"Si la historia la escriben los que ganan, quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia."
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miércoles, 10 de octubre de 2018

En defensa del Rey: Observaciones sobre el Realismo hispanoamericano en la era de las independencias



René José Silva, 10/X/2016. [*]

[Traducción libre de “In Defense of the King: Observations on Spanish American Royalism in the Era of Independence”, Panoramas (Center for Latin American Studies, University of Pittsburgh, II/2015).]

Entre los historiadores, la independencia latinoamericana ha sido y sigue siendo un campo de investigación prolífico. Comenzando con los relatos personales de los participantes en las guerras de independencia publicados en la primera mitad del siglo diecinueve, década tras década los historiadores han producido una corriente continua de erudición sobre los eventos que dieron nacimiento a las naciones múltiples de América. Estos reportes generalmente pro “patriotas” se han visto enmarcados dentro de los márgenes de una narrativa nacionalista que sirve para elucidar los orígenes de los Estados de hoy día, incluso aunque los contornos geográficos y políticos del Imperio Hispanoamericano no necesariamente encajan en las configuraciones modernas. [1] La misma intensidad investigativa no se aplica a aquellos americanos que se pusieron del lado del monarca español. Hasta recientemente, los realistas que defendieron al Rey Borbón —aunque bastante significativos bajo cualquier punto de vista— habían sido mayormente olvidados. [2] Estos criollos, nativos, mestizos, castas, negros libres, esclavos y residentes españoles de largo aliento en América conforman un grupo distinto al de los peninsulares enviados desde España durante períodos de tiempo limitados para gobernar el Imperio u ocuparse del comercio. Afortunadamente, estudios innovadores provocados en parte por la oleada de historiografía social y cultural del pasado siglo veinte han redescubierto una riqueza de evidencia sobre aquellos segmentos de la sociedad que optaron por conservar su lealtad a la Corona española. Los resultados han sido impresionantes y con frecuentes sorprendentes. Entre la miríada de características del realismo hispanoamericano, al menos sobresalen cuatro elementos: la volatilidad del proceso independentista, los factores religiosos, los múltiples significados de lealtad y las actividades de los subalternos coloniales. Cada uno de estos temas ha recibido la atención erudita desde hace poco.

Desde una perspectiva hemisférica, la lucha por la independencia latinoamericana fue altamente contenciosa, en no menor medida debido a que importantes sectores de la población apoyaron al monarca. Muchas áreas disputadas estuvieron alternativamente bajo autoridad imperial o “patriota” en coyunturas diferentes. Nueva Granada es tal vez el ejemplo más sobresaliente de este casi perpetuo estado fluido. Dentro del virreinato, ciudades como Cartagena de Indias y Bogotá buscaron la independencia total a medida que se desarrolló el conflicto, mientras que otras como Santa Marta, Río Hacha y Pasto intentaron permanecer bajo la tutela de la dinastía borbónica. Para todos, la resolución debió esperar al final de la lucha pero, en el ínterin, cada una sucumbió a los cambios dramáticos traídos por los acontecimientos militares y políticos. Como el resto del Imperio, Cartagena se vio recortada del reino luego de que Napoleón invadiera la Península Ibérica en 1808. Su reacción al comienzo de todo fue profesar fidelidad a la Corona. La ciudad procedió luego a declarar la independencia en 1811, fue reconquistada por el ejército expedicionario español en 1815 y recuperada por las fuerzas “patriotas” en 1821. Así, durante el transcurso de poco más de una década, el puerto se vio gobernado como una entidad autónoma dentro del marco del diseño imperial, apartado durante un tiempo del estandarte real, coaccionado bajo sumisión absolutista y dejado en libertad definitivamente de todo y cualquier ligadura con la madre patria. Tal proceso obviamente no fue una receta de estabilidad. Sus habitantes —aquéllos que lograron sobrevivir las subsiguientes fases y permanecer o regresar— tuvieron que adaptarse en consecuencia a sus nuevos gobernantes durante cada etapa del camino. Esta volatilidad fue la norma en gran parte del Imperio. De las áreas que eventualmente lograron la independencia, sólo las jurisdicciones coloniales del Perú y del Río de la Plata experimentaron algún sentido real de continuidad política. En la primera, la fidelidad a la Corona se vio sostenida hasta el mismo final del enfrentamiento, un momento que los historiadores tradicionalmente atribuyeron a la batalla libertadora “final” de Ayacucho en 1824. [3] En el último caso, la mayor parte del Cono Sur al Este de los Andes conservó una independencia de facto desde el principio del movimiento en adelante. [4] Tras la conclusión de la guerra, los territorios del hemisferio occidental bajo dominio imperial quedaron reducidos a islas caribeñas como Cuba y Puerto Rico. Un excelente estudio que demuestra la volatilidad del período es la colección de ensayos editados por Haroldo Calvo Stevenson y Adolfo Meisel Roca con el título Cartagena de Indias en la Independencia. [5]

Incrustados en esta inestabilidad, las fortunas de los realistas estaban sujetas a preocupaciones religiosas. Fray Eugenio Torres Torres ha editado una sobresaliente colección de ensayos sobre la Orden Dominicana que examina el papel de la institución católica durante el período de la independencia. [6] La historiografía latinoamericana ha subrayado frecuentemente la significación de clérigos como el Padre Miguel Hidalgo en México en apoyo del esfuerzo “patriota”. Por esa razón, es refrescante encontrar que aquí los colaboradores eruditos han reconocido la complejidad más pronunciada del conflicto y han encontrado las simpatías de los sacerdotes, monjas y hermanos laicos afiliados de la Orden hacia ambos lados de la división entre “patriotas” y realistas. Los protagonistas inclinados hacia el realismo incluyen a un sacerdote dominico cuyas afinidades camaleónicas espejaban los flujos y reflujos de la guerra en Chile, cambiando de lado de acuerdo con los recurrentes cambios de régimen; las hermanas dominicas en la Argentina que fueron acusadas de deslealtad por establecer contacto con prisioneros de guerra pertenecientes a los antiguos círculos de la alta sociedad; y los comerciantes prósperos en Buenos Aires devotos de la Tercera Orden Dominicana para seglares cuya influencia se fue disipando continuamente a medida que la región rechazaba al monarca y abrazaba la causa republicana. Tal vez la más intrigante ilustración realista, sin embargo, fue engendrada por eventos poco conocidos en Nueva España, donde Fray Ramón Casaus escribió El Anti-Hidalgo en 1810 como una refutación directa del trabajo del célebre sacerdotes insurgente, mientras que otros realistas intentaron compensar la veneración de la Virgen de Guadalupe entre las fuerzas pro independentistas exponiendo activamente la intervención divina de la Virgen de la Soledad en Oaxaca del lado del rey Fernando VII. [7]

La invasión catalítica de Napoleón a la Península Ibérica en 1808 tuvo efectos profundos más allá del Atlántico, impulsando una cadena de consecuencias no deseadas que transformaron al Imperio en un desarreglo. El soberano español fue secuestrado y retenido como rehén por los invasores y un nuevo régimen bajo el liderazgo del hermano del emperador francés, José I, fue impuesto a todo el país. Los españoles que consideraban a Napoleón una extensión de los ideales de la Revolución francesa y el toque de difuntos para el absolutismo borbónico dieron la bienvenida a los agresores y declararon su lealtad al nuevo orden. La mayoría, sin embargo, desafiaron a los intrusos. Como respuesta, las regiones étnicamente diversas de España formaron sus propios gobiernos locales en oposición a los franceses y en apoyo del Rey cautivo. Así nació la Guerra de la Independencia Española. Las acciones peninsulares llevaron eventualmente a la creación de un Consejo de Regencia que pretendía representar a toda la nación. El problema fue que sus ejércitos repetidamente fallaron en el campo y los españoles en todos lados perdieron su fe en la capacidad del Consejo para gobernar. Esta situación llevó en última instancia a la formación de las Cortes españolas en 1810 que incluían la representación de los dominios imperiales de ultramar. Sin embargo, cuando los gobiernos locales en América se enfrentaron a la cuestión central de la lealtad a una causa común, las opciones estaban lejos de ser claras. La cuestión pronto fermentó en la pregunta más amplia de lealtad a quién. Una posibilidad era el nuevo monarca francés. Otra era el Rey español rehén. Una tercera era una solución de compromiso en las estructuras imperiales existentes, como los virreinatos y capitanías generales, bajo los jefes nombrados por Fernando. Una cuarta era la floreciente oposición nacionalista en la “patria” —primero hacia el Consejo de Regencia y luego hacia las Cortes. Finalmente, los locales podían recurrir a precedentes históricos de la Reconquista medieval y proclamar la autonomía de los autogobernados cabildos locales. La complejidad de este intrincado proceso se vio más complicado en 1814 con la reinstalación de Fernando VII.  Inmediatamente se volvió hacia aquéllos que habían peleado en su nombre y envió una masiva expedición militar para recuperar sus posesiones transatlánticas para su gobierno absolutista. El Rey fue depuesto nuevamente en 1820, sólo para recuperar su trono en 1823 con la ayuda de la mismísima Francia. Dado el abanico de alternativas para los miembros de tan extenso, desconectado y multifacético Imperio, no es sorpresa que los distintos locales inicialmente hiciesen elecciones diferentes. O que los eventos se fueran completamente de manos y que muchas regiones prosiguieran por el camino de la eventual independencia.

Dos textos recientes tratan sobre esta dinámica de lealtad. Preaching Spanish Nationalism Across the Atlantic de Scott Eastman examina cómo el liberalismo se intersectó con el catolicismo para crear una nueva ideología en defensa de la nacionalidad española —logrando ayudar a derrotar a las armas francesas en la Península pero fracasando en Nueva España donde la misma síntesis paradójicamente sirvió para fortalecer la causa de la independencia mexicana. [8] La colosal compilación en tres volúmenes de José Antonio Escudero intitulada Cortes y Constitución de Cádiz: 200 Años también incluye ensayos de académicos de primera línea que exploran el significado de la lealtad en América bajo las luchas políticas que disparó la invasión francesa. Aunque la intención de la obra no es analizar el realismo en sí, las visiones consideradas en los dieciocho ensayos que específicamente tratan de América—demasiado numerosos para reseñarlos aquí—proveen una fascinante mirada de las diversas facetas de la cuestión de la lealtad confrontada por los súbditos españoles de allí. [9]

Un componente integral de la cuestión de la lealtad también concierne a los grupos subalternos en Hispanoamérica que defendieron las prerrogativas de la Corona. Dos estudios recientes proveen un análisis detallado de las elecciones que confrontaron los pueblos indígenas, los descendientes de africanos y los de antepasados mixtos, y las conexiones de esos grupos con los eventos macro. [10] Los resultados a primera vista parecen presentar extrañas contradicciones —por ejemplo, los indios alguna vez conquistados que se ganaron el respeto de los españoles por su continua lealtad, así como los criollos de antepasados españoles generaban sólo desprecio peninsular por su rebelión. Una clave de la lealtad defensiva en Santa Marta fue el apoyo que las élites locales recibieron de los indios rurales que entendían que el apoyo al Rey era la manera de mantener sus privilegios bajo el sistema imperial reinante. Los indios caquetíos de Coro en Venezuela del mismo modo apoyaron a los españoles como forma de preservar su status como “libres”, garantizado por un acuerdo diplomático con España en 1527. Otro estudio explora las distintas lealtades entre los negros. Curiosamente, los arribos de esclavos más recientes desde África tendían a apoyar al monarca español, mientras que los negros libres y esclavos de padres americanos afiliados a fraternidades religiosas o gremios de artesanos con frecuencia apoyaron al bando “patriota”. La lógica de la fidelidad de los subalternos revela que la lealtad en Hispanoamérica fue construida más sobre la base de las necesidades y aspiraciones pragmáticas locales más que sobre la de un espectro ideológico más amplio defendiendo los principios abstractos de la libertad. [11]

Estas observaciones demuestran que el realismo hispanoamericano conlleva el potencial para convertirse en campo de estudios históricos mejor desarrollado, del mismo modo que ya ocurre del lado británico americano con los “Loyalists” de la Revolución americana. [12] Las posibilidades de investigación son infinitas. Los estudios recientes sobre la volatilidad política, la religión, la ideología realista y la subalternidad mencionados aquí son la punta del iceberg. Aforando de lo que estas investigaciones y otras anteriores han develado a la fecha, la lucha por la independencia puede no haber sido tan tranquilizadoramente transparente como alguna vez se supuso.

Detalle de Denis Auguste Marie Raffet, "Memorable y decisiva batalla de Ayacucho en el Perú" (1926).


Referencias:
[*] René Silva nació en La Habana (Cuba) y pasó su primera niñez en la isla. Exiliado con su familia, creció en el nordeste de los Estados Unidos. Graduado en Comunicación en la Universidad Seton Hall (1977), magíster en Historia por la Univ. Internacional de Florida (2011), próximamente doctorado en Historia Atlántica en la misma Universidad; es profesor asistente e investigador en la misma alta casa de estudios.
[1] Por ejemplo, para fines del siglo dieciocho lo que hoy son Ecuador, Venezuela y Panamá eran todos parte del Virreinato de Nueva Granada; los países de la moderna Centroamérica estaban bajo el eje de la Capitanía General de Guatemala; mientras que Uruguay, Paraguay y la mayor parte de Bolivia estaban dentro del Virreinato del Río de la Plata.
 [2] Estudios excepcionales sobre este grupo son más numerosos para Perú que tal vez para cualquier otro país latinoamericano e incluyen: Daniel Valcárcel, “Fidelismo y separatismo en el Perú”, Revista de Historia de América nº 37-38 (I-XII/1954): pp. 133-162; Armando Nieto Vélez, Contribución a la historia del fidelismo del Perú, 1808-1810 (Lima: Instituto Riva Agüero, 1960); Raúl Palacios Rodríguez, “Notas sobre ‘fidelismo’ en la Minerva Peruana”, Boletín del Instituto Riva Agüero nº 8 (1969): pp. 757-806; Waldemar Espinoza Soriano y Luis Daniel Morán Ramos, Reformistas, fidelistas y contrarrevolucionarios: Prensa, poder y discurso político en Lima durante las Cortes de Cádiz 1810-1814: Tesis doctoral (Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2008); César Félix Sánchez Martínez,  “Dispuestos a esgrimir nuestras espadas con los aleves enemigos: la reacción realista en el sur del Perú 1814-1825”, Ahora Información nº 104 (Madrid: 2010).
[3] La investigación reciente ha identificado conflictos violentos que continuaron más allá de la “grand finale” históricamente aceptado. Por ejemplo, el ensayo de Heraclio Bonilla sobre los indios de Iquicha en Indios, negros y mestizos en la independencia (Bogotá: Planeta / Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, 2010).
[4] El proceso en Chile al Oeste de los Andres no sigue en este patrón.
[5] Haroldo Calvo Stevenson y Adolfo Meisel Roca (Ed.), Cartagena de Indias en la independencia (Cartagena: Banco de la República, 2011).
[6] Fray Eugenio Torres Torres (Ed.), Dominicos insurgentes y realistas, de México al Río de La Plata (México: Porrúa Miguel Ángel, SA, 2011).
[7] Para una selección de textos de ensayos específicos de esta colección y otras obras referenciadas aquí, ver René J. Silva y Victor Uribe-Urán, “Spanish American Royalism in the Age of Revolution”, Latin American Research Review vol. 49 No. 1 (2014), pp. 271-281.
[8] Scott Eastman, Preaching Spanish Nationalism Across the Atlantic, 1759-1823 (Baton Rouge: Louisiana University Press, 2012).
[9] José Antonio Escudero, Cortes y Constitución de Cádiz: 200 Años (Madrid: Espasa, 2011), 3 volúmenes.
[10] Heraclio Bonilla (Ed.), Indios, negros y mestizos en la independencia (Bogotá: Planeta, 2010); Jairo Gutiérrez Ramos, Los indios de Pasto contra la república, 1809-1824 (Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2007).
[11] Ver nota 7.
[12] Ver René J. Silva, “Loyal and Royal: A Comparative Analysis of Adherents to the Crown during the American Revolution and the Spanish American Wars of Independence”, inédito (2013).

jueves, 17 de mayo de 2018

EGALITÉ, MANDILES CONTRA ESCUDOS

[Reproducimos con permiso del autor.]

EGALITÉ, MANDILES CONTRA ESCUDOS

Lo que no hicieron Tamerlán, Solimán y sus hordas

Por Fernando José Ares.

A comienzos del Siglo XII los Caballeros de San Juan de Jerusalén tomaron la Isla de Rodas, allí defendieron, con gran esfuerzo y valentía, durante mas de dos siglos la Fe de Cristo contra árabes y turcos.

Tamerlán la saqueó y devastó y finalmente Solimán, “el Magnifico”, tras gran destrucción, la conquistó definitivamente. La isla sufrió luego tres siglos de cruel tiranía musulmana.

Sin embargo todas esas luchas y sitios sufridos mantuvieron incólumes la arquitectura gótica que los Caballeros Cruzados desarrollaron en la isla. Testigos son sus fortalezas, palacios y casas solariegas que hoy hacen el disfrute de los turistas.

Calles enteras de la ciudad capital, también llamada Rodas, y también de otras ciudades están ocupadas por estas casas solariegas que llevaban, de acuerdo a la tradición, en su fachada el escudo de armas de la familia que la había construido y vivido en ella.

Ese escudo era el emblema familiar, su sello personal, a ese símbolo se remitían todos los integrantes de la familia, unidos por lazos de sangre y de historia. La importancia de la casa solariega en la sociedad está muy bien explicada en una obra que trazó hitos en nuestra Patria y en el mundo entero, “El Solar de la Raza” de don Manuel Gálvez.

Y el escudo de armas está estrechamente vinculado a nuestra cultura occidental y cristiana. Notable supervivencia la de los escudos de los Caballeros Jerosimilitanos, resistieron a aquel sangriento rengo Timur, a Solimán y a trescientos años de persecución turca sobre los cristianos.

Mas nociva que los anteriores para las tradiciones familiares fue la Revolución de Mayo, una rara mezcla de Tamerlán y Solimán con Rousseau y Robespierre, que arrasó con los escudos de armas y también con los que los defendieran.

Así la Asamblea del año XIII prohibió los emblemas familiares y mandó arrasarlos de las fachadas y en cualquier otro lugar donde estuvieran. No importaba que fueran propiedad particular ni que, en la mayoría de los casos, fueran una posesión familiar de siglos.

Nada valió, maza y pico no dejaron nada en pié. Y para los que se opusieran estaba la lanza, la espada, el arcabuz y la horca. Es que estaba en juego “la noble igualdad”. La identidad, que es el principio de la distinción, es muy peligrosa cuando se ve “en trono a la noble igualdad”.

Parece una contradicción que en una república se establezca un monarca aunque éste sea la reina Igualdad, pero hay que considerar que aquella era una república sui generis, porque quedó definitivamente claro, después del cuartelazo de 1812, que el verdadero gobernante no es el que figuraba como tal sino una Logia. Se llamaba “Lautaro”, una muestra de indigenismo precoz, en honor del asesino y torturador de don Pedro de Valdivia, persona de solar conocido y con escudo familiar.

A esta Logia, debilitada por la ausencia de su Venerable Maestro, la sucedió otra, la de “Buenos Aires”, pero a diferencia de la Revolución Guillotinadora de 1789, el cambio de logia no aparejó el degüello de los depuestos .

Unos años después el democrático poder en las sombras fue derribado por un criollo que asumió el Gobierno y se ganó honradamente su salario de Gobernador, mandando por si mismo y no como testaferro de una Logia. Como los Caballeros de San Juan de Jerusalén ese criollo sabía muy bien el Catecismo. Duró ese estado de franqueza política hasta 1852 que retornó el poder igualitario de las tinieblas o sea de los mandiles. Es que nada bueno dura mucho tiempo.

Vemos en nuestros días que lo que empezó derribando escudos, llegó también a derribar a nuestro Descubridor, al Gran Almirante, que curiosamente su día de gloria y también el nuestro, el 12 de Octubre, comenzó a ser celebrado gracias a don Manuel Gálvez y su obra que nos habla de las casas solariegas de las familias y culmina con el solar común de un conjunto de familias, que comparten una misma estirpe, es decir una misma sangre, que eso en última instancia es lo que constituye una raza (“El Solar de la Raza”).

Justo también es agradecer por lo mismo a un Presidente argentino, nieto de un fusilado y luego colgado por las logias de los enmandilados “derribaescudos” de su época, don Hipólito Yrigoyen, que prefería leer a Gálvez en vez de ver cine como hacen en la Residencia de Olivos los de los actuales tiempos.

Unos pocos años después del primer y nunca mejor llamado “Día de la Raza” (Denominación que será la próxima víctima de nuestros “derribaescudos”) y quizás no lo hiciera reivindicando el escudo de armas, un notable argentino nos alertaba sobre los frutos aterradores de la ennoblecida igualdad y su reinado, así amargamente se quejaba al respecto: “Todo es igual, nada es mejor”. Se llamaba Enrique Santos Discépolo. Murió de hastío.

lunes, 9 de enero de 2017

La mirada de un oficial británico



H.M.S. “Nereus”*, frente a Buenos Aires, 27 de enero de 1813.


Al Honorable Lord Vizconde Melville**.


Mi Lord,


Desde que tuve el honor de dirigirme a Su Señoría, vía el buque “Braganza”, hace casi una quincena, los asuntos han venido ocurriendo aquí tolerablemente tranquilos, aunque, en las últimas seis semanas, más de mil españoles han sido desterrados al interior con varios pretextos que parecieron suficientes.


La última inteligencia que hemos recibido desde el norte de Europa hasta el 13 de noviembre y desde otros lugares les ha hecho suspender por el momento la declaración de su independencia y en el presente se encuentran muy tranquilos sobre aquel asunto.


Un evento de alguna importancia ocurrió el 23 y espero que no sólo sirva a la gente de este país sino que también retire algunos obstáculos al comercio británico y produzca un giro más favorable en el gobierno. Dudo si ya he mencionado a Su Señoría en cartas anteriores detalles concernientes a la influencia que un hombre llamado Francisco Paso ha obtenido mediante conspiraciones e intrigas sobre el gobierno de aquí, del cual su hermano Don Juan José Paso es el presidente. Estos dos hombres son los hijos de un panadero y Don José es un abogado aplicado, intrigante y muy ambicioso. Fue secretario de la Primera Junta y logró conservar terreno cuando Moreno (quien murió en viaje a Inglaterra) cayó y cuando los diputados forzaron el gobierno en diciembre de 1810. Él estaba conectado al partido de Moreno que falló en oponerse al Presidente en 1811, en el mes de abril, y aunque todos fueron desterrados, él logró escapar de este destino pretendiendo estar enfermo, y con otras maniobras. Después, complotado con el partido triunfante, fue uno de los dirigentes de la Diputación que llevé a Montevideo a tratar con el General Elío, logrando la paz que pronto se hizo realidad. Fue justo después de nuestro retorno, en septiembre de 1811, que Juan Paso se unió a Sarratea (ahora capitán general y comandante en jefe de las fuerzas del gobierno en la banda opuesta) y Chiclana, para establecer el Triunvirato, del cual fue el miembro más inferior. Condujeron la Junta y enviaron a los diputados de las otras ciudades de regreso a su vida privada. Se había estipulado que cada uno de los miembros de este Triunvirato iba a retirarse cada seis meses, y Paso de acuerdo con esto se retiró último, cuando Pueyrredón fue electo en su lugar. Aunque se había decretado que un miembro retirado no podía ser electo nuevamente por un lapso de diez meses, en octubre pasado, justo después de que yo llegué, cuando las elecciones equitativas y justas fueron dejadas de lado por las intrigas de los Paso, Don Juan José fue electo Presidente del gobierno, con [Rodríguez] Peña y [Álvarez] Jonte como sus colegas. Desde entonces él se ha visto sostenido poderosamente por su hermano Francisco, cuya situación ponía a numerosos oficiales pagos bajo su control y sueldo; y por sus intrigas e influencia fuera del fuerte, incluso el gobierno dentro de él es su servidor. Su cargo de Comandante del Resguardo puso sumas muy considerables a su disposición, a través de expropiaciones y otros medios, y los informes son cosa corriente aquí (publicados en las gacetas de Montevideo), que adelantó 23.000 dólares [sic] a los oficiales de algunos cuerpos y así aseguró la elección de su hermano para la Presidencia. El pueblo de esta ciudad ya cansado del régimen tiránico de la facción de los Paso, emprendieron por algún tiempo la aceleración de la asamblea de los Diputados, con la esperanza de efectuar cambios en el gobierno así como en el sistema actualmente en vigencia, y Francisco Paso, al mismo tiempo ha intentado cualquier medio posible para contrarrestar sus esfuerzos; pero afortunadamente ha sido demasiado intrigante aún para sus mismos asociados, como suelen ser generalmente los hombres de mente siniestra, y ha caído él mismo en la misma trampa que tendió para otros. Fue descubierto*** el pasado 22 que otra vez había estado conspirando con los comandantes de los cuerpos, a través de la intervención de algunas herramientas corruptas de su facción, con el fin de ganarlos para su bando; y del mismo modo en que logró procurar la elección de su hermano mediantes lo militares, esperaba de nuevo desconcertar a todos en la próxima elección, y, por los mismos medios, mantener a su hermano en el sillón. Pero fue traicionado, acusado y detectado; y a plena luz del día, el 23, fue, por orden del gobierno, aprendido en su propia casa, y desterrado inmediatamente, lo mismo que sus cómplices, bajo una escolta de dragones hasta San Juan, donde aún permanece.


No pronto se deshicieron de este hombre, tuvo lugar una elección justa y cuatro diputados fueron elegidos ese día en Buenos Aires. Me dicen que se han presentado muchos cargos de enormidades contra Francisco Paso, algunas de la cuales, se supone, si se prueban, pondrán en gran riesgo su vida, en tanto que él ha hecho mucho más de los crímenes por los que los viejos españoles pagaron con su vida. Su hermano, el Presidente, quien se encontraba fuera de la ciudad y no supo de su arresto y defenestración hasta su regreso, continúa aún en su cargo, pero, cuando la asamblea, como se informa, se reúna el 31, es muy probable que lo depongan. Es muy difícil decir qué clase de hombres pueden quedar a cargo a continuación. Un hombre del que se habla que tiene probabilidades de tener éxito es Don Juan Larrea. Él es un catalán, de la ambición más activa y turbulenta. Su propiedad es muy cuestionada, puesto que aunque tuvo oportunidades de amasar una gran fortuna, ha contribuido grandemente, en ocasiones, a la lucha de partidos. Él fue uno de los conspiradores contra Liniers, con Álzaga (quien fue fusilado el último julio en la Plaza) y estuvo luego preso durante un tiempo. Aunque nacido en España, es un decidido defensor de la libertad americana y la independencia. Fue desterrado a San Juan en abril de 1811 (siendo uno de los conspiradores de Moreno contra Saavedra) y llamado de regreso en septiembre. Sin embargo, sólo arribó a la ciudad hace unas pocas semanas y está ahora haciendo publicidad para lograr un escaño en el gobierno en la próxima elección. Uno de sus hermanos ingresó al nuevo cuerpo de caballería comandado por San Martín. Este cuerpo tendrá más peso en las elecciones que toda la ciudad de Buenos Aires unida (sic), si la unión fuese algo que aquí puede pasar. Larrea, aunque estuvo antes en el gobierno, era, creo entender, un amigo decidido de lo inglés y de nuestro comercio. Es bien entendido en asuntos mercantiles, es un hombre de experiencia y conocimiento, habiendo pasado bastante tiempo en Inglaterra y varios lugares de Europa.


7 de Febrero.— Nos ha llegado hace un instante inteligencia de la desafortunada captura del “Java” por la fragata estadounidense “Constitution” el pasado trece de diciembre****, navío mediante el cual envíe esta carta. Otros reportes nos informan que algunos corsarios operan en las costas de Brasil, así como la fragata “Essex” y las balandras de guerra “Hornet” y “Wasp” con bandera americana.  Tengo entonces una nueva oportunidad de dirigirme a su Señoría para comentarle que la Asamblea de Diputados de las ciudades y provincias (todos electos en la ciudad de Buenos Aires) se reunieron el 31 último; ratificación oficinal e inesperada que me hizo personalmente el señor secretario Guido, y que he transmitido en el “Emerald”. Como soy perfectamente consciente del motivo de Su Excelencia para dirigirme tal comunicación, me limité a acusar recibo de la misma. Este Don Carlos Alvear, que ha sido nombrado Presidente de esta Asamblea soberana, es uno de los aventureros que llegó en el buque “George Canning” desde Inglaterra, de los cuales hice mención en una carta anterior a Su Señoría.


Esta augusta asamblea está compuesta de personajes de similar estampa: hombres sin respetabilidad ni conexión, sino turbulentos, ambiciosos, demagogos democráticos, quienes en tiempos revolucionarios como éstos, tienen todo por ganar y poco para perder más que sus cabezas. En esta Asamblea reside el Poder Legislativo, y en verdad toda la autoridad y poder. Sus decretos, firmados por su Presidente y uno de sus Secretarios, deben ser ley. El poder ejecutivo recae en el Triunvirato, como antes, pero está sometido por entero a la Asamblea soberana; aunque aún esté compuesto de los mismos hombres: Paso, Peña y Jonte. Bajo el actual estado de cosas, importa poco quiénes son las trompetas parlanchinas de la Asamblea y, por lo tanto, como el poder e influencia del Triunvirato está ahora reducido a poco o nada, dejarán de ser el objeto de la envidia y la ambición, y es probable que permanezcan en su sitio por más tiempo. Los jefes del Ejército, bajo el gobierno ante Montevideo, están variando. Artigas no se dignará a servir bajo Sarratea: se ha rebelado completamente a su mando y no sólo le ha cortado todos los suministros al ejército de Sarratea, sino que está suministrando ganado a Montevideo. Consecuencia de estos disensos, se rumorea aquí que el sitio será levantado y que las tropas recruzarán el río, y luego serán enviadas a reforzar a Belgrano en Perú, quien, se dice, está en marcha desde Tucumán hacia Salta. Desde la última salida desde Montevideo, en la cual envié un reporte a Su Excelencia en el “Braganza”, el General Vigodet ha enviado una pequeña expedición río arriba, que ha fracasado en su objetivo, cualquier éste haya sido. Hicimos una salva de honor en Buenos Aires ayer, en celebración por la victoria que ellos dicen [sic] que han ganado. Al escuchar, unos días atrás, que los montevideanos habían desembarcado río arriba, el coronel San Martín fue enviado con ciento cincuenta de su regimiento para oponérseles; cien infantes fueron con él, pero no pudieron seguirles el paso por falta de postas de caballos en el camino. En el campillo de San Lorenzo, unas sesenta leguas de Buenos Aires, San Martín cayó sobre sus enemigos, unos doscientos veinte, a quienes atacó con fuerza inferior y derrotó,  matando e hiriendo a cuarenta, y tomando diez prisioneros, dos piezas de artillería y un estandarte. El resto precipitadamente se retiró a sus navíos, cuyas armas impidieron que su retirada se viera cortada. Del lado de Buenos Aires hubo ocho muertos y heridos, entre los últimos el coronel San Martín. Al menos así cuentan la historia aquí. La de los montevideanos podría ser muy distinta.


La Soberanía [sic] está siendo excesivamente empleada en las tareas ardorosas empeñadas por esa alta autoridad [sic] para la que fue elevada. Ayer fue promulgada una orden por el Ejecutivo por la que todos los europeos que tengan empleos del gobierno y que no soliciten la ciudadanía en quince días, sean expulsados del servicio. Muchas personas respetables, que han pasado sus vidas en cargos públicos y que están muy familiarizadas con sus rutinas, sin duda serán sacadas para hacer lugar a algunos salvajes e ignorantes criollos. No poca confusión, en varios departamentos del gobierno, será con toda probabilidad la consecuencia. El último lunes, el Obispo de Salta fue ordenado a comparecer ante la Soberanía sólo para realizar los juramentos. Apareció en sus ornamentos mostrando así su situación de prisionero, separado de su diócesis. Se le ordenó regresar, y deseó venirse portando los ornamentos que se puso ante Fernando VII, y dejar sentado que la Asamblea es ahora el Soberano, y que probablemente representaba un soberano mayor a cualquier otro monarca europeo. El Obispo se retiró y fue ayer vestido según las órdenes, siendo admitido a tomar el juramento, y se le ordenó retirarse nuevamente, sin demostrársele la menor civilidad.


Estoy feliz de comunicarle que la más cordial harmonía existe en este momento entre los oficiales que comandan la Infantería de Marina y mis oficiales y yo, siendo que sus navíos con frecuencia anclan cerca de los nuestros y se intercambian amigables saludos. Ocasionalmente me carteo con Su Excelencia el general Vigodet, en un estilo tal que me permite compartir sus cartas con el gobierno aquí cuando las recibo, así como las mías, a una persona de su confianza, con la cual yo estoy  en términos íntimos, destruyendo por completo la operación de ese sospechoso celo que es una característica tan prominente del carácter español. Toda política local es evitada y nada se toca jamás, excepto en lo concerniente a nuestra causa común en la Península o en otras partes de Europa; y ambas partes están al tanto de que estoy en contra de mantener correspondencia con una sin que la otra esté enterada por lo que, por supuesto, se cuidan en el lenguaje para evitar verse en un dilema.


El Cónsul General de los Estados Unidos en este lugar, de cuyo nombramiento le escribí a Su Señoría, por el “Braganza”, aún no llegó, ni puede esperarlo ahora, me imagino, bajo el estado actual de las cosas. Todo esto considerado, se hace cada días más deseable que alguna clase de agente desde Inglaterra sea enviado con algún carácter oficial y comercial (si la naturaleza de las cosas no admiten que sea investido públicamente con cualquier cargo diplomático) para observar y dar información acerca de lo que está ocurriendo aquí y contrarrestar los esfuerzos irredentos de nuestros enemigos inveterados, los ciudadanos de los Estados Unidos, que están haciendo contra nosotros; y sería muy deseable que uno o dos buques pequeños de guerra sean estacionados en este río, donde es casi imposible para un buque de la clase y calado del “Nereus”, con demasiada frecuencia, actuar, o incluso defenderse contra cualquier fuerza inferior que desplace tres o cuatro pies menos de agua, cuando queda, por la bajante repentina del agua del río, fija inmovilizada en el fango. Los buques grandes, que desplazan más de quince pies de agua, pueden, al desplegarse frente a Buenos Aires, impresionar a sus gobernantes y habitantes (ignorantes como son de las cuestiones náuticas), pero son absolutamente inadecuados para la protección del comercio en este río y, en muchos puntos, menos efectivos para la defensa de navíos mercantes contra los ataques de naves mucho más livianas que los navíos más pequeños. Ningún buque que desplace más de quince pies debería ser enviado a este río; el “Nereus” tiene 18 pies 5 pulgadas de calado y por distancias de más de treinta millas me he visto obligado a empujarlo hasta los 18 pies y a veces menos hasta aguas más profundas; y donde ahora estamos anclados, a ocho millas de Buenos Aires, con frecuencia tenemos menos de catorce pies de agua a nuestro alrededor, y el buque queda tan firme como una iglesia, e igual indefendible en los ángulos que sus armas no alcanzan, y cuyos botes no sean equivalentes. Estos males, mi Lord, se suman a la consideración de que en este país no existe un hombre que pueda pilotear este buque sin mí, hacen que la responsabilidad que siendo no sea de poco peso. Sin embargo, hago lo mejor que puedo y espero lo mejor.


Tengo el honor de ser, &c.,


P. H. (Peter Heywood*****)

Retrato de Peter Heywood por John Simpson (National Maritime Museum).



[A Memoir of the Late Captain Peter Heywood, R.N., with extracts from his Diaries and Correspondence, by Edward Tagart (London: Published by Effingham Wilson, Royal Exchange, 1832).]


*El H.M.S. “Nereus” era una fragata clase “Amphion” de 5ª categoría, lanzada el 4 de marzo de 1809 por la compañía South Shields de Durham y completando su alistamiento el 17 de julio del mismo año en el dique de Chatham. El 30 de agosto de 1810 fue enviada a América del Sur. El 15 de junio de 1812 puso proa nuevamente hacia el río de la Plata. En 1813 su comandante, el capitán Peter Heywood fue reemplazado por el también capitán Manley Hall Dixon. El 14 de noviembre de 1814 regresó a Portsmouth desde Buenos Aires. En enero de 1815 es retirado del servicio en Woolwich y, tiempo después, transformado en transporte de tropas. En febrero de 1817 será desarmado en Deptford. 
**Robert Dundas, 2º Vizconde Melville (1771-1851), en aquella época era Primer Lord del Almirantazgo. 
***La conspiración había sido denunciada por José de San Martín, Francisco Ortiz de Ocampo y Manuel Pinto, partícipes de la misma en un primer momento, por oficio reservado al Triunvirato el día 21. 
****En realidad la captura de la fragata ligera H.M.S. “Java” por la fragata pesada U.S.S. “Constitution” tuvo lugar el 29/XII/1813. 

*****Peter Heywood (1772-1831) fue un célebre oficial naval británico. Hijo de una notable familia de la isla de Man, a los 17 años fue uno de los amotinados del H.M.S. “Bounty” en 1789. Perdonado por el Rey en 1792, continuó su carrera naval por otros 20 años. Se distinguió en las guerras napoleónicas, logrando quitarse el estigma de “amotinado convicto”. Estuvo en el río de la Plata durante las Invasiones Inglesas y quedó en el estuario hasta 1808 a bordo del H.M.S. “Polyphemus” del contralmirante Murray en tareas de reconocimiento y protección de la marina mercante británica en el Atlántico Sur. En mayo de 1809 el capitán Heywood recibió el mando del H.M.S. “Nereus” y tras un corto servicio en el Mediterráneo recibió la orden de proteger las embarcaciones mercantes de su país en el río de la Plata. A mediados de 1813, regresó a Inglaterra como comandante del H.M.S. “Montagu”, con el que tuvo el honor de escoltar a Luis XVIII cuando su regreso a Francia en mayo de 1814. En julio de 1816, Heywood se retiró, se casó con una viuda llamada Frances Joliffe y se asentó en Highgate (Londres).

lunes, 1 de agosto de 2016

El Obispo Lué y Cornelio Saavedra

A propósito de nuestra entrada sobre el obispo Lué, nos ha llegado el siguiente comentario, con el que estamos muy de acuerdo.


Está muy claro que Cornelio Saavedra en sus memorias quiso aniquilar moralmente a monseñor Lué y Riega pintándolo como un energúmeno con un voto que era incluso contrario a la realidad americana, los españoles americanos llegaban a las mas altas esferas del gobierno. Y en el Río de la Plata tenemos un elocuente ejemplo, el Virrey don Jorge Vértiz era americano, había nacido en la Nueva España.

Pero no solo en el gobierno los americanos alcanzaban las mas altas jerarquías, en el Ejército el teniente general José La Mar era quiteño y también en la Iglesia, aquel obispo de Asunción que tanto luchó con los jesuitas para imponer el catolicismo en las Misiones, Fray Bernardino de Cárdenas, era americano hijo de dos conquistadores del Perú.

Y vayan estos tres nombres como ejemplo, se podrían citar centenares de ellos.

Y ahora dos palabras sobre Cornelio Saavedra. Como todos los revolucionarios, Belgrano y San Martín incluidos, Saavedra era un perjuro.


Había jurado defender y seguir la bandera española y fidelidad tanto a carlos IV como a su sucesor Fernando VII.

Este carácter de perjuro que nuestra historieta oficial jamás menciona nos demuestra su sentido del honor y moral.

Segundo el obispo Lué era militar de escuela y desde casi un niño había ingresado a un ejército profesional alcanzando a graduarse de Oficial Jefe, Sargento Mayor, después de largos años de servicio activo.


Saavedra era un comerciante o sea un representante de la aristocracia de la vara de medir porteña (Aunque este tendero era potosino).

Fue designado coronel por el voto de los soldados de su regimiento. Ese carácter plebiscitario y democrático es una burla al espíritu militar. Su única actuación bélica fue durante las invasiones inglesas.

Don Benito Lué y Riega estaba muy lejos del energúmeno pintado por Saavedra, un testigo totalmente imparcial, el capitán inglés Alexander Gillespie, hombre cuya perspicacia queda reflejada en las atinadas y profundas observaciones que nos ha dejado en su obra, conocida entre nosotros como "Buenos Aires y el Interior".


Gillespie que evidentemente estuvo a cargo de la inteligencia del invasos nos dice al respecto "Esa cabeza de la Iglesia había alcanzado en sus primeros días el grado de mayor en los ejércitos españoles.... Estaba dotado además con una figura elegante, con una amabilidad que inspiraba confianza y un modo de decir las cosas que intrigaba, para lo que estas cualidades eran auxiliares muy útiles".

Como se ve monseñor Lué y Riega era una persona de gran valía, por eso se decidió aniquilarlo moralmente, paso previo para el definitivo aniquilamiento material, conseguido bajo el gobierno del Triunvirato manejado por Rivadavia, con la colaboración de un cura apóstata.

Es muy sintomático que rivadavia también hubiera hecho asesinar a Fray José de las Ánimas, único superior del clero regular que no juró fidelidad a la Corona Británica

Fray José y el Obispo fueron dos mártires de la religión y la lealtad a la Patria.