombia, que formaban el núcleo de su ejército, vais a completar la obra más grande que el cielo ha podido encargar a los hombres: la de salvar un mundo entero de la esclavitud... ¡Soldados! el Perú y la América toda, aguardan de vosotros la paz, hija de la victoria; y aun la Europa liberal os contempla con encanto; porque la libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del universo »
La acción quedó empeñada en los llanos de Junín: lanzóse la caballería de ambos ejércitos una contra otra: durante una hora se estuvo luchando cuerpo a cuerpo, brazo a brazo, al arma blanca, sin disparar siquiera un tiro. Por fin, huyeron los españoles, dejando dos mil cadáveres y un inmenso botín. Las tropas republicanas aclamaron al gran Bolívar, y en su entusiasmo, exclamó el general Sucre: «Bajo la dirección del Libertador, solo la victoria podemos esperar. — Si, replicó Bolívar, para saber que debo vencer, basta conocer a los que me rodean.»
Algún tiempo después, el virrey Laserna quiso tomar el desquite en los campos de Ayacucho, y con diez mil hombres y once piezas de artillería atacó a Sucre, en ocasión de hallarse ausente Bolívar. Sucre le envolvió tan completamente, que el enemigo no tuvo otra alternativa que rendirse o dejarse degollar. Virrey, oficiales y soldados cayeron en manos del vencedor, el cual, al rendir homenaje de su victoria al Libertador, quedó nombrado capitán general de Ayacucho. Pero el general Olañeta ocupaba todavía el Alto Perú al frente de ocho mil españoles. Bolívar envió a Sucre a conquistar aquellas lejanas tierras, mientras él organizaba las provincias peruanas. Al cabo de una marcha de trescientas cincuenta leguas, el ejército republicano llegó al pie del Potosí, y el 1° de Abril de 1825 derrotó a los realistas en una batalla, que fue la postrera. Bolívar visitó las principales ciudades del Perú; Arequipa, Cuzco, Pazco y entró por fin en La Paz, capital del Alto Perú, donde se reunió al ejército triunfante. Allí recibió a los diputados que para inmortalizar al Libertador, habían dado a la república el nombre de Bolivia, y le rogaron que dotase al país, que había salvado, de un gobierno conservador. Escarmentado con los defectos de la constitución colombiana, en que ya fermentaba la anarquía, Bolívar estableció en el Alto Perú un poder sólido y estable: la presidencia vitalicia, cortando los vuelos a la ambición, debía dar consistencia a las instituciones. Entonces en el colmo de sus esperanzas, no pudo reprimir delante de sus oficiales los sentimientos en que rebosaba su corazón. Un día que se hallaba con ellos en el cerro del
Potosí, tendiendo sus miradas sobre aquella cadena de montañas, tantas veces pasadas y repasadas en quince años de combates, contemplando a Bolivia, el Perú, el Ecuador, Nueva Granada y Venezuela emancipadas por su acero, tomó en la mano la bandera de Colombia, y recordando a los granaderos que le rodeaban las memorables jornadas de San Felipe, de Boyacá, de Carabobo, de Pichincha, de Junín y de Ayacucho, les dijo: «Venimos venciendo desde las costas del Atlántico, y en quince años de una lucha de gigantes, hemos derrocado el edificio de la tiranía, formado tranquilamente en tres siglos de usurpación y de violencia... ¡Cuánto no debe ser nuestro gozo al ver tantos millones de hombres restituidos a sus derechos por nuestra perseverancia y nuestro esfuerzo!... En cuanto a mí, de pie sobre esta mole de plata que se llama Potosí, y cuyas venas riquísimas fueron trescientos años el erario de la España, yo estimo en nada esta opulencia, cuando la comparo con la gloria de haber traído victorioso el estandarte de la libertad, desde las playas ardientes del Orinoco, para fijarlo aquí, en el pico de esta montaña, cuyo seno es el asombro y la envidia del universo.»
¡Pobre Bolívar! apenas desciendas de la montaña, vas a aprender a tus expensas, que el estandarte de la libertad en manos ya de la revolución, es el negro pendón de un despotismo más duro que el de los reyes. ¡Colombia va a perecer, porque tú te has olvidado de enarbolar en ella la bandera de Colón, la Santa Cruz!
Bolívar había emancipado de España a la América del Sur; pero ¿la había libertado de la tiranía, como lo afirmaba en todas sus proclamas? No; la desunció del regalismo, para imponerla el yugo, aún más abrumador, de los revolucionarios. Nada tan cierto como aquel dístico que en 1822 apareció en los muros de Quito: Último día del despotismo, el primero de lo mismo.
El Libertador y su amada Colombia lo van a conocer a expensas propias. Gran militar y grande orador, pero político de cortos alcances, Bolívar, como todos cuantos salieron de la escuela de 1789, identificaba en su mente la monarquía y el despotismo, la república y la libertad, confundiendo así la forma con el fondo. Su filosofía era el Contrato social; su evangelio, la Declaración de los derechos del hombre; su principio de gobierno, la soberanía popular, tema invariable de sus discursos, proclamas y mensajes. «La autoridad del pueblo, decía a los soldados de Ayacucho, es el único poder que existe en esta tierra»: Todo, pues, debe ceder ante el parlamento, es decir, ante la mayoría que representa al pueblo; todo debe inclinarse ante la legalidad impuesta por esa mayoría. Conocida es semejante teoría liberal y parlamentaria, verdadera resurrección, bajo distinta forma, del despotismo regalista. — «Es que, dicen los revolucionarios, la ley del monarca no tiene más fundamento que la voluntad del hombre.» — ¿Y por ventura, no está compuesto de hombres el parlamento? — « ¿Un rey podrá renovar los crímenes de Nerón y las locuras de Calígula?» — ¿Y son acaso infalibles o impecables las mayorías? En el mero hecho de alcanzar el poder, ¿se despoja partido ningún de esas pasiones tiránicas que se llaman ambición, codicia, impiedad y venganza? El parlamento soberano es el despotismo del número, sustituido al despotismo de una sola persona; con la circunstancia agravante de que un tirano coronado puede estar siempre temeroso del puñal o de la insurrección, mientras que esos tiranuelos sin corona de nuestras asambleas, ruedas impersonales de lo máquina legislativa, son absolutamente irresponsables. ¿Cómo podía ignorar Bolívar esta verdad, cuando estampaba en la frente de la república francesa aquel sangriento estigma: «el gobierno republicano de Francia ha abierto a sus pies un abismo de execración; los monstruos que dirigían aquel país eran tan crueles como ineptos»? — Perfectamente; pero siendo esto así, república no puede ser sinónimo de libertad. ¿Vale acaso mas habérselas con la convención de 1793 que con Nerón o Diocleciano? Permítasenos dudarlo.
Para fundar un gobierno libre es preciso encontrar un freno moral de la voluntad humana, imperial, real o parlamentaria, a fin de sujetarla cuando, exacerbada por las pasiones, llega a ser tiránica. Este freno de justicia es la ley de Dios, interpretada por la Iglesia, su órgano oficial; y no hay otro. Dios es el único que no puede mandar como déspota, porque es la suprema verdad y la justicia soberana. Cabe disputar sobre el mérito respectivo de las formas de gobierno, de su conveniencia relativa a tal o cual Estado particular, pero en el fondo, todo poder, sea individual o colectivo, degenerará siempre en tiranía, si, eximiéndosele de las leyes divinas, se le confiere la soberanía absoluta. Los liberales de la naciente Colombia se encargaron de enseñarle a Bolívar este axioma político.
Mientras el Libertador combatía por la independencia, el general Santander, que le debía sus títulos militares y civiles, gobernaba la Colombia en calidad de vicepresidente de la república. Era demócrata como Bolívar; pero entendía de distinta manera que él la soberanía del pueblo. De buen grado hubiera dejado Bolívar a la Iglesia vivir en libertad en un estado libre; pero su teniente, a fuer de sectario, pensaba que siendo soberano el Estado, debía dominar a la Iglesia, y aun arrollarla, a poca resistencia que hiciese a los ukases de las mayorías parlamentarias. Así, en efecto, lo exige la lógica: basada la Revolución en el satánico principio de la soberanía absoluta del hombre, tiene que perseguir fatalmente a la Iglesia, que no abdicará jamás la soberanía que ha recibido de Dios.
Pero ¿cómo crear en las cámaras de pueblos esencialmente católicos una mayoría hostil a la Iglesia? Santander no ignoraba ninguno de los procedimientos europeos acerca del particular. Desde luego estableció en Bogotá una logia de franc-masones a la que decoró con el nombre de «Sociedad de las Luces» para hacérsela tragar al pueblo. Dábanse en ella a los incautos lecciones de inglés y francés, y luego se les iba alistando en la secta, que al poco tiempo llegó a estar en boga. Al lado de Santander, a quien se declaró Venerable, y de los ministros, grandes dignatarios de la logia, figuraban generales, comerciantes, abogados y aun clérigos y frailes, más o menos resabiados de liberalismo. Dábanse comilonas, se declamaba contra España y la Inquisición, contra la intolerancia de los Papas y la dominación del clero. «La religión hará grandes progresos, se decía a los cándidos aprendices, si el clero prescinde por completo de la política.» Para esparcir en el pueblo el veneno confeccionado en las logias, los periódicos de la secta principiaron a minarlos fundamentos del orden social, desfigurando la historia, vilipendiando día tras día a los hombres de bien y las personas eclesiásticas. Aquellos discípulos de Voltaire sabían perfectamente por boca de su maestro, que a fuerza de mentir, se logra infiltrar en los ánimos la mentira.
Creyéndose entonces en disposición de dirigir contra la Iglesia la formidable tramoya de la soberanía popular, insinuó Santander que para dotar a Colombia de un código verdaderamente liberal, que la emancipase para siempre de su larga servidumbre, los electores debían desterrar del futuro congreso a los reaccionarios, fanáticos y ocultos partidarios del gobierno caldo. Tan pérfidas declamaciones, apoyadas en habilísimos manejos electorales, dieron el resultado apetecido, y aquel pueblo católico, para fabricar su propia constitución, envió una imponente mayoría de francmasones.
Acontecía esto en 1821, a la sazón en que Bolívar, más preocupado de batir a los españoles que de legislar, daba principio a su grande expedición del Ecuador y del Perú. Los constituyentes se congregaron en Cúcuta bajo la dirección de Santander. En los precedentes proyectos de legislación fundamental, figuraba siempre un artículo declarando que la religión del Estado era la católica, con exclusión de todo otro culto. El congreso tachó este artículo bajo el hipócrita pretexto de que no tenía razón de ser declaración semejante en un país completamente católico. En vano la minoría hizo patente el sofisma que rasgaba el velo del odioso designio de los francmasones; estos votaron la supresión y hasta lograron expulsar del Congreso al doctor Baños que se negó a poner su firma al pie de semejante constitución, pues «adolecía de un vicio capital.»
No había por qué preocuparse ya con una religión cuyos derechos acababan de ser excluidos de la ley fundamental del Estado. El congreso votó en seguida la abolición del Santo Oficio y del Índex eclesiástico, reservando al gobierno la censura de los libros y de la prensa; y en prueba de respeto a la Iglesia, Santander autorizó inmediatamente la publicación de las obras de Voltaire, Rousseau, Diderot y Bentham, sin contar multitud de folletos impíos e inmorales. No se puso tampoco mal semblante a la organización de un cisma. Por graves motivos había otorgado la Santa Sede a los monarcas españoles privilegios muy especiales relativos al nombramiento de dignidades eclesiásticas, y administración de sus bienes y rentas, privilegios comprendidos bajo la denominación de real patronato. Evidentemente desaparecían con la monarquía mercedes particularmente concedidas a los monarcas católicos, y la América republicana volvía á caer en el derecho común. Pero contra toda evidencia, el congreso pretendió heredar de los reyes, derechos y privilegios semejantes. Vanamente se elevaron voces contra esta pretensión cismática; la mayoría masónica se declaró investida del derecho de patronato, y completó la obra de destrucción, sustituyendo en las escuelas públicas una enseñanza impía á la tradicional. So color de destruir los errores enseñados «durante los siglos de esclavitud,» el congreso impuso un nuevo plan de estudios a las universidades y aun a los seminarios mismos.
En todos los cursos se hizo obligatoria la adopción de textos notoriamente peligrosos y a veces, francamente impíos, como el de Bentham, profesor de ateísmo y de materialismo. ¡Desdichado el que osara criticar a este favorito de Santander! El doctor Margallo fue llevado a la cárcel por haber censurado desde su cátedra esta enseñanza impía, convertida en oficial, y forzosa.
Cuatro o cinco años de este régimen, mil veces más tiránico que el absolutismo regio, bastaron para exasperar a los pueblos. Defensores tan decididos de la Revolución, como Restrepo, historiógrafo de Colombia, se ven obligados a convenir en ello. La legislación impuesta por el congreso, según confiesa este amigo de Santander, derogaba los hábitos seculares, hacia tabla rasa de los buenos usos y costumbres, lo mismo que de los sentimientos religiosos de la nación; en una palabra, constituía una contradicción radical con la manera de ser del país.
El simple anuncio de una nueva legislatura, producía en el pueblo el mismo espanto que el pronóstico de un huracán o de un terremoto. En realidad, añade, estos congresos casi exclusivamente compuestos de abogados y jovenzuelos atiborrados de teorías francesas, no pensaban más que en aclimatar en Colombia las doctrinas de Voltaire y de Rousseau.
¡Y sí por fin, a cambio de impiedades y blasfemias, los perseguidores de la Iglesia hubiesen hecho algo por la prosperidad material del país! Pero ni aun eso: al cabo de quince años, habían amontonado más escombros que España en tres siglos. Colombia llegó a ser un infierno en que el orden estaba desterrado por completo. Nada de leyes protectoras del hogar, de las personas y propiedades: el latrocinio militar en todas sus formas; las casas saqueadas, los conventos convertidos en cuarteles, las iglesias profanadas, la leva de mozos a mano armada en calles y plazas, provincias enteras, como la de Pasto, exterminadas a causa de su realismo, ochocientos y hasta mil prisioneros arcabuceados de una vez; en los caminos, en aldeas y ciudades partidas de soldados cubiertos de andrajos, pasados de vicios, viviendo de la rapiña, inspirando desprecio y asco por el exceso de su impiedad é inmoralidad: tal era el afrentoso espectáculo que ofrecía aquel desdichado país. La guerra, siempre la guerra, y por consecuencia, la muerte de la agricultura, del comercio y del trabajo; exacciones insoportables, contribuciones forzosas, miseria en todas partes, bancarrota en perspectiva, ruina indefectible.
Roído en cuerpo y alma por esta banda de buitres el pueblo soberano lanzaba gritos de dolor que llegaron por fin a oídos de Bolívar en el momento mismo en que descendía de su pedestal del Potosí, embriagado todavía de victorias contra los tiranos, y muy orgulloso del regalo que acababa de hacer a América dotándola del sistema parlamentario. Labradores, comerciantes, clérigos y magistrados maldecían el nuevo régimen y pedían un salvador.
Apenas llegó a Lima, las quejas fueron más fuertes y vivas. Después de haber sacudido el yugo de los españoles, solo os resta, se lo decía, desembarazar el país de los tiranos liberales y de su execrable constitución. Aconsejábanle unos que restaurase la monarquía, y otros que se ciñese á sí propio la corona, con el título de emperador de los Andes. El bravo Páez, a quien había nombrado gobernador de Venezuela, enemigo personal de Santander, le importunaba para que imitase á Bonaparte, y arrojase por la ventana a todos los ideólogos del Congreso. Era una agonía: los diversos elementos de que se componía Colombia, se estaban cayendo a pedazos al impulso del descontento general Páez trabajaba para separar a Venezuela de la Unión, y otros ambiciosos agitaban en provecho propio las provincias del Ecuador: anunciábanse ya dentro de breve plazo la dislocación y la muerte. A pesar de su odio a Bolívar, de que había dado hartas pruebas, Santander se vio obligado a apelar como todos a la poderosa intervención del Libertador.
«V. E,, le decía, como Presidente de esta República, como su Libertador, como el Padre de la Patria, como el soldado de la libertad y como el primer súbdito de la Constitución, tomará el partido que crea más conveniente a nuestra salud y a la causa de la América. — Colombia ha nacido, porque V. E. la concibió; se ha educado bajo la dirección de V. E. y debía robustecerse bajo el suave influjo de la constitución y de V. E. mismo. Hoy está atacada en su infancia, con grave peligro de perecer, y V. E. es el único que debe salvarla.»
Mas ¡ay! que vamos a ver al vencedor de la naturaleza y de España, dejándose vencer por los falsos principios que le esclavizaron ¡luchar y reluchar en vano contra la tiranía revolucionaria! En nombre del pueblo soberano, los santanderistas van a hundir en la misma tumba a Bolívar y a Colombia.
Bolívar conocía a fondo el mal de que adolecía su país. A la constitución anárquica, antisocial y antirreligiosa de Cúcuta, quiso sustituir el sistema boliviano, esto es, un presidente vitalicio, investido de amplísimos poderes, senado inamovible, cámara electiva, en una palabra, una especie de monarquía constitucional, sin la sucesión hereditaria del jefe del Estado. Creía que este término medio entre la verdadera república y la monarquía verdadera, respondía a las exigencias del carácter americano, a las reminiscencias de lo pasado, tanto como a las aspiraciones de lo presente. Al general Páez que intentaba hacer de él un Napoleón del Nuevo Mundo, le decía terminantemente el 25 de Mayo de 1826: «Ni Colombia es Francia, ni yo Napoleón... Sin embargo, creo que en el próximo período, señalado para la reforma de la Constitución, se pueden hacer en ella notables mutaciones en favor de los buenos principios conservadores, y sin violar una sola de las reglas más republicanas. Yo enviaré á V. un proyecto de Constitución que he formado para la República de Bolivia; en él se encuentran reunidas todas las garantías de permanencia y libertad, de igualdad y orden. Si V. y sus amigos quieren aprobar este proyecto, sería muy conveniente que se escribiese sobre él y se recomendase a la opinión del pueblo. Este es el servicio que podemos hacer a la Patria.»
Para el éxito de esta evolución contaba con su propia influencia, con la sensatez del futuro Congreso, y quizás también con un resto de patriotismo de los santanderinos; pero estaba resuelto a no salirse de la legalidad. En Septiembre de 1826, llegó a Guayaquil de paso para Bogotá, y las autoridades de las tres provincias ecuatorianas le suplicaron que aceptase la dictadura, indispensable, a juicio suyo, para acabar con los anarquistas de Colombia y los revoltosos de Venezuela. Encadenado por su principio de la soberanía del número, Bolívar contestó que dentro de la legalidad podía salvarse el país y que él por su parte no quería que se le mentase siquiera lo del poder dictatorial. Poco después, en una proclama dirigida a los colombianos, lanzó este grito que más que de un jefe parecía salir de las entrañas de un padre: «El eco de vuestras discordias ha llegado a mis oídos: vengo a vosotros con la rama de oliva en la mano. Cesen vuestras funestas disensiones, sino queréis que en pos de la anarquía venga la muerte a cernerse sobre escombros y desiertos.»
Los liberales de Bogotá, con Santander a la cabeza, se burlaron en grande de la rama de oliva. A fin de simbolizar de antemano los esfuerzos del reformador, desatáronse en la prensa contra el déspota «que ardía en deseos de ceñirse la corona, imponiendo al pueblo la carta de esclavitud de que había dotado a Bolivia.» Santander alucinó tan bien a sus abogados, a sus estudiantes y a su populacho, que Bolívar tras de cinco años de triunfos y de ovaciones en América, fue recibido como enemigo en su propia tierra. A las puertas de la capital el intendente de la provincia, en medio de la municipalidad, se creyó en el caso de arengarle acerca del respeto debido a la constitución, y de la obligación en que todos estaban de cumplir sus juramentos. Indignado de audacia semejante respondió Bolívar «que al llegar a Colombia al frente de un ejército cargado de laureles, tenía derecho a esperar felicitaciones, en vez de impertinentes declamaciones sobre la constitución y las leyes. » Un poco más lejos, leyó un enorme cartel con estas significativas palabras: « ¡Viva la Constitución por diez años!»
En el palacio nacional el vice presidente Santander le dio el parabién por sus triunfos militares, declarando que también él, durante aquellos cinco años, había cifrado su gloria en gobernar según la ley; y que por lo demás, continuaría siendo esclavo de la constitución y grande admirador de Bolívar.
Estas manifestaciones hicieron comprender al libertador la necesidad de mantener oculto por de pronto al menos, su plan de reforma. Habló de la independencia, del ejército, de la unión, de la voluntad nacional «soberana infalible», y por último de la constitución, «ese libro sagrado, el evangelio del pueblo colombiano.» — «El voto nacional, añadió, me ha obligado a encargarme del mando supremo; yo lo aborrezco mortalmente, pues por él me acusan de ambición y de atentar a la monarquía. ¡Qué! ¿Me creen tan insensato que aspire a descender? ¿No saben que el destino de Libertador es más sublime que el trono?» Esto dicho, desenvainó su gloriosa espada, y se partió para Venezuela, con ánimo de hacer entrar a los separatistas en la unión, de buen o mal grado.
A pesar de aplaudir las declaraciones liberales de Bolívar, no ignoraban los santanderinos cómo pensaba este en secreto acerca de sus execrables leyes, ni cuan vivo era su deseo de que fueran revisadas. Lo habían llamado para hacer entrar en razón a Páez; pero muy resueltos a deshacerse de su salvador, desde el punto en que no les hiciese falta.
A penas dejó a Bogotá cuando los periódicos comenzaron a rugir contra el tirano, acribillando á sarcasmos la constitución de Bolivia. Para acabar de exaltar los ánimos, Santander publicó un mensaje al presidente, suscrito por gran número de habitantes y empleados de Bogotá, suplicándole, en medio de lisonjas más o menos envenenadas, que no alterase el sistema de gobierno. A fuerza de intrigas, llegó a sublevar contra Bolívar la división colombiana que le había seguido al Perú. El coronel Bustamante y setenta oficiales cómplices suyos, so pretexto de que la república estaba en peligro, arrestaron a sus jefes, tanto en Lima como en Bogotá. «Nuestros jefes, decían, traidores a la patria, son auxiliares de Bolívar para desgarrar el pacto constitucional.» En vez de destituir al autor de tan indigno pronunciamiento, Santander le felicitó por el buen ejemplo que acababa de dar. Intrigas semejantes de tal manera exasperaron a Bolívar, que inmediatamente resignó sus poderes.
«En cuanto a mí, escribía al congreso enviándole su dimisión, las sospechas de una usurpación tiránica rodean mi cabeza y turban los corazones colombianos. Los republicanos celosos no saben considerarme sin un secreto espanto, porque la historia les dice que todos mis semejantes han sido ambiciosos. En vano el ejemplo de Washington quiere defenderme... Con tales sentimientos renuncio una y mil millones de veces la presidencia de la república.»
El congreso no dejó de examinar la cuestión de si convenía o no aceptar la dimisión del presidente: los bolivaristas, o partidarios de la revisión, opinaron por la negativa, alegando la necesidad de un brazo poderoso y fuerte en las difíciles circunstancias en que se hallaba Colombia. Los santanderistas, por el contrario, se pronunciaron furiosos por la aceptación: «Los colombianos, decían, tienen horror a la servidumbre; no hay hombre necesario: y por otra parte ¿porque rehusar a Bolívar un reposo que tiene tan merecido?» Un diputado añadió «que teniendo el honor de pertenecer a la especie humana, votaría contra Bolívar en atención a que el código boliviano sólo era bueno para bestias de carga».
Después de esta mazada, se pasó a la votación, y cincuenta diputados contra veinticuatro rehusaron aceptar la dimisión.
Derrotados los santanderistas, Bolívar conservó el poder y convocó una gran Convención para terminar las diferencias, decidiendo la cuestión de las reformas constitucionales. Respetando siempre la soberanía nacional, recomendó a los agentes del gobierno que propusiesen como candidatos a hombres de probidad y patriotismo, dejando luego a los electores en completa libertad. Pero estos funcionarios se cruzaron de brazos, mientras que una legión de santanderistas recorría aldeas y ciudades denunciando al tirano, al usurpador y enemigo de la patria. Coma generalmente sucede, el pueblo engañado se decidió por los más activos y más audaces, y mandó a la convención una gran mayoría de santanderistas. La asamblea se reunió en Ocaña el 9 de Abril 1828, y siempre en campaña contra los insurgentes, Bolívar dirigió á los diputados un mensaje perfectamente motivado, sobre la necesidad de fortalecer el gobierno ejecutivo. Después de haber enumerado las reformas que le parecían indispensables, concluía en estos términos: «Un gobierno firme, poderoso y justo es el grito de la patria. Miradla de pie sobre las ruinas del desierto que ha dejado el despotismo, pálida de espanto, llorando quinientos mil héroes muertos por ella, cuya sangre, sembrada en los campos, hacía nacer sus derechos. Sí, legisladores; muertos y vivos, sepulcros y ruinas os piden garantías. Y yo que sentado ahora sobre el hogar de un simple ciudadano, y mezclado entre la multitud, recobro mí voz y mí derecho; yo que soy el último que reclamo el fin de la sociedad; yo que he consagrado un culto religioso a la patria y a la libertad, no debo callarme en momento tan solemne. Dadnos un gobierno en que la ley sea obedecida: el magistrado respetado y el pueblo libre... Considerad que la energía de la fuerza pública es la salvaguardia de la flaqueza individual, la amenaza que aterra al injusto y la esperanza de la sociedad.»
La asamblea escuchó este mensaje con profundo silencio; pero los exaltados se desataron luego en injurias contra el dictador, pidiendo a voces su deposición. Santander había ya declarado que antes se haría vasallo del Gran Turco que obedecer a Bolívar, en vista de cuya previa decisión, la minoría se abstuvo de concurrir a las sesiones; con lo cual, a falta de número suficiente para deliberar, se consiguió la disolución de la cámara. Los santanderistas, copiando á Bentham, declararon que »en ningún caso se puede resistir a la mayoría, aun cuando llegue ésta a legislar contra la religión y el derecho natural, aun cuando mande a los hijos que sacrifiquen a su padre» y se les dejó entregados a sus extravagancias para pensar en los medios de salvar a la patria.
La situación llegó a ser gravísima: los liberales hablaban ya de desterrar, y hasta de descuartizar a Bolívar. En semejante conflicto, el coronel Herrán, jefe de la provincia, convocó una junta popular para salvar la república, según decía, insultada por el Perú, amenazada por España, y vendida por una asamblea que rehusaba al Libertador los poderes necesarios para cumplir su misión. El pueblo decretó en seguida la disolución del congreso y la dictadura temporal del presidente. El consejo de Estado y las autoridades civiles y militares, se agregaron a la junta, y Bolívar volvió a entrar en la capital en medio de un pueblo embriagado de júbilo, consintiendo en aceptar el poder hasta el día 2 de Enero de 1830, en que se había fijado la convocación del nuevo congreso.
Pero la revolución no cede nunca: a los que no puede derribar, los asesina. Transcurrido un mes de su derrota el 25 de Setiembre de 1828, á cosa de media noche, una turba de insurgentes y soldados amotinados asaltó el palacio presidencial, dando gritos de muerte contra el tirano. Había forzado ya la puerta, y puñal en mano, se dirigían algunos a la alcoba de Bolívar, cuando este, despertándose al ruido, se escapó por una escalera secreta. Habiéndoles salido fallido el golpe, los asesinos se vieron envueltos por la tropa, y quedaron arrestados. Se fusiló a los más culpables, y el mismo Santander, convicto de haber tomado parte en el asesinato, fue condenado a destierro.
Bolívar comprendió entonces hasta donde llegaba la tiranía revolucionaria y la humillación de un pueblo entregado indefenso a los ambiciosos y malvados que lo explotaban. No consultando más que la justicia y el interés de la patria, dictó estos dos decretos:
«Considerando 1° Que la lenidad con que el gobierno ha querido caracterizar todas sus medidas, ha alentado a los malvados a emprender nuevos y horribles atentados: 2° Que anoche mismo han sido atacadas a mano armada las tropas a quienes estaba confiada la custodia del orden y del gobierno, y el palacio de este, convertido en teatro de matanza, y aun se amenazó con encarnizamiento la vida del jefe de la república... Decreto: De hoy en adelante pondré en práctica la autoridad que por el voto nacional se me ha confiado, con la extensión que las circunstancias hagan forzosa. — Habiendo acreditado la experiencia, tanto en Colombia como en otras naciones, que las sociedades secretas sirven especialmente para preparar los trastornos públicos... que ocultando ellas todas sus operaciones con el velo del misterio, hacen presumir fundadamente que no son buenas... Decreto: Se prohíben en Colombia todas las sociedades o confraternidades secretas, sea cual fuere la denominación de cada una.»
A fin de restablecer la unión íntima entre la Iglesia y el Estado, unión a que en otro tiempo había llamado el Arca de alianza, exhortó vivamente al clero a predicar incesantemente la moral cristiana, la paz y la concordia, diciendo: «Del desvío de los sanos principios, ha provenido el espíritu de vértigo que agita al país; y cuando se enseña y se profesa las máximas del crimen, es preciso que se haga también oír la voz de los pastores que inculque el respeto, la obediencia y la virtud.»
Y persuadido, en fin, de que la enseñanza universitaria estaba emponzoñando la juventud, dispuso su completa reforma, expulsó de las escuelas los textos peligrosos, e introdujo en ellas el estudio profundo de la religión, «a fin de suministrar armas a los jóvenes contra los ataques de la impiedad y el impulso de sus propias pasiones.»
La razón estaba por Bolívar; pero la lógica no. El hombre de 1789 había acariciado, lisonjeado y divinizado en demasía la Revolución, para que esta se dejase ahora amordazar por él. La Mejera lanzaba furiosos aullidos, y a sus esfuerzos, el edificio colombiano crujía por todas partes y el Perú llegó hasta la amenaza de una invasión.
En vano Bolívar se multiplicaba para reparar las brechas, pacificando en persona el Coca sublevado, triunfando del Perú por sus generales Sucre y Flores; la fecha solemne del 2 de Enero de 1830 iba a ponerle en presencia del pueblo soberano.
Durante un año entero, sus enemigos hablan empleado los medios más innobles para desacreditarle ante los electores. A fuerza de escuchar que la dictadura era el escabel del trono, el pueblo se imaginó que votando por los partidarios de Bolívar, votaba el restablecimiento de la monarquía, y los santanderinos triunfaron en toda la línea. Sublevado contra tamaña ingratitud, rendido de fatiga y enfermo, sucumbió Bolívar abrumado por el desaliento y el desengaño. No teniendo a mano ningún medio legal de resistir a los opresores de la patria, les dejó decir y hacer cuanto se les antojara. A un amigo que le propuso redactar un plan de constitución, le contestó que había fabricado ya bastantes constituciones, y que abandonaba el congreso a su propia inspiración.
En una proclama dirigida al pueblo, le anunció que cada cual era perfectamente libre para expresar sus ideas, tanto sobre la forma, como sobre las personas del futuro gobierno; que en cuanto a él había resuelto irrevocablemente volver a la vida privada. Su consejo de Estado, de acuerdo con los diplomáticos extranjeros, propuso un día ofrecerle la corona para arrancar a la desdichada Colombia de los garras de ambiciosos que ardían en deseos de repartírsela en pedazos; pero él amenazó con abdicar inmediatamente el poder, si no se abandonaba proyecto semejante.
El lo de Enero de 1830 quedó instalado el congreso, y Bolívar le envió su dimisión en términos que no dejaban duda acerca de sus intenciones. Después de haber deplorado la instabilidad de las instituciones y la anarquía que de ella resultaba, declaró que cesaba para siempre en sus cargos políticos: «Permitidme que mi último acto, añadía, sea recomendaros que protejáis la religión santa que profesamos, fuente profusa de las bendiciones del cielo. La educación pública, que es el cáncer de Colombia, reclama de vosotros sus más sagrados derechos». Y en una frase que resumía la historia de los últimos veinte años, hacia este triste, pero fatal balance de la tiranía revolucionaria: «Ciudadanos, me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido, a costa de los demás». Sin tener en cuenta las instancias del congreso para que conservase el poder hasta que se votara la constitución y se eligieran las nuevas autoridades, dio parte al pueblo de su retirada definitiva.
» ¡Colombianos! les decía: Hoy he dejado de mandaros. Veinte años ha que os he servido en calidad de soldado y magistrado. En este largo periodo hemos reconquistado la patria, libertado tres repúblicas, conjurado muchas guerras civiles, y cuatro veces he devuelto al pueblo su omnipotencia, reuniendo espontáneamente cuatro congresos constituyentes... Temiendo que se me considere como un obstáculo para asentar la república sobre la verdadera base de su felicidad, yo mismo me he precipitado de la alta magistratura á que vuestra bondad me había elevado. ¡Colombianos! He sido víctima de sospechas ignominiosas, sin que haya podido defenderme la pureza de mis principios. Los mismos que aspiran al mando supremo, se han empeñado en arrancarme de vuestros corazones, atribuyéndome sus propios sentimientos; haciéndome aparecer autor de proyectos que ellos han concebido; representándome, en fin, con aspiración a una corona que ellos me han ofrecido más de una vez, y que yo he rechazado con la indignación del más fiero republicano. Nunca, nunca, os lo juro, ha manchado mi mente la ambición de un reino, que mis enemigos han forjado artificiosamente, para perderme en vuestra opinión. No escuchéis, os ruego, la vil calumnia y la torpe codicia que por todas partes agitan la discordia ¿Os dejareis deslumbrar por las imposturas de mis detractores?... ¡Compatriotas! Escuchad mi última voz al terminar mi carrera política: a nombre de Colombia, os pido, os ruego, que permanezcáis unidos para que no seáis los asesinos de la patria y vuestros propios verdugos.»
El 8 de Mayo partió Bolívar para Cartagena, con el intento de dirigirse a Europa. Orillas del mar, a donde había ido para reparar un tanto su quebrantada salud, vio desmoronarse el edificio que había levantado. Venezuela se organizaba como república independiente bajo la presidencia del general Páez, y las tres provincias del Ecuador, Quito, Cuenca y Guayaquil, rompiendo una tras otra la cadena que las sujetaba á Colombia, se declaraban autónomas a las órdenes del general Flores. Menos afortunado que Alejandro, Bolívar asistía en vida al desmembramiento de su gran república, cuyos despojos se disputaban sus capitanes, recíprocamente devorados por la envidia. Supo luego que su mejor amigo, el general Sucre, vencedor de Ayacucho, había sucumbido en los sombríos desfiladeros del Coca, cobardemente asesinado por sus rivales; y conmovido hasta el fondo de su corazón, exclamó el Libertador: «¡La sangre de Abel es la que han derramado !» Por lo demás, no perpetraban aquellos Caínes, menos repugnantes infamias en Bogotá: los estudiantes se divertían fusilando el retrato de Bolívar; los amigos de este eran insultados como serviles por la soldadesca liberal; el desorden llegó a tomar tales proporciones, que el general Urdañeta, apoderado de la ciudad por un golpe de mano, instituyó un gobierno provisional, cuyo primer acto fue enviar una comisión a Bolívar para suplicarle que volviese a tomar el mando: «¿Qué he de hacer yo, contestó, contra una barrera de bronce que me separa de la presidencia? Esta barrera de bronce es el derecho. No lo tengo, ni lo ha cedido el que lo posee.» Sus amigos insistían en nombre de la patria moribunda; y él replicaba: «No espero salud para la patria. Este sentimiento, o más bien, esta convicción interior, ahoga mis deseos y me arrastra a la más cruel desesperación. ¡Yo creo todo perdido para siempre!... Hay más aun; los tiranos de mi país me lo han quitado; así yo no tengo patria a quien hacer el sacrificio.»
Esos tiranos no solo lo habían arrojado de su patria, sino que lo habían asesinado. Algunos meses de agonía moral bastaron a ponerlo al borde del sepulcro. El 8 de Diciembre se sintió desfallecido en la ciudad de Santa Marta, a donde lo habían llevado sus amigos para que se repusiese un poco, antes de darse a la mar. Advertido por el Obispo de que estaba en peligro de muerte, recibió los últimos sacramentos de la manera más edificante, y luego dictó su despedida del pueblo colombiano.
«Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono. — Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión: los pueblos, obedeciendo al actual gobierno para librarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo, y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales. — ¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria; si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro.»
El 17 de Diciembre de 1830 exhaló su postrer suspiro. Contando solo 47 años; ¡cuántos servicios hubiera podido prestar aun a su país, a no ser por los miserables que emponzoñaron su vida y apresuraron su muerte! Por lo demás, hijo de la Revolución, debía esperar ser devorado por ella. ¿No es esta, por ventura, la suerte que reserva, como Saturno, a todos sus hijos?


Auguste (Jean-Baptiste) Berthe (*Merville 15/VIII/1830-1907/XI/22 Roma), en religión Augustin Berthe C.Ss.R., fue un sacerdote católico, misionero y predicador redentorista. Profesor de retórica, misionero en Inglaterra, Francia y Suiza, fue rector de diversas casas redentoristas en Francia, hasta ser designado en 1849 Consultor General de su congregación en Roma, donde vivirá hasta el fin de su vida supervisando los estudios teológicos y los escritos de sus hermanos de religión. Escribió numerosos artículos y libros, varios de ellos traducidos a diferentes idiomas. Conoció personalmente y fue el primer biógrafo de Gabriel García Moreno, el presidente mártir del Ecuador. Opuesto al Americanismo y al Ralliement, fue una de las grandes figuras del catolicismo fiel y militante de su época. También publicó una Vida de San Alfonso de Liguorio en dos volúmenes. En 1899 escribió una profética carta a Monseñor Delassus, a propósito de la aparición del libro de éste L'Americanisme et la Conjuration anti-chrétienne, "Malheur au monde si l'Amérique devient, comme on nous le prédit, la conquérante des peuples et l'institutrice des siècles à venir!".

[Fotografía gentileza de www.SantAlfonsoEdintorni.it]