"Si la historia la escriben los que ganan, quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia."
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lunes, 9 de enero de 2017

La mirada de un oficial británico



H.M.S. “Nereus”*, frente a Buenos Aires, 27 de enero de 1813.


Al Honorable Lord Vizconde Melville**.


Mi Lord,


Desde que tuve el honor de dirigirme a Su Señoría, vía el buque “Braganza”, hace casi una quincena, los asuntos han venido ocurriendo aquí tolerablemente tranquilos, aunque, en las últimas seis semanas, más de mil españoles han sido desterrados al interior con varios pretextos que parecieron suficientes.


La última inteligencia que hemos recibido desde el norte de Europa hasta el 13 de noviembre y desde otros lugares les ha hecho suspender por el momento la declaración de su independencia y en el presente se encuentran muy tranquilos sobre aquel asunto.


Un evento de alguna importancia ocurrió el 23 y espero que no sólo sirva a la gente de este país sino que también retire algunos obstáculos al comercio británico y produzca un giro más favorable en el gobierno. Dudo si ya he mencionado a Su Señoría en cartas anteriores detalles concernientes a la influencia que un hombre llamado Francisco Paso ha obtenido mediante conspiraciones e intrigas sobre el gobierno de aquí, del cual su hermano Don Juan José Paso es el presidente. Estos dos hombres son los hijos de un panadero y Don José es un abogado aplicado, intrigante y muy ambicioso. Fue secretario de la Primera Junta y logró conservar terreno cuando Moreno (quien murió en viaje a Inglaterra) cayó y cuando los diputados forzaron el gobierno en diciembre de 1810. Él estaba conectado al partido de Moreno que falló en oponerse al Presidente en 1811, en el mes de abril, y aunque todos fueron desterrados, él logró escapar de este destino pretendiendo estar enfermo, y con otras maniobras. Después, complotado con el partido triunfante, fue uno de los dirigentes de la Diputación que llevé a Montevideo a tratar con el General Elío, logrando la paz que pronto se hizo realidad. Fue justo después de nuestro retorno, en septiembre de 1811, que Juan Paso se unió a Sarratea (ahora capitán general y comandante en jefe de las fuerzas del gobierno en la banda opuesta) y Chiclana, para establecer el Triunvirato, del cual fue el miembro más inferior. Condujeron la Junta y enviaron a los diputados de las otras ciudades de regreso a su vida privada. Se había estipulado que cada uno de los miembros de este Triunvirato iba a retirarse cada seis meses, y Paso de acuerdo con esto se retiró último, cuando Pueyrredón fue electo en su lugar. Aunque se había decretado que un miembro retirado no podía ser electo nuevamente por un lapso de diez meses, en octubre pasado, justo después de que yo llegué, cuando las elecciones equitativas y justas fueron dejadas de lado por las intrigas de los Paso, Don Juan José fue electo Presidente del gobierno, con [Rodríguez] Peña y [Álvarez] Jonte como sus colegas. Desde entonces él se ha visto sostenido poderosamente por su hermano Francisco, cuya situación ponía a numerosos oficiales pagos bajo su control y sueldo; y por sus intrigas e influencia fuera del fuerte, incluso el gobierno dentro de él es su servidor. Su cargo de Comandante del Resguardo puso sumas muy considerables a su disposición, a través de expropiaciones y otros medios, y los informes son cosa corriente aquí (publicados en las gacetas de Montevideo), que adelantó 23.000 dólares [sic] a los oficiales de algunos cuerpos y así aseguró la elección de su hermano para la Presidencia. El pueblo de esta ciudad ya cansado del régimen tiránico de la facción de los Paso, emprendieron por algún tiempo la aceleración de la asamblea de los Diputados, con la esperanza de efectuar cambios en el gobierno así como en el sistema actualmente en vigencia, y Francisco Paso, al mismo tiempo ha intentado cualquier medio posible para contrarrestar sus esfuerzos; pero afortunadamente ha sido demasiado intrigante aún para sus mismos asociados, como suelen ser generalmente los hombres de mente siniestra, y ha caído él mismo en la misma trampa que tendió para otros. Fue descubierto*** el pasado 22 que otra vez había estado conspirando con los comandantes de los cuerpos, a través de la intervención de algunas herramientas corruptas de su facción, con el fin de ganarlos para su bando; y del mismo modo en que logró procurar la elección de su hermano mediantes lo militares, esperaba de nuevo desconcertar a todos en la próxima elección, y, por los mismos medios, mantener a su hermano en el sillón. Pero fue traicionado, acusado y detectado; y a plena luz del día, el 23, fue, por orden del gobierno, aprendido en su propia casa, y desterrado inmediatamente, lo mismo que sus cómplices, bajo una escolta de dragones hasta San Juan, donde aún permanece.


No pronto se deshicieron de este hombre, tuvo lugar una elección justa y cuatro diputados fueron elegidos ese día en Buenos Aires. Me dicen que se han presentado muchos cargos de enormidades contra Francisco Paso, algunas de la cuales, se supone, si se prueban, pondrán en gran riesgo su vida, en tanto que él ha hecho mucho más de los crímenes por los que los viejos españoles pagaron con su vida. Su hermano, el Presidente, quien se encontraba fuera de la ciudad y no supo de su arresto y defenestración hasta su regreso, continúa aún en su cargo, pero, cuando la asamblea, como se informa, se reúna el 31, es muy probable que lo depongan. Es muy difícil decir qué clase de hombres pueden quedar a cargo a continuación. Un hombre del que se habla que tiene probabilidades de tener éxito es Don Juan Larrea. Él es un catalán, de la ambición más activa y turbulenta. Su propiedad es muy cuestionada, puesto que aunque tuvo oportunidades de amasar una gran fortuna, ha contribuido grandemente, en ocasiones, a la lucha de partidos. Él fue uno de los conspiradores contra Liniers, con Álzaga (quien fue fusilado el último julio en la Plaza) y estuvo luego preso durante un tiempo. Aunque nacido en España, es un decidido defensor de la libertad americana y la independencia. Fue desterrado a San Juan en abril de 1811 (siendo uno de los conspiradores de Moreno contra Saavedra) y llamado de regreso en septiembre. Sin embargo, sólo arribó a la ciudad hace unas pocas semanas y está ahora haciendo publicidad para lograr un escaño en el gobierno en la próxima elección. Uno de sus hermanos ingresó al nuevo cuerpo de caballería comandado por San Martín. Este cuerpo tendrá más peso en las elecciones que toda la ciudad de Buenos Aires unida (sic), si la unión fuese algo que aquí puede pasar. Larrea, aunque estuvo antes en el gobierno, era, creo entender, un amigo decidido de lo inglés y de nuestro comercio. Es bien entendido en asuntos mercantiles, es un hombre de experiencia y conocimiento, habiendo pasado bastante tiempo en Inglaterra y varios lugares de Europa.


7 de Febrero.— Nos ha llegado hace un instante inteligencia de la desafortunada captura del “Java” por la fragata estadounidense “Constitution” el pasado trece de diciembre****, navío mediante el cual envíe esta carta. Otros reportes nos informan que algunos corsarios operan en las costas de Brasil, así como la fragata “Essex” y las balandras de guerra “Hornet” y “Wasp” con bandera americana.  Tengo entonces una nueva oportunidad de dirigirme a su Señoría para comentarle que la Asamblea de Diputados de las ciudades y provincias (todos electos en la ciudad de Buenos Aires) se reunieron el 31 último; ratificación oficinal e inesperada que me hizo personalmente el señor secretario Guido, y que he transmitido en el “Emerald”. Como soy perfectamente consciente del motivo de Su Excelencia para dirigirme tal comunicación, me limité a acusar recibo de la misma. Este Don Carlos Alvear, que ha sido nombrado Presidente de esta Asamblea soberana, es uno de los aventureros que llegó en el buque “George Canning” desde Inglaterra, de los cuales hice mención en una carta anterior a Su Señoría.


Esta augusta asamblea está compuesta de personajes de similar estampa: hombres sin respetabilidad ni conexión, sino turbulentos, ambiciosos, demagogos democráticos, quienes en tiempos revolucionarios como éstos, tienen todo por ganar y poco para perder más que sus cabezas. En esta Asamblea reside el Poder Legislativo, y en verdad toda la autoridad y poder. Sus decretos, firmados por su Presidente y uno de sus Secretarios, deben ser ley. El poder ejecutivo recae en el Triunvirato, como antes, pero está sometido por entero a la Asamblea soberana; aunque aún esté compuesto de los mismos hombres: Paso, Peña y Jonte. Bajo el actual estado de cosas, importa poco quiénes son las trompetas parlanchinas de la Asamblea y, por lo tanto, como el poder e influencia del Triunvirato está ahora reducido a poco o nada, dejarán de ser el objeto de la envidia y la ambición, y es probable que permanezcan en su sitio por más tiempo. Los jefes del Ejército, bajo el gobierno ante Montevideo, están variando. Artigas no se dignará a servir bajo Sarratea: se ha rebelado completamente a su mando y no sólo le ha cortado todos los suministros al ejército de Sarratea, sino que está suministrando ganado a Montevideo. Consecuencia de estos disensos, se rumorea aquí que el sitio será levantado y que las tropas recruzarán el río, y luego serán enviadas a reforzar a Belgrano en Perú, quien, se dice, está en marcha desde Tucumán hacia Salta. Desde la última salida desde Montevideo, en la cual envié un reporte a Su Excelencia en el “Braganza”, el General Vigodet ha enviado una pequeña expedición río arriba, que ha fracasado en su objetivo, cualquier éste haya sido. Hicimos una salva de honor en Buenos Aires ayer, en celebración por la victoria que ellos dicen [sic] que han ganado. Al escuchar, unos días atrás, que los montevideanos habían desembarcado río arriba, el coronel San Martín fue enviado con ciento cincuenta de su regimiento para oponérseles; cien infantes fueron con él, pero no pudieron seguirles el paso por falta de postas de caballos en el camino. En el campillo de San Lorenzo, unas sesenta leguas de Buenos Aires, San Martín cayó sobre sus enemigos, unos doscientos veinte, a quienes atacó con fuerza inferior y derrotó,  matando e hiriendo a cuarenta, y tomando diez prisioneros, dos piezas de artillería y un estandarte. El resto precipitadamente se retiró a sus navíos, cuyas armas impidieron que su retirada se viera cortada. Del lado de Buenos Aires hubo ocho muertos y heridos, entre los últimos el coronel San Martín. Al menos así cuentan la historia aquí. La de los montevideanos podría ser muy distinta.


La Soberanía [sic] está siendo excesivamente empleada en las tareas ardorosas empeñadas por esa alta autoridad [sic] para la que fue elevada. Ayer fue promulgada una orden por el Ejecutivo por la que todos los europeos que tengan empleos del gobierno y que no soliciten la ciudadanía en quince días, sean expulsados del servicio. Muchas personas respetables, que han pasado sus vidas en cargos públicos y que están muy familiarizadas con sus rutinas, sin duda serán sacadas para hacer lugar a algunos salvajes e ignorantes criollos. No poca confusión, en varios departamentos del gobierno, será con toda probabilidad la consecuencia. El último lunes, el Obispo de Salta fue ordenado a comparecer ante la Soberanía sólo para realizar los juramentos. Apareció en sus ornamentos mostrando así su situación de prisionero, separado de su diócesis. Se le ordenó regresar, y deseó venirse portando los ornamentos que se puso ante Fernando VII, y dejar sentado que la Asamblea es ahora el Soberano, y que probablemente representaba un soberano mayor a cualquier otro monarca europeo. El Obispo se retiró y fue ayer vestido según las órdenes, siendo admitido a tomar el juramento, y se le ordenó retirarse nuevamente, sin demostrársele la menor civilidad.


Estoy feliz de comunicarle que la más cordial harmonía existe en este momento entre los oficiales que comandan la Infantería de Marina y mis oficiales y yo, siendo que sus navíos con frecuencia anclan cerca de los nuestros y se intercambian amigables saludos. Ocasionalmente me carteo con Su Excelencia el general Vigodet, en un estilo tal que me permite compartir sus cartas con el gobierno aquí cuando las recibo, así como las mías, a una persona de su confianza, con la cual yo estoy  en términos íntimos, destruyendo por completo la operación de ese sospechoso celo que es una característica tan prominente del carácter español. Toda política local es evitada y nada se toca jamás, excepto en lo concerniente a nuestra causa común en la Península o en otras partes de Europa; y ambas partes están al tanto de que estoy en contra de mantener correspondencia con una sin que la otra esté enterada por lo que, por supuesto, se cuidan en el lenguaje para evitar verse en un dilema.


El Cónsul General de los Estados Unidos en este lugar, de cuyo nombramiento le escribí a Su Señoría, por el “Braganza”, aún no llegó, ni puede esperarlo ahora, me imagino, bajo el estado actual de las cosas. Todo esto considerado, se hace cada días más deseable que alguna clase de agente desde Inglaterra sea enviado con algún carácter oficial y comercial (si la naturaleza de las cosas no admiten que sea investido públicamente con cualquier cargo diplomático) para observar y dar información acerca de lo que está ocurriendo aquí y contrarrestar los esfuerzos irredentos de nuestros enemigos inveterados, los ciudadanos de los Estados Unidos, que están haciendo contra nosotros; y sería muy deseable que uno o dos buques pequeños de guerra sean estacionados en este río, donde es casi imposible para un buque de la clase y calado del “Nereus”, con demasiada frecuencia, actuar, o incluso defenderse contra cualquier fuerza inferior que desplace tres o cuatro pies menos de agua, cuando queda, por la bajante repentina del agua del río, fija inmovilizada en el fango. Los buques grandes, que desplazan más de quince pies de agua, pueden, al desplegarse frente a Buenos Aires, impresionar a sus gobernantes y habitantes (ignorantes como son de las cuestiones náuticas), pero son absolutamente inadecuados para la protección del comercio en este río y, en muchos puntos, menos efectivos para la defensa de navíos mercantes contra los ataques de naves mucho más livianas que los navíos más pequeños. Ningún buque que desplace más de quince pies debería ser enviado a este río; el “Nereus” tiene 18 pies 5 pulgadas de calado y por distancias de más de treinta millas me he visto obligado a empujarlo hasta los 18 pies y a veces menos hasta aguas más profundas; y donde ahora estamos anclados, a ocho millas de Buenos Aires, con frecuencia tenemos menos de catorce pies de agua a nuestro alrededor, y el buque queda tan firme como una iglesia, e igual indefendible en los ángulos que sus armas no alcanzan, y cuyos botes no sean equivalentes. Estos males, mi Lord, se suman a la consideración de que en este país no existe un hombre que pueda pilotear este buque sin mí, hacen que la responsabilidad que siendo no sea de poco peso. Sin embargo, hago lo mejor que puedo y espero lo mejor.


Tengo el honor de ser, &c.,


P. H. (Peter Heywood*****)

Retrato de Peter Heywood por John Simpson (National Maritime Museum).



[A Memoir of the Late Captain Peter Heywood, R.N., with extracts from his Diaries and Correspondence, by Edward Tagart (London: Published by Effingham Wilson, Royal Exchange, 1832).]


*El H.M.S. “Nereus” era una fragata clase “Amphion” de 5ª categoría, lanzada el 4 de marzo de 1809 por la compañía South Shields de Durham y completando su alistamiento el 17 de julio del mismo año en el dique de Chatham. El 30 de agosto de 1810 fue enviada a América del Sur. El 15 de junio de 1812 puso proa nuevamente hacia el río de la Plata. En 1813 su comandante, el capitán Peter Heywood fue reemplazado por el también capitán Manley Hall Dixon. El 14 de noviembre de 1814 regresó a Portsmouth desde Buenos Aires. En enero de 1815 es retirado del servicio en Woolwich y, tiempo después, transformado en transporte de tropas. En febrero de 1817 será desarmado en Deptford. 
**Robert Dundas, 2º Vizconde Melville (1771-1851), en aquella época era Primer Lord del Almirantazgo. 
***La conspiración había sido denunciada por José de San Martín, Francisco Ortiz de Ocampo y Manuel Pinto, partícipes de la misma en un primer momento, por oficio reservado al Triunvirato el día 21. 
****En realidad la captura de la fragata ligera H.M.S. “Java” por la fragata pesada U.S.S. “Constitution” tuvo lugar el 29/XII/1813. 

*****Peter Heywood (1772-1831) fue un célebre oficial naval británico. Hijo de una notable familia de la isla de Man, a los 17 años fue uno de los amotinados del H.M.S. “Bounty” en 1789. Perdonado por el Rey en 1792, continuó su carrera naval por otros 20 años. Se distinguió en las guerras napoleónicas, logrando quitarse el estigma de “amotinado convicto”. Estuvo en el río de la Plata durante las Invasiones Inglesas y quedó en el estuario hasta 1808 a bordo del H.M.S. “Polyphemus” del contralmirante Murray en tareas de reconocimiento y protección de la marina mercante británica en el Atlántico Sur. En mayo de 1809 el capitán Heywood recibió el mando del H.M.S. “Nereus” y tras un corto servicio en el Mediterráneo recibió la orden de proteger las embarcaciones mercantes de su país en el río de la Plata. A mediados de 1813, regresó a Inglaterra como comandante del H.M.S. “Montagu”, con el que tuvo el honor de escoltar a Luis XVIII cuando su regreso a Francia en mayo de 1814. En julio de 1816, Heywood se retiró, se casó con una viuda llamada Frances Joliffe y se asentó en Highgate (Londres).

jueves, 26 de febrero de 2015

Guerrillero realista oriental


LÁMINA 49.- GUERRILLERO DE LA BANDA ORIENTAL.

En toda guerra participan las Unidades en sus diferentes clases ("de linea", "ligeras", "veteranas", "milicianas", etc.), en lo que se denomina el "Ejército REGULAR", esto es, el que está regulado en todos sus aspectos por las Ordenanzas, los reglamentos, las órdenes, etc.

Sin embargo, sintiendo también que su deber les empujaba a la lucha, ha habido siempre civiles que, armados y organizados, servían a los mismos fines, en acciones normalmente coordinadas con los Ejércitos de Operaciones.

Esta figura, basada en estampas populares de principios del siglo XIX, representa a un "guerrillero", cuya actuación, liberada de las ataduras de la lucha regular, combatía en lo que se denominaba "corso terrestre", que, no obstante, también estaba regulado por disposiciones superiores.

Este tipo de guerra no hacía necesario el uso del uniforme, aunque sí de algún distintivo para reconocerse. Éste se formaba por cintas rojas y blancas, en analogía con los colores de las corbatas de las banderas y estandartes realistas.

[Fuente: Julio Mario Luqui Lagleyze y Antonio Manzano Lahoz, Los Realistas.]

martes, 20 de enero de 2015

Voluntarios de Infantería Ligera del Río de la Plata


LÁMINA 22.- CAPITÁN Y FUSILERO DE LOS VOLUNTARIOS DE INFANTERÍA LIGERA DEL RÍO DE LA PLATA. 1810-1814.

Esta lámina permite apreciar de nuevo rasgos diferenciadores de los uniformes de los Oficiales y de la Tropa. En primer lugar, el sombrero redondo confeccionado con pelo de castor, en lugar de paño o fieltro.

En segundo lugar, la casaca de los Oficiales era de faldones largos y estaba adornada con galones de hilo de oro, mientras que la de la Tropa tenía cortos los faldones traseros y los galones eran amarillos.

Finalmente, los primeros vestían pantalones largos ceñidos y se calzaban con botas "a lo húsar", mientras que los segundos usaban pantalones anchos, zapatos fuertes y polainas.

[Fuente: Julio Mario Luqui Lagleyze y Antonio Manzano Lahoz, Los Realistas.]

lunes, 12 de enero de 2015

Voluntarios Cazadores de Montevideo


LAMINA 21.- SARGENTO PRIMERO DE INFANTERÍA Y CABO PRIMERO DE CABALLERÍA DE LOS VOLUNTARIOS CAZADORES DE MONTEVIDEO. 1810-1814.

El primero se da a conocer por las dos charreteras de los hombros, de color verde, por ser la divisa del uniforme de la Unidad. La chaqueta es de color blanco, continuando en el uso de un color más característico del siglo XVIII y que daba pie al apelativo de "Blanquillos" a las tropas que lo vestían.

El sombrero "redondo" pero con el ala de poco diámetro y sin formar tres picos, fue característico de las tropas de voluntarios y, sin duda, tiene procedencia civil, "militarizándose" por la imprescindible escarapela roja y el no menos fundamental plumero.

El Cabo Primero (dos galones amarillos en las vueltas) se cubre con el colbac por ser la prenda más significativa de las de su Instituto.

[Fuente: Julio Mario Luqui Lagleyze y Antonio Manzano Lahoz, Los Realistas.]

viernes, 24 de agosto de 2012

El Obispo Lué: Otro maldito de la historia oficial






Benito de Lué y Riega era asturiano, nacido en Lastres, el 12 (17 según otras fuentes) de marzo de 1753, hijo de Cosme (o José) de Lué y de María Josefa de Riega, cristianos viejos y sencillos hidalgos. Había formado parte del Ejército español en su adolescencia, ya en 1770, adquiriendo un carácter a la vez austero e inflexible. Siendo Oficial, abandonó la carrera militar luego de la muerte de su esposa, e ingresó como eclesiástico. Se doctoró en Teología en Santiago de Compostela y en Cánones en Ávila. Y fue, posteriormente, deán de la Catedral de Lugo.

En 1801, el Consejo de Indias lo propuso al rey Carlos IV (y éste luego al Papa Pío VII) para ocupar la sede diocesana de Buenos Aires que había quedado vacante, siendo confirmado el 9 de agosto de 1802. Partió hacia el Río de la Plata el domingo 14 de noviembre de 1802, aún antes de poder ser investido por el Papa.

Fue recibido por el virrey Joaquín del Pino en persona en Montevideo el 30 de marzo de 1803. Y pasó a Buenos Aires, arribando el 22 de abril. El 29 de mayo de ese mismo año viajó a Córdoba, donde su Obispo, D. Ángel Mariano Moscoso lo consagró obispo el día 6 de junio.

Pero en vez de regodearse en la corte virreinal, inmediatamente se abocó a realizar una minuciosa visita pastoral por su inmensa diócesis —cosa que no se hacía desde 1779. Recorrió penosamente y en medio de numerosos peligros Córdoba, Santa Fe, la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, los pueblos de las Misiones, regresando a la Capital virreinal recién el 3 de septiembre. Miles de fieles fueron confirmados, sacerdotes instruidos, matrimonios regularizados, libros parroquiales corregidos.

En Buenos Aires consagró la catedral —que sólo había recibido una bendición de su antecesor—, y durante todo octubre de ese año se dedicó a inspeccionar los curatos de Buenos Aires y Quilmes, visitando Morón y Luján. Al año siguiente, en abril, parte hacia el Litoral y la Banda Oriental del Uruguay.

En 1805, el 9 de marzo funda el Seminario Diocesano en la Capital, y, luego de eso, vuelve a cruzar el Río de la Plata, remontando luego el Paraná hasta Corrientes y adentrándose después por la selva hasta las antiguas Misiones. En su largo viaje, erigió numerosas iglesias, capillas y parroquias.

El 25 de noviembre regresa por fin a Buenos Aires. Al año siguiente, levantó las parroquias de San José de Flores y de San Pedro González Telmo, que se extendían más allá de los límites actuales de la Ciudad hacia el oeste.

Se preocupó especialmente por la formación y la espiritualidad de su clero, ambas en estado calamitoso. En ese orden de cosas, dictó conferencias a la que obligó a asistir tanto a seculares como a regulares.

Todo esto disgustó especialmente a los sacerdotes ilustrados, en especial los que ocupaban escaños en el cabildo eclesiástico bonaerense y los párrocos que ocupaban los curatos más ricos. Los primeros enviaron, al menos, tres cartas al Rey pidiendo la separación del Obispo Lué de su sede entre 1804 y 1809. Se lo acusaba de cualquier cosa, desde alterar las costumbres “de esta colonia” hasta de ir demasiado rápido por los caminos.

A diferencia de su antecesor, el obispo Azamor y Ramírez, que gustaba de las letras y las ideas modernas, dado a la literatura y la conversación erudita, el obispo Lué era buen teólogo y mejor canonista. Y como tal, consideraba indispensable abandonar el onanismo intelectual y dedicarse a la predicación y la catequesis —actividades que disgustaban a algunos clérigos americanos que sólo aguardaban un momento para cruzar el Atlántico y poder así frecuentar los salones y los clubes de pensamiento europeos.

Tampoco hay que despreciar el hecho de que hiciera su divisa de la imposición de una férrea disciplina eclesiástica, combatiendo principalmente a las “queridas” y concubinas de algunos de sus dependientes.

Enseguida se granjeó el cariño del pueblo humilde, pero recio, que admiraba a este prelado viajero, sencillo, sincero y austero —ajeno a la política virreinal y peninsular que tanto gustaba a algunos eclesiásticos americanos, especialmente entre el grupo de los ilustrados.

Sobre el desdichado obispo Lué pesan dos horribles mentiras que, por repetidas al hartazgo, son por todos conocidas. Una se refiere a la actitud del diocesano bonaerense durante la invasión inglesa de Buenos Aires, diciendo que juró a las autoridades británicas. La otra, al contenido de su voto en el cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, donde habría dicho que “mientras quedara un sólo español en América, éste debería gobernar sobre los criollos”.

Como es sabido, el jefe británico de Buenos Aires, el brigadier William Carr Beresford, ordenó que todos los funcionarios civiles, eclesiásticos y militares debieran prestar fidelidad al rey Jorge III en forma obligatoria, pudiendo el pueblo, en general, hacerlo voluntariamente. A cambio, Beresford concedía la libertad de cultos.

Si bien los miembros de la Audiencia se negaron a hacerlo, los miembros del Ayuntamiento y del Consulado (excepción de Manuel Belgrano que se encontraba en la Banda Oriental), y los jefes militares capturados o rendidos, lo hicieron sin problemas. Lo mismo la mayoría de los comerciantes. También entre los firmantes voluntarios estuvieron los futuros revolucionarios Juan José Castelli y Saturnino Rodríguez Peña.

En cuanto al clero, la actitud fue diversa. Todo el clero regular, encabezado por el prior dominicano Fr. Gregorio Torres, excepto los betlehemitas, juró al monarca británico. Pero D. Lué y Riega logró, mediante hábil diplomacia, que el clero secular evitara el juramento.

Luego de la reconquista de Buenos Aires, los fiscales Villota y Caspe dictaminaron, en informe a la Corte, que la actitud del obispo bonaerense fue realmente heroica, subrayando que no fue compartida por ninguno de los otros funcionarios. Además, logrando granjearse la amistad del jefe inglés, salvó de la muerte a varios desertores británicos y a los naturales que los habían ayudado.

También se negó a sancionar con la excomunión a los fieles bonaerenses que osaran tomar las armas contra el invasor británico, como lo exigía Beresford.

En un oficio de Santiago de Liniers a la Audiencia, decía el jefe reconquistador: “Dudo Sr. Exmo., que, de cuantos obispos existen en América, haya uno más benemérito que el que ocupa la silla de Buenos Aires, el Ilmo. Sr. D. Benito Lué y Riega… Hallándose en la triste invasión de los ingleses, observó en estas críticas circunstancias una conducta llena de energía, de prudencia y de caridad, la que le atrajo la mayor consideración e influencia sobre el general inglés, y por ella se logró precaver varios daños a que este infeliz pueblo se hubiera visto expuesto.”

Por si existía aún alguna duda sobre la infamia que se vertió sobre la figura del excelentísimo obispo, el historiador anglo-argentino Eduardo C. Gerding, habiendo accedido a archivos británicos, corroboró que el Obispo nunca juró fidelidad al rey inglés. Por su parte, el cronista británico Alexander Gillespie acusó al Obispo de ser uno de los principales ejecutores de la reconquista de Buenos Aires.

Curiosamente o no, por el contrario, los religiosos juramentados serán los más fervorosos sustentos de la Revolución de Mayo y la Independencia.

También es falso que hubiese participado de la rebelión contra el virrey Liniers. Lo cierto es que, el 1º de enero de 1809, vestidos con sus ropajes episcopales, se entrevistó con los revoltosos en el Cabildo y, luego, atravesó la Plaza hasta la Fortaleza, donde ayudó a alcanzar la paz a ambos bandos, sin inútil derramamiento de sangre.

En cuanto a su participación en el cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, al que sólo concurrió una porción de aquellos vecinos que tenían derecho a hacerlo, porque los revolucionarios habían cortado los accesos a la Plaza Mayor.

La famosa frase “mientras existiese en España un pedazo de tierra mandado por españoles, ese pedazo de tierra debía mandar a las Américas; y que mientras existiese un solo español en las Américas; ese español debía mandar a los americanos” sólo fue recordada en la Memoria Autógrafa de Cornelio Saavedra, sin figurar en las actas del cabildo abierto. Hoy, los historiadores más serios ya no repiten la versión sino que creen que se refería al acatamiento debido al Consejo de Regencia frente a aquéllos que sostenían como hábil maniobra leguleya que la isla de León, donde sesionaba dicho cuerpo, no era propiamente España.

El historiador e investigador Roberto H. Marfany (La Semana de Mayo, 1955) presentó un diario anónimo de un testigo de la Semana de Mayo, según el cual, lo que verdaderamente dijo el Obispo fue “aunque hubiese un solo vocal de la Junta Central y arribase a nuestras playas, lo deberíamos recibir como a la soberanía”.

En cualquier caso, más allá de su opinión, su voto fue el siguiente: “Que el excelentísimo señor Virrey continúe en el ejercicio de sus funciones, sin más novedad que la de ser asociado para ellas del señor Regente y del señor Oidor de la Real Audiencia don Manuel de Velasco; lo cual se entienda provisoriamente y por ahora y hasta ulteriores noticias.”

Toda la descripción que hace Vicente Fidel López, el “creador” de la historia argentina oficial, es espuria. “El obispo tenía tomado asiento con anticipación, vestido con un lujo eclesiástico excepcional. Llevaba todas las cadenas y cruces de su rango, riquísimos escapularios de oro y cuatro familiares, de pie detrás de él, tenían la mitra el uno, el magnífico misal el otro, las leyes de Indias y otros volúmenes con que se había preparado a hundir a sus adversarios.” Nada de esto concuerda con su forma de ser ni con las posibilidades prácticas que daba un cabildo abierto.

El día 26 de mayo, los miembros de la Junta le enviaron una carta para informarle oficialmente sobre la destitución del Virrey y el nombramiento de este cuerpo revolucionario. Sobre todo, se le exigía el acatamiento a este nuevo orden de cosas, convocándolo a presentarse al Cabildo para jurar fidelidad, junto con el resto del clero.

El Obispo respondió que acataba la Junta, pero se excusó de participar en la ceremonia de juramento. Por el momento, aunque disgustados, Saavedra, Moreno y los demás prefirieron no insistir.

Pero la paz duró poco. El miércoles 30 de mayo, onomástico de Fernando VII, la Junta quería que se celebre un solemne tedéum por el Rey y por la Revolución. Los días anteriores, Saavedra y el Obispo cruzaron más de una carta con este motivo. Pasa que los funcionarios revolucionarios querían ser recibidos en la puerta de la Catedral por una dignidad —deán o arcediano— y otro canónigo. El digno Lué se rehúso, aduciendo la falta de suficientes eclesiásticos como para emplear a uno en estos menesteres. La Junta respondió amenazando subrepticiamente al prelado. Éste dijo que había sido malinterpretado y que ya había dispuesto a dos sacerdotes para recibir a los juntistas en la entrada.

Efectivamente en la mañana del 30, un dignidad y otro canónigo esperaron a los nueve miembros en el atrio catedralicio y los acompañaron a sus sitiales; pero, al finalizar la ceremonia, no había nadie para escoltarlos de regreso. El tema se siguió discutiendo epistolarmente durante un mes o más por los sucesos del día de San Fernando.

La excusa protocolar sirvió a los revolucionarios para impedir al Obispo asistir a la Catedral y visitar su Diócesis —que, en el fondo, era lo que se buscaba para evitar que difundiera ideas opuestas “a la libertad de América”. Incluso, el 10 de julio, la impía Junta de Gobierno le prohibió predicar y confesar.

El 21 de marzo de 1812, D. Benito Lué celebró su onomástico en la quinta episcopal de San Fernando donde se encontraba en una especie de arresto domiciliario. Como era costumbre, invitó a todas las personalidades, y asistieron unas cien —entre ellas, muchos enemigos notorios del Obispo que lo hacían por primera vez—. Se ofrecieron chorizos, morcillas, riñones, jamones, pollos, gallinas, pichones, patos y pavos. Todo acompañado de vino a granel.

A la mañana siguiente, el Obispo no se levantó temprano de su cama como era costumbre. Cerca de las 8.30 horas, sus criados ingresaron en su cuarto con preocupación. Yacía muerto en su lecho. El último en verlo con vida había sido el arcediano Ramírez, conocido revolucionario y enemigo del prelado.

Pronto se esparció el rumor del envenenamiento. Sabiendo lo que esto podría causar contra los partidarios de la independencia, el Triunvirato se apresuró a asegurar que la muerte del obispo bonaerense fue por causas naturales. De hecho se prohibió siquiera mencionar en público la posibilidad de otra cosa.

El investigador Miguel Ángel Scenna ha confirmado, luego de una profunda pesquisa, que el Obispo fue envenenado con toda probabilidad (cf. “El caso del obispo envenenado”, Todo es Historia nº 32).

Don Benito Lué y Riega, mártir de la lealtad, fue sepultado el 24 del mismo mes en la catedral metropolitana de Buenos Aires donde aún descansan sus restos mortales.

Tras su muerte, la cátedra bonaerense fue usurpada por el canónigo D. Diego Zavaleta el día 30, con acuerdo entre el Triunvirato y el Cabildo Eclesiástico, que, para evitar un cisma formal, usó el título de “Provisor Diocesano”.

Se inicia así, en la enorme diócesis de Buenos Aires que iba desde el Paraguay y el sur del Brasil hasta toda la Patagonia y el sur del Chile actual, un oscuro período de sede vacante y cisma material que se prolongará hasta marzo de 1830.

¿Ésta es la “revolución católica”?


lunes, 13 de agosto de 2012

206º Aniversario de la Reconquista de Buenos Aires

El 9 de abril de 1806, tras haber participado de la toma de las colonias holandesas de Africa del Sur, el comodoro británico Sir Home Riggs Popham (1762-1820) anuncia al Almirantazgo su partida del Cabo de Buena Esperanza hacia el poniente con el fin de hostigar a las colonias hispanas en el continente americano. El 14 finalmente parte del Cabo la flota británica con los buques “HMS Diadem”, “HMS Raisonable”, “HMS Diomede”, “HMS Narcissus” y “HMS Encounter”, escoltando a 6 buques transportes (“Walker”, “Triton”, “Melanton”, “Ocean”, “Wellington” y  “Unicorn”) en los que viajan 1000 soldados al mando del general William Carr Beresford (1768-1854). El 20, tras sortear un temporal, la flota de Popham recala en la Isla de Santa Elena (Saint Helena), en medio del Atlántico Sur, donde consigue un refuerzo de 286 hombres.

El 2 de mayo la flota británica abandona Santa Elena y pone rumbo al Estuario del Plata. El 20, la fragata “HMS Leda”, que había partido unos días antes para explorar, aparece ante las costas de la Banda Oriental del Uruguay, siendo avistada desde la fortaleza de Santa Teresa. El buque británico, al mando del capitán Honeyman, era una fragata tipo “5th Rate” lanzada en 1800, sobre la base de una fragata francesa capturada en 1782, era la nave insignia de su clase, que llegó a contar con 47 buques hasta 1830. Tenía una tripulación de 284, 28 cañones de 18 libras, 10 de 9 libras y 8 carronadas.

El 27, ansioso por obtener detalles de primera mano, el comodoro Popham deja la flota al mando del capitán Rowley del “Raisonable” y en el “Narciussus” participa del reconocimiento del Río de la Plata, anclando el 8 de junio cerca de la Isla de las Flores. El 13 llega a la Isla de las Flores el “Raisonable” con el resto de la escuadra. Se da una reunión de los principales oficiales británicos abordo del “Narcissus” y  se decide atacar directamente Buenos Aires. El batallón de infantería de marina, compuesto de 340 infantes reforzados con 100 marineros, bajo el mando del capitán William King del “Diadem” es embarcado en el “Encounter” y en el “Narcissus”. El 16 el “Narcissus”, el “Encounter” y los transportes se mueven río arriba, mientras el “Diadem” bloquea el puerto de Montevideo, y el “Raisonable” y el “Diomede” recorren la costa de la Banda Oriental hasta Maldonado.

El 21 diversos destacamentos militares, como el Batallón de Voluntarios de la Infantería de Buenos Aires, al mando del coronel Miguel de Azcuénaga, son acantonados en la Plaza Mayor ante la inminencia de un ataque. El 22 la flotilla británica aparece en las costas de Buenos Aires en dirección a la Ensenada de Barragán. El virrey Sobremonte designa a Santiago de Liniers comandante de las fuerzas de defensa en Ensenada y lo envía hacia allí con una batería de 8 cañones.

En la mañana del 24, las naves británicas se aproximan a las costas de Barragán, siendo repelidos por las baterías de costa de Liniers. Sobremonte emite un bando convocando a las armas a todos los hombres aptos para incorporarse en el plazo de 3 días. A la noche el Virrey acude al Teatro de Comedias con su familia para transmitir confianza a la población y elevar la moral. En medio de la función, alertado sobre la inminencia del desembarco, el Virrey se dirige al fuerte y dispone el alistamiento y concentración de fuerzas.

Ese mismo 24 de junio, llegaba a Londres la carta de Popham, escrita en la Ciudad del Cabo conquistada, explicando su decisión de invadir Buenos Aires. La perplejidad del Gabinete se hizo manifiesta ante los informes del Cabo. Nadie, en el gobierno sabía de la cuestión, ya que sus antecesores no participaron de sus decisiones al nuevo gabinete. Pitt y Melville resolvían sus expediciones "por sí y ante sí". Sin embargo, en las altas esferas, para nadie eran secretas las intenciones de Popham en usar la fuerza militar oficial para apoderarse de Buenos Aires y Montevideo, en provecho económico propio. Todos conocían la participación en empresas marítimas del Comodoro, y sabían de la asociación entre el marino y el revolucionario venezolano Francisco de Miranda.

Miranda se consideraba liberal y no dudó en planear entregar a Inglaterra parte de la riqueza territorial de América, a cambio de contingentes, expediciones y tutelas políticas de la metrópoli inglesa. Masón y fundador de logias en América, tuvo como principal agente suyo en Buenos Aires al destacado porteño Saturnino Rodríguez Peña.

En la mañana del 25 de junio apareció, finalmente, frente a Buenos Aires la flotilla británica en línea de batalla. El Fuerte da la alarma a cañonazos. A las 11, la flota británica pone rumbo hacia el sudeste. Al mediodía las tropas británicas, en número de 1630 hombres y 8 piezas de artillería, desembarcan en Quilmes. Las fuerzas británicas estaban conformadas por 
(a) el 1st Battalion 71st Regiment (Highlanders), al mando del teniente coronel Denis Pack, con 32 oficiales, 857 soldados (incluyendo 2 gaiteros), 60 mujeres y 40 ninos; 
(b) el Saint Helena’s Infantry Battalion, con 9 oficiales y 174 soldados; 
(c) 340 infantes de los Royal Marines; 
(d) 100 marineros de la Royal Navy; 
(e) de la Royal Artillery 4 cañones de 6 libras, con un capitón, un teniente y 34 soldados; 
(f) de la Saint Helena’s Artillery: 2 morteros de 5 ½ pulgadas, un oficial y 102 soldados; y 
(g) 10 de intendencia e ingenieros; 
en total 1668 hombres.

Las fuerzas con que contaba Sobremonte en Buenos Aires y sus alrededores, eran exiguas y mal formadas. Estaban compuestas para el orden de defensa y el orden interior, de unidades veteranas y cuerpos de milicias, éstas últimamente creadas.

Hasta 1778, la guarnición del Virreinato de Buenos Aires se componía de fracciones y algunas unidades veteranas, de las tres armas del Ejército Español: la Marina; la Infantería de Marina; y del Cuerpo de Infantería Real. Estas unidades eran relevadas periódicamente y, en 1771 se creó, en el Plata, una fuerza fija e inamovible, que tendría disciplina, organización e instrucción análoga a la de las tropas peninsulares. Estaban organizadas como tropas particulares y permanentes del Virreinato.

En general la forma de reclutamiento se realizaba por medio del enganche, que era voluntario y duraba ocho años, con posibilidad de reenganche, implicando una prima de oro. El enganche se operaba comúnmente en Cádiz, donde funcionaba la Bandera General de América y, que contrataba las fuerzas destinadas a las Posesiones de Ultramar. El contrato incluía la distribución y el planeamiento de las fuerzas, de acuerdo a las necesidades de los Reinos Americanos. 

Por 1783, una Real Cédula, autorizaba al Virrey, en Buenos Aires, a crear una Bandera de reclutamiento en La Coruña (Galicia), para recibir voluntarios para el Regimiento de Infantería de Buenos Aires, el Fijo. Otra Bandera de la misma ciudad, facultaba a reclutar oficiales para el Cuerpo de Dragones del Río de la Plata. Los reclutamientos se intensificaron en España pues los naturales y criollos americanos eran reacios, se decía, al estado militar. En 1802, los Dragones bonaerenses establecieron otra bandera de enganche en Málaga. Eran pasibles, en la metrópoli, del enganche, los vagos, los desertores y los polizones, con carácter de deportados. En 1804, Sobremonte creó un Reglamento que dio cuerpo y organización a las Milicias, en el refuerzo de las tropas veteranas nativas.

Mandaba el Regimiento de Dragones de Buenos Aires, el brigadier José Ignacio de la Quintana. El brigadier Francisco de Orduña, comandaba la Artillería, acantonada en el Fuerte bonaerense. El coronel de los Reales Ejércitos, Pedro de Arce era el Subinspector General del Virreinato del Río de la Plata y Cabo subalterno del Virrey; había nacido en el Obispado de Coria, Provincia de Extremadura, y desembarcó en Buenos Aires, siendo reconocido como Sargento Mayor del Regimiento de Infantería Fijo, en 1790. Fue promovido a Teniente Coronel graduado en febrero de 1795, y en diciembre de 1802, obtuvo los despachos de Comandante del mencionado cuerpo de infantería.

El coronel Miguel de Azcuénaga habia nacido en Buenos Aires en 1754. En agosto de 1773 inició su carrera militar, dado de alta como Subteniente de Artillería y prestando servicios en la guarnición de la ciudad. Cesó su estado militar en 1777, después de la rendición de Colonia del Sacramento a los portugueses, año que fue nombrado Regidor del Cabildo. En 1781 regresó al estado militar y se lo puso al frente de una batería de 4 cañones de 24 libras. El virrey Melo, en noviembre de 1796, le otorgó el mando de las Milicias Disciplinadas de Buenos Aires, con el empleo de Teniente Coronel. Y en 1801, el mismo Rey, le concedió el grado de Coronel. Un año después fue designado Comandante del Batallón de Voluntarios de Infantería de Buenos Aires.

El coronel Manuel Gutiérrez, era el comandante segundo del Regimiento de Dragones; y el coronel J. Ignacio Merlo, jefe del tercer batallón del Regimiento de Infantería Fijo. Por su parte, el coronel N. de la Quintana fue puesto al mando del Regimiento de Voluntarios de la Caballería (Blandengues) de Frontera; mientras el teniente coronel Juan Ignacio de Elío estaba a cargo del de Voluntarios de Caballería de Buenos Aires.

Los arsenales de la ciudad contaban, en 1806, con armas de distinto tipo y función. Había armas portátiles de fuego, de chispa y de avancarga: fusiles, carabinas, pistolas, pistolones y trabucos. Todas estas armas eran de hierro fundido y disparaban una bala esférica de plomo. En el trabuco se usaba metralla con recortes de metal. Las armas blancas eran la bayoneta, la espada, el sable y la lanza; como así también el cuchillo criollo. La infantería utilizaba el fusil y la bayoneta; los dragones, la carabina, bayoneta, espada y pistolones; y los blandengues de la frontera, portaban carabinas, sable y cuchillo. El Cuerpo de Artillería se distinguía por el uso de cañones, obuses y morteros; de bronce o de hierro; de avancarga y de ánima lisa. Disparaban una bala esférica maciza en cañones; y hueca, en obuses y morteros. Los calibres regularmente usados eran de 36, 24, 18, 16, 12, 8, 6 y 4 libras. Los obúses tenían 6 pulgadas, y los morteros llegaban a 12 pulgadas.

La Compañía de Granaderos del Batallón de Voluntarios de Infantería, al mando del capitán Juan Florencia Terrada de Fretes, con 100 hombres, es provista de caballos y situada en la quinta de Marull, cerca del Puente de Gálvez a orillas del Riachuelo. A las 20 el Virrey ordena al coronel Pedro de Arce, jefe del destacamento en Puente de Gálvez, emplazar en dicho puente las defensas con el Regimiento de Caballería a las órdenes del coronel De Elía.

En las primeras horas del 26 el ayudante Bruno de la Quintana, con 31 hombres del Regimiento de Voluntarios de Caballería de Buenos Aires, se reúnen con la Compañía de Granaderos del capitán Terrada. A las 8 el coronel De Elía ordena a Terrada se le incorpore para marchar sobre Quilmes y unirse a las fuerzas de Arce. La columna de las fuerzas de reserva, compuesta por 260 hombres, dos cañones y un obús, se dirigen por caminos en muy mal estado hacia Quilmes, cuidando la retaguardia los granaderos de Terrada. A las 11, acabado el desembarco, los británicos inician la marcha. Unos 600 milicianos y 3 cañones al mando del coronel Pedro de Arce los atacan en las barrancas de Quilmes, pero son fácilmente derrotados. La columna de De Elía llega al combate tras el comienzo del mismo, ubicándose a la izquierda y recibiendo de inmediato el ataque de la Infantería de Santa Elena al mando del teniente coronel Lane. Muchas de las armas de los voluntarios tienen fallas, lo mismo que la munición, por lo que el coronel Arce ordena la retirada. Los blandengues se retiran por la izquierda, atropellando a la columna de Arce y confundiéndolos. Todas las tropas se retiran en desorden, abandonando cinco piezas de artillería en el campo. El comandante británico brigadier William Carr Beresford da a sus tropas dos horas de descanso y retoma la marcha. A últimas horas del día, el virrey Sobremonte ordena la destrucción del Puente de Gálvez  y emplaza una pequeña fuerza en la orilla del Riachuelo.

El 27 van llegando los sobrevivientes del combate de Quilmes y se unen a los defensores del Puente de Gálvez. Los británicos, al llegar al Riachuelo, someten a los defensores del Puente a un duro fuego de artillería, obligándolos a retirarse. Seguidos de cerca por los británicos que cruzan en balsas y botes manejados por marineros al mando de King. 

Por su parte, el virrey Sobremonte, al frente de las fuerzas de caballería reforzadas con las milicias de Olivos, San Isidro y Las Conchas (Tigre) en número de unos 2000 hombres, rehuye el combate y se repliega por las Barracas hacia la Plaza Mayor. Pero el Virrey, al llegar al centro decide abandonar Buenos Aires para salvar el Tesoro y marcharse a Córdoba con la intención de resistir allí y, con ayuda de Lima o Santiago de Chile, formar un ejército en el Interior para repeler la invasión y reconquistar la capital virreinal. 

Es así que, al mediodía, un oficial británico con bandera blanca de parlamento se presenta en el Fuerte exigiendo la rendición de la Ciudad de Buenos Aires y comprometiéndose a respetar la religión y las propiedades de los vecinos. Los miembros del ayuntamiento, junto con los principales vecinos y los jefes militares, agolpados en el Fuerte, aceptan la intimación y exponen en un escrito unas condiciones mínimas para la capitulación. Entre las 15 y las 16 la tropa británica desfila en la Plaza Mayor, donde forma de cara  al Fuerte a la espera de novedades, dispuestos a atacar si es necesario. Poco después, el brigadier Beresford recibe la rendición formal de los cabildeantes.

Pero ya el mismo 29 se tienen noticias de un grupo de patriotas catalanes que comienza a instigar contra los ingleses. Provisto de un salvoconducto Liniers llega a Buenos Aires desde la Ensenada donde había dejado a sus cañones. 

El 1º de julio Santiago de Liniers se entrevista con fray Gregorio Torres, prior de Santo Domingo, y con Francisco Antonio Letamendi, mayordomo de la Cofradía del Santo Rosario. Liniers cuenta a ambos del voto solemne que ha hecho en el transcurso de la Misa a la imagen de la Virgen del Rosario, ofreciéndole las banderas tomadas a los británicos si la reconquista de la ciudad tiene éxito. 

En la noche de ese primero de julio, Martín de Sarratea, suegro de Liniers, ofrece una comida en honor de los británicos en su casa. El marino vandeano, esquivando astutamente los juramentos a los nuevos amos y  a las guardias británicas que patrullan Buenos Aires, logra escapar hacia San Isidro desde donde pretende cruzar a Montevideo para organizar allí la resistencia.

El 3 de julio un destacamento británico parte hacia Luján para interceptar al Virrey y capturar el Tesoro. El capitán Gillespie, comisario de prisioneros, comienza a tomar juramento a todos los oficiales virreinales detenidos. 

El 7, también las autoridades virreinales bonaerenses prestan juramento de fidelidad a Su Majestad Británica. 

El 10 el destacamento que había sido despachado a Luján, regresa con plata acuñada y en barra del Tesoro de Buenos Aires pero sin haber logrado capturar al Virrey que había apurado la marcha a Córdoba. Ese mismo día, toca el turno a los vecinos prominentes de Buenos Aires, tanto de la ciudad como de la campaña, que comienzan a prestar juramento al rey británico. 

Mientras tanto, el 14, el virrey Sobremonte traslada la capital del Virreinato del Río de la Plata a la ciudad de Córdoba. 

El 15, un grupo de hombres al mando de Felipe Sentenach, apodado "los catalanes" por la nacionalidad de su jefe, pone en marcha el “plan de minas” con el objeto de dinamitar el Fuerte y el cuartel de la Ranchería cuando estén allí reunidos los oficiales británicos y el grueso de sus tropas. Santiago de Liniers comunicará luego que se niega a apoyar el plan que considera deshonroso. 

El 16, Liniers, habiendo evadido a la escuadra británica, llega a Montevideo y se entrevista con el gobernador oriental Pascual Ruiz  de Huidobro, ofreciéndoles sus servicios para encabezar la expedición contra Buenos Aires. 

El 18 los “catalanes” se ponen en contacto con el gobernador de Montevideo, quien les informa que ya ha tomado medidas para la reconquista de Buenos Aires y les prohíbe proseguir con su plan. 

El 21 llega a San Isidro desde Montevideo, Juan Martín de Pueyrredón con otros hombres que tienen la misión de reclutar voluntarios en la campaña de Buenos Aires. 

Por su parte, el 23, los “catalanes” alquilan la chacra de Perdriel para concentrar a sus voluntarios.

El 24 el “H.M.S. Narcissus” parte hacia Inglaterra con el botín capturado. Allí, al llegar será recibido con festejos. Los diarios londinenses aplaudirán este nueva victoria de las "Armas Británicas". Las autoridades británicas, que había declarado en rebeldía a Popham poco tiempo antes, ahora condonan todo lo actuado.

El 29, los voluntarios de la campaña reciben información de que el desembarco de Liniers es inminente y se les pide concentrarse en la chacra de Perdriel, propiedad de Domingo Belgrano, alquilada por Sentenach. 

El 31, en Perdriel, se reúnen más de 1000 hombres procedentes de San Isidro, Morón, Pilar y Luján, que son puestos bajo el mando de Juan Martín de Pueyrredón. El siguiente punto de reunión era la villa de Luján, capital de la campaña bonaerense, adonde fueron llegando los soldados voluntarios comandados por Pueyrredón, unos bravos al mando de Martín Rodríguez y los restos del Regimiento de Blandengues bajo las órdenes del teniente coronel Antonio de Olavarría. 

Por su graduación militar Olavarría tuvo el mando de toda la tropa, aunque Pueyrredón, como delegado del gobernador de Montevideo, era el verdadero jefe. Los voluntarios decidieron ampararse bajo el patrocinio de la Santísima Virgen y llevar al campo de batalla el estandarte de la Purísima Concepción que les ofrendó el Cabildo lujanense. Cuentan las crónicas de la época que antes de iniciarse la marcha hacia Buenos Aires se celebró por la mañana una Misa solemne en honor a la Purísima, patrona de la villa, colocándose su estandarte y las armas del Monarca reinante a los costados del altar mayor, asistiendo la totalidad de la tropa. 

A la noche mientras tanto en Buenos Aires, el brigadier Beresford asiste con sus oficiales a una función en el Teatro de la Comedia. De regreso en el Fuerte y enterado de lo ocurrido, sin alterarse Beresford ordena al coronel Sir Denis Pack (1775-1823), jefe del Regimiento 71, marchar sobre Luján. 

Es así que, el 1º de agosto, una columna británica, compuesta de 500 escoceses del "71" y 50 ingleses del batallón Santa Elena, parte al encuentro de los hombres de Pueyrredón. A las 8 sorpresivamente los británicos atacan el campamento de Perdriel. Al grito de “Santiago ¡y cierra España!” y “Mueran los herejes” las tropas bonaerenses enfrentan al “infiel”, veterano de cien batallas. No obstante, pese al desborde de entusiasmo y al derroche de valentía, el combate fue desfavorable para nuestras fuerzas, no pudiendo soportar la impresionante "carga" de los Highlanders. Vencidos, muchos paisanos, incluyendo a Pueyrredón mal herido, logran escapar. Los británicos capturan a un alemán católico, que venía con las tropas británicas y había desertado para unirse a los españoles americanos, y lo fusilan.

La principal unidad británica en Buenos Aires en ese tiempo era el 1º Batallón del Regimiento 71º de Highlanders, originalmente llamado Regimiento 73º de Highlanders, conocido también como Lord MacLeod’s Highlanders. Reclutado y reunido en 1777 por primera vez, estuvo compuesto por 1100 efectivos (840 escoceses de las Tierras Altas, 226 escoceses de las Tierras Bajas, y completado con 34 ingleses e irlandeses). En 1786 se modificó la numeración, dándole a este regimiento el número 71 (el anterior “71” había sido destruido durante la Guerra de Independencia de América del Norte). Como todos los regimientos escoceses, sólo combatía en el extranjero, especialmente en la India, donde estuvo asignado desde su creación. Para 1800 el regimiento contaba con 800 efectivos, de los cuales sólo 600 eran  verdaderos escoceses de las Tierras Altas ("highlanders"). En 1804 se formó un segundo batallón en Dumbarton que reclutaba especialmente en la ciudad Glasgow, por lo que posteriormente será renombrado como Glasgow Highland Regiment, aunque en realidad funcionó durante su existencia (hasta 1808) como reserva del primer batallón u otras unidades del Ejército. En 1806 el “1/71” fue enviado al Cabo de Buena Esperanza a combatir a los holandeses, y fue así que, posteriormente, participa en la expedición a Buenos Aires. En 1808 pasará a la Península Ibérica donde tendrá una actuación destacada. En 1809, terminada la campaña de la Península, el “1/71” quedará reducido a 560 efectivos y será rebautizado como 71st Regiment (Highland Light Infantry) [Regimiento 71º de Infantería Ligera de las Tierras Altas]. Sólo los gaiteros portaban el famoso “kilt” (pollera escocesa), mientras que el resto de las tropas sólo se distinguían del resto del Ejército Británico por una cinta en tartán (escocesa) alrededor del gorro. Su última acción bélica fue en la batalla de Waterloo, donde tuvo una acción destacadísima, siendo el último regimiento en cesar el fuego tras la rendición de los franceses.

Regresando al Río de la Plata, el 2 de agosto de 1806, ante el fracaso del combate de Perdriel, los “catalanes” envían una comunicación a Liniers pidiéndole detenga la reconquista hasta que logren el objetivo de volar el Fuerte. Consideraban que, tras lo ocurrido en Luján, un combate con los británicos en campo abierto era una locura.

En la noche del 3, parte Liniers con sus hombres, desde Colonia del Sacramento, efectuando el cruce del Río de la Plata. El contralmirante Popham había dispuesto cinco cañoneras afectadas a la vigilancia de la costa norte rioplatense. El traslado de los hombres se hacía imposible y en caso de ser detectados, fracasaría toda esperanza de pronta reconquista de la capital del Virreinato. Liniers ordena a los lanchones organizar rezos del Rosario. Es así que surgen una espesa niebla, que pronto se convierte en oportuno temporal; la “Sudestada” rioplatense aleja así a las embarcaciones británicas que temen quedar varadas en los bancos de arena del río y parten en dirección al Atlántico. 

El 4 de agosto, con unos 1300 hombres desembarca Liniers en en el fondeadero del río Las Conchas (hoy río Reconquista, en la ciudad de Tigre). En Olivos desembarcan otras tropas procedentes de Colonia, como la Compañía de Granaderos Voluntarios. Se le unen también 300 marineros de la flotilla del Río de la Plata al mando del brigadier Juan Gutiérrez de la Concha. 

La proclama de Liniers reza: 

“Si llegamos a vencer, como lo espero, a los enemigos de nuestra patria, acordaos, soldados, que los vínculos de la nación española son de reñir con intrepidez, como triunfar con humanidad: el enemigo vencido es nuestro hermano, y la religión y la generosidad de todo buen español le hace como tan natural estos principios que tendrán rubor de encarecerlos”. 

A la noche del 4 una violenta lluvia, la Sudestada, azota ahora las posiciones de Liniers que deben detener la marcha para acampar. El brigadier Beresford, enterado, organiza una expedición contra Liniers pero debido a la falta de caballería y a las condiciones climáticas decide posponerla. 

Este fenómeno metereológico será destacado posteriormente en un sermón por fray Grela, quien afirmó que se trató de una ayuda del Cielo para nuestras tropas, que de esa manera pudieron avanzar con paso firme hacia Buenos Aires sin ser detenidos y encabezados por el “héroe Reconquistador”, con el apoyo de hombres, mujeres y niños, a modo de Cruzada. 

En la mañana del 5, aún bajo la lluvia y con inundaciones y lodo, los españoles, peninsulares y criollos, comienzan la marcha. Se le une una tropa voluntaria de caballería que Pueyrredón había juntado entre los sobrevivientes de Perdriel. 

El 8 Liniers llega penosamente a San Isidro y detiene la marcha a la espera de una mejora en el clima. Estando la expedición reconquistadora en peligro, Liniers organiza nuevos rezos del Rosario para pedir una mejora climática que permita continuar. Así también el ilustre capitán ordenó al Dr. Letamendi que se cantara una Misa solemnísima en el altar de la Virgen del Rosario y que no dudase de la victoria. 

El 9 amanece con mejores condiciones y Liniers ordena retomar la marcha. Las primeras tropas “auxiliadoras” alcanzan ese mismo día la Chacarita de los Colegiales.

La reconquista de Buenos Aires hubiese sido imposible si no era por las fuerzas populares porteñas que se armaron por su cuenta y a riesgo de su vida, abandonan la ciudad, para unirse a las fuerzas de Liniers. Al mismo tiempo, enterados del avance de Liniers, los miembros del Cabildo de Buenos Aires preparan hombres y armamentos que hacen llegar clandestinamente al marino vandeano. Muchos pechos de los auxiliadores lucían el Santo Escapulario del Carmen, lo que haría exclamar a Beresford que deseaba verse "con la gente del Escapulario". El "Ejército Custodio de la Fe y de la Patria", como también fue llamado, portaba reciamente, además, el estandarte de la Cofradía del Santísimo Sacramento y el de la Purísima de Luján. 

El 10 Liniers llega a los Corrales de Miserere. Sorprendido por la forma en que crecen las fuerzas de Liniers a medida que avanza, el brigadier Beresford piensa en retirarse a través del Riachuelo hacia Barragán para reembarcarse. Pero no le dan los tiempos para una evacuación y se apresta para una defensa de la plaza conquistada. 

En la tarde del 10, el capitán Hilarión de la Quintana, emisario de Liniers, presenta a los británicos una intimación de rendición que Beresford rechaza por razones de honor. Los británicos se concentran y atrincheran en torno a la Plaza Mayor. Liniers se desplaza en una marcha de flanco sobre el Retiro. En el camino de las fuerzas reconquistadoras se siguen sumando hombres, ya ahora en forma masiva y entusiasta. 

En la madrugada del 11 Liniers alcanza el Retiro con 1936 hombres, 6 cañones y 2 obuses. El líder de la Reconquista no parecía vulnerable a las balas enemigas, lo que llevará al deán cordobés Funes a sostener lo siguiente: 

“¿Deseáis otros convencimientos del favor particular de esta Señora? Acercaos, pues, a su devoto General, y los muertos que caen a su lado como sus vestidos pasados de balazos os harán ver, o que el plomo respetaba su persona, o que sólo se acercaba para dejarnos señales de una vida que el cielo protegía”. 

Al mediodía del 11, la Ciudad de Buenos Aires estalla en rebelión abierta. Desde las azoteas y balcones, los vecinos disparan sobre los británicos. Estos intentan evacuar el Retiro y dirigirse hacia la Plaza Mayor, pero son derrotados. Popham baja a tierra y se entrevista con Beresford, y deciden emprender esa misma noche la retirada.

Por su parte, Juan Martín de Pueyrredón, con un grupo de soldados criollos entre los cuales se encontraba  el salteño Martín Miguel de Güemes, carga con la caballería sobre el barco británico H.M.S. Justine, que había quedado varado en la playa frente a Buenos Aires: desde la barranca saltan a caballo sobre la cubierta del Justine, para sorpresa de los marinos ingleses. 

Después de desalojar a los británicos de sus posiciones en la Plaza del Retiro, el 12 de agosto Liniers marcha hacia el Fuerte donde se hallaba acantonado Beresford con casi todas sus fuerzas de infantería. 

Por las calles de Buenos Aires avanzan las columnas de los reconquistadores. La Companía de Granaderos del Batallón de Voluntarios de Infantería de Buenos Aires, con 94 soldados, 1 teniente y 1 subteniente, al mando del capitán Juan Ignacio Gómez, compone la principal fuerza, avanzando por la calles Florida, del Correo (hoy Perú), luego San Francisco (hoy Moreno), hasta llegar a la calle de la Merced (hoy Defensa). 

A las 10 de la mañana, Liniers instala su cuartel general en el atrio de la iglesia de la Merced e inicia el ataque final. 

Soldados y pueblo atacan a muerte a los británicos atrincherados en la Recova que cruza la Plaza Mayor. Tras la muerte del capitán George W. Kennet, Beresford ordena la retirada de todos sus hombres hacia el Fuerte. Poco después, pide parlamento.

Escoltado por Quintana, Beresford se reúne con Liniers, quien lo felicita por la resistencia y le comunica que sus tropas deberán abandonar el Fuerte y depositar sus armas al pie de la galería del Cabildo. A las 15 el Regimiento 71 desfila al son de sus gaitas por última vez en la Plaza Mayor de Buenos Aires y los soldados escoceses dejan sus fusiles al pie del ayuntamiento. Con 1600 prisioneros, 36 cañones, 4 morteros y 4 obuses, además de hacer entrega de la bandera del célebre "71". 

Por su parte, en un último acto desesperado, Popham ataca la batería de Ensenada y la inutiliza, luego parte hacia Montevideo para reunirse con el resto de la flota. Los británicos habían perdido 48 muertos (incluyendo oficiales), 107 heridos y 10 perdidos.

En ese momento, las tropas leales consistían del Real Cuerpo de Artillería con 3 cañones de 4 libras y 2 obuses de 6 pulgadas, al mando del capitán Francisco Agustini, con 2 oficiales y 131 soldados; 323 soldados del Real Cuerpo de Marina; la Compañía de Granaderos del Regimiento de Infantería Fijo de Buenos Aires con 2 oficiales y 105 soldados; el Batallón de Voluntarios de la Infantería de Milicias de Buenos Aires con 300 soldados; el Batallón de Voluntarios de la Infantería de Milicias de Montevideo en 2 compañías con 10 oficiales y 138 soldados; la Compañía de Migueletes y Miñones Catalanes de Montevideo con 2 oficiales y 120 soldados; el Regimiento de Dragones Fijo de Buenos Aires en 3 compañías de dragones y 1 de granaderos con 16 oficiales y 216 soldados; los voluntarios de Caballería de Milicias de Buenos Aires al mando de Juan Martín de Pueyrredón con 114 soldados a caballo; los voluntarios de Caballería de Milicias de la Colonia del Sacramento con 6 oficiales y 102 soldados a caballo; haciendo un total de 1930 hombres.

Días después de la victoria nuevamente el Padre Grela elogió la piedad y humildad del caballero don Santiago de Liniers: 

“Humeando aún el fuego, sin enjugarse todavía la sangre derramada en fuerza de su poder, ¿no le hemos visto al pie de nuestros altares, olvidado de los vivas y demás públicas aclamaciones con que todo el pueblo celebra su triunfo, puesto en forma de cruz, dando gracias al Señor por medio de su augusta Madre, y confesando con la más tierna sumisión que Él ha sido el autor de su gloria?”. 

El 14 se celebra en el ayuntamiento de Buenos Aires cabildo abierto, mientras unas cuatro mil personas reunidas en la Plaza Mayor vivaban a Liniers y piden la destitución del Virrey al que acusan de cobarde. La deposición del virrey Sobremonte se hizo “por considerarlo preciso para la defensa de la tierra y conservación en ella de la sagrada religión, que quieren extirpar y extinguir los ingleses, enemigos de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana”. 

En esa sesión, el Cabildo decide comunicar el triunfo a la Corona y la organización de milicias de defensa; Sobremonte es finalmente destituido como virrey; Liniers es designado jefe militar y a Lucas Muñoz Cubero, regente de la Audiencia, como jefe político. Por su heroica acción en la Reconquista, Santiago de Liniers recibe del Cabildo el nombramiento de teniente militar de Buenos Aires con el fin de organizar su defensa contra una segura segunda invasión.