"Si la historia la escriben los que ganan, quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia."
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jueves, 17 de mayo de 2018

EGALITÉ, MANDILES CONTRA ESCUDOS

[Reproducimos con permiso del autor.]

EGALITÉ, MANDILES CONTRA ESCUDOS

Lo que no hicieron Tamerlán, Solimán y sus hordas

Por Fernando José Ares.

A comienzos del Siglo XII los Caballeros de San Juan de Jerusalén tomaron la Isla de Rodas, allí defendieron, con gran esfuerzo y valentía, durante mas de dos siglos la Fe de Cristo contra árabes y turcos.

Tamerlán la saqueó y devastó y finalmente Solimán, “el Magnifico”, tras gran destrucción, la conquistó definitivamente. La isla sufrió luego tres siglos de cruel tiranía musulmana.

Sin embargo todas esas luchas y sitios sufridos mantuvieron incólumes la arquitectura gótica que los Caballeros Cruzados desarrollaron en la isla. Testigos son sus fortalezas, palacios y casas solariegas que hoy hacen el disfrute de los turistas.

Calles enteras de la ciudad capital, también llamada Rodas, y también de otras ciudades están ocupadas por estas casas solariegas que llevaban, de acuerdo a la tradición, en su fachada el escudo de armas de la familia que la había construido y vivido en ella.

Ese escudo era el emblema familiar, su sello personal, a ese símbolo se remitían todos los integrantes de la familia, unidos por lazos de sangre y de historia. La importancia de la casa solariega en la sociedad está muy bien explicada en una obra que trazó hitos en nuestra Patria y en el mundo entero, “El Solar de la Raza” de don Manuel Gálvez.

Y el escudo de armas está estrechamente vinculado a nuestra cultura occidental y cristiana. Notable supervivencia la de los escudos de los Caballeros Jerosimilitanos, resistieron a aquel sangriento rengo Timur, a Solimán y a trescientos años de persecución turca sobre los cristianos.

Mas nociva que los anteriores para las tradiciones familiares fue la Revolución de Mayo, una rara mezcla de Tamerlán y Solimán con Rousseau y Robespierre, que arrasó con los escudos de armas y también con los que los defendieran.

Así la Asamblea del año XIII prohibió los emblemas familiares y mandó arrasarlos de las fachadas y en cualquier otro lugar donde estuvieran. No importaba que fueran propiedad particular ni que, en la mayoría de los casos, fueran una posesión familiar de siglos.

Nada valió, maza y pico no dejaron nada en pié. Y para los que se opusieran estaba la lanza, la espada, el arcabuz y la horca. Es que estaba en juego “la noble igualdad”. La identidad, que es el principio de la distinción, es muy peligrosa cuando se ve “en trono a la noble igualdad”.

Parece una contradicción que en una república se establezca un monarca aunque éste sea la reina Igualdad, pero hay que considerar que aquella era una república sui generis, porque quedó definitivamente claro, después del cuartelazo de 1812, que el verdadero gobernante no es el que figuraba como tal sino una Logia. Se llamaba “Lautaro”, una muestra de indigenismo precoz, en honor del asesino y torturador de don Pedro de Valdivia, persona de solar conocido y con escudo familiar.

A esta Logia, debilitada por la ausencia de su Venerable Maestro, la sucedió otra, la de “Buenos Aires”, pero a diferencia de la Revolución Guillotinadora de 1789, el cambio de logia no aparejó el degüello de los depuestos .

Unos años después el democrático poder en las sombras fue derribado por un criollo que asumió el Gobierno y se ganó honradamente su salario de Gobernador, mandando por si mismo y no como testaferro de una Logia. Como los Caballeros de San Juan de Jerusalén ese criollo sabía muy bien el Catecismo. Duró ese estado de franqueza política hasta 1852 que retornó el poder igualitario de las tinieblas o sea de los mandiles. Es que nada bueno dura mucho tiempo.

Vemos en nuestros días que lo que empezó derribando escudos, llegó también a derribar a nuestro Descubridor, al Gran Almirante, que curiosamente su día de gloria y también el nuestro, el 12 de Octubre, comenzó a ser celebrado gracias a don Manuel Gálvez y su obra que nos habla de las casas solariegas de las familias y culmina con el solar común de un conjunto de familias, que comparten una misma estirpe, es decir una misma sangre, que eso en última instancia es lo que constituye una raza (“El Solar de la Raza”).

Justo también es agradecer por lo mismo a un Presidente argentino, nieto de un fusilado y luego colgado por las logias de los enmandilados “derribaescudos” de su época, don Hipólito Yrigoyen, que prefería leer a Gálvez en vez de ver cine como hacen en la Residencia de Olivos los de los actuales tiempos.

Unos pocos años después del primer y nunca mejor llamado “Día de la Raza” (Denominación que será la próxima víctima de nuestros “derribaescudos”) y quizás no lo hiciera reivindicando el escudo de armas, un notable argentino nos alertaba sobre los frutos aterradores de la ennoblecida igualdad y su reinado, así amargamente se quejaba al respecto: “Todo es igual, nada es mejor”. Se llamaba Enrique Santos Discépolo. Murió de hastío.

martes, 15 de marzo de 2016

Rosas en Inglaterra




Siempre ha sido una especie de misterio la razón por la cual Juan Manuel de Rosas termina sus días en el Reino Unido. Unos cuantos historiadores rosistas lo han esquivado y otros si bien le hacen frente, no dan explicaciones convincentes. Entre los anti-rosistas las explicaciones no valen la pena, siendo —casi sin excepción— leyendas fruto de la necesidad de convertir a Rosas en el chivo expiatorio de todo lo supuestamente malo que hubo en la historia argentina del siglo XIX. 



En nuestro caso, como revisionistas del revisionismo, al mismo tiempo que no podemos ocultar nuestra simpatía por algunos (pocos o muchos, es discutible) actos de restauración de la tradición hispánica rota el 25 de mayo de 1810, no terminamos de “comprar” el relato rosista. Ciertamente Rosas no fue un Vázquez de Mella y ni siquiera un García Moreno. De alguna manera, su gobierno entra en lo que la Ciencia Política denomina Bonapartismo o lo que nosotros, siguiendo a Balmes, podríamos llamar “conservador de la Revolución”. (1) 

Más allá de lo doctrinal, la cuestión del ocaso del Restaurador de las Leyes en Gran Bretaña, también nos deja un interrogante. Ofreceremos a continuación algunos indicios, que hasta el momento, no han sido revelados.

Sabemos que Rosas arrienda la granja de Burgess Street en Swaythling, cerca de Southampton (Hampshire), conocida como Cantles o Cantells por el nombre de sus primitivos ocupantes. (2)



Se ha dicho erróneamente que el propietario de la granja era Lord Palmerston. Lo dicen Colombres y Luqui Lagleyze, quienes se lo atribuyen a Saldías, aunque como demuestra Müller, esto no es así. (3)

En su muy recomendable libro, Müller explora la cuestión de la propiedad de las tierras que labraba Rosas. Correctamente indica a los Fleming de Stoneham, aunque luego se pierde un poco con los nombres. Vamos a ayudar un poco a ordenar los tantos.

Como se indica en The Willis Fleming Historical Trust, la granja de Burgess St. era parte del patrimonio Stoneham. Era éste el principal patrimonio de la propiedad Fleming de Hampshire. Tenía su casa solar en North Stoneham y había sido adquirida por Sir Thomas Fleming en 1599 (4). En 1776 se agregaron las casas de Swaythling y Hatch, la de South Stoneham en 1819, Mainsbridge y Pollack en 1821, y la pesquería de Itchen en 1828. En total, para mediados del siglo XIX, la propiedad había alcanzado más de 2000 hectáreas y contaba con cientos de arrendatarios, entre los que se contará Rosas. (5)

Müller da una larga lista de Fleming, Willis y Phillimore que figuran en el registro civil de Hampshire, y parece concluir que el arrendador de la granja de Rosas era John Barton Fleming (o Willis-Fleming), el más conocido de su apellido en el siglo XIX.

John Barton Willis era el hijo de un clérigo de Buckinghamshire que lo había excluido de su testamento, pero que heredó a su primo John Fleming (1802 [6]), el último de su familia, y redondeó y acrecentó la propiedad como se indica más arriba. John Barton Fleming, como se llamaba ahora, ocupó un escaño en el Parlamento en la bancada conservadora, adquiriendo rápidamente notoriedad en numerosos debates. Fue enemigo del reformador Cobbett y un poderoso aliado de Wellington. Sin embargo, se opuso a éste en la cuestión de la emancipación de los católicos y los judíos; siendo derrotado en ambas. Falleció en Atenas, en 1844, durante un crucero por el Mediterráneo. (7)

Y he aquí el primer problema. El célebre parlamentario conservador ya había muerto para cuando Rosas se exilió en Inglaterra.

¿Por qué es importante saber quién era el arrendador de Rosas? Porque, según confiesa en la correspondencia con su yerno (8), el “Lordland” (sic, landlord sería correcto) no le cobra hasta tanto le sean devueltos sus bienes.

Recurrimos entonces al famoso Burke’s (9) y así vemos que el arrendatario de Rosas era el hijo del famoso parlamentario con su mujer Christopheria Buchanan: John Browne Willis Fleming (1815-1872), de un perfil muchísimo más discreto que su padre.

Éste se había casado el 27 de febrero de 1840 con Elizabeth Katharine Cochrane, hija de Thomas Cochrane, el 10º conde de Dundonald, y de su mujer Katherine Frances Corbet Barnes.

Este Cochrane es nuestro viejo y conocido Lord Cochrane. Curioso, ¿no?

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(1) Al respecto, recomendamos el artículo de Mario Fidel Bianchetti “El Cid, Rosas y la cuestión dinástica práctica” que fue publicado en el Boletín de la Hermandad Tradicionalista Carlos VII, nº 17.
(2) Según The Willis Fleming Historical Trust, Burgess Street Farm, también llamada Burgastreet, era conocida como Cantles o Cantells. Había sido delimitada por el agrimensor John Whitcher en 1818. Sus inquilinos fueron sucesivamente Henry Cantle, Amy Cantell, Francis Vine, “General Juan Manuel  de Rosas”, Matcham. En 1913 el terreno de la granja fue vendido y el edificio demolido.
(3) Nicanor Eduardo Colombres, Así fue Rosas (San Miguel de Tucumán: URU, 1966) y Julio A. Luqui Lagleyze, "Las moradas de Rosas", Todo es Historia 118, Marzo de 1977 (Buenos Aires: 1977). Cf. Roberto D. Müller, Noticias de ‘Burgess Farm’: Vida de Rosas en el destierro: Con la reproducción y comentario de trece cartas inéditas enviadas desde su granja en Southampton (Buenos Aires: Olmo Ediciones, 2010). Este libro es quizá el más completo aunque contiene algunos errores a los que nos referiremos. Está claro que el autor, director de la completísima Biblioteca “Carlos Pellegrini” del Jockey Club, ha tenido acceso a fuentes excepcionales.
(4) Sir Thomas Fleming (1544-1613) era hijo de un comerciante de géneros en la isla de Wight. Fue electo al Parlamento al mismo tiempo que ocupó cargos judiciales. Su carrera fue meteórica gracias a la intervención de la reina Isabel que pretendía poner en línea a cortesanos y nobles con nombramientos de plebeyos en altos cargos. Fue Fiscal General para Inglaterra y Gales, Lord Jefe del Tesoro Público y Lord de Justicia en Jefe (algo así como nuestro presidente de la Corte Suprema). Tuvo a su cargo el juicio del católico Guy Fawkes durante los hechos de la Conspiración de la Pólvora. (Para un buen relato en castellano sobre la Conspiración de la Pólvora, cf. “Recuerca, recuerda, el 5 de noviembre”, Sub Specie Aeternitatis  http://crouchback.blogspot.com.ar/2012/11/recuerda-recuerda-el-5-de-noviembre.html) [Sobre Thomas Fleming, cf. Wikipedia https://en.wikipedia.org/wiki/Thomas_Fleming_%28judge%29]
(5) En 1861 se sumará una porción de Brambridge. En 1913, luego de hacerse de dinero con la venta de tierras del patrimonio Stoneham, los Willis-Fleming levantarán una nueva mansión familiar, abandonando la de South Stoneham, pero que será vendida poco después. En 1939 fue demolida la casa de North Stoneham. En 1953 se vendieron más tierras en subasta. Cf. The Willis Fleming Historical Trust.
(6) John Barton Willis era nieto materno de Katharine Fleming, de los Fleming de Stoneham. Cf. “Obituary with Memoirs of John Willis Fleming, Esq.”, Sylvanus Urban, The Gentleman’s Magazine, November 1844 (London: John Bowyer Nichols and Son, 1844).
(7) D. R. Fisher (Ed.), The History of Parliament: The House of Commons 1820-1832 (Cambridge University Press, 2009).
(8) Archivo General de la Nación, sala VII, colección “Celesia”, legajo 2446, fol. 154-155.
(9) Charles Mosley (Ed.), Burke’s Peerage, Baronetage & Knightgate (Wilmington: Burke’s Peerage Ltd., 107ª ed., 2003), complementado con Peter Townend (Ed.), Burke’s Genealogical and Heraldic History of the Landed Gentry (London: Burke’s Peerage Ltd., 18ª ed., 1972).

martes, 23 de febrero de 2016

¿Rosas gobernante católico?

Decreto del 27 de febrero de 1837, dado en la Ciudad de Buenos Aires por el gobernador de la Provincia de Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina Brigadier General Juan Manuel de Rosas.

Art. 1º. Ninguna persona ni autoridad, civil o eclesiástica, de esta Provincia podrá reconocer con valor alguno legal o canónico, ni menos prestar obediencia ni cumplimiento, o hacer valer en manera alguna ninguna bula, breve o rescripto pontificio, ninguna otra clase de documento que se haya recibido en esta Provincia o en cualquier otra parte del territorio de la República desde el 25 de mayo de 1810, y aparezca emanada mediata o inmediatamente de Su Santidad el Romano Pontífice... sin que tenga el pase o exequatur de la autoridad encargada de las relaciones exteriores de la República.

Art. 2º. Consiguiente a lo que se ordena en el artículo anterior, ninguna persona o autoridad eclesiástica de esta Provincia podrá reconocer ni hacer valer como verdadera y legítima ninguna clase de nombramiento, creación, erección o institución que se haya hecho, o pretenda hacer en esta Provincia o en cualquiera parte del territorio de la República, o en algunos de sus habitantes a virtud o en consecuencia de alguna bula, breve o rescripto pontificio... mientras la expresada bula... no tenga el pase o exequatur de la autoridad encargada de las relaciones exteriores de la República. Debiéndose tenerse entendido que esta prohibición se extiende a las instituciones de Obispos in partibus infidelium que no se hallen consagrados y pretendan serlo en esta Provincia.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Pedido a los revisionistas

Aunque nuestro caso sería el de "ultra" revisionistas, compartimos la preocupación ante la gravedad de estos hechos denunciados. Por esa razón, compartimos la iniciativa del Dr. Romero Moreno.

A los camaradas y amigos de la Tradición: 
Ya es de público conocimiento el homenaje que el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”, junto al recién creado Instituto Nacional del Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”, tiene previsto realizar al líder terrorista y marxista del llamado peronismo revolucionario John W. Cooke
Este es el resultado lógico y natural de la colusión con la llamada “izquierda nacional”, comenzada por ciertos referentes del revisionismo en los años 60. En aquel tiempo, tal actitud mereció el repudio de personalidades eminentes de esta corriente historiográfica, como lo relata de modo exhaustivo el Doctor Antonio Caponnetto en el Tomo III de su “Los críticos del revisionismo histórico”. 
También es de púbico conocimiento la digna renuncia del académico Jorge C. Bohdziewicz al Instituto, en razón de tal homenaje. Todo esto, unido a la sumisión más degradante a la tiranía kirchnerista, no es más que el punto final de la traición al espíritu original del revisionismo histórico y más aún al revisionismo histórico católico, cuyos representantes son honrados de modos diversos en el desnaturalizado Instituto. 
Es por eso que, a título personal (sin comprometer en esto al resto de los fundadores), pero con el único mérito de haber acompañado en la creación del Instituto de Estudios Históricos “Juan Manuel de Rosas” de Rosario, al fallecido y recordado Doctor Héctor B. Petrocelli, académico del Instituto Nacional, que propongo a los académicos que también repudian este tipo de actitudes y a todos los camaradas revisionistas y católicos, lo siguiente: 
1. La refundación de un Instituto “Juan Manuel de Rosas”, retomando los principios que dieron origen a su fundación. 
2. El retiro de la actual sede del Instituto de la placa que contiene los nombres de los sacerdotes vinculados al mismo, la mayoría de los cuales fueron patriotas, fieles a la Tradición católica y enemigos declarados tanto del liberalismo como del marxismo. 
3. El pedido, a la autoridad eclesiástica que corresponda, de la eliminación del permiso para tener oratorio privado, a un Instituto que viene renegando desde hace 40 años de la ortodoxia católica que dice respetar. 
4. La eliminación inmediata del nombre del Padre Alberto Ezcurra Uriburu en el oratorio mencionado, incompatible con los homenajes que se hacen a quienes fueron adversarios suyos, tanto en su dirección del Movimiento Nacionalista Tacuara como en su posterior labor sacerdotal, en la que – fiel a la Doctrina Social de la Iglesia Católica- no se cansó de predicar contra las ideologías liberal y marxista, como contrarias a la Fe y a la Tradición fundacional de la Patria.
Fernando Romero Moreno
Rosario, 26 de septiembre de 2012.
Miembro fundador del Instituto de Estudios Históricos “Juan Manuel de Rosas” de Rosario.


martes, 13 de marzo de 2012

Thomas Armstrong: Uno de los británicos de Rosas

Es bien sabido que Juan Manuel de Rosas se rodeaba de súbditos británicos—irlandeses, escoceses, ingleses y hasta galeses integraban su séquito, como banqueros, gestores, médicos, ingenieros, navieros, etc. Depuesto, el otrora poderoso gobernador bonaerense, pasó el resto de sus días en Inglaterra.

Entre todos estos “ingleses” rosistas, se destacó Thomas Saint-George Armstrong. Este irlandés anglicano llegó a Buenos Aires en 1817, a los 20 años. Decía ser de los Armstrong del condado de King (Offaly) en la Isla Esmeralda, a su vez, descendientes de los Armstrong de Fermanagh que antes tuvieran el castillo de Mangerton, en Escocia. Según él, su padre había sido Coronel del Ejército Británico y “sheriff” de Garrycastle.

Orgulloso de ser miembro de este clan irlandés que tantos oficiales había dado al servicio de la Corona británica, este Armstrong se dedicó, sin embargo, al comercio—varios parientes suyos se habían instalado en el Río de la Plata, fundando la sociedad Armstrong & Co., pero Thomas estaría destinado a descollar entre todos ellos.

Al mismo tiempo que comerciaba con los productos ingleses que, desde la Revolución de Mayo, tenían la entrada asegurada en la región, Armstrong comenzó con pequeños préstamos y alcanzaría a ser uno de los principales banqueros de Buenos Aires. Su habilidad para los negocios fue rápidamente notada y en 1824 lo encontramos ya como miembro del muy influyente Comité de Comerciantes Británicos.

Esta actividad empresaria la complementó con una marcada vocación filantrópica. Caído el gobierno virreinal, se abrió la puerta a la filantropía laica (y filo-masónica) que fue reemplazando, en gran medida, a las obras de caridad de una Iglesia porteña que se había visto bastante herida por la Revolución: los sacerdotes juramentados y comprometidos con ella se dedicaban más a la política “patriótica” que a la cura de almas; mientras que los clérigos refractarios limitaban su campo de acción por miedo u obligados por el gobierno. Por su parte, los protestantes —especialmente los fieles de sectas anglosajonas— habían encontrado la libertad de cultos y puesto a la tarea de construir sus templos “disidentes”. En este marco, Armstrong se destacó.

En el Río de la Plata, a los 30 años, el joven Thomas se casó con una niña de la familia Villanueva y López Camelo de nombre Justa—familia de comerciantes y estancieros (antiguos funcionarios regios) que no tuvo inconvenientes en que su hija se casara en la catedral anglicana por el rito de esa secta—. La ceremonia fue presidida por su pariente, el Reverendo John Armstrong, y contó con la presencia testimonial de Woodbine Parish, entre otros.

En 1831, el gobernador Juan Manuel de Rosas nombra a Thomas Armstrong su representante en el directorio del Banco Provincial (hoy Banco de la Provincia de Buenos Aires). Consiguió de Rosas la colaboración económica del gobierno para la fundación de la Iglesia Estadounidense de Buenos Aires y para lo que sería el Hospital Británico, que aún existe.

En 1841, fue uno de los fundadores del Stranger’s Club—Club de Residentes Extranjeros—, que agrupaba a los extranjeros más ricos; muchos de ellos enriquecidos por los buenos negocios que hacían con Rosas.

Luego de la caída del “tirano”, curiosamente (o no tanto para nosotros), Armstrong conservó sus cargos. Continuó como director del Banco de la Provincia de Buenos Aires y se integró al directorio del Banco de Crédito Público. En 1854 estuvo entre los refundadores de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.

En 1857, gracias a sus gestiones, se reanudaron las relaciones diplomáticas oficiales con el gobierno de Su Majestad Británica. Por más de cuarenta años de servicios ininterrumpidos al gobierno de Londres (conste que se incluyen los años en que supuestamente fue funcionario argentino), se le ofreció la condecoración como caballero británico. Pero por razones que no están claras, Armstrong se declinó gentilmente la oferta. Quizás porque aún le quedaban servicios que prestar a los intereses ingleses en la Argentina.

Fue miembro del Consejo Municipal de la Ciudad de Buenos Aires. En 1859 fundó la Compañía Argentina de Seguros.

Cuando el sacerdote irlandés Anthony Fahy llegó a la Argentina y fue a vivir a casa de los Armstrong. Don Tomás, como se lo conocía, siguió ayudándolo en su obra por el resto de su vida.

En 1862 fue designado por el gobierno argentino para negociar en su nombre el famoso préstamo Buschenthal, que había sido tomado por la Confederación tres años antes durante la guerra con Buenos Aires.

Los últimos años de su vida los pasó a cargo del Ferrocarril Central Argentino y del Puerto de Ensenada, en ambos como “director residente” en Buenos Aires —tener en cuenta que las sedes sociales de ambas empresas estaban en Londres—. Gracias a Guillermo Rawson—médico y ministro del Interior de Mitre—, obtuvo la suscripción de 300.000 libras esterlinas, pagadas por la República Argentina, para permitir la finalización de las obras del ferrocarril y la inauguración del tramo final del mismo.

Su actividad filantrópica nunca cesó. Hasta su muerte continuó ayudando al hospital de su colectividad y a la Nueva Iglesia Protestante para anglosajones. También acomodó por un tiempo a las Hermanas Irlandesas de la Misericordia.

Con los cambios de gobierno, tampoco vio afectada su enorme propiedad rural, con campos en el sur de la Provincia de Santa Fe y norte de la Provincia de Buenos Aires. Hábil para los negocios, supo instalar colonias agrícolas en zonas como Elortondo, Carmen, Venado Tuerto, Firmat, Chabás, Melincué, etc.

En 1871, cuando el Duque de Edimburgo visitó la capital uruguaya, Montevideo, Armstrong envió un telegrama de parte de todos los residentes británicos en Buenos Aires donde se hacía una renovación de los votos de sumisión de los mismos a la Corona.

Falleció en junio de 1875, a los 75 años. Fue recordado por los diarios de Londres como un gran “patriota” inglés. En su honor, el F.C. Central Argentino construyó la estación “Armstrong”, entre Cañada de Gómez y Tortugas (Provincia de Santa Fe), alrededor de la cual fue apareciendo un pueblo que aún existe.

The Southern Cross, el diario irlandés —católico pero pro-británico y anglófilo— que dirigía el P. Fahy, supo reconocer los méritos del anglicano Armstrong: “… True patriot… To our countrymen… he was unsparing and lavish in his beneficence” (“… Verdadero patriota… Para nuestros compatriotas… fue generoso y liberal en su beneficencia”).

Retrato de Thomas St. George Armstrong
luego de que, con su inmensa fortuna, "comprara" un lugar en el
célebre
Peerage and Baronetage de Burke.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Woodbine Parish: Aventurero, rivadaviano y rosista

Woodbine Parish nació en Londres el 14 de septiembre de 1796. Provenía de una familia aristocrática de Axholm en Lincolnshire que había perdido su posición por devoción a la causa monárquica en los días de la Revolución inglesa.

Su abuelo Henry Parish, capellán de Lord Townshend, acumuló una apreciable fortuna siguiendo a su protector en sus destinos militares y políticos. Casó con una dama de apellido Woorbine y tuvo cinco hijos: Henry Williams, Sarah, Woodbine, Frances y Charles Compton.

El Reverendo Henry tenía un hermano, John Parish, fue superintendente de ordenanzas de la Torre de Londres durante años y casó con Elizabeth Planta, hija del capellán del Rey. Así quedó cimentada una importante alianza entre los influyentes Planta y los Parish que daría sus frutos en las próximas generaciones.

A la muerte de su capellán y abuelo de nuestro biografiado, Lord Townshend tomó a su hijo mayor, Henry Williams Parish, bajo su cuidado. Henry W. fue enviado al Woolwich College y luego obtuvo, por recomendación de su protector, una comisión en el Real Regimiento de Artillería del Duque de Richmond. Estuvo en Gibraltar, en Canadá y en la expedición a China de Lord Macartney que exploró las costas de África y Brasil, las Indias Holandesas, Malaya y Cochinchina, antes de llegar a destino. Años después, sería ayudante de campo y paje de Lord Cornwallis en Irlanda.

El menor de los hijos del Reverendo Henry, Charles Caompton Parish, se unió ya de muy joven a la marina mercante y ya a los 23 años poseía en propiedad el velero “Acalus”, con el que comerciaba en las Antillas. Al estallar las guerras de la Revolución francesa, realizó misiones en el Mediterráneo y, cerca de la costa española, fue capturado por fragatas francesas. A pesar de estar prisionero, el Capitán Parish logró establecer contacto con antiguos socios en Marsella y Génova, gracias a los cuales pudo escapar. Como capitán de otros buques mercantes, logró sacar ventaja de las siguientes guerras napoleónicas y, en 1814, fue designado superintendente de puertos de las Antillas Británicas. Ocupó este cargo durante veinticuatro años, para retirarse luego con una pensión en Inglaterra.

Siendo el tercer hijo y el segundo varón, Woodbine Senior sólo tenía cinco años cuando su padre, el clérigo anglicano, murió. Fue adoptado por su tío materno, William Woodbine, residente en Yarmouth. En 1777 lo envió a Lieja, a estudiar en el colegio jesuita inglés, que funcionaba en el antiguo palacio del Elector Palatino de Baviera. Sólo otro niño, además de Parish, era protestante. Pero la educación clásica brindada era excelente y el precio era mucho más accesible que en los colegios ingleses. Aunque nunca dejó su anglicanismo, sin embargo, siempre lamentó la Reforma como un gran daño. En 1783 regresó a Inglaterra y se estableció con su tío en Londres por breve tiempo. William Woodbine era un comerciante en crecimiento y envió a su sobrino a Livorno como su representante en Italia. Con el fin de independizarse de su tío, aceptó un nombramiento como oficial de la East India Company. Recorrió la costa africana y el Sudeste Asiático, hasta llegar a China, donde pasó 6 meses. Regresó luego por la vía del Mediterráneo, haciendo buenas relaciones en Italia y España. Al llegar a Londres se asoció a su tío que al año, murió. Junto a sus primos Planta, recorrió Francia, Alemania y Holanda, haciendo los mejores negocios. En 1795 casó con la única hija del clérigo henry Headley, rector de North Walshan (Norfolk), quien, por sus conexiones, le abrió la puerta a la aristocracia de ese tiempo, convirtiéndose en amigo íntimo de personajes como Lord Perceval (futuro primer ministro), el Coronel Herries (padre de un futuro ministro de economía británico) y Nicholas Vansittart (futuro ministro de economía y Lord Bexley, y quien daría a Miranda todo su apoyo en la causa de las independencias americanas). Así fue que obtuvo el cargo de presidente de la junta de impuestos de Escocia. En 1823 obtuvo su retiro con una renta anual de 1000 libras y fallecería diez años después.

Nuestro biografiado, hijo del anterior, se educó primero en una escuela primaria de Essex. Allí fue que, en un accidente, quedó con una cojera que lo acompañaría toda su vida. Luego, gracias a los contactos de su padre, pasó al aristocrático Eton College.

Al salir de Eton en 1812, John Charles Herries, hijo del amigo de su padre, lo llevó consigo a trabajar en el Departamento del Comisario Jefe de abastecimientos militares.

En 1814, Herries le dio su primer destino diplomático en Sicilia, para ayudar en la evacuación de las tropas británicas y, también, contactarse con líderes anti-borbónicos unionistas. Como explica su nieta y biógrafa, “Sicilia era de vital importancia para Inglaterra si quería mantener su supremacía en el Mediterráneo, y ahora que había una crisis, la única alternativa viable para los ingleses, si no querían abandonar la isla, era establecer un gobierno decente bajo su control”. Los Borbones, endeudadísimos con Gran Bretaña, y sin control real sobre la isla, se vieron obligados a aceptar la constitución liberal que les impusieron.  

Se vio involucrado en los eventos que siguieron a la victoria sobre Napoleón en Waterloo. En 1815, Parish viaja en la expedición inglesa que restaura la Casa de Borbón en Nápoles y derrota finalmente a los partidarios de Murat.

Luego regresó a París como secretario de Lord Castlereagh, colaborando en la redacción del borrador del Tratado de París de 1815. Allí, en la embajada británica parisina, volvió a reunirse con su primo Planta y con Edward Cooke, otro orgulloso etoniano como él. Lord y Lady Castlereagh tomaron mucho cariño al joven Parish, habiendo sido conocidos también de su tío Henry en Irlanda.

En este puesto de primer orden, conoció personalmente a Metternich, Blücher, Wellington, Luis XVIII y el Zar de Rusia, entre otros personajes de primer orden. Durante todo este tiempo en el exterior mantuvo actualizada y detallada correspondencia con su padre en Edimburgo. Quien, a su vez, le comunicaba noticias de sus parientes dedicados al comercio y a la diplomacia, distribuidos por todo el mundo.

“Casualmente”, se hizo íntimo amigo de Sir Peregrine Maitland, hermano del general escocés Thomas, amigo de José de San Martín y posible estratega del plan del cruce de los Andes e invasión del Perú. También se hizo amigo de Wilhelm von Humboldt, hermano de Alexander, ambos presentes en París como asesores del Rey de Prusia.

Terminados los asuntos de París que mantenían ocupado a Castlereagh, éste decidió regresar a Inglaterra, tomando a Parish como su secretario privado, mientras su primo Planta continuaba como secretario de asuntos exteriores, casi como un viceministro. Pero los recortes posteriores a la guerra, lo obligaron a aceptar en 1816 una misión en la isla de Corfú, donde Sir Thomas Maitland había sido designado Alto Comisionado de las Islas Jónicas. En este puesto se encontró involucrado en las negociaciones con los turcos por el destino de Albania y algunas de las islas griegas que habían sido tomadas por Napoleón.

Al regresar a Londres, trabajó con su primo Planta, a quien iba a acompañar a Aquisgrán para asesorar en las negociaciones de las potencias europeas. Pero poco antes, tuvo una “curiosa entrevista” con el viejo Nathan Meyer Rothschild. Nathan era el tercero de los hermanos Rothschild, distribuidos en Viena, Nápoles, París y Frankfurt. A él le había tocado Londres, allí se estableció en 1797 y tan sólo siete años después obtenía la ciudadanía británica. El Secretario del Tesoro británico lo usó como agente para colocar los subsidios a las potencias extranjeras en plenas guerras revolucionarias y napoleónicas. A su vez, tomaba los dineros de los príncipes extranjeros y los colocaba en bonos ingleses, los famosos Consols. Durante la expedición de Wellington en la Península Ibérica, Rothschild fue el principal financista de sus campañas, obteniendo luego de la misma, importantes monopolios en España y Portugal. El viejo Rothschild quería que Parish lo ayudara a cobrar los pagos debidos por el Rey de Prusia que haría a través de uno de los miembros de la dinastía bancaria. Así se hizo, y Nathan, que poco después sería creado barón del Imperio Austríaco, quedaría para siempre agradecido con Parish.

A su regreso desposa a Amelia, la única hija de Leonard B. Morse, un abogado y principal subcomisario general de las Fuerzas Armadas de Su Majestad, de una familia que decía descender de los Plantagenet, la dinastía de los reyes normandos de Inglaterra.

Tras haber mantenido durante una década una política ambivalente frente a los gobiernos americanos insurgentes, apoyando según los momentos a la metrópoli o a aquéllos, o incluso a ambos al mismo tiempo, hacia 1820, se hizo evidente que el gobierno británico debería reconocer oficialmente las independencias americanas. Fue así que Canning, en 1822, resolvió enviar representantes a Buenos Aires, México y Bogotá con el fin de buscar tratados comerciales ventajosos a cambio de los reconocimientos. Estaba claro que el gobierno en Madrid no podía darse el lujo de romper relaciones con Gran Bretaña y, por otro lado, se trataba de ganar una carrera que el gobierno de los Estados Unidos había comenzado en México y América Central, y que los franceses amenazaban con emprender también.

En 1824, Woodbine Parish fue designado encargado de negocios, con rol de cónsul general, en Buenos Aires. El nombramiento fue hecho por Joseph Planta, en nombre de Canning. En parte, Parish fue elegido por ser primo de los hermanos John y William Parish Robertson, comerciantes que se establecieron en el sur de América durante las guerras revolucionarias, presenciando “por raras casualidades las cosas más importantes de la revolución americana” (como reconoce José María Rosa) y haciendo —de paso— una impresionante fortuna.

“Casualmente”, José de San Martín se topa con John P. Robertson poco antes del combate de San Lorenzo. Otra vez, otro Robertson, William, estará con Artigas en el campamento de la Purificación. En 1815 el director supremo Alvear encargará misiones a los hermanos. En el ’20 establecerán excelentes relaciones con los jefes federales sin menoscabar las ya existentes con los directoriales. En 1822, “casualmente”, otra vez, uno de los Robertson estará presente en las negociaciones de Guayaquil entre San Martín y Bolívar.

Revelando documentos del Foreign Office, José María Rosa asegura su pertenencia al servicio de informaciones británico y describe su red. “Su guía y enlace era su pariente [abuelo materno] John Parish, radicado en la ciudad de Bath, a quien escribían cariñosas e informativas cartas que el Parish de Bath se apresuraba a mandar a otro pariente, Joseph Planta [sobrino político de John Parish], subsecretario del Foreign con Castlereagh y jefe del negociado para Hispanoamérica con Canning. Las familiares misivas donde los Robertson contaban todas las cosas de nuestra tierra: los propósitos militares de San Martín, el apego de Rivadavia a los intereses británicos, la desconfianza de Artigas o Francia [el dictador paraguayo Gaspar Rodríguez de Francia] hacia los extranjeros, el estado de la economía y la situación militar, están correctamente catalogados en el archivo del Foreign. [Public Record Office, Foreign Office. 6/1]”

Tan pronto como se enteró de la designación de una especie de cónsul en la capital del Plata por parte del premier Canning, el ministro Bernardino Rivadavia decidió retribuir el gesto enviando a John Hullett a Londres como su representante. Hullet era socio de la firma Hullet Brothers & Company, establecida en Buenos Aires, y de la que Rivadavia sería socio en un emprendimiento minero. La designación molestó a Canning, quien, por intermedio de Parish, intentó convencerlo de designar a José de San Martín. Pero, como explicó Rivadavia, esto no era conveniente por los deseos del “Libertador” de instalar un monarca europeo en América del Sur.

Antes de llegar a Buenos Aires, el buque “Cambridge” que lo transportaba hizo escala en Río de Janeiro. Allí, los pasajeros fueron recibidos por Lord Cochrane, quien en ese momento fungía como Primer Almirante de la Armada Nacional e Imperial del Brasil, luego de haber cooperado en el plan de San Martín en la invasión de Chile y Perú. Sobre Cochrane, que desde sus días de corsario al servicio de “la Libertad” de América terminaría sus días como almirante de la Real Armada Británica, hablaremos en otra ocasión. Pero quede aquí esta no casual entrevista. Lord Cochrane pondrá al tanto de los sucesos de América a nuestro biografiado y el peligro de incursiones francesas y españolas en la zona; finalmente, se ofrece a tomar para el gobierno de Londres cada una de las plazas fuertes entre el Cabo de Hornos y California si le daban la autorización para hacerlo.

Por ese tiempo llegó a Buenos Aires un proyecto de Madrid para un tratado comercial. El mismo, bajo la supervisión de Parish, fue rechazado por Rivadavia pues consideraba que violaba los principios de libertad e igualdad de comercio. “Casualmente”, luego se firmaría con el gobierno británico uno que violaba estos “principios” de manera mucho más burda.

En sus informes a Canning, Parish lo urge al reconocimiento del Estado rioplatense. Sus relatos estaban algo “condimentados”, pintando prosperidades, seguridades, modernidades y calmas que no existían realmente. Pero Canning, más pragmático, no se preocupaba y buscaba convencer al Rey de cualquier modo. Sin embargo, una parte del gabinete y la corte, liderada por Wellington, se oponía al proyecto.

Woodbine Parish lamenta el retiro de Rivadavia, “tan apegado a lo que es inglés”, pero se alegra de que, en su lugar, quede Manuel José García, “perfecto caballero británico” (sic). En Londres, Canning había tenido un éxito frente al Rey cuando le presentó a los ministros plenipotenciarios de la nueva Colombia.

Haciendo uso de su cargo, finalmente, Parish firmó con García el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación con la Argentina el 2 de febrero de 1825, que incluía el reconocimiento oficial de la independencia argentina por parte del gobierno británico y otros puntos de los que ya hemos hecho alguna referencia. El 8 de diciembre Canning logra la aprobación del Parlamento. A cambio de un reconocimiento meramente nominal, sin implicancias de ningún tipo más allá de una esperable protesta diplomática de Madrid, Gran Bretaña se aseguraba el monopolio comercial en los puertos y ríos del Plata. Por otro lado, el gobierno de Su Majestad se aseguraba que las Provincias rioplatenses no pudiesen ponerse bajo protección de ninguna otra potencia.

Mientras tanto, Parish asesora a los diputados del Congreso en Buenos Aires, “se necesita la más grande paciencia, temperamento y perseverancia para llevarlos al camino recto y mantenerlos allí”. Los diputados no podían entender una alianza donde Gran Bretaña no ayudaría de ninguna manera a la América del Sur en sus luchas independentistas.

Según Temperley, biógrafo de Canning, a poco de comenzar Parish sus gestiones, el comercio de Gran Bretaña con Buenos Aires superó los seis millones de libras, representando más de un octavo del total de todas las exportaciones británicas, incluyendo las colonias. Eso era mucho más que el comercio bilateral de Londres con los Estados Unidos para la misma época.

El General Miller le escribe a Parish sobre la batalla de Ayacucho, contándole todos los detalles, para que éste remita el informe al Foreign Office. Otro día hablaremos de Miller, ¿patriota o agente británico?

A lo largo del ’25, el cónsul intenta persuadir a García sobre la inutilidad de una guerra con Brasil. No sólo porque un bloqueo del puerto de Buenos Aires, perjudicaría el comercio británico, sino porque la Armada brasileña empleaba oficiales británicos, atrayendo la simpatía de Londres por la causa del imperio.

Al estallar las hostilidades, el gobierno de Buenos Aires da el mando de su pequeña flota al almirante William Brown, un súbdito británico que ya había combatido bajo la bandera bonaerense y se encontraba en ese momento retirado. Muchos británicos, estadounidenses y voluntarios de otros países se unieron a la flota como marinos. En otro momento, nos referiremos también a Brown.

Fue una movida interesante por parte del gobierno porteño, como manifestó en su correspondencia Parish, en los combates navales entre Brasil y las Provincias Unidas, sólo había bajas británicas. Por lo que se urgía al gobierno de Londres a intervenir favoreciendo la paz.

Tan bien metido estaba en la política local que se entera, antes que nadie, en diciembre del ’25, que en febrero del año siguiente asumirá al frente del gobierno el ex ministro Rivadavia.

Junto a Joseph Barclay Pentland, Parish recorrió gran parte de los Andes bolivianos entre 1826 y 1827. Pero sus exploraciones geológicas tenían otras intenciones. La Argentina y Brasil se encontraban en guerra y los británicos se las ingeniaron para continuar la exportación de oro por vía diplomática.

Desde septiembre del ’26 se pone a las órdenes de Lord Ponsonby, ministro plenipotenciario de Su Majestad Británica en el Río de la Plata. Ponsonby era nieto del famoso presidente de la Cámara de los Comunes de Irlanda que tanto intrigara contra Lord Townshend, protector del abuelo de Parish. Planta escribió a su primo que Canning le aseguraba que este nombramiento no debía tomarlo como algo personal, sino que lo hacía con el único fin de llenar las expectativas de esnobismo de estos gobiernos sudamericanos por tener a alguien de rango noble. Por su parte, Ponsonby se dedicó casi exclusivamente a mediar entre los gobiernos de Buenos Aires y Río de Janeiro para poner fin a la guerra con los rioplatenses y lograr una solución para la cuestión sucesoria de Portugal.

Las relaciones entre Lord Ponsonby y Dom Pedro no fueron fáciles. Éste acusaba a los británicos de querer anexarse la Banda Oriental como colonia y amenazaba con levantar un gran empréstito en Europa para continuar la guerra en el Río de la Plata e intervenir en la Península Ibérica. Por su parte, el primero hablaba de una escalada de la guerra con la posible intervención de una fuerza conjunta sudamericana a las órdenes del “Libertador” Bolívar, “amigo de Gran Bretaña”.

En su correspondencia a Canning y Planta, lamentó la imprudencia de Rivadavia en su lucha contra los federales y augura una larga guerra civil. Lamenta también que sólo García entiende que, según el gobierno de Su Majestad, la independencia de la Banda Oriental es la única solución al conflicto.

Cuando fracasa la misión de García en Río y se conocen los términos de la propuesta británica, la opinión pública porteña estalla. A la insumisión de casi todas las provincias del Interior se suma la anarquía en Buenos Aires. Lord Ponsonby pide que se lo reemplace por un ministro de inferior rango dado que se trata de un continente de “semi-salvajes”. Más medido y curtido, Parish informa a Planta la verdadera situación y culpa a la guerra con Brasil de haber hecho encallar el gobierno “más avanzado… de América del Sur”, en referencia a la renuncia forzada de Rivadavia. Por las dudas, el almirante Sir Robert Otway, comandante en jefe de la Estación Británica en América del Sur, despachó sus buques para vigilar la costa de Buenos Aires durante las elecciones.

Como a su jefe, le produce a Parish rechazo el gobierno plebeyo de Manuel Dorrego y prevén los peligros desatados por la revolución unitaria de Lavalle. Pero ya entonces ven con buenos ojos a Juan Manuel de Rosas, comandante de la campaña bonaerense, que tiene el poder de ganarse a los gauchos e inducirlos “a volver a sus casas”.

Cuando se produce la cuestión de la formación de un batallón de voluntarios extranjeros para la preservación del orden, Parish ordena al almirante Sir Thomas Thompson, del H. M. S. Cadmus, que patrullaba el Río de la Plata, que llame la atención al almirante Brown, al mismo tiempo que él presenta una queja formal.

“Casualmente”, Parish está presente en las conversaciones entre Lavalle y Rosas en Cañuelas. El advenimiento de Rosas al poder lo confunde. Por un lado, se alegra de que el “Restaurador” mantenga al “gentleman” Manuel José García en el gobierno. Por el otro, el carácter arrogante del nuevo gobernador y su populismo, le hacen pedir a Lord Aberdeen (el nuevo ministro del Exterior) su traslado.

Ponsonby, finalmente, obtiene su traslado y pasa a Río de Janeiro, a la corte del Emperador, ahora en excelentes relaciones con Gran Bretaña. En su reemplazo es nombrado Henry S. Fox, sobrino de Lord Holland, pero que se demora en llegar a Buenos Aires, dejando a Parish como amo y señor de la política británica en el Río de la Plata.

En 1830, y con la aprobación de Juan Manuel de Rosas, Parish coloca la piedra fundamental de la iglesia anglicana de San Juan, que aún existe en Buenos Aires.

Una de las primeras negociaciones de Parish fue con el dictador paraguayo Francia, que mantenía una difícil situación con los Robertson, y que mantenía detenido al naturalista Aimé Bompland, amigo de Alexander Humboldt. Recién en 1831 logra su liberación. Y, poco después, son liberados otros exploradores suizos y franceses que habían sido detenidos por Francia durante más de cinco años.

En 1832, aprovechando la destrucción de la colonia argentina en las Islas Malvinas, por parte de corsarios estadounidenses el año anterior, presenta una protesta de derechos al gobierno de Buenos Aires, al mismo tiempo que el H. M. S. “Clio” hace acto de soberanía “simbólico” en Port Egmont. Al año siguiente, y ante la falta de acciones por parte argentina, el gobierno británico establece una colonia permanente y nombra un gobernador.

Finalmente, en 1833, Parish es reemplazado, aunque continuará como asesor de asuntos rioplatenses por el resto de su vida. Rosas lo nombra ciudadano argentino y coronel de caballería honorario. Además le concede el curioso privilegio de usar el escudo nacional argentino como blasón hereditario. El “Restaurador” le organizó toda una fiesta de despedida.

A su regreso a Londres, Parish es recibido por Lord Palmerston en persona. Además de aprobar su conducta durante el período en que ejerció sus funciones en el Río de la Plata, le obtiene una pensión de 1000 libras anuales.

A fin de año, parte hacia Francia para investigar el asunto del peaje que se cobraba a los buques británicos.

Posteriormente, en 1835, gestiona una condecoración que le permitirá anteponer el pomposo “Sir” a su nombre. Sus ocupaciones en el Foreign Office, leyendo despachos y periódicos sudamericanos, le dejaban bastante tiempo.

Durante su estadía en América del Sur, Parish había combinado su trabajo diplomático con su hobby por la geología y la paleontología, además de los negocios. A su regreso en su país, se dedicó entonces a pasar en limpio sus descubrimientos y observaciones. En 1839 publicó en Londres Buenos Ayres and the Provinces of the Rio de la Plata, sobre sus descubrimientos geológicos y de fósiles.

En el Natural History Museum de Londres, Sir Woodbine presentó los huesos de un megaterio. Y le siguieron agregaciones como miembro pleno de la Royal Society, de la Geological Society y de la Royal Geographical Society. De esta última fue, posteriormente, vicepresidente. Además fue corresponsal de Charles Darwin.

En 1838 se le ofreció la negociación con el gobierno de Rosas durante el bloqueo del Río de la Plata, pero se negó acusando a sus sucesores de destruir la influencia británica en América del Sur, lo que con tanto trabajo le tomó años hacer.

Sirvió como Jefe Comisionado en Nápoles entre 1840 y 1845. El objetivo era forzar al gobierno de Fernando II de las Dos Sicilias a firmar un nuevo tratado comercial sobre la producción y comercialización de sulfuro y otros minerales. Apenas llegar a Nápoles, Sir Woodbine y su familia fueron invitados al gran baile de carnaval organizado por Salomone Rothschild, a quien había conocido en Aquisgrán en cumplimiento de un encargo de su hermano Nathan, y al que asistirían los Reyes.

Una vez obtenido el tratado, Lord Palmerston lo instruyó para implementarlo y monitorear su vigencia. En ese tiempo, los Parish vivían de fiesta en fiesta de la Corte napolitana.

Terminada su misión, regresaron lentamente atravesando toda Italia. Hasta Florencia, para asistir al funeral de uno de sus hijos, Leonard. Allí, se alojaron en casa de Lord Holland, ministro plenipotenciario británico.

A su regreso a Londres en 1847, la casa Baring Brothers le ofreció cuantiosos honorarios para gestionar con “su amigo” Rosas el pago del empréstito concedido a la Argentina en tiempos de Rivadavia. Pero Sir Woodbine se negó por razones que no nos quedan claras. Tal vez porque conocía el carácter difícil de Rosas. Tal vez para no manchar su nuevo status social con cuestiones tan crematísticas.

Tras la caída de Rosas, éste se embarcó en el H. M. S. “Conflict”, donde John Parish, uno de los hijos de Sir Woodbine, era el primer teniente. El buque lo llevó sano y salvo a Irlanda, desde donde cruzaría luego a Inglaterra. A poco, cenó con el antiguo gobernador todopoderoso de Buenos Aires y continuaron su amistad.

Años después, se le ofreció el consulado de Berna. Y en 1857, Lord Clarendon pretendió persuadirlo de intervenir en los asuntos británicos en América Central.

En 1865 consiguió para su tercer hijo, Frank, el nombramiento al frente del consulado británico en Buenos Aires. Sería, luego, uno de los fundadores (y presidente durante un tiempo) de la Buenos Ayres Great Southern Railway Company (Ferro-Carril Sur), con sede social en Londres. Tras la muerte de Frank en 1906, su nieto Woodbine fue electo presidente del mismo ferrocarril y miembro del directorio de otras empresas británicas en la Argentina y Uruguay.

El 16 de agosto de 1882, Sir Woodbine Parish, KCH, fallecía en su propiedad rural de Quarry House, en St. Leonard’s-on-Sea, en Sussex, lleno de honores y riquezas. Pero, más importante aún, durante sus nueve años en el Río de la Plata, había establecido y afianzado la dependencia económica, política y cultural de la Argentina respecto al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, que llevará a decir a uno de sus diplomáticos que “Argentina hace tiempo que es prácticamente una colonia británica” (Sir William Barton en The Spectator, 1931).