"Si la historia la escriben los que ganan, quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia."

lunes, 21 de mayo de 2012

El Almirante Brown: ¿contrabandista, pirata o agente inglés?

William Brown nació el 22 de junio de 1777 en Foxford (Condado de Mayo, Irlanda).

Según la historia oficial, cuando William sólo tenía 9 años de edad, emigraron a Filadelfia (Pennsylvania, EE. UU.). Pero poco después, primero su protector y, luego, su padre fallecieron de fiebre amarilla. El pequeño William paseaba por los bancos del río Delaware, cuando el capitán de un bote mercante le ofreció un trabajo. Así comenzó su vínculo con el mar. Tras diez años como marino mercante, fue obligado a unirse a la Armada Real británica, tomando parte en las guerras napoleónicas. Durante éstas, fue capturado por los franceses. Logró escapar a Alemania, junto con un coronel del Ejército Real, y juntos lograron llegar a Gran Bretaña.

Pero toda esta historia no ha logrado ser verificada. No existen registros del padre de William, ni de su viaje a los Estados Unidos, ni de su juventud como marino mercante. En ese tiempo no era costumbre de la Armada Británica enganchar marinos extranjeros a la fuerza… menos aún, un estadounidense, cuando la neutralidad de esta nueva nación se estaba guardando a rajatabla.

Muy poco se sabe en realidad de los orígenes familiares de Brown, tema sobre el que el futuro almirante casi nunca habló. La leyenda, repetida al hartazgo, es que su familia era de campesinos pobres. Pero la investigación genealógica realizada en Inglaterra e Irlanda ha detectado un único Brown residente en Foxford en aquella época: George Browne.

Este George Browne era recaudador de impuestos y era pariente de los Browne de Westport, que fueron marqueses de Sligo y condes de Altamont.

No se ha encontrado el acta de nacimiento de William, pero es altamente probable que fuese hijo ilegítimo de este George. Tanto es así que sabemos que Lady Altamont, hija del Almirante Lord Howe, le consiguió un lugar en la Armada Real como guardiamarina.

Pero en algún momento de los 1790, abandona la Armada para dedicarse al comercio. En 1801, un William Brown fue capturado por los franceses en la corveta “Presidente”, y un año después, fue intercambiado por el Tte. Crampon, a bordo de la fragata “Resolue”.

A su regreso de Francia, William se unió a la marina mercante británica en las Indias Occidentales, donde llegó a capitán. Mientras tanto, se había hecho íntimo de la familia Chitty, famosos pilotos del Canal de la Mancha, con botes que atracaban en el puerto de Deal (Kent). Los Chitty eran marinos, no eran nobles como se ha dicho.

En 1809, William desposó a Eliza Chitty. No está claro si había participado de la expedición del contralmirante Home-Popham en 1806, pero lo cierto es que, pocos meses después de su matrimonio, viajó en una misión comercial al Río de la Plata.

¿Por qué el Río de la Plata? La clave parece ser su pariente: Gore Browne. Éste era el tercer hijo de un caballero irlandés. Originalmente probó iniciar una carrera eclesiástica, pero teniendo deseo de ser militar, ingresó a la academia militar de Lochee. Participó en la represión de la rebelión de esclavos de Jamaica. Luego fue teniente coronel y jefe del 40º Regimiento. Como coronel, al mando de éste, acompañó al Duque de York en la campaña de Holanda de 1799. Estuvo también en Egipto. Y tras la campaña del Norte de África, acompañó al Gral. Auchmuty a América del Sur. Estuvo a cargo de la toma de Montevideo en 1807. Auchmuty nombró a Browne gobernador de la ciudad. Durante el breve tiempo al frente de la ciudad, Browne logró forjarse el cariño de los montevideanos. Y tras la entrega de Montevideo a las autoridades españolas, el gobernador y el cabildo acompañaron a Browne hasta el puerto. Regresado de América, el Cnel. Browne se unió a la campaña de Walcheren, resultando gravemente herido. Terminada su actuación en las guerras napoleónicas, fue nombrado mayor general, comandante del Distrito Militar Occidental de Inglaterra y gobernador de Plymouth. En 1819, ascendido a teniente general, renunció a este último cargo. En 1820 fue designado coronel honorario del 44º Regimiento. Y, en 1837, se convirtió en general. Los desastres de su regimiento, al mando del Cnel. Shelton, en Kabul, en 1842, lo afectaron profundamente. Falleció, poco después en 1843, en Weymouth (Dorset).

Por su parte, volviendo a William Brown. Éste, en 1811, a bordo de un buque mercante capturado a los franceses y rebautizado “Eliza”, arribó a América del Sur. El “Eliza” encalló en las costas de Buenos Aires, pero hábilmente Brown logró salvar la carga y venderla a excelente precio, con el que pudo adquirir una goleta propia. Vale recordar que éste era el método que, desde el siglo XVII, habían utilizado los contrabandistas holandeses, portugueses y británicos para introducir sus mercaderías a pesar del monopolio español. Por lo que, nuevamente, nos hace pensar que Brown ya había estado en el Río de la Plata con anterioridad.

Con el producido de su venta, ganó suficiente dinero como para adquirir una goleta que llamó “Industria”. Experto marino, Brown logró rápidamente hacerse de una pequeña fortuna contrabandeando entre Buenos Aires y Colonia o Montevideo, escapando entre los bancos de arena y las traicioneras corrientes del Plata de la escuadra española y con el visto bueno de la británica.

Las historias de este contrabandista irlandés ya eran famosas en Buenos Aires cuando se le encarga organizar y dirigir una flotilla que hiciera frente al bloqueo del Río de la Plata.

En un primer momento, Brown se negó aduciendo su calidad de vasallo de Su Majestad Británica, que había venido a radicarse con su familia para vivir en paz. Pero el deseo de venganza fue mayor y, finalmente y tras asegurarse el salvoconducto británico, accedió a la solicitud de los porteños.

A principios de 1814, Brown improvisó el núcleo de la que sería Armada Argentina, acondicionando un buque mercante de bandera rusa adquirido al efecto y que fue rebautizado como “Hércules”. Los tripulantes fueron reclutados de más de una docena de naciones, aunque la inmensa mayoría eran súbditos británicos.

Con esta fuerza, en marzo del ’14, derrotó a los realistas en la isla de Martín García y capturó la estratégica isla en la boca del estuario.

Unos pocos meses después, derrotó a la escuadra realista en las costas de Montevideo.

Fiel a la tradición naval británica, cual “Un nuevo Drake” (así lo llamó la prensa londinense), Brown dirigió expediciones de piratería contra los puertos españoles en la costa del Pacífico. Se convirtió en una leyenda y en un fantasma. Entre septiembre de 1815 y enero de 1820, la flotilla de Brown fue vista en lugares distantes a cientos de millas marítimas entre sí. Desde California hasta Chiloé, los puertos españoles se vieron obligados a reforzar sus defensas, quitando necesarias fuerzas para hacer frente a la insurgencia en tierra.

A principios de 1816, en las afueras del puerto de Pernambuco (en ese entonces fuera del control colonial portugués), donde había ido a vender las mercaderías capturadas en sus ataques, es interceptado por el buque “Brazen” que lo escolta a Bridgetown (Barbados). Allí, un tribunal corrupto, embarga el “Hércules” y su carga en nombre del Rey dado que Brown era súbdito británico y oficial de la Armada Real (según se sabe, en el “Hércules” ondeaba tanto la bandera argentina como la insignia británica según la ocasión).

Eventualmente, Brown logra abandonar subrepticiamente Barbados y llegar a Londres. Allí, con apoyo de su familia política, los Chitty, inicia una apelación. En la capital británica, se le une su esposa Eliza quien había escapado de Buenos Aires a bordo de la fragata británica “Amphion” (el gobierno bonaerense había toma de rehén a la familia de Brown hasta que éste entregase la carga del “Hércules” en cumplimiento del contrato). No logró recuperar su buque insignia pero sí una parte del botín tras un complicado y costoso proceso legal.

De regreso a Buenos Aires, debió enfrentar otro juicio. Se lo acusaba de no haber cumplido las órdenes recibidas, a lo que Brown alegaba que como comandante tenía derecho a no cumplirlas. Aunque no se le llegó a aplicar la pena de muerte, sí perdió el resto de su botín y fue expulsado de la Armada.

Deprimido y arruinado económicamente, intentó el suicidio sin lograrlo. Gracias a su hermano Michael y otros socios, el aún popular Guillermo Brown logró levantar un muy exitoso negocio mercante: exportaba mulas a las Indias Occidentales y regresaba con azúcar, ron y otros productos antillanos, que no sólo introducía en Buenos Aires, sino también en la Banda Oriental a través de Colonia. Este Michael Brown, también oficial de la Armada Real británica, emigrará posteriormente a Australia.

Estallada la guerra con el Imperio de Brasil a comienzos de 1826, Brown fue requerido para organizar nuevamente la Armada Argentina, en ese entonces limitada a unas pocas cañoneras.

A la vista de los vecinos porteños, logró rechazar a los buques brasileños que pretendían destruir la base de Los Pozos. Luego, un ataque nocturno a Montevideo, logró amplia difusión. Y las acciones de piratería contra buques mercantes brasileños, liberando a los esclavos y distribuyendo propaganda revolucionaria, por toda la costa desde Buenos Aires hasta la propia Río de Janeiro, supusieron un duro golpe para el Imperio.

En febrero de 1827, Brown obtuvo la mayor de sus victorias en el río Uruguay a la altura de la isla de Juncal, destruyendo la flota fluvial brasileña.

Gracias a la mediación británica, la paz lograda en septiembre de 1828 suponía la independencia de la Banda Oriental, como “estado tapón” entre Brasil y la Argentina, internacionalizando así la cuenca del Plata.

El 15 de diciembre de 1828, Brown fue nombrado gobernador de Buenos Aires. Inmediatamente introdujo una serie de reformas “ilustradas” en salud pública, educación y hacienda. Pero en mayo del año siguiente renunció.

Fue a fines de ese año que asumió el poder Juan Manuel de Rosas, que, si bien no era del gusto de Brown, mantuvo buenas relaciones.

En los primeros años del gobierno de Rosas, Brown vivió tranquilo en su Casa Amarilla, administrando su empresa marítima y ayudando a su hija mayor Eliza con su chacra. Según fuentes irlandesas, al almirante envió abundante ayuda financiera al “Libertador” O’Connell en Irlanda. Vale recordar que el liberal O’Connell nunca abogó por la independencia de Irlanda sino por los derechos políticos de los católicos para acceder al Parlamento londinense, cosa que logró en 1829 con ayuda de un sector del Partido Conservador.

Pero a fines de la década de 1830 se produjo un conflicto con Uruguay, apoyada por Francia y Gran Bretaña, que sacó a Brown nuevamente de su retiro.

Uruguay tenía una pequeña armada organizada por Campbell, un irlandés que, tal vez como Brown, había servido con Popham. La pequeña república había contratado al marino franco-italiano Garibaldi. Éste había despachado una escuadrilla río Paraná arriba para cortar las rutas comerciales bonaerenses y levantar a las provincias del interior argentino contra Rosas. Brown, en las costas de Costa Brava, derrotó y casi destruyó a la escuadrilla de Garibaldi, pero no capturó a este último. El irlandés, según se dijo, había dejado escapar a su colega franco-italiano.

Cuando finalmente se produce el bloqueo franco-británico del estuario del Plata, Rosas ordena a Brown levantar el sitio de Montevideo y regresar al puerto de Buenos Aires, evitando cualquier incidente. El 22 de julio de 1845, los almirantes británico y francés ordenan al irlandés detenerse, cosa que éste hace, arriando la bandera argentina y entregando los buques.

Luego de este desastre, Brown se retirará de la actuación pública. Enterado de la hambruna de la papa en Irlanda, decidió partir hacia su patria (bueno es recordar que el almirante siempre rechazó la nacionalidad argentina que infinidad de veces se le ofreció).

En julio de 1847 partió de Buenos Aires. Sabemos que estuvo en Liverpool (Inglaterra) y que se alojó en casa de Rose Brennan, bisnieta de su hermana Mary. Rose estaba casada con un pastor protestante llamado Leonard y que puso avisos en los periódicos convocando a parientes del almirante sudamericano. No es seguro que haya logrado llegar a Irlanda como, aparentemente, era su primitiva intención.

Muy poco después, regresó al Río de la Plata. En Montevideo, se entrevistó con su amigo Garibaldi.

En Buenos Aires, se convirtió en líder de la comunidad británica residente aquí, y también fue visita obligada de todo compatriota viajero que pasara por estas tierras. Mercaderes, clérigos, oficiales navales y naturalistas británicos registraron sus encuentros con el célebre aventurero. Consta su preocupación por las vicisitudes de la política en Londres.

Cuando fueron repatriados los restos del Gral. Alvear, el viejo almirante solicitó permiso para comandar el buque que los traía de Montevideo a Buenos Aires. Permiso que le fue concedido.

A los 80 años, en 1857, fallecía en Buenos Aires el almirante Guillermo Brown. A pesar de que el Estado de Buenos Aires se encontraba en ese momento separado y en guerra con la Confederación Argentina, ambos participaron de los funerales.

Daguerrotipo de Guillermo Brown

viernes, 4 de mayo de 2012

"¡América para los ingleses!"


En la parroquia anglicana de St. Agnes  —en Kensington Park, Londres— se organizó un proceso masivo de reclutamiento el 4 de mayo de 1817, emprendido por Luis López Méndez, agente personal del "libertador" Simón Bolívar, autorizado por el Gobierno británico y auspiciado entusiastamente por el vicario de St. Agnes, el Rev. Henry Francis Todd. 

En diciembre de ese mismo año, cinco contingentes voluntarios se embarcaron para la América del Sur. 

Pocos meses después desembarcan en la isla de Margarita, el 21 de abril de 1818. El Estado Mayor británico estaba compuesto por los coroneles McDonald, Campbell, Skeene, Wilson, Gilmore y Hippsely, y el mayor Plunket. El continengente anglo-bolivariano contaba con un total de 127 oficiales, 3840 soldados (entre lanceros, dragones, granaderos, cazadores, rifles, húsares y simples casacas rojas), y el apoyo naval de las cañoneras HMS "Indian", HMS "Prince", HMS "Britannia", HMS "Dawson" y HMS "Emerald". 

Uno de los primeros alistado había sido el teniente Thomas Charles Wright, de 29 años de edad entonces, quien años más tarde describió sus experiencias en el libro Reminiscenses of the English officers, publicado en Londres en 1862. 

En su mejor momento, en 1818, la Legión Británica contaba con cinco mil hombre de armas. Pero, para junio de 1821, su número había descendido a mil cien. 

Los integrantes de la Legión, no sólo murieron en combate, sino también por efectos de la fiebre amarilla,  las enfermedades tropicales, y mil privaciones. 

En abril de 1818 los británicos de Bolívar participaron heroicamente de la Campaña del Apure. Más de 300 hombres perecieron en julio de 1819 en la titánica avanzada o “Paso de los Andes” para tomarse Santa Fe de Bogotá, capital del Reino de la Nueva Granada. 

Después de su heroica actuación en la batalla del Pantano de Vargas, en 1819, la Legión Británica fue rebautizada con el nombre de Batallón Albión, con el que pasaría a la historia. 

Fueron también veteranos de las batallas de Boyacá el 7 de agosto de 1819; de Carabobo el 21 de junio de 1821, y de Bomboná el 7 de abril de 1822. 

Los integrantes del Batallón Albión provenían de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda, y eran anglicanos y presbiteranos en su inmensa mayoría, excepto algunos irlandeses que eran católicos liberales.

Tuvieron un papel protagónico en la batalla de Pichincha.

A fin de completar la conquista territorial, el general insurgente Sucre desplegó sus fuerzas hacia la Región Andina, en febrero de 1822. Con victorias progresivas, en mayo ya estaba en los arrabales de Chillogallo y Turubamba, al sur de la capital de la antigua Audiencia de Quito.

Descubierta su presencia el 23 de mayo de 1822, la defensa del jefe realista Aymerich se aprestó a dar batalla. En la madrugada siguiente, el Batallón Albión  —reducido ahora a 443 hombres— avanzó a Iñaquito.

Se convirtió así en indispensable para asegurar la victoria en Pichincha, puesto que, mientras Sucre y sus batallones se encaramaban el Cruz Loma, frente al Panecillo, en condiciones de desventaja, los ingleses avanzaron hasta el Ejido norte de la ciudad. Atacando desde allí a los realistas, demolieron su resistencia, impidiendo cualquier posibilidad de escape de los heroicos legitimistas. Cortaron para ello las líneas de abastecimiento con Pasto "la Leal", fuertísimo reducto realista en el norte de la América del Sur.

El empuje y valentía de los británicos hicieron que al mediodía se proclamara la victoria total. Diecisiete bravos del Albión perdieron su vida para "liberar" a Quito. A regañadientes y a punta de pistola, los frailes mercedarios fueron obligados por los insurgentes a sepultarn en la cripta de San José, del Cementerio de El Tejar, a los herejes fallecidos ingleses. Algunos años más tarde, fueron exhumados y re-enterrados en un campo baldío ubicado al norte del Churo de la Alameda, detrás de la iglesia de El Belén.

Entre las bajas británicas se contaron 46 mutilados de guerra, cuyos nombres constan en los partes de guerra. En Pichincha, dirigió al Albión el coronel John Mackintosh, quien fue ascendido y condecorado por su valor, junto a todo su Estado Nayor: el Tcnl. Thomas Mamby, el Cap. George Laval Chesterton y  los Ttes. Francis Hall, James Stacey, Lawrece McGuire, Peter Brion, John Johnson y William Keogh.

Bolívar y Sucre dieron a los británicos que así lo quisieran tierras donde afincarse y el derecho absoluto sobre su propiedad. Asimismo se les aseguró el culto protestante y la fundación de logias masónicas.

Medalla Conmemorativa de la Legión Irlandesa

lunes, 16 de abril de 2012

Una hipótesis sobre el sol en el escudo y bandera argentinas




Vimos anteriormente un documento donde queda revelada, ya sin lugar a dudas, simbología masónica del escudo nacional argentino. Sin embargo, la mayor diferencia la encontrábamos en el sol naciente en el timbre del mismo.

En la versión oficial, cuya primera utilización aparece en 1813, es descripto del siguiente modo: “en oro, un sol naciente, con rayos flamígeros y rectos alternados”. Ese mismo año, tras la toma de Potosí, se encarga a la Casa de Moneda la acuñación de una moneda de oro y otra de plata, reemplazando los blasones de Carlos IV y Fernando VII por el sello de la Asamblea General Constituyente, y en el reverso el sol completo. El diseño final constaba de 32 rayos: 16 flamígeros apuntando en sentido horario y 16 rectos colocados alternativamente. Éste es el conocido como “Sol de Mayo”, y nos interesa porque, luego, en 1818, será colocado en el centro de la franja blanca de la bandera argentina —y de la mano de las tropas “patriotas” rioplatenses llegará ser insignia de la provisional del Perú (1822) y la de la República Oriental del Uruguay (1828, simplificado posteriormente)—.

La leyenda que se convirtió en historia oficial dice que la Asamblea del Año XIII encargó al diputado por San Luis, Agustín Donado, la confección de un sello para autenticar los escritos de dicha comisión en reemplazo de las armas reales españolas que se había usado hasta el momento. Existe un contrato entre Donado y el grabador cusqueño, pero radicado en Buenos Aires, Juan de Dios Rivera (padre de uno de los médicos de Rosas). De allí se ha deducido que el “Sol de Mayo” representa al Inti, el dios sol de los incas. Hasta aquí, la leyenda.

Ahora bien. Dicho “Sol de Mayo” no se corresponde con el sol de los incas (como podemos ver en esta fotografía, o en esta otra, o en ésta, o en esta otra versión, o —aún— en esta representación “colonial” del inca Manco Capac). Ni siquiera en las representaciones heráldicas de los Reinos del Perú de los tiempos hispánicos.

Pero de casualidad hemos dado con una posible respuesta: el sol naciente en el timbre del escudo de la colonia británica de Darién, en la actual Panamá (otra versión aquí en un medallón).

Una hipótesis que, de confirmarse, abre inquietantes posibilidades por las posibles conexiones con la masonería de rito escocés, las invasiones inglesas a Buenos Aires, la participación de futuros juntistas rioplatenses en el escape de los británicos capturados y el asesinato de Liniers por mercenarios británicos, el Plan Maitland y la ejecución del mismo a cargo de San Martín, la actividad de Lord Cochrane en el Pacífico sur, el ofrecimiento de la antigua Capitanía de Guatemala a Gran Bretaña hecha por Bolívar, el Congreso Anfictiónico de Panamá, las intervenciones estadounidenses en América Central y la construcción del Canal transoceánico.

Debemos remontarnos a 1688. A mediados de ese año, estalla en Inglaterra la llamada “Revolución Gloriosa”, cuando 14.000 mercenarios holandeses y alemanes, contratados por los protestantes británicos y pagados por los financistas judíos de Ámsterdam, invaden y deponen al rey Jacobo II Estuardo. Escocia e Irlanda resisten un tiempo más, y por eso serán duramente castigadas. Pero ya volveremos a estas tierras.

En Londres, los financistas judíos presentan al rey usurpador Guillermo un esquema para poder pagar las deudas contraídas: la creación del Banco de Inglaterra. A cambio de 1.500.000 libras esterlinas, este banco privado adquiría el derecho monopólico a emitir papel moneda y nacía así el sistema capitalista moderno. (Aquí puede leerse un interesante análisis histórico.)

Como dijimos antes, Escocia e Irlanda se mantenían en guerra de resistencia jacobita, mientras quedaba bloqueada frente al monopolio holandés e inglés de los mares del norte. Esto, sumado a la guerra civil y la hambruna provocada por años de malas cosechas, provocó una situación peculiar donde los capitalistas sin escrúpulos pudiesen enriquecerse fácilmente.

En Edimburgo, un moribundo parlamento escocés —con una mayoría de sus miembros excluidos por razones políticas— decidió seguir el ejemplo inglés y creó el Banco de Escocia y su contraparte comercial: la Compañía de Escocia. Dicha compañía tenía como fin buscar mercados y materias primas en las Indias Orientales y en África, siguiendo el ejemplo de las exitosas compañías inglesas.

Pero no avanzó mucho hasta que “compró” el plan de un antiguo financista que había hecho fortuna en Londres y había participado de la creación del Banco de Inglaterra, William Paterson. Éste, tras evaluar la pequeñez y precariedad de la flota mercante escocesa, decidió establecer una colonia en el istmo de Panamá, en la costa del Golfo de Darién, como puente entre Oriente y Occidente.

La riqueza no abundaba en la Escocia de fines del siglo XVII y la Compañía levantó suscripciones en todos los estratos sociales, calculándose que, en su mejor momento, llegó a acumular el equivalente de más del 50% de la riqueza económica del viejo país del norte.

La expedición partió a mediados de 1698 en cinco buques con unas 1200 personas a bordo. A fines de año fundaron Nueva Caledonia e intentaron la agricultura y el comercio sin éxito. Acosados por los españoles de Nueva Granada y Guatemala y los ingleses de América del Norte, que les negaban ayuda, y sin la asistencia de los indios locales, altísima mortandad y un clima sofocante, los poquísimos colonos escoceses presbiterianos sobrevivientes terminaron abandonando la empresa.

Hubo una segunda expedición, igualmente desastrosa, y a fines de 1699, se conoció el rotundo fracaso del proyecto. Paterson huyó a Londres y, eventualmente, sería uno de los principales cabildeantes para la supresión de la independencia de Escocia, la disolución de su parlamento y la “unión” que forjaría Gran Bretaña en 1707.

Muchos de los implicados en lo que se consideró el fraude más grande de la historia de Escocia y el desencadenante del fin de su vida independiente fueron juzgados y encarcelados, algunos, incluso, colgados. Unos cuantos escaparon a Londres, al continente o a América del Norte.

Curiosamente, o no tanto, muchos de los descendientes de estos escoceses embaucadores, en su mayoría masones y presbiterianos, verán sus vidas vinculadas nuevamente a la América española en la primera mitad del siglo XIX.

El más famoso de los descendientes del “Darien scheme” será Gregor MacGregor, el compañero de Miranda y luego general de Bolívar, autoproclamado cacique del “Principado de Poyais y Costa Mosquito” en América Central, que intentó colonizar con inmigrantes escoceses e ingleses que finalmente quedarían a su suerte en la Honduras Británica (hoy Belice). Pero también podemos encontrar a los comerciantes hermanos Robertson de notable actividad en el Río de la Plata revolucionario como ya hemos dicho. O, también, los hermanos Maitland, amigos de San Martín —y tal vez ideólogos del plan del cruce de los Andes para “liberar” a Chile y atacar al Perú por la espalda—. O, Lord MacDuff (amigo de San Martín, gran maestre masón y futuro Earl Fife) y Lord Cochrane (el fundador de la Armada Chilena).



Detalles del sol naciente en el timbre del escudo de la colonia de Darién


lunes, 9 de abril de 2012

Aventurero o mercenario: Un inglés en América del Sur

La conocida editorial de historia militar británica Osprey Publishing publicó en su página el siguiente artículo como adelanto del libro “Conquer or Die! Wellington’s Veterans and the Liberation of the New World” de Ben Hughes (¡Conquista o muere! Los veteranos de Wellington y la liberación del Nuevo Mundo). El autor —profesor en Londres, historiador especialista en las guerras napoleónicas, investigador en América del Sur y con familia colombiana— presenta la historia de la Legión Británica de Bolívar, y de algunos de sus protagonistas, como la de un conjunto de luchadores por la libertad y algunos aventureros; pero la realidad fue un poco distinta, primando aquéllos convocados por las logias y una mayoría de mercenarios reclutados entre la abundante mano de obra desocupada tras el final de las guerras napoleónicas en plena Revolución industrial. Sin embargo, nos interesa traducir y publicar este escrito para dar a conocer este aspecto tan poco conocido de las llamadas Guerras de las Independencias Hispanoamericanas, la de los militares británicos que combatieron en ellas.

¡Conquista o muere! Presentación de los personajes

[http://www.ospreypublishing.com/blog/Conquer_or_Die_The_Cast/]

Por Ben Hughes.

El oficial realista a cargo de las defensas externas de Pasto había elegido su posición bien. Dos compañías de escaramuzadores españoles veteranos vigilaban la vía principal. El campo luego se angostaba en un valle que hacía de cuello de botella y que conducía a una plantación de maíz. Más allá había una zanja con una tapia de troncos defendida por seiscientos pastusos armados por un rejunte de mosquetes, hachas, gomeras y palos. Sus flancos eran impasables. A un costado había un pantano. Del otro lado, una pared de árboles que colgaban de la ladera de cuatrocientos metros del volcán Galeras. Las tropas locales estaban confiadas en la victoria. Sus oponentes se habían visto involucrados en combates durante toda la mañana y no tenían otra opción más que atacar la posición hacia la que avanzaban.

Mil patriotas pelearon en la batalla de Genoy. Cien de ellos eran voluntarios británicos. Entre ellos había un joven inglés notable, Richard Longville Vowell. Nacido el 24 de julio de 1795 en Saint James (Bath), Vowell había disfrutado de todos los beneficios de una crianza georgiana de clase alta. Hijo mayor de un mayor retirado del Ejército Británico y ex parlamentario de 49 años, y tataranieto de Gustavus Hamilton, el Vizconde Boyne, Vowell había heredado 2000 libras de un pariente desconocido mientras estudiaba en Oxford y rápidamente partió a América del Sur para la aventura de su vida. Uniéndose como teniente al 1º Regimiento de Lanceros Venezolanos del coronel Donald MacDonald, dejó Portsmouth en el Two Friends el 31 de julio de 1817.

A diferencia de la vasta mayoría de aquéllos que fueron voluntarios, Vowell pudo ver más allá de los prejuicios de su tiempo. Buen estudiante de los escritos de Humboldt sobre América del Sur, se interesó en todo aquello que vio en sus viajes, desde las anguilas eléctricas del Orinoco, que pronto aprendió a no manipular, hasta las tribus indígenas de las vastas llanuras venezolanas.

Tras varios combates en los Llanos, incluyendo una extraordinario escape a través de las líneas enemigas a comienzos de 1818, Vowell viajó a la recientemente liberada Santa Fe de Bogotá y tomó parte de la campaña contra los pastusos al sur de Nueva Granada. Al año siguiente, cuando su unidad fue enviada al puerto ecuatoriano de Guayaquil, las aventuras de Vowell tomaron un nuevo giro al unirse a la Armada Chilena de Lord Thomas Cochrane.

Tras varios años de patrullar la costa del Pacífico, Vowell finalmente regresó a Inglaterra en la primavera de 1830. Había estado fuera de su patria por más de doce años. Sus memorias y dos novelas semi autobiográficas enmarcadas en América del Sur se publicaron pocos después. Sin embargo, el interés público por aquel continente hacía tiempo que había decaído y los libros apenas se vendieron. Despreocupado, a la edad de cuarenta y dos años, Vowell decidió partir en una última aventura.

Ocho meses después arribó a Australia y encontró trabajo como capataz y empleado del Fuerte de la Prisión nº 2 cerca del río Cox. Dos años después de su nombramiento, fue acusado de aceptar sobornos para alterar las sentencias de dos prisioneros de doce a nueve meses. En vez de esperar pacientemente su castigo, Vowell escapó del fuerte junto con cuatro convictos y cuatro soldados del 4º Regimiento del Rey. Viajando a lo largo del río Murrumbidgee, los fugitivos sobrevivieron gracias a una serie de robos hasta su eventual captura en agosto de 1832. Desnutrido y sin dientes, Vowell se presentó antes los jueces, fue condenado por robo y sentenciado a muerte. Conmutada la sentencia a cadena perpetua en la isla de Norfolk, posteriormente fue reducida a siete años. Con casi cincuenta años Vowell fue liberado y permaneció en Australia por el resto de sus días. Es tentador imaginar a este gran aventurero pasar sus últimos años recordando su extraordinaria vida. Había viajado por tres continentes, peleado en numerosos combates en tierra y mar, condecorado por su valor y apresado por fraude, deserción y robo. Richard Longville Vowell murió en 1870 a la edad de 76 en Bruk Bul (Victoria).


Ben Hughes, Conquer or Die! (Londres: Osprey Publishing, 2010.)

viernes, 30 de marzo de 2012

Bicentenario, Revolución y Tradición


Hemos leído la nota intitulada “Bicentenario y Tradicionalismo”, que publica el bloc de notas Crítica Revisionista (8/III/2012), autoría del profesor Dr. Fernando Romero Moreno, y publicada originalmente en la revista “Ahora Información” (nº 105, VII-VIII/2010), con el título “Bicentenario de Mayo: explicación desde el otro lado del Océano”. Ya dicho artículo fue contestado de forma magistral en la misma revista por el profesor Dr. José Fermín Garralda Arizcun, bajo el título “Buenos Aires y la Revolución de 1810: Tradición o Revolución”, que puede leerse aquí, sin embargo nos gustaría hacer constar algunos comentarios propios glosando el texto del Dr. Romero Moreno—a quien, desde ya, abrimos las puertas para comentar, responder o aclarar lo que crea conveniente, si lo desea, tiene ganas y tiempo—.

A continuación, entonces, nuestras observaciones.

BICENTENARIO Y TRADICIONALISMO

Conocer y festejar los acontecimientos fundamentales de la historia patria es un honroso deber de justicia con nuestros antepasados y una grave responsabilidad respecto de las nuevas generaciones. Por eso es importante saber qué es lo que celebramos en esta jornada cívica.

Hay quienes han enseñado que los hechos del Año X fueron una copia de la Revolución Francesa —laicista y regicida—, una rebelión contra la Tradición religiosa y cultural heredada de España o un acto cómplice con las pretensiones colonialistas de Gran Bretaña. Lo cual complica el explicar un acontecimiento como este a hermanos españoles, con quienes compartimos los mismos ideales.

Antes de que empecemos a leer los tópicos del revisionismo nacionalista, justo es aclarar que entre “quienes han enseñado” esto, están los mismos protagonistas. Es decir, no se trata de un relato construido años después por liberales que pretenden llevar agua para su molino. Por ejemplo, Manuel Belgrano, como ya hemos visto aquí, afirmando que se vio inspirado por la Revolución Francesa. O, respecto a la complicidad con el colonialismo británico de los miembros de la Junta de Mayo, sólo habría que leer los nombres de los implicados en la fuga de Beresford o, como ya hemos hecho aquí (por ejemplo, en los casos de los oficiales Montague y Ramsay, del agente inglés Paroissien, del papel británico en la extraña muerte de Moreno, o de la gran estrategia británica, ), revisar la registrada participación de la flota británica en mayo de 1810 en las costas del Río de la Plata—hecho coronado con el izamiento de la insignia británica en el Fuerte de Buenos Aires el mismo 26/V/1810—.

Sin embargo, la buena voluntad de ambas partes puede ayudar a un diálogo fecundo, partiendo aquellos principios que nos unen: la fidelidad a la Religión Católica y a la Tradición de las Españas.

La buena voluntad se descuenta. Por supuesto. Pero ello implica, también, estar dispuesto a modificar un relato —como el revisionista nacionalista— que es insostenible ante la abrumadora cantidad de evidencias en contrario.

Como punto de partida dejemos centrado que existieron cuatro tendencias en torno a la Revolución de Mayo: dos impulsoras de la misma y dos contrarias. De las impulsoras, una fue de tendencia tradicionalista (Saavedra) y otra liberal (Mariano Moreno). De las contrarias, una fue igualmente tradicionalista (Abascal, Liniers, Elío) y otra liberal (Consejo de Regencia y Cortes de Cádiz). 

Se trata de una petición de principios. Dividir a la Primera Junta, y los gobiernos siguientes, en dos partidos —uno tradicionalista y otro liberal—, es una misión harto difícil y que implica hacer muchos supuestos y amputar los dichos y los hechos de muchos de sus protagonistas. Es curioso, por dar un ejemplo, que los defensores de la supuesta “tendencia tradicionalista” del saavedrismo tomen como argumento justificador de la Revolución de Mayo el dicho por Castelli (personaje paradigmático de la “tendencia liberal”) en el cabildo abierto del 22/V/1810; al mismo tiempo que desdeñan las explicaciones que hizo el propio Saavedra en su Memoria. Pero, además, ¿era tradicionalista Saavedra? Hemos visto que no. ¿Lo era el deán Funes, líder del saavedrismo? ¿puede serlo quien traicionó a Liniers y escribió en La Gazeta el justificativo de su asesinato? Pues ya hemos visto que el presbítero Funes había sido el principal impulsor de la reforma ilustrada de la Universidad y de la diócesis de Córdoba del Tucumán. ¿Acaso hubo alguna oposición significativa a lo dispuesto por el secretario Moreno —supuesto líder de la “tendencia liberal”— antes de que se produjesen simples luchas por el poder que fue lo que en realidad dividió a saavedristas y morenistas? El arcabuceo de Liniers, la publicación con dineros públicos de El Contrato Social de Rousseau, el destierro de Duarte (quien se atrevió a hacer públicas —y así arruinar— las veleidades bonpartistas de Saavedra), la puesta en práctica del Plan de Operaciones, etc. fueron todos hechos aprobados por la Junta, en forma unánime (excepto el Pbro. Alberti que se abstuvo en el caso de Liniers, pero que luego —misteriosamente— va a morir). ¿No será que, como hemos sostenido aquí, Moreno es el chivo expiatorio del revisionismo nacionalista?

Las razones por las que adherimos a la Revolución de Mayo en su tendencia tradicionalista encabezada por Don Cornelio Saavedra (Presidente de la llamada Primera Junta) es el objeto principal de estas líneas. Pero los principios religiosos y políticos de los que partimos nos hacen mirar con comprensión, simpatía y respeto la reacción contraria de Liniers, así como nos llevan a rechazar el “Mayo de Mariano Moreno” como el “Anti Mayo” del Consejo de Regencia y de las Cortes de Cádiz.

Si aceptamos esa división matricial de la historia de la Revolución de Mayo entre “patriotas” y realistas, atravesados transversalmente por el tradicionalismo y el liberalismo, obteniendo así “patriotas”-tradicionalistas, “patriotas”-liberales, realistas-tradicionalistas y realistas-liberales, claro que podemos hacer apreciaciones como ésa. Pero el problema es que para ello deberíamos comprobar la existencia de estos compartimentos estancos, en caso de haber existido.

Ciertamente, y como hemos repetido numerosas veces en este bloc de notas, el liberalismo infiltró las fuerzas realistas, desde arriba (Cádiz primero, Madrid después), desde abajo (por el contacto con la Francia revolucionaria primero y con la Gran Bretaña de la guerra napoleónica peninsular después) y desde afuera (por el contacto con los insurgentes americanos, especialmente durante las numerosas treguas locales y el comercio e intercambio entre los bandos cuyas “fronteras” no eran tan precisas como se puede creer). Así hemos visto a los que eventualmente terminarán traicionando la Causa en Ayacucho, enfrentándose a Olañeta o abandonando a su suerte a los pincherinos. Pero lo que importa, fundamentalmente, no es lo que personajes individuales puedan o no haber hecho, sino la justicia de la Causa de los que defendían el bien común político —la unidad de la patria y la fidelidad al Rey—, como excepcionalmente explica J. A. Ullate en su magistral libro Españoles que no pudieron serlo (de sospechosa nula distribución en nuestra América hispánica), frente a los intereses particulares y mezquinos de los que la historiografía posterior, asumiendo la propaganda bélica como punto de partida, llamó “patriotas”, por muy justos que hayan sido sus sentimientos de agravio, sus deseos de mayor representatividad, sus necesidades de mayor apertura del monopolio hispano, sus reivindicaciones frente a políticos afrancesados e iluminados en la Metrópoli… Cualquiera de estas causas, justas, justificables o entendibles, en su contexto, excusa del mayor bien, el bien común político, que es causa final de toda vida en sociedad, de cualquier sociedad política (o estado, si se prefiere un término de uso común aunque significado un tanto equívoco).

Como cualquier hecho histórico, la Revolución de Mayo obedeció a múltiples factores que no es posible reseñar en estos momentos. Es cierto que minorías iluministas y agentes ingleses quisieron aprovechar para oscuros propósitos la instalación de la Primera Junta, como lo hacían simultáneamente con los heroicos defensores de la Independencia española que combatían a Napoleón. Pero fue precisamente el Presidente de dicha Junta (principal protagonista de la gesta), quien se encargó de dejar bien sentado los alcances de la Revolución. Don Cornelio Saavedra, que de él estamos hablando, había dicho al Virrey Cisneros que “no queremos seguir la suerte de España ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos”.

¿“Reasumir nuestros derechos”? ¿Qué “derecho” tenía Saavedra otro que la fuerza que le daba el hecho de ser comandante honorario de una milicia como representante de una de las principales familias de comerciantes del Alto Perú? ¿Qué “derecho” podía invocar sobre todo el (mal llamado) Virreinato del Río de la Plata una Junta reunida contra derecho y designada —bajo amenaza— por un ayuntamiento municipal? Vemos aquí ecos de Rousseau, de Locke… o, si se prefiere, de un Suárez, mal enseñado por los clérigos ilustrados de Charcas y confusamente asimilado por sus discípulos criollos (¡en ningún lugar de toda su obra Francisco Suárez justifica la secesión!).

El siguiente párrafo merece que lo tratemos por separado:

En efecto, como consecuencia de la Conferencia de Bayona en 1808, Carlos IV y Fernando VII habían entregado España y los reinos americanos al despotismo de José Bonaparte, facilitando además la invasión napoleónica. Sin embargo, tanto en la Península como en el Nuevo Mundo, los pueblos —suponiendo que Fernando había actuado bajo presión— formaron Juntas a su nombre —“Por Dios, por la Patria y el Rey” como se decía— para resistir a los franceses.

Efectivamente podemos sintetizar los hechos de esta manera. Sin embargo, es un poco curioso el tiempo que se tomaron los americanos para formar Juntas… Pero, además, las Juntas que se conformaron siguieron el modelo que aquí, de este lado del Atlántico, tuvieron las primitivas, con la participación de los principales cabildeantes, el virrey y demás autoridades civiles y eclesiásticas. Lo que no fue el caso de Buenos Aires, donde expresamente se hizo de otra forma.

La Junta Central de Sevilla se atribuyó por aquel entonces el gobierno de América, aunque no tenía títulos legítimos para pretender nuestra obediencia, ya que las Indias eran autónomas y sólo al Rey debían fidelidad (como había dispuesto en 1519 el Emperador Carlos V).

Esto no es tan así. Hay varias afirmaciones en esta oración que deberían ser matizadas. En efecto, las Indias —o América como ya se las denominaba desde el siglo XVII— debían fidelidad sólo al Rey. Pero éste gobernaba a través de los funcionarios por él nombrados y las instituciones creadas al efecto. El caso de los Reinos de Indias es totalmente asimilable al de los demás reinos de las Españas. La Junta Central vino a unificar —en tiempos extraordinarios, como son los de guerra, con una enorme proporcion de la Península Ibérica bajo control napoleónico— el gobierno de las Españas. Y, para ello, independientemente de cierta terminología equívoca utilizada (como el hablar de “nación española”), esa Junta Central llamó a los ayuntamientos americanos a nombrar representantes a Cortes.

En realidad, dicha autonomía ya venía siendo atropellada por los Borbones desde su llegada a la Corona en 1713, y los americanos temían que las autoridades peninsulares y quienes a ellas respondían —como el Virrey Cisneros en Buenos Aires o el Gobernador Elío en Montevideo— siguieran cercenando nuestros fueros o negociando la libertad americana frente a Napoleón, los ingleses o los portugueses.

Aquí encontramos una de las paradojas del revisionismo nacionalista argentino. Se acusa a los Borbones de todo tipo de iniquidades —desde la supresión de la Compañía de Jesús (que el tiempo daría la razón) hasta la Ordenanza de Intendentes (que nunca llegó a efectivizarse del todo y los hechos históricos de 1810, con el papel protagónico de los cabildos, lo demuestran)—, pero al mismo tiempo se reivindican otras medidas quizá mucho más “anti-tradicionales” como la creación del Virreinato del Río de la Plata, unificando una provincia marginal del Virreinato peruano como la de Buenos Aires (y Asunción, juntas o separadas según la ocasión), con las más ricas y rivales del Tucumán y el Alto Perú (subordinándolas a aquélla) y la de Cuyo (que dependía directamente de Chile).

Por eso, cuando en mayo de 1810 se supo en el Río de la Plata que aquel organismo —la Junta Central— había desaparecido, y que toda España —excepto la Isla de León— estaba ocupada por los ejércitos del Gran Corso, los vecinos principales de Buenos Aires presionaron para deponer al Virrey y lograr el autogobierno.

Es decir, se provocó una Revolución. Hablemos claro.

Como magistralmente dice el Dr. Garralda: “Las primeras Juntas (no digo gobiernos) no fueron un acto de fidelidad al Rey, y menos fidelidad heroica. Existía otra manera de retomar la tradición política hispana frente a unos Gobiernos absolutistas que se habían alejado de ella, como mostraron el Reino de Navarra resistiéndose al absolutismo, los realistas renovadores peninsulares, y después el Carlismo.” No estamos proponiendo una alternativa histórica teórica o ideal (como proponía en la ficción un libro del Dr. Beccar Varela), sino una opción bien concreta que se vio plasmada en la Península, frente a los “revolucionarios” que también allí quisieron “lograr el autogobierno” —los liberales gaditanos, los que luego se exiliaron en París o Londres, los que volvieron en el Trienio o los que finalmente regresaron (para quedarse) con la reina Cristina—. En cualquier caso, y para terminar por ahora con el comentario, los gobiernos “autonómicos” americanos no tenían ninguna razón de existir tras el regreso de Fernando VII en 1814.

Así formamos el Primer Gobierno Patrio, sin romper los vínculos con Fernando VII (uno de los que votaron por la destitución del Virrey, el célebre Padre Chorroarín emitió su voto diciendo que lo hacía “Por Dios, por la Patria y por el Rey”), en la esperanza de que vuelto al Trono respetara nuestra libertad, aunque preparándonos también para la Independencia si España se perdía definitivamente en manos de Napoleón o si Fernando regresaba como monarca absoluto y centralista.

Hablar de “Primer Gobierno Patrio” es en sí una petición de principios, puesto que supone que no había Patria antes del 25/V/1810. Lo cual es un sinsentido. La Patria eran las Españas, en su pluralidad de reinos y provincias en Europa, América y Asia. Lo que se crearía, en todo caso, serían naciones, pero naciones-Estados según el modelo ilustrado decimonónico. ¿Qué diferencia esencial —en sentido metafísico— existe entre la República Argentina, la República Oriental del Uruguay, el Estado Plurinacional de Bolivia o la República Chilena? Pues no lo hay. Sólo hay unos límites de un territorio definido por la fuerza (por los hechos consumados, la guerra y/o la ley positiva), sometido a un Estado-nación, que gobierna (o desgobierna, la mayoría de las veces) desde una capital.

¿Desde cuándo los súbditos pueden poner “condiciones” para no independizarse? Aunque Fernando VII hubiese sido el peor monarca de la historia, absolutamente déspota y centralista, la independencia no queda justificada. Si llevamos este “principio” (que el nacionalismo revisionista usa como justificativo) a su aplicación efectiva como base fundante de la República Argentina, entonces justificaríamos cualquier secesión sobre la base de que, sucesivamente, hemos tenido en el Sillón de Rivadavia a malos gobernantes, corruptos y anticristianos en sus leyes (de una manera que a Fernando VII, en el peor de sus días, no se le hubiese siquiera cruzado por la mente). ¿No nos damos cuenta que al quebrar la unidad de la Patria hemos puesto dinamita bajo los cimientos de nuestras republiquetas? No hay que hilar muy fino en la historia para comprobar que el quiebre de la unidad política de las Españas introdujo el germen de la discordia y la guerra fraternal entre americanos, rompiendo varios siglos de una “pax hispana” conservada casi sin ejércitos ni policías sino por la simple existencia de la figura de un Rey que, a pesar de todos sus muchos defectos humanos, era padre de su pueblo.

El primer gobierno patrio fue pues, un acto de fidelidad heroica a un Rey que no merecía ya nuestro vasallaje, a la vez que una medida prudente para preparar la posible independencia.

¿“Fidelidad heroica”? Lo dicho por el profesor Garralda. ¿“Que no merecía ya nuestro vasallaje”? La doctrina católica tradicional, aún cuando puede llegar al extremo (discutido) de admitir la rebelión contra leyes injustas o contra un Rey herético, la deposición y, hasta, el magnicidio en casos de extrema necesidad, nunca ha admitido la secesión ni la supresión de la Corona como institución.

Autonomía respecto de la España peninsular, defensa frente a Napoleón y fidelidad a los valores de la Tradición, esos fueron los móviles de la Revolución de Mayo en protagonistas como Don Cornelio Saavedra o el Padre Chorroarín y en la interpretación posterior de otros patriotas que tuvieron relevancia tanto en aquellos hechos como en la Declaración de la Independencia. Me refiero a próceres de pensamiento tradicional y católico como Don Tomás Manuel de Anchorena o el Padre Castañeda.

Sobre esto ya hemos hablado más arriba. Sólo nos resta repetir que el status clerical no previene contra una mala doctrina, especialmente en temas de ética política de más ardua disquisición para el no especialista. De hecho, como hemos dicho en este bloc de notas en una ocasión en general y en otra, en forma particular, el papel de los clérigos en la Revolución fue de primer orden. Tanto fue así, que el revolucionario y agente británico Miranda llegó a afirmar que el Cuartel General de la Revolución Americana estaba en los Estados Pontificios —en referencia a muchos ex jesuitas allí exiliados—.

Quienes quisieron desviar la Revolución de Mayo de ese camino, como Moreno o Castelli —instaurando un terrorismo jacobino, propiciando o tolerando el libertinaje y la impiedad religiosa, negando los derechos de las provincias, cediendo a las pretensiones británicas— fueron apartados sin contemplaciones.

¿En serio? ¿Cuándo? ¿en qué momento? ¿Fueran “ésas” las razones por las que fueron “apartados sin contemplaciones”? ¿O fue, más bien, el fruto de luchas políticas entre los sectores o partidos que se disputaban el poder revolucionario?

Es lo que se desprende del epistolario de Don Cornelio Saavedra. En carta a Chiclana del 15 de enero de 1811, decía el Presidente de la Primera Junta: “El sistema robesperriano que se quería adoptar (…), la imitación de revolución francesa que intentaba tener por modelo gracias a Dios que han desaparecido (…). Los pueblos deben comprender ya que la Ley y la Justicia son únicamente las reglas que dominan: que las pasiones, los odios y particulares intereses eran (…) diametralmente opuestas al ejercicio de las virtudes”. Por su parte, en carta a Viamonte del 17 de junio de 1811 sostenía: “¿Consiste la felicidad general en adoptar la más grosera e impolítica democracia?” —es decir, no una sana aplicación del “principio democrático”, sino una democracia relativista y demagógica— “¿Consiste en que los hombres hagan impunemente lo que su capricho o ambición les sugiere? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar?” —como sucedió con el fusilamiento de Liniers o las tropelías cometidas por los hombres de Castelli en el Alto Perú— “¿Consiste en la libertad de religión?”, es decir en el indiferentismo y el secularismo. “Si en eso consiste la felicidad general, desde luego confieso que ni la actual Junta provisoria, ni su presidente tratan de ella; y lo que más añado que tampoco tratarán mientras les dure el mando”.

¿Son éstas palabras de un tradicionalista o de un conservador, de un “girondino”, de un “conservador de la Revolución” —según la genial definición de Balmes—? Lo dicho. ¿Por qué el saavedrismo —que contaba con el principal apoyo militar y con el de los caudillos orilleros— esperó para actuar todo el tiempo que esperó y, mientras tanto, convalidó todo lo actuado por Moreno, Castelli, Belgrano, etc.?

La Revolución de Mayo desembocó finalmente —luego de seis difíciles años— en la Declaración de la Independencia.

Éste es uno de los favoritos del nacionalismo revisionista. La independencia no fue buscada sino que fue una trágica e inevitable eventualidad a la que llevaron las leyes inexorables de la historia. Para ello debe negar la existencia de la llamada “máscara de Fernando VII” —los vivas al Rey que hipócritamente cubrieron los primeros años de la Revolución— y toda la enorme documentación que existe al respecto. Como hemos dicho más arriba, siguiendo al Prof. Garralda, la independencia no era la única alternativa. Como hemos dicho en algún momento, el 9/VII/1816 significó no la independencia, sino “el abandono del cálido hogar paterno hispánico en búsqueda de utópicos ideales revolucionarios, según expresa nuestro himno nacional, para acabar en el chiquero donde se mezclan lo peor del liberalismo anglosajón y europeo continental”. A pesar de los cambios realizados a dicho himno, lo fundamental quedó: “¡Oíd, mortales!, / el grito sagrado: / ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! / Oíd el ruido de rotas cadenas / ved en trono a la noble Igualdad. /…”

Fueron la religión, el orden, la justicia, la tradición, las libertades concretas, los valores que presidieron a los más esclarecidos de nuestros patriotas. No el laicismo, el igualitarismo, el espíritu revolucionario o las “libertades de perdición”, como llamarían los Papas del siglo XIX a los falsos derechos surgidos de las revoluciones liberales —y que encandilaban a la facción “ilustrada” del bando patriota—.

Pues eso no es lo que la historia ha plasmado. Ni siquiera en nuestros símbolos. Eso no es lo que recoge nuestro himno ni nuestro escudo nacional. ¿No será que la facción “tradicional” no existió realmente?

Con justa razón afirmaba en 1819 el Padre Castañeda —uno de los líderes de nuestra Independencia—: “no nos emancipemos con deshonor como rebeldes, forajidos y ladrones, sino con el honor correspondiente a los que hemos sido hijos y vasallos de la corona. Motivos hay muy justos para separarnos, sobran las razones para la emancipación: la ley natural, el derecho de gentes, la política, y la circunstancias todas nos favorecen (…) La piadosa América cuando determina emanciparse no es sino para renovar su juventud como la del águila, (…) para ser el emporio de la virtud, el templo de la justicia, el centro de la religión y el ‘non plus ultra’ de la hidalguía, de la nobleza, de la generosidad y de todas las virtudes cívicas”.

Las palabras de Castañeda muestran un interesante tono poético, donde se percibe claramente la confusión imperante en el clero, aún en el más conservador como es el caso. Ya lo hemos dicho antes, ¿hay “motivos… muy justos para separarnos” o “las razones [que sobran] para la emancipación”? ¿Qué motivo hay más alto que el bien común de la Patria para justificar su ruptura? Se nos ocurre, tal vez, el caso de un soberano que obligara a todos sus súbditos a apostatar. Y aún en ese caso habría que analizar si no hay ninguna otra alternativa. Pero, en cualquier caso, no era ésta la situación de América en 1810.

Es nuestro deber como cristianos y como argentinos no dejar que nos falsifiquen la historia, que nos roben la memoria colectiva, que nos oculten el ejemplo de nuestros arquetipos. Los Padres de la Patria independiente nos han marcado el camino. Forjar una Nación justa, una Nación libre, una Nación cristiana, fieles a los principios de la Hispanidad. Tenemos fueros limpios. Seamos fieles a esa herencia.

El autor habla de “nación”, término por demás equívoco para referirlo a nuestros países americanos. El término tradicional “nación” (del lat. nātĭō) hacía referencia a raza e idioma. ¿Qué diferencias concretas de lengua o raza existen entre la República Argentina o la del Perú, o aún, con la de Federal Mexicana? Sólo podemos pensar en la idea moderna e ilustrada de “nación”, que no es otra que la de “nación-Estado”, que viene a reemplazar la figura del Rey por un “aparato” burocrático, una entelequia legal auto-constitutiva (autonómica en sentido etimológico) que, en última instancia, se justifica por la “voluntad general” revolucionaria, para imponer la ley positiva, creada ex nihilo, en un territorio determinado y delimitado.

Compartimos con el autor, sin embargo, de cuya buena voluntad no dudamos, los deseos de fidelidad a la herencia hispánica. Pero, siguiendo a Castellani, decimos que tenemos el deber de “pensar la Patria” y de “hacer verdad”. Y esto implica reconocer que las republiquetas americanas son inviables en su actual situación. No sólo económicamente, sino también cultural, social y políticamente. Y que éste es un vicio de origen: nuestro pecado original de impiedad, perjurio y traición.

Fuente: http://biblio18de4.blogspot.com.ar 




lunes, 26 de marzo de 2012

San Martín y la masonería: Profundizando


Ya nos hemos referido aquí a la pertenencia masónica de José de San Martín y de su Logia Lautaro. Pero como el mito nacional-católico sigue dando vueltas, al menos por la Internet dado que la historiografía más o menos seria ya no lo sostiene y, además, porque lo habíamos prometido, profundizaremos un poco más en el asunto.

Ya hemos señalado, también, que el yerno de San Martín, Mariano Balcarce, según confirma en carta a Mitre (del 30 de noviembre de 1860), evitó entregar todos los documentos que se referían a la pertenencia de su suegro a “la masonería y demás sociedades secretas”. Es por esta razón que Bartolomé Mitre evita en su conocida biografía referirse al tema; y  no, como sostiene el mito nacionalista, porque SM no fuese masón. Recordemos que es obligación de todo masón no divulgar los nombres de los miembros de la secta, especialmente si éstos se han negado expresamente a ello. Y ahí tenemos la carta de Balcarce que “compromete” a su hermano de Orden.

Otro argumento que se da como “definitivo” para sostener el mito es el de las respuestas que Patricio Maguire habría recibido de tres grandes logias británicas. Se dijo, al presentar las mismas, que “cabe acotar que esta Gran Logia [Unida de Inglaterra] es considerada por todos los masones, como la Gran Logia Madre del Mundo y en sus registros consta toda la información relativa a los hermanos masones de todos los países vinculados a ella, incluida la Argentina”. Oración en la que encontramos tres mentiras y varias inexactitudes; demostrando que por muy “experto” en Masonería que fuese Maguire, desconocía por completo la organización de la misma, tanto en el pasado como en el presente, y su variedad de obediencias y ritos.

Por lo tanto, si es muy posible que Mariano Balcarce destruyera esos documentos a los que nos referimos antes y si es también posible que se haya perdido la documentación que pudieran conservar las logias a las que perteneció SM, nos quedan sí muchos indicios.

1) En las “normas para la educación” de su hija Mercedes incluye varios artículos de clara referencia masónica, como el 6º, en el que se pide “acostumbrarla a guardar un secreto”, o el 7º sobre “inspirarla sentimientos de respeto hacia todas las religiones”. ¿Por qué tanta preocupación por el guardar “un secreto”? ¿cuál? En cuanto al “respeto hacia todas las religiones” no tendríamos nada que objetar, excepto por la preocupación que denota el “Libertador” sobre ello, la tan famosa tolerancia religiosa masónica, en la educación de ¡su hija!

2) Las cartas de SM al general británico William Miller, su amigo y antiguo camarada, cuya pertenencia a la masonería es conocida, están llenas de estos indicios. En la del 16 de octubre de 1827, SM reconoce que asiste a las reuniones en los salones de la Sociedad de Comercio de Bruselas donde “trabajaba” la Logia “Partaite Amistié” —la misma que acuñó una famosa medalla que regaló a SM en 1825 y éste conservó hasta su muerte ¡veinticinco años después!—. O aquella otra misiva de 1838 donde le dice enfáticamente: “No creo conveniente hable usted lo más mínimo de la logia de Buenos Aires; éstos son asuntos enteramente privados y que aunque han tenido y tienen una gran influencia en los acontecimientos de la revolución de aquella parte de América, no podrán manifestarse sin faltar por mi parte a los más sagrados compromisos.” Comentarios al margen: ¿A qué “logia de Buenos Aires” se refiere? ¿a la Logia Lautaro? ¿Pero, entonces, por qué habla en tiempo presente si (supuestamente), en 1838, ya se había disuelto? Supongamos que se refiere a sus fines (ya sabemos que para el mito nacionalista, la Logia Lautaro tenía como único fin la traic… decimos, la independencia); ¿entonces por qué deben aún guardarse sus secretos 14 años después de Ayacucho? Finalmente, ¿de qué “asuntos enteramente privados” habla si la independencia es algo bastante público?

3) La correspondencia de SM con Juan Martín de Pueyrredón. Como la del 10 de septiembre de 1816, en la que dice: “El establecimiento de matemáticas será protegido hasta donde alcance mi poder. El nuevo secretario Terrada es también matemático y por consiguiente ayudará.” En la del 2 de noviembre, SM se refiere al envío de Castex “a Salta con el designio de persuadir a Güemes de la necesidad de que se dedique al estudio de las matemáticas para mejor conocer el terreno en que ha de hacer la guerra”. En otra esquela, del 3 de marzo de 1817, le pide SM a Pueyrredón que le envíe a Guido “por ser conocedor de las matemáticas”. No hay que ser demasiado inteligente para darse cuenta que “matemático” es un nombre clave por masón y “matemáticas” por masonería. 

Y si queda alguna duda, la del 9 de octubre del ’16 debería sernos suficiente: “Omita siempre en sus cartas poner la letra h.∙. [por “hermano”, con los tres puntos masónicos que se utilizan para abreviar] con que acostumbra a concluir: basta con un . [un punto] pour eviter qu’une surprise donne lieu a des soupcons [en francés en el original]”. Nótese que SM afirma que Pueyrredón, hasta ese momento, ha firmado sus cartas con los tres puntos masónicos.

4) Toda el intercambio epistolar entre SM y el “Libertador” O’Higgins de 1817, especialmente las fechadas el 25 de marzo, el 17 de mayo, el 5 de junio y los días 3, 4, 27, 29, 30 y 31 de julio, la del 1º de agosto y la del 22 de septiembre. En todas ellas se habla textualmente de los h.∙. [“hermanos”, con los tres puntos masónicos].

No importa. Los nacionalistas católicos necesitan el mito. Aunque todo indique lo contrario, ellos seguirán afirmando que San Martín no fue masón. Por nuestro lado, confirmamos nuestro compromiso con la verdad, aunque duela. Amicus Plato, sed magis amica veritas.

Estudio del simbolismo masónico de la tumba original de José de San Martín
 en Brunoy (Francia) antes de su traslado a Buenos Aires en 1880.
[Fuente: Antiguo sitio de "Ciudadanos Alertas"  http://www.geocities.org/ar/ciudadanosalerta.]

viernes, 23 de marzo de 2012

Olañeta: El maldito de la historia liberal



Pedro Antonio de Olañeta y Marquiegui nació en Elgueta (Vizcaya) en 1770 en el seno de una familia humilde. A los dieciséis años emigró con sus padres y hermanos a América, residiendo alternativamente entre Potosí y Salta.

Como muchos otros vascos que emigraron a fines del siglo XVIII, los Olañeta se dedicaron al comercio. Y lo hicieron bien. Pronto abrazaron una importante fortuna y pudieron hacerse un lugar entre la clase acomodada de Salta del Tucumán. Por su parte, Pedro casó con una prima suya; hermana del jujeño Juan Guillermo Marquiegui, el futuro coronel realista del que en algún otro momento nos ocuparemos.

Para cuando tuvo lugar la Revolución de Mayo de 1810, Olañeta conducía su estancia y sus hombres como un verdadero caudillo. Como otros, cayó en las redes de la propaganda de las ideologías y pensó, por un momento, que —como decía— la Revolución porteña se hacía en nombre del Rey preso de Napoleón.

Sin embargo, pronto comprendió la mentira de los “patriotas” y sus fines independentistas y pro-británicos, volcándose entonces por el bando “realista”. Con sus fieles, el caudillo Olañeta se puso bajo las órdenes de José Manuel de Goyeneche —un criollo— y participó en la campaña de defensa del Alto Perú contra la agresión porteña.

Con sus gauchos, Olañeta operó principalmente en lo que posteriormente sería Provincia de Jujuy (en ese entonces parte de Salta), destacándose por su arrojo y fidelidad al Rey.

En 1817 logró ocupar San Salvador, hasta que fue rechazado por las bestiales huestes de Martín Miguel de Güemes y sus métodos terroristas. Retirándose entonces hacia el Alto Perú, Olañeta quedó al mando de Joaquín de la Pezuela y sus hombres fueron organizados como regimiento, con él como coronel.

Posteriormente, fue ascendido a general de brigada y, bajo las órdenes de José de la Serna, hizo las campañas de 1821 a 1823. Pero cuando se hicieron evidentes las intenciones traicioneras de los liberales, se enfrentó a La Serna y se convirtió en el único “Defensor del Altar y el Trono” —como él repetía— .

Perseguido por los traidores que arteramente dominaban sobre la mayoría del otrora fiel ejército realista, se puso en contacto con Bolívar y sectores “patriotas” conservadores. Al menos, pensaba, aseguraría un refugio para los verdaderos fieles al Rey —los “absolutistas”, como los tilda la historia liberal—.

Tras recibir noticias de la liberación del Rey por parte de las fuerzas realistas de la Península y la anulación del monarca de las leyes liberales, el 15 de enero de 1824, el Gral. Pedro Antonio de Olañeta decide resistir a los jefes liberales del virreinato peruano. La rebelión se extiende entre toda la tropa realista el 22.

Olañeta intima al gobernador intendente de Potosí, José Santos La Hera, para que ponga a su disposición su guarnición de 300 hombres. En un primer momento, La Hera resistió con sus hombres en la Casa de Moneda potosina; aunque, evitando el enfrentamiento, entregó sin combatir sus tropas a Olañeta a cambio de un salvoconducto para sus oficiales y él mismo.

Luego, se dirigió a Chuquisaca (Charcas), donde intimó al presidente de la Real Audiencia, Rafael Maroto, a entregar la guarnición y la ciudad. Lo que éste hizo, refugiándose en Oruro.

Los liberales del virreinato peruano, al mismo tiempo que negociaban con facciones “patriotas” que les eran afines con el fin de independizar Perú, envían a Jerónimo Valdés desde Arequipa para perseguirlo. El 9 de marzo del ’24, Valdés y Olañeta se entrevistan en Tarapaya, en las afueras de Potosí.

El jefe “absolutista” exige la deposición de los gobernadores La Hera y Maroto, y demanda el control del Alto Perú en vistas a su futuro nombramiento como Virrey del Río de la Plata, según se le había informado desde España. Para ganar tiempo mientras José Canterac negociaba en secreto con los republicanos peruanos en nombre de la facción liberal del realismo peruano, Valdés accede a lo que le pide Olañeta. Por su parte, éste asistiría con dinero a Cuzco para resistir a los insurgentes y daría apoyo con sus tropas en caso de un desembarco “patriota” en Iquique o Arequipa.

Pero los liberales no pretendían cumplir. Valdés nunca desocupó Cochabamba ni La Paz. Y, tras la sublevación del Callao que permitió la reocupación realista de Lima, el Virrey peruano se sintió fuerte y envió tropas de refuerzo a Valdés, que estaba en Oruro.

Enterados de los nuevos vientos que soplaban en la Península Ibérica, los liberales se hicieron entonces “absolutistas”. La Serna suprimió el régimen constitucional en el Perú, pero exigió sumisión a Olañeta. Éste que sabía de las verdaderas intenciones del Virrey limeño, se negó, por lo que Valdés recibió órdenes, el 4 de junio de 1824, de usar la fuerza en el Alto Perú.

Muchos antiguos prisioneros insurgentes, incluyendo un importante contingente de argentinos, se unieron a Olañeta para resistir a los liberales de Valdés. Los “absolutistas” altoperuanos contaban, además, con el apoyo del Cnel. Marquiegui y del Cte. José María Valdez, “el Barbarucho”, que defendían Chuquisaca, y con el Brig. Francisco Javier Aguilera, que resguardaba Cochabamba. En total, unos cinco mil hombres defenderían al Rey en el Alto Perú.

Frente a ellos, lo mejor del Ejército Real del Perú, dividido en dos columnas: una al mando de Valdés contra Chuquisaca y otra, dirigida por Carratalá, contra Potosí. Junto a los jefes liberales, oficiales famosos (o que lo serán posteriormente) como Valentín Ferraz, Cayetano Ameller, José Santos La Hera y Rafael Maroto.

El 20 de junio, Olañeta da a conocer un Manifiesto a los habitantes del Perú donde denuncia la doblecara de los constitucionales que hoy lo acusan de traidor, cuando él solo defendió en todo tiempo los derechos del Rey. Si había guardado lo convenido en Tarapaya, explica, fue para evitar “una guerra desoladora”. Pero ahora debía resistir.

Ocho días después del manifiesto, Olañeta salió de Potosí con destino a Tarija. Poco después, el Barbarucho desocupaba Chuquisaca ante tropas muy superiores en número. Valdés entró en la capital de Charcas el 8 de julio y, en nombre del Virrey, nombró al Cnel. Antonio Vigil como presidente de la Audiencia y al Gral. Carratalá como gobernador intendente de Potosí.

El 12 de julio, en Tarabuquillo (Tomina, Chuquisaca), Barbarucho resistió a la caballería de Valdés. El caudillo salteño de la larga barba colorada, al frente de tan sólo 350 hombres, venció a los 4000 de Valdés (incluyendo 800 de caballería). Pero al día siguiente, se produce la traición de Ignacio Rivas, que, al frente del 2º Escuadrón de Dragones de la Frontera, se pasa a las fuerzas peruanas liberales.

También el 13 tiene lugar una verdadera operación comando. Un pequeño escuadrón de 70 Dragones de Santa Victoria, saliendo del pueblo de Puna, a las órdenes de Pedro Arraya, Juan Ortuño y Felipe Marquiegui, entran por sorpresa en Potosí, capturan a Carratalá y se lo llevan prisionero.

El 26 de julio, Valdés se presenta con su poderoso ejército en el pueblo de San Lorenzo (en las afueras de Tarija), exigiendo al comandante Bernabé Vaca la entrega de la guarnición y de su prisionero, Carratalá. Poco días después, cae Tarija; pero Olañeta logra escapar.

Barbaducho, al mando del Regimiento Unión, parte hacia Suipacha; mientras que el Cnel. Carlos Medinaceli, con los regimientos de Cazadores y de Chichas, van con dirección a Santiago de Cotagaita. Por su parte, el Cnel. Francisco de Ostria, al frente del Regimiento de Dragones Americanos, parte a Cinti (hoy Camargo), y Olañeta, con dos escuadrones de la guarnición de Tarija, logra recuperar esta ciudad el 5 de agosto y recobrar algunos desertores.

Pero mientras Olañeta recuperaba Tarija y Francisco López (subordinado de Aguilera) tomaba prisionero al traidor de Rivas en La Laguna, su cuñado Marquiegui caía prisionero de Valdés en Santa Victoria (Salta). Por la noche, el Barbarucho, con sólo 250 hombres, sorprende a Carratalá, con más de 700, capturándolo y llevándose dos cañones y centenares de caballos, mulas, fusiles y pertrechos.

Mientras Valdés regresaba de Santa Victoria (Salta) con dirección a Tupiza, Olañeta hostilizaba su retaguardia. El 13 de agosto se produce el combate de Cazón, un gran éxito del Barbarucho, tomando numerosos prisioneros y rescatando al coronel Marquiegui. Al día siguiente, en Cotagaitilla, nuevamente los realistas peruanos sufren un duro golpe. Y, poco después, en La Lava, son nuevamente alcanzados por el heroico Barbarucho, muriendo Cayetano Ameller en la refriega. Pero este caudillo “absolutista” era demasiado arrojado, hasta la imprudencia, y en el amanecer del 17, cae prisionero junto con todo su batallón. Frente a los 2000 hombres que Valdés había perdido desde que abandonara Salta, los 350 hombres del Barbarucho no eran tantos; pero para Olañeta eran decisivos. Con esta pírrica victoria, Jerónimo Valdés encontraba ahora despejado el camino hasta Chuquisaca.

Tras la batalla de Junín el 6 de agosto, el ejército realista del Perú comienza a tambalear y Valdés recibe la orden de trasladarse en forma urgente al Cusco. Valdés envió al comandante Vicente Miranda para negociar el fin del conflicto. “¡Basta de sangre!” eran las hipócritas palabras del jefe liberal peruano, a la vez que le ofrecía quedarse con el mando del Alto Perú hasta el río Desaguadero y liberar a todos los prisioneros. A cambio, pedía a Olañeta disponer de una fuerza de dos mil infantes y quinientos caballos a disposición de Lima, en caso de que fuese necesario frenar el avance de Bolívar.

En el parte de Bolívar del 13 de agosto, dice de este ejército realista del vizcaíno fiel que era “verdaderamente patriota y protector de la libertad”. Por su parte, el liberal Espartero, acusó a Olañeta de infame y traidor, y de querer unirse a los insurgentes de las Provincias del Río de la Plata.

Nuevamente Valdés incumplió su palabra. Mientras que Olañeta liberaba a sus prisioneros, el primero se llevaba los suyos al Perú. En el viaje, el Barbarucho y el capitán Francisco Zeballos lograron escapar.

En octubre, el general revolucionario José Miguel Lanza, que gobernaba un “republiqueta” en las montañas de Ayopaya, reconoció la autoridad de Olañeta.

No fue, como dice la historiografía oficial, la batalla de Ayacucho el fin de la presencia realista en América del Sur. Olañeta continuó resistiendo, fiel a la Corona y a la Tradición española, con base en Potosí.

En un primer momento Olañeta buscó cooperar con Pío Tristán, quien había desconocido la capitulación de La Serna y asumía como virrey del Perú. Pero, eventualmente, también Tristán se acogió a la capitulación de Ayacucho, dejando a Olañeta nuevamente solo.

El líder insurgente Antonio José de Sucre ofreció a Olañeta que, si se pasaba al bando republicano, le dejarían el mando sobre todo el Alto Perú. El líder “absolutista” se negó —si él gobernaba el Alto Perú, lo hacía únicamente como representante del Rey; no estaba en su espíritu el coronarse dictador de una republiqueta—, pero, en cambio, propuso la firma de un armisticio.

Sin embargo, los intereses de la minería británica no iban a permitir un Alto Perú en poder realista y tradicional. Traicionando el pacto, por órdenes de Bolívar, cayó La Paz el 29 de enero de 1825 en poder insurgente —con ayuda de Lanza, nuevamente traidor pasado al bando “patriota”—.

Perseguido desde el norte por el mariscal Sucre, que había cruzado ilegalmente el río Desaguadero el 6 de febrero, y cercado desde el sur por Juan Antonio Álvarez de Arenales con tropas venidas de las Provincias Unidas del Río de la Plata  —teóricamente neutrales—, Olañeta convoca un consejo de guerra en Potosí. Se vota por continuar la guerra y se envía a Medinaceli a Cotagaita y al Barbarucho a Chuquisaca, mientras que Olañeta parte a Vitichi, llevando consigo el Tesoro de la Real Audiencia —lo que quedaba de él; recordemos que el tesoro original había sido robado por la Junta bonaerense en 1810—.

Sucre ingresa en Potosí el 29 de marzo. Pero mientras tanto y ante un panorama de desesperación, la defección y la traición se apoderan de las fuerzas realistas. Casimiro Olañeta, sobrino del caudillo realista, mientras se dirigía a Iquique para comprar armas, se entrega a Sucre y lo pone al tanto de los planes de su tío. Por su parte, las tropas del Cnel. Medinaceli se sublevan y éste se acoge a la capitulación de Ayacucho, pasándose a los “patriotas”. Cayó así Cotagaita.

Enterado de la traición, Olañeta se pone en marcha para atacar a su antiguo subordinado. Mientras tanto, Medinaceli, habiendo recibido refuerzos de mercenarios “patriotas”, toma posiciones en el río Tumusla. El 1º de abril se produce el enfrentamiento. Olañeta, el invencible, es herido y cae al suelo, lo que provoca la desbandada de sus hombres —la mayoría de ellos indígenas agotados de años de guerra contínua—.

La batalla de Tumusla fue así uno de los últimos combates entre fuerzas regulares de lo que fueron las Guerras de la Independencia en América Española. Un día después de Tumusla, el valiente Olañeta, mientras se recuperaba de sus heridas, es asesinado vilmente por uno de sus hombres —pagado por las logias—.

Días después, el Barbarucho, José María Valdez, se ve obligado a rendirse en Chequelte, al frente de 200 hombres ya sin municiones. Sin embargo, Francisco Javier Aguilera continuará una resistencia de guerrillas durante unos años más.

Sin conocer el triste destino de su fiel general, el 12 de julio, el rey Fernando VII nombró a Pedro Antonio de Olañeta como virrey del Río de la Plata. Fue el reconocimiento póstumo del único que fue Siempre Fiel.