"Si la historia la escriben los que ganan, quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia."

martes, 27 de septiembre de 2011

Un relato sobre el asesinato de Liniers y compañeros mártires de la lealtad

Los sucesos revolucionarios de mayo de 1810 sorprendieron a Santiago de Liniers, héroe de las invasiones inglesas y anterior virrey rioplatense, en Córdoba, en viaje ya desde Tucumán a la Península Ibérica. Allí Liniers decidió marchar al Perú con unos pocos leales para desde allí organizar la contrarrevolución.

Los revolucionarios, desde Buenos Aires, querían que se les uniera. Pero, como dijo uno de sus biógrafos, Exequiel C. Ortega, "los años, la miseria y la desgracia, la lucha y lo conocido del mundo sólo aumentaban su fe. Ella era auténtica y sentida. Tampoco en este aspecto tan especial e íntimo puede cuestionarse su sinceridad, o encontrarse alguna inconsecuencia."

A su suegro, Martín de Sarratea, hundido como los otros comerciantes porteños en la Revolución y que quería convencerlo apelando a la suerte de sus hijos, le respondió:

“¿Cómo yo un general, un oficial quien en treinta y seis años he acreditado mi fidelidad y amor al soberano, quisiera Ud. que en el último tercio de mi vida me cubriese de ignomia quedando indiferente en una causa que es la de mi Rey, que por esta infidencia dejase a mis hijos un nombre hasta el presente intachable con la nota de traidor? […] Cuando los ingleses invadieron a Buenos Aires […] no trepidé un momento en emprender una hazaña tan peligrosa y abandonar mi familia bajo el auspicio de la Providencia en medio de los enemigos […] Que si entonces era buena, la que defiendo en el día no solamente es buenísima, sino santa y obligatoria […] bajo la pena de caer en el delito de perjuro habiéndole jurado fidelidad. […] Pero si por sus altos designios hallase en esta contienda el fin de mi agitada vida, creo que me tendría en cuenta y descargo de mis innumerables culpas este sacrificio, al que estoy constituido por mi profesión […]; el que nutre a las aves, a los reptiles, a las fieras y a los insectos proveerá a la subsistencia de mis hijos, los que podrán presentarse en todas partes sin avergonzarse de deber la vida a un padre que fuese capaz por ningún título de quebrantar los sagrados vínculos del honor, de la lealtad y del patriotismo, y que si no les deja caudal, les deja a lo menos un buen nombre y buenos ejemplos que imitar.”

Por eso, uno de sus descendientes, Santiago de Estrada, reconocía: "sin la fe de su alma, sin la entereza de su carácter, a esta hora hablaríamos inglés en vez de español." No hay otra forma de explicar las victorias de 1806 y de 1807 en completa desigualdad de condiciones frente a regimientos que posteriormente vencerán en Waterloo a Napoleón. 

La Junta Provisoria de Buenos Aires envió a Córdoba una expedición al mando del coronel Antonio González Balcarce con el fin de perseguirlo y capturarlo. En los bosques que rodeaban el camino entre Córdoba y Santiago del Estero, Liniers fue atrapado.



La Junta revolucionaria dispuso que los prisioneros fueran pasados por las armas y destacó al Dr. Juan José Castelli y a los comandantes Domingo French y Juan Ramón González Balcarce para dar cumplimiento de la orden. En un paraje boscoso conocido como Monte de los Papagayos, a dos leguas de la posta Cabeza de Tigre, fueron arcabuceados el ex virrey Santiago de Liniers, el teniente de gobernador Juan Gutiérrez de la Concha, el coronel Alejo de Allende, el oficial real Joaquín Moreno y el asesor legal Dr. Victorino Rodríguez.

El relato, según las fuentes más verosímiles, es estremecedor y pinta por entero el carácter de nuestro homenajeado. Apresados Liniers, Gutiérrez de la Concha, Rodríguez, Allende,  Moreno, monseñor Antonio Rodríguez de Orellana (obispo de Córdoba) y fray Pedro Alcántara Giménez (secretario del obispo), fueron conducidos hacia Buenos Aires en una galera facilitada por el vecino Eufrasio Agüero.


Al pasar por la ciudad de Córdoba, por el frente de Santo Domingo, don Santiago de Liniers obtuvo permiso del jefe de la escolta para ingresar al templo. Allí, en manos de su protectora, la Virgen Santísima del Rosario, depositó su bastón de Virrey, como recuerdo al pueblo cordobés, según dijo.



El 25 de agosto de 1810, llegaron a la Posta de Gutiérrez (a 67 leguas de Córdoba), donde los esperaba Domingo French, con tropas venidas de la capital.


Temiendo por el prestigio y la calidad de los presos, los sacó de la guardia del capitán Manuel Garayo e hizo sustraer sus navajas a los mismos. A las 8:30 hs. del 26 partieron bajo custodia de French. Alcanzando a las 10 hs. el paraje El Puesto, donde los esperaba el teniente coronel Juan Ramón Balcarce y el vocal de la Junta Juan José Castelli. Éstos separaron a los presos de sus equipajes y criados, y dirigieron los coches hacia un monte llamado de los Papagayos o Chañarcito de los Loros, a dos leguas de la posta Cabeza de Tigre.

"Hoy compareceremos en el tribunal de Dios", dijo el Dr. Rodríguez. Vale decir que don Victoriano Rodríguez fue el abuelo materno del Dr. Tristán Achával Rodríguez, célebre tribuno católico y defensor de los derechos de la Iglesia en los rudos debates de fines del siglo XIX. También fue tío abuelo del Dr. Santiago Derqui Rodríguez, futuro presidente de la Confederación Argentina durante unos meses entre 1860 y 1861. Y, además, fue también tío abuelo de Sor Catalina de María Rodríguez, fundadora de las Esclavas del Corazón de Jesús y sierva de Dios, cuya causa de canonización se tramita.

Conociendo su destino, Liniers pidió explicaciones a su ex subordinado, Balcarce, quien se limitó a contestar: "...otro es el que manda".

Al llegar al monte, un cuerpo de húsares formado los esperaba. No atreviéndose a usar criollos, la Junta había reclutado extranjeros para llevar a cabo este crimen político, la mayoría de ellos ingleses que no habían regresado a su patria tras los hechos de 1807. 

¡Mercenarios ingleses para matar al héroe de 1806 y 1807! Tal vez esto ayude a explicar algunos hechos poco conocidos de nuestra historia, como que la escuadra británica saludó con salvas de honor el 25 de mayo de 1810 y que un enviado de Londres fue el primer exntranjero en entrevistarse con la Primera Junta.


Continuando con el relato. Bajaron a los prisioneros contrarrevolucionarios de los coches,  los amarraron por detrás y les leyeron la sentencia. Tras los ruegos del obispo, se les concedieron tres horas para prepararse a bien morir (Castelli agregó luego una hora más).



Cuando el Obispo requirió un juicio justo, French lo calló, diciendo: "Calle, Vd., Padre, que aún no sabe la suerte que le espera". No se les permitió escribir testamento.



Ante lo indeclinable de los hechos, tomó la palabra Liniers: "Vamos, Sres., a prepararnos. Siquiera, gracias a Dios, tengo la suerte de que esté Vd. (refiriéndose al Obispo) a mi lado en este último instante". Luego pidió a éste que le ayudará a tomar el Santo Rosario en sus manos, para rezarlos mientras se preparaba para su última confesión. Liniers y el coronel Allende se confesaron con el obispo, mientras que los tres restantes lo hicieron con el P. Giménez.

Terminado el tiempo concedido, Castelli retiró a los eclesiásticos y preparó a los presos para su ejecución. Liniers se negó a ser vendado e imploró a la Santísima Virgen del Rosario, para luego fijando su vista en el pelotón de fusilamiento decirles: "Ya estoy, muchachos". Balcarce hizo la señal y se escuchó la descarga.

Perturbados por la dignidad del condenado, los soldados sólo acertaron 6 tiros, con los que Liniers cayó en tierra aún con vida. Se ordenó un nuevo tiroteo a los de la segunda fila, pero sólo dieron en el blanco dos. Cuando se disipó el humo, se notó que Liniers, malherido en la cabeza y brazos, musitaba con el estertor de la agonía el nombre de la Virgen María, cuyo auxilio parecía implorar. Entonces, el mismo French, antiguo ayudante del Virrey, debió descargar un pistoletazo en la sien como tiro de gracia.

Los restos mortales fueron conducidos a Cruz Alta, distante a 5 leguas hacia Buenos Aires, siendo sepultados en una zanja en el campo junto a la iglesia. El teniente cura de la misma, los hizo desenterrar al día siguiente y los colocó en una más amplia sepultura en el mismo sitio, agregando una cruz en su cabecera y el anagrama LRCMA, para que sus familias pudiesen algún día recoger los cadáveres.

A los pocos días, apareció en un árbol de Cruz Alta una inscripción con letras grandes que decía CLAMOR, formadas con las iniciales de los apellidos de los reos: Concha, Liniers, Allende, Moreno, Orellana (que, finalmente, no fue ejecutado) y Rodríguez.


Años después, los restos de Liniers fueron trasladados a Cádiz, donde, en el mausoleo del Panteón de los Marinos Ilustres de San Fernando, descansan.

Hasta 1830, al menos, la sociedad cordobesa siguió recriminando a la Revolución de Mayo por el atroz asesinato. Hasta un cultor de la leyenda rosa nacionalista como el R. P. Guillermo Furlong S. J. lo reconoció.

Dijo su bisnieto, José Manuel Estrada, líder católico de fines del siglo XIX: "Liniers y sus compañeros fueron pasados por las armas. Esta tragedia puso sangre en la bandera revolucionaria, ¿y por qué velar mi pensamiento? ¡Sangre inútil y cruelmente derramada!"

Otro de sus biógrafos, Paul Groussac, a pesar de su liberalismo, reconoce: 

"Los prisioneros de guerra, fusilados sin juicio en la Cruz Alta, fueron mártires de la lealtad, y no necesitan ser rehabilitados."





sábado, 24 de septiembre de 2011

Postura de la Iglesia (II): Encíclica "Etsi Quam Diu" de León XII (1824)


A los venerables hermanos, los arzobispos y obispos de América. 

LEÓN XII, PAPA. 

Su Santidad León XII
Venerables hermanos, Salud y la Bendi­ción apostólica. Aunque Nos persuadimos habrá llegado hace ya tiempo a vuestras manos la encíclica que, en la elevación de nuestra humildad al solio de san Pedro, remitimos a todos los obispos del orbe católico, es tal el incendio de caridad en que nos abrasamos por vosotros y por vuestra grey, que, hemos determinado, en manifestación de los sentimientos de nuestro corazón, dirigiros especialmente nuestras palabras. 

A la verdad, con el mas acerbo e incom­parable dolor, emanado del paternal afecto con que Os amamos, hemos recibido las funestas nuevas de la deplorable situación en que tanto el Estado como a la Iglesia ha venido a reducir en esas regiones la cizaña de la rebelión, que ha sembrado en ellas el hombre enemigo, como que conocemos muy bien los graves perjuicios que resultan a la religión, cuando desgra­ciadamente se altera la tranquilidad de los pueblos. En su consecuencia, no pode­mos menos de lamentarnos amargamente, ya observando la impunidad con que corre el desenfreno y la licencia de los malva­dos; ya al notar como se propaga y cunde el contagio de libros y folletos incendia­rios, en los que se deprimen, menospre­cian y se intentan hacer odiosas ambas potestades, eclesiástica y civil; y ya, por último, viendo salir, a la manera de lan­gostas devastadoras de un tenebroso pozo, esas juntas que se forman en la lobreguez de las tinieblas, de las cuales no dudamos afirmar con san León papa, que se concreta en ellas como en una inmun­da sentina, cuanto hay y ha habido de más sacrílego y blasfemo en todas las sectas heréticas. Y esta palpable verdad, digna ciertamente del más triste descon­suelo, documentada con la experiencia de aquellas calamidades que hemos llorado ya en la pasada época de trastorno y confusión, es para Nos en la actualidad el origen de la más acerba amargura, cuan­do en su consideración prevemos los inmensos males que amenazan a esa heredad del Señor por esta clase de de­sórdenes. 

Examinándolos con dolor, se dilata nues­tro corazón sobre Vosotros, venerables hermanos, no dudando estaréis íntima­mente animados de igual solicitud en vista del inminente riesgo a que se hallan ex­puestas Vuestras ovejas. Llamados al sagrado ministerio pastoral por aquel Señor que vino a traer la paz al mundo, siendo el autor y consumador de ella, no dejaréis de tener presente que vuestra primera obligación es procurar que se conserve ilesa la religión, cuya incolumi­dad, es bien sabido, depende necesaria­mente de la tranquilidad de la patria. Y como sea igualmente cierto que la religión misma es el vínculo más fuerte que une tanto a los que mandan cuanto a los que obedecen, al cumplimiento de sus diferen­tes deberes, conteniendo a unos y otros dentro de su respectiva esfera. conviene estrecharlo más, cuando se observa que con la efervescencia de las contiendas, discordias y perturbaciones del orden público, el hermano se levanta contra el hermano, y la casa cae sobre la casa. 

La horrorosa perspectiva, venerables hermanos, de una tan funesta desolación, Nos obliga hoy a excitar vuestra fidelidad por medio de este nuestro exhorto, con la confianza de que, mediante el auxilio del Señor, no será inútil para los tibios ni gravosa para los fervorosos, sino que, estimulando en todos vuestra cotidiana solicitud, tendrán complemento nuestros deseos. 

No permita Dios, nuestros muy amados hijos, no lo permita Dios, que cuando el Señor visite con el azote de su indignación los pecados de los pueblos, retengáis vosotros la palabra a los fieles que se hallan encargados a vuestro cuidado con el designio de que no entiendan que las voces de alegría y de salud sólo son oídas en los tabernáculos de los justos; que entonces llegarán a disfrutar el descanso de la opulencia y la plenitud de la paz, cuando caminen por la senda de los man­damientos de aquel Señor que inspira la alianza entre los príncipes y coloca a los reyes en el solio; que la antigua y santa religión, que sólo es tal mientras permane­ce incólume, no puede conservarse de ninguna manera en pureza e integridad cuando el reino dividido entre si por fac­ciones es, según la advertencia de Jesu­cristo señor nuestro, infelizmente desolado; y que vendrá con toda certeza a verifi­carse, por último, que los inventores de la novedad se verán precisados a reconocer algún día la verdad y a exclamar, mal de su grado, con el profeta Jeremías: Hemos esperado la paz y no ha resultado la tran­quilidad; hemos aguardado el tiempo de la medicina, y ha sobrevenido el espanto; hemos confiado en el tiempo de la salud, y ha ocurrido la turbación. 

Pero ciertamente nos lisonjeamos de que un asunto de entidad tan grave tendrá por vuestra influencia, con la ayuda de Dios, el feliz y pronto resultado que Nos promete­mos si Os dedicáis a esclarecer ante vuestra grey las augustas y distinguidas cualidades que caracterizan a nuestro muy amado hijo Fernando, rey católico de las Españas, cuya sublime y sólida virtud le hace anteponer al esplendor de su grandeza el lustre de la religión y la felici­dad de sus súbditos; y si con aquel celo que es debido exponéis a la consideración de todos los ilustres e inaccesibles méritos de aquellos españoles residentes en Euro­pa, que han acreditado su lealtad, siempre constante, con el sacrificio de sus intere­ses y de sus vidas, en obsequio y defensa de la religión y de la potestad legítima. 

La distinguida predilección, venerables hermanos, para con vosotros y vuestra grey, que nos estimula a dirigiros este escrito, nos hace, por el mismo caso, estremecer tanto más por vuestra situa­ción, cuanto os consideramos mayormente oprimidos de graves obligaciones en la enorme distancia que os separa de vues­tro común padre. Es, sin embargo, un deber que Os impone vuestro oficio pasto­ral el prestar auxilio y socorro a las perso­nas afligidas, el descargar de las cervices de todos los atribulados el pesado yugo de la adversidad que los aqueja, y cuya idea obliga a verter lágrimas; el orar, por último, incesantemente al Señor, con humildes y fervorosos ruegos, como de­ben hacerlo todos aquellos que aman con verdad a sus prójimos y a su patria, para que se digne su divina majestad imperar que cesen los impetuosos vientos de la discordia y aparezca la paz y tranquilidad deseada. 

Tal es sin duda, el concepto que tenemos formado de vuestra fidelidad, caridad, religión y fortaleza; y en tanto grado Os consideramos adornados de estas vir­tudes, que Nos persuadimos cumpliréis de modo todos los enunciados deberes que Os hemos recordado, que la Iglesia dise­minada en esas regiones obtendrá por vuestra solicitud la paz y será magnífica­mente edificada, siguiendo las sendas del santo temor de Dios y de la consolación del divino Espíritu. 

Con esta confianza, de tanto consuelo para Nos, para esta santa Sede y para toda la universal Católica Iglesia, que nos inspiren vuestras virtudes, ínterin el cielo, venerables hermanos, derrama sobre vosotros y sobre la grey que presidís el auxilio y socorro que le pedimos, os da­mos a todos con el mayor afecto la bendi­ción apostólica. 

Dado en Roma, en San Pedro, sellado con el sello del pescador, el día 24 de setiem­bre de 1824, año primero de nuestro pontificado. 

[El lugar del sello del pescador]

jueves, 22 de septiembre de 2011

Los mártires de la lealtad y las visiones de Sor Lucía del S. Sacramento

El 26 de agosto de 1810 el gobierno revolucionario de Buenos Aires hacía fusilar a don Santiago de Liniers, ex virrey del Río de la Plata y héroe de la reconquista y defensa de Buenos Aires durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807, al brigadier don Juan Antonio Gutiérrez de la Concha, gobernador legítimo de Córdoba del Tucumán,  al Dr. don Victorino Rodríguez, asesor de gobierno cordobés, el coronel don Alejo de Allende, comandante de armas de la Intendencia de Córdoba del Tucumán, y al primer oficial real don Joaquín Moreno, tesorero delegado de la Real Hacienda en dicha intendencia. Todos hombres devotos y leales.

Monasterio de Carmelitas
Descalzas de Córdoba (Las Teresas)
“En los días aciagos ya referidos vivía en olor de santidad en el monasterio de las Teresas de Córdoba Sor Lucía del SSmo. Sacramento. Por mandato del confesor escribió la monja su autobiografía con el título de Amores de Dios con el alma. La parte de la misma que alude a los sucesos del 26 de agosto de 1810 los reprodujo, en 1947, Carlos A. Luque Colombres como apéndice documental de su monografía El Doctor Victorino Rodríguez, primer catedrático de Instituta de la Universidad de Córdoba. [Edición Imprenta de la Universidad de Córdoba, 1947, p. 125 a 129. Apéndice n. 7. El manuscrito, que es copia trasladada del original por una religiosa del monasterio de Las Teresas, se conserva en el archivo del mismo.]

“Van aquí los datos de algún interés.

“Describe la impresión que trajo a las religiosas la entrada del ejército libertador en Córdoba. Ve las abundantísimos gracias que Dios ‘derramaba a manos llenas’ sobre los jefes de la ciudad encomendados en sus oraciones. Los contempla ‘en el campo donde estaban, asechados de multitud de demonios, guardados y defendidos de multitud de ángeles’.

“El 6 de agosto por la mañana, después de encomendarse fervorosamente a la Virgen Nuestra Señora, ‘vi y entendí y oí —apunta en al autobiografía citada— serían muertos los Señores, que efectivamente murieron, los superiores de esta Ciudad y distrito perteneciente a ésta’. Narrólo en recreación a las hermanas, pero todas lo tuvieron ‘por bobada, desvarío o cosa semejante’.

“La noticia de la tragedia final —continúa— fue ‘cosa que sentimos muy mucho, cosa no esperada ni creída’. Parecía inconcebible a aquellas buenas religiosas que hubiera podido perecer así trágicamente lo más granado de la sociedad cordobesa: ‘Daban tantas razones para afirmar que sólo había sido estratagema todo lo que se había dicho y hecho con ellos; decían los tenían vivos y muy ocultos, se creía más esto que lo contrario… Dudo se pasase día que no se hablase de lo dicho: va a cumplirse ya un año…’ De buen grado se hubiera Sor Lucía desdecido de su fatídico anuncio. ¡Pero estaba tan segura! Sin embargo, ‘lo que oía las razones que daban para tener una grande esperanza de que estaban vivos los dichos Señores, yo me consolada y deseábalo tanto a mi sentir o parecer, como la persona más inmediata o llegada a ellos…’

“Ve sus almas en la Gloria. Dícele ‘Nuestro Señor de cada una en particular con lo que se habían hecho dignos y merecedores de tal corona’. Conversa con ellas familiarmente. Le encargan comunicar a sus allegados ‘no tuviesen pena, que era tan grande y tal sus felicidades que no se puede explicar…; bendecían y alababan al Dios de las misericordias que había usado de tanta liberalidad para con ellos, bendecían sus suertes y entonaban cánticos de gratitud al Omnipotente…’

“Contempla, en fin, otro día, luego de comulgar, al Obispo ‘a las orillas de un embravecido mar, tan atribulado y penado, combatido y amenazado de peligros terribles y espantosos, pero al punto mismo —continúa— vio mi alma en una como en forma de nube a las cinco almas santas de quien he hablado poco adelante, que lo protegían, guardaban y defendían…’

“Sor Lucía frisaba a la sazón en los 39 años de edad. Murió el 4 de mayo de 1824, ‘después de llevar una vida admirable en virtudes y favores del Señor’, estampa la monja que transcribió sus apuntes.”

(Cayetano Bruno, S.D.B., La Virgen Generala: Estudio documental [2ª edic., 1994].)

martes, 20 de septiembre de 2011

Cabeza de Tigre: "¡Viva el Rey! ¡Mueran los cipayos!"



Cabeza de tigre (2001)

Cabeza de tigre - Afiche
Dirección: 
Claudio Etcheberry

Sinopsis
Luego de la Revolución de Mayo, Juan José Castelli ordena el fusilamiento del ex virrey Santiago de Liniers. Película histórica que intenta alejarse del acartonamiento clásico de éste tipo de films.

ATP   93 min  
Estreno: 
31 de mayo de 2001

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lunes, 29 de agosto de 2011

Las guerras de la independencia en el arte

Transcribimos a continuación un artículo aparecido en la bitácora de arte bélico Espacio Cusachs. Sirva como introducción al fenómeno del arte como forma de propaganda en la forja artificial de esa entelequia que son las nacionalidades sudamericanas.

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VIERNES 26 DE AGOSTO DE 2011

Sudamérica en guerra

Este año ha dado comienzo el inicio de la conmemoración del Bicentenario de la Independencia de las Repúblicas Iberoamericanas, acontecimiento que, pese a su importancia y en esta España sumergida en plena crisis económica, de momento no se le está dando la relevancia con que se está siguiendo en toda América Latina.

Batalla de Carabobo. Martín Tovar y Tovar
Desde este espacio, y sin una mayor pretensión, me gustaría homenajear la memoria de todos aquellos americanos, españoles, realistas y patriotas que, peleando con valor y sacrificio por sus diferentes ideales, regaron con su sangre la fértil tierra americana, que en estas fechas –hace doscientos años- despertaba hacia su independencia.

Carga de Bueras. Pedro León Carmona
Para ello, no se me ocurre mejor manera que hacer una pequeña recopilación de las diferentes representaciones artísticas –muy conocidas todas ellas- de las batallas que dieron como lugar a la emancipación de la América española, y de paso reivindicar el olvido de sus protagonistas: españoles y americanos, blancos, negros o pardos, indios o mestizos. Olvidados por los que, de sus mismas clases, lograron derrotarles en los campos de batalla, y después pasaron de inmediato a la tarea de su propia construcción nacional. Olvidados también por la metrópolis a causa de la lejanía de sus esfuerzos, por los avatares y convulsiones políticas que se vivían en Europa, y también, porque fueron los derrotados.

Batalla de Maipu. Pedro Subercaseux

Batalla de San Lorenzo. Julio Fernández Villanueva
En lo meramente artístico, cabe reseñar que tras la Independencia, cada nación debía reinventarse, no sólo políticamente, sino también en su identidad y en la comunidad imaginaria que era necesario construir. El papel de las artes, así como de la literatura, fue entonces fundamental, aún más si se considera que las estructuras políticas, en general, no lograban generar un sentido de identidad nacional.

Batalla de Boyaca. Martín Tovar y Tovar
Es por ello que casi todas las pinturas en referencia a los combates que propiciaron dicha Independencia, contienen mucho de idealización simbólica para glorificar las batallas de emancipación y crear un sentido a la vez nacionalista y centrado en ideales europeos.

Batalla de Rancagua. Pedro Subercaseux

Artistas como los venezolanos Antonio Herrera Toro y Martín Tovar y Tovar, los chilenos Pedro Subercaseux y Pedro León Carmona o el argentino Julio Fernández Villanueva, estudiaron Bellas Artes en Roma o en París, para una vez de regreso a sus respectivas tierras, poder, con sus pinturas de escenas de la Independencia, ayudar a crear el sentimiento patrio que los jóvenes países americanos necesitaban.

jueves, 25 de agosto de 2011

El problema de la independencia de América

El problema de la independencia de América (F. Suárez Verdeguer)

martes, 23 de agosto de 2011

Clérigos revolucionarios y mito de la revolución católica

El triunfo o derrota de la Guerra de la Independencia se deberá a lo que hicieron los sacerdotes.- Goyeneche.

El triunfo se debe a los curas que siempre han estado de nuestra parte.- Castelli a la Junta.

De los 24 sacerdotes que asistieron al Cabildo Abierto del 22 de mayo, 18 votaron por la deposición del Virrey, y 12 por la formación de lo que sería la Primera Junta.

En la petición revolucionaria presentada al Cabildo, figuraban las firmas de 15 sacerdotes. En la Plaza, los más audaces entre los insurgentes fueron los llamados “manolos” acaudillados por el P. Ignacio Grela.

Uno de los nueve sujetos electos para formar el gobierno independentista fue el P. Manuel M. Alberti. Éste se hizo cargo de La Gaceta, fundada en junio de 1810 como órgano de la Revolución, y la dirigió casi sólo hasta octubre.

El 30 de mayo, el Pbro. Diego Estanislao Zavaleta fue el principal orador durante el Te Deum, intentando demostrar la legitimidad de todo lo actuado.

La Junta eligió a fray Julián Perdriel O.P. para escribir una Historia de los Sucesos de Mayo, por ser uno de los principales intelectuales de la Revolución, aunque no pudo ser llevada a cabo. En 1816, el deán Gregorio Funes tomó el encargo y escribió su Historia Civil.

Entre los portavoces de la Revolución enviados a las Provincias, fueron designados el Pbro. Ignacio Aráoz (hacia Tucumán), Julián Navarro (hacia Rosario), Pedro Ignacio Castro Barros (hacia La Rioja), Alejo de Alferro (hacia la Quebrada de Humahuaca) y otros.

Pero, tal vez, ningún otro clérigo tuvo mayor protagonismo que Gregorio Funes. El Deán Funes, como es recordado por la historia, nació en 1749 en Córdoba del Tucumán en el seno de una acaudalada familia local. Estudió en el Colegio de Monserrat justo cuando los jesuitas, que regenteaban el colegio, estaban siendo expulsados de América. Siguió la carrera eclesiástica y fue ordenado sacerdote en 1773, justo durante un conflicto entre el rector de la Universidad (y el Obispo) y el Cabildo diocesano, a causa del reparto de los cuantiosos bienes de los jesuitas en la provincia eclesiástica. A pesar de ser un novato, Funes fue nombrado director del seminario, pero apoyó al Cabildo contra el Obispo. En castigo, éste lo envía de Párroco a Punilla, en ese entonces un pago rural alejado de la ciudad universitaria.

Sin permiso de su Obispo, Funes obtiene el pase a España y en 1779 se doctora en Derecho Canónico en Alcalá de Henares. Allí, en la Península, se empapa de las ideas de la Ilustración y será firme y entusiasta defensor de las reformas eclesiásticas de Carlos III. Regresa a Córdoba junto al nuevo Obispo, José Antonio de San Alberto, y éste lo designa Canónigo. De allí en más, su carrera eclesiástica no para: en 1793 es nombrado Provisor del obispado y en 1804, deán de la Catedral (decano del Cabildo diocesano).

Ese año murió el Obispo San Alberto y Funes quedó como Administrador de la diócesis, mientras se preparaba para ser consagrado. Pero en 1805 es designado el peninsular Rodrigo de Orellana O. Praem., quien, sin embargo, se demora años en embarcarse. Recién en 1809 llega a Buenos Aires donde es consagrado por el obispo local, Benito Lué. Y nuevamente se toma su tiempo, para llegar a Córdoba recién en octubre.

Para ese entonces el deán Funes, fiel admirador del despotismo ilustrado, tenía el control absoluto de la diócesis. Desde 1807 era rector de la Universidad y del Colegio de Monserrat. Había reformado completamente los planes de estudio, introduciendo asignaturas ilustradas como Matemática, Física, Francés, Música y Trigonometría. Asimismo hizo una fuerte donación para sostener becas para estudiar Geometría, Aritmética y Algebra.

Si bien se negó a introducir a Descartes, Locke o Leibnitz, impulsó la escolástica suareciana tal cual se estudiaba en España, es decir, impregnada de elementos “modernos” como las publicaciones de Feijóo y Jovellanos. Fruto de este suarecianismo mediatizado fueron sus ideas democráticas que le trajeron problemas con el gobernador mediterráneo, el Marqués de Sobremonte, ex Virrey muy desprestigiado por su actuación durante las Invasiones Inglesas.

Ya desde 1809 estaba al tanto de los planes revolucionarios, a través de los oficios de Manuel Belgrano y Juan José Castelli. En una famosa carta al Oidor de la Audiencia de Charcas, su amigo Pedro Vicente Cañete, le recomienda apartarse del Virrey Cisneros dado que se aproximaba en Buenos Aires un cambio radical de gobierno. Cañete no tiene mejor idea que denunciar a su amigo ante el gobernador de Córdoba, Gutiérrez de la Concha, quien sin embargo nada puede hacer contra el poderoso canónigo.

Estallada la Revolución de mayo de 1810, y mientras Concha y Orellana, con la ayuda del ex Virrey Santiago de Liniers que se encontraba retirado en la provincia mediterránea, organizaban la contrarrevolución, el poderoso Deán tramaba su traición. La Junta de Buenos Aires había enviado a José Melchor Lavín a Córdoba para entrevistarse con Liniers y luego con las autoridades provinciales. Pero Funes hospeda en su casa al emisario y se entera de primera mano de las novedades.

Cuando las autoridades provinciales se reúnen para discutir el reconocimiento de la Junta revolucionaria, el Deán estaba enterado ya de todos los pormenores y había levantado una red de comunicación con sus amigos en el nuevo gobierno, principalmente Belgrano y Castelli. Rápidamente informa a los insurgentes de la postura de Concha, Liniers, Orellana y los demás, y organiza en la ciudad al partido revolucionario.

Por lo que apenas Concha y sus aliados abandonan la ciudad ante la aproximación de la Expedición militar al Norte, Funes reúne inmediatamente al Cabildo y hace reconocer a las autoridades porteñas.

Para ganarse el afecto de los revolucionarios, redactó la “justificación” de las ejecuciones de Liniers, Concha y los demás líderes contrarrevolucionarios.

Poco después fue electo Diputado por el Cabildo cordobés y enviado a Buenos Aires en su representación para integrar la nueva Junta, llamada “Junta Grande” por la historiografía. Apoyó a Saavedra, contra la política de Mariano Moreno, y fue el redactor de la mayoría de las proclamas, cartas y manifiestos.

Después del golpe de abril de 1811 contra la facción morenista, se quedó con la dirección de la Gaceta, órgano de propaganda del gobierno revolucionario de Buenos Aires. Desde allí, justificó el cisma religioso surgido de la Revolución, desarrollando su teoría sobre la reversión del derecho de patronato eclesiástico a la Junta.

Tras la derrota de Huaqui, fue autor de la exhortación al pueblo para la resistencia. Pero la ida de Saavedra al Norte para reorganizar el Ejército, lo dejó sin su principal sostén y, fiel a su espíritu acomodaticio, fue uno de los firmantes del armisticio con el gobierno de Montevideo, fiel al Rey. Incluso aconsejó a su hermano Ambrosio y a sus amigos cordobeses, moderarse en sus expresiones de apoyo a la Revolución.

El nombramiento del Triunvirato en septiembre de 1811, dejó a Funes a cargo de la Junta que se convertía en poder legislativo. Pero el secretario del poder ejecutivo, Bernardino Rivadavia, convirtió hábilmente a la Junta en un órgano meramente consultivo sin poder efectivo. Durante la represión del llamado Motín de las Trenzas, Funes fue acusado de ideólogo, la Junta fue disuelta y sus miembros expulsados de la capital.

El otrora poderoso Deán regresó a Córdoba, donde se dedicó a escribir su Ensayo de Historia Civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán. A fines de 1817, regresó a Buenos Aires para integrar el Congreso que recientemente había abandonado Tucumán donde un año antes declarara, contra todo derecho, la independencia. Su actuación posterior excede los límites de este trabajo.

Pero volvamos a los otros clérigos revolucionarios.

La oración pública inaugural de la Revolución fue pronunciada por Diego Estanislao Zavaleta, canónigo porteño y profesor del Real Colegio. Tras el asesinato del Obispo Lué, fue nombrado por el Cabildo diocesano, influenciado por la Junta revolucionaria, como Provisor del obispado bonaerense. Fue miembro activo de la masónica Logia Lautaro hasta la caída de Alvear. Luego fue diputado y secretario del Congreso y colaboró en la redacción de la Constitución unitaria de 1819. Sostenedor del ministro Rivadavia, apoyó su reforma eclesiástica. Su posterior carrera política escapa el tema propuesto.

Cuando en septiembre de 1810, luego de los fusilamientos de Liniers y compañeros, el obispo cordobés Orellana es enviado preso a la Guardia de Luján, Francisco Ortiz de Ocampo, gobernador puesto por la Expedición porteña, presiona al Cabildo catedralicio para nominar como Provisor y Vicario a José Gabriel Vázquez, quien haría las veces de obispo.

En 1811, estando Manuel Belgrano al frente del Ejército del Norte en Salta, hizo detener al obispo Nicolás Videla del Pino, acusado de mantener supuestamente contactos con los realistas. De más está decir que Videla del Pino era adversario del deán Funes. La cosa es que el jefe revolucionario no se limitó a deponer al obispo, sino que sacrílegamente designó en su lugar a Juan Ignacio Gorriti, que en ese entonces era vicario castrense.

Mientras tanto, y ya desde el 25 de mayo de 1810, se daba una verdadera persecución de los sacerdotes que no estaban dispuestos a aceptar las políticas cismáticas y sacrílegas de la Junta revolucionaria y sus clérigos aliados. Dejamos aquí constancia de unos pocos de estos mártires de la Revolución. Próximamente profundizaremos en sus poco conocidas vidas.

Dionisio de Irigoyen, prior del convento porteño de San Francisco, es asaltado violentamente por un grupo de jóvenes. A Felipe Reynal se le prohibió guardar secreto de confesión. El rector del seminario, Francisco de la Riestra, fue destituido y expulsado del Río de la Plata. La abadesa de las Capuchinas fue exonerada. El prefecto de los betlemitas, Vicente de San Nicolás, fue confinado a Salta por orden de Saavedra. El obispo bonaerense, Lué, fue puesto bajo una especie de prisión domiciliaria, se le impidió decir Misa y recorrer su diócesis; sus sacerdotes le boicoteaban y, finalmente, en 1812, fue envenenado por su asistente, el canónigo Fernández.

El motín realista encabezado por Martín de Álzaga fue la excusa perfecta para que recrudeciera la represión contra los clérigos y religiosos fieles al Rey, incluso llegando al fusilamiento o ahorcamiento.

Fray José de las Ánimas, prior del convento betlemita, fue ahorcado en la Plaza Mayor. Su cuerpo fue dejado a la intemperie colgando de una cuerda. Los dominicos revolucionarios Julián Perdriel y Juan González, que solían dirigir a sus alumnos a presenciar las ejecuciones revolucionarias, por su interés didáctico, encabezaron un grupo que destrozó a balazos el rostro de Fray José.

Orellana, luego de súplicas al gobierno y buenos informes de sus carceleros, fue restaurado en su diócesis. Pero pronto volvieron las inquinas de los revolucionarios. En 1814, el alcalde del Cabildo cordobés, denunciaba al gobernador la conducta del obispo: “desafecto al sistema de nuestra libertad, porque no ha predicado una sola vez a favor de la cauda de América”. Finalmente, los insurgentes no pudieron tolerar que el obispo para cubrir curatos de su diócesis que se encontraban vacantes, recurriera a sacerdotes franciscanos que se encontraban impedidos de ejercer su ministerio por orden de las autoridades revolucionarias. Fue confinado al convento de San Lorenzo, junto al Paraná, hasta que logró escapar a la Península.

Por haber sido foco de la contrarrevolución, los insurgentes se ensañaron especialmente con el clero de Córdoba del Tucumán. Los betlemitas de allí también fueron perseguidos. El presidente de su Hospital, Felipe Baltazar de San Miguel, fue arrestado. Otros fueron remitidos a Catamarca como sospechosos. Del clero secular, Tadeo Llanos, canónigo, fue detenido junto al obispo Orellana y apresado en San Luis. El rector del Colegio de Monserrat, Juan Bernardo de Alzugaray, fue capturado en Santa Fe, junto a uno de los hijos de Liniers, mientras aparentemente iban a fugar a Montevideo. Mientras tanto, el cura rector interino de la catedral cordobesa, Benito Lascano, fue acusado de “revoltoso y perturbador de la tranquilidad pública” y detenido. Otros detenidos fueron los franciscanos Pedro Pacheco, Manuel Suárez, León Pajón, Mariano Lencinas, Juan Antonino, Vicente Sánchez y Matías Alvarez.


¿Esta es la revolución católica de la leyenda rosa?

Discusiones de la Semana de Mayo, cuadro de Pedro Subercaseaux,
conservado en el Museo del Cabildo de Buenos Aires,
que se ha convertido en la imagen canónica de la Revolución de Mayo.
En cualquier caso, puede apreciarse en él, la cantidad de clérigos que participaron de la Revolución.


Fuentes:

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