"Si la historia la escriben los que ganan, quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia."
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martes, 14 de agosto de 2018

Pastoral misionera


Salid al frente de esas gavillas de bandidos y bribones, presentad vuestros pechos al acero antes que condescender a un juramento que os hace perjuros para Dios y traidores a vuestro Rey, a vuestra Patria y a vuestra Nación.
No deis oídos a esos viejos de Susana, que nosotros conocemos muy bien, ni a esos jóvenes disolutos que tanto hemos favorecido. Ellos son unos necios atenienses y torpes espartanos que a cubierto de su ignorancia quieren aparentar los mismos nombres que deshonran. Os quieren obligar a ofrecer incienso a Baal, despreciando al Dios de Israel. ¡Ingratos! ¡Inhumanos! Ése es el pago que nos dais y que dais a vuestros padres. ¿Ése es el beneficio que queréis hacer a vuestra patria? Todo hombre depende naturalmente de Dios y del que lo representa. El nombre nada más de independencia es el más escandaloso. Huid de él hijos, como del infierno.
A cualquiera de nuestros súbditos que voluntariamente jurase la escandalosa independencia con pretextos frívolos y de puro interés propio lo declaramos excomulgado vitando y mandamos que sea puesto en tablillas. Si fuere eclesiástico lo declaramos suspenso y si alguna ciudad o pueblo de nuestra diócesis, le ponemos en entredicho local y personal y mandamos consumir las especies sacramentales y cerrar la iglesia hasta que se retractare y juren de nuevo la constitución española y ser fieles al Rey. Si alguno de vuestros hijos obedeciere a otro obispo que a Nos o a otros vicarios que los que Nos pusiéremos, u oyen misa de sacerdote insurgente o recibiere de él sacramentos, lo declaramos también excomulgado.

Hipólito Antonio Sánchez Rangel de Fayas y Quirós, obispo de Maynas (1820).

lunes, 1 de agosto de 2016

El Obispo Lué y Cornelio Saavedra

A propósito de nuestra entrada sobre el obispo Lué, nos ha llegado el siguiente comentario, con el que estamos muy de acuerdo.


Está muy claro que Cornelio Saavedra en sus memorias quiso aniquilar moralmente a monseñor Lué y Riega pintándolo como un energúmeno con un voto que era incluso contrario a la realidad americana, los españoles americanos llegaban a las mas altas esferas del gobierno. Y en el Río de la Plata tenemos un elocuente ejemplo, el Virrey don Jorge Vértiz era americano, había nacido en la Nueva España.

Pero no solo en el gobierno los americanos alcanzaban las mas altas jerarquías, en el Ejército el teniente general José La Mar era quiteño y también en la Iglesia, aquel obispo de Asunción que tanto luchó con los jesuitas para imponer el catolicismo en las Misiones, Fray Bernardino de Cárdenas, era americano hijo de dos conquistadores del Perú.

Y vayan estos tres nombres como ejemplo, se podrían citar centenares de ellos.

Y ahora dos palabras sobre Cornelio Saavedra. Como todos los revolucionarios, Belgrano y San Martín incluidos, Saavedra era un perjuro.


Había jurado defender y seguir la bandera española y fidelidad tanto a carlos IV como a su sucesor Fernando VII.

Este carácter de perjuro que nuestra historieta oficial jamás menciona nos demuestra su sentido del honor y moral.

Segundo el obispo Lué era militar de escuela y desde casi un niño había ingresado a un ejército profesional alcanzando a graduarse de Oficial Jefe, Sargento Mayor, después de largos años de servicio activo.


Saavedra era un comerciante o sea un representante de la aristocracia de la vara de medir porteña (Aunque este tendero era potosino).

Fue designado coronel por el voto de los soldados de su regimiento. Ese carácter plebiscitario y democrático es una burla al espíritu militar. Su única actuación bélica fue durante las invasiones inglesas.

Don Benito Lué y Riega estaba muy lejos del energúmeno pintado por Saavedra, un testigo totalmente imparcial, el capitán inglés Alexander Gillespie, hombre cuya perspicacia queda reflejada en las atinadas y profundas observaciones que nos ha dejado en su obra, conocida entre nosotros como "Buenos Aires y el Interior".


Gillespie que evidentemente estuvo a cargo de la inteligencia del invasos nos dice al respecto "Esa cabeza de la Iglesia había alcanzado en sus primeros días el grado de mayor en los ejércitos españoles.... Estaba dotado además con una figura elegante, con una amabilidad que inspiraba confianza y un modo de decir las cosas que intrigaba, para lo que estas cualidades eran auxiliares muy útiles".

Como se ve monseñor Lué y Riega era una persona de gran valía, por eso se decidió aniquilarlo moralmente, paso previo para el definitivo aniquilamiento material, conseguido bajo el gobierno del Triunvirato manejado por Rivadavia, con la colaboración de un cura apóstata.

Es muy sintomático que rivadavia también hubiera hecho asesinar a Fray José de las Ánimas, único superior del clero regular que no juró fidelidad a la Corona Británica

Fray José y el Obispo fueron dos mártires de la religión y la lealtad a la Patria.

lunes, 30 de mayo de 2016

Un dominico chileno y realista: J. M. de la Torre (1777-1840)

Hace contraste, sin embargo, con la literatura revolucionaria, la prosa que empleó un periódico aparecido para defender los intereses del Rey de España durante los días amargos de la reconquista española [de Chile, después de Rancagua].

Nos referimos a la Gaceta del Rey, que dirigió el Padre dominico Fray José María de La Torre, nacido en Santiago el año 1777 y fallecido en la misma ciudad en 1840. Cuando Osorio, que fué un hombre culto y con ínfulas de letrado, abolió, durante la reconquista, diversas instituciones creadas por los patriotas, comprendió con un gesto lleno de claridad de visión que, para los propósitos sustentados por España, era necesario conservar la imprenta y aprovechar bien sus servicios en pro de la causa del Rey.

Los patriotas, antes de abandonar a Santiago, después del desastre de Rancagua, destruyeron la imprenta existente en la capital.

Con los restos tipográficos salvados de esta ruina, Osorio hizo publicar la Gaceta del Rey, que encomendó a la dirección sagaz e inteligente del Padre La Torre. Con licencia del Obispo Rodríguez Zorrilla, este religioso se hizo cargo de la publicación del citado periódico. 

Cuando salió la Gaceta del Rey, su director hacía las siguientes observaciones sobre los deberes del periodista:
«Su espíritu aún debe ser más agitado; pues él ha de discurrir acerca de toda clase de materias; ha de desengañar sin exasperar; ha de lidiar con todo un público, a quien es casi imposible contentar; ha de combatir con energía las opiniones sediciosas; ha de procurar unir y pacificar los ánimos disidentes; ha de pelear con la pluma por su rey, y con ella conquistarle multitud de corazones; ha de conciliar la verdad con los intereses de la política; ha de tener mucha lectura e instrucción en varias lenguas, tanto para traducir gacetas, como para otros empeños; ha de ser honrado, sigiloso, y de prudente cautela; ha de tener imaginación viva, estilo culto, pluma expedita, y en suma, debe ser tal que merezca la confianza del gobierno.»
El primer número de la citada publicación, cuyo redactor revela, a juzgar por las ideas citadas, una mentalidad amplia para su época y un espíritu cultivado, salió a luz el Jueves 17 de Noviembre de 1814, es decir, pocos días después de la entrada de los realistas a la capital con motivo de su triunfo en la batalla de Rancagua.

Comprendiendo el Padre La Torre que, para las ideas realistas, la mujer era an elemento útil y poderoso, les dirigió las siguientes frases, amables y cordiales y destinadas a penetrar en su psicología: 
«Chilenas, añadid la docilidad y la dulzura a los demás atractivos que os hacen tan apreciables. No se diga que la seducción os halló fáciles y el desengaño tenaces. No tenga más poder y más influencia en vuestro tierno corazón, la inconsideración, la rapacidad, la desenvoltura, que el honor, el juicio y la prudencia. Devoto llama la Iglesia a vuestro sexo; no lo desmintáis dando a entender que aprobáis las rapiñas, los sacrilegios, la descarada irreligión, si defendéis apasionadamente a sus autores. No ensuciéis vuestros bellos corales, invectivando con fiereza contra los amadores de la paz y de vuestros verdaderos intereses. Cesen del todo y para siempre las tertulias mordaces, las sediciosas canciones que pueden seros muy nocivas.»
Así el Padre de La Torre ganaba voluntades para la causa realista. Su acción habilidosa y tesonera, su conocimiento del carácter chileno, y su maravilloso espíritu de adaptación, hicieron de este escritor uno de los elementos de más valer de aquel tiempo. 

El postrer número de la Gaceta del Rey salió a luz el 21 de Enero de 1817. El triunfo definitivo de los patriotas, después de la jornada de Chacabuco y de Maipo, acabó con esta publicación que defendía la reacción colonial y en cuyas columnas se ostentó una prosa muy superior a la que exhibieron los escritores patriotas.  

Justo es reconocer ahora, cuando la distancia que nos aparta de esa época hace ver con imparcialidad a los hombres y las cosas de entonces, que el Padre de La Torre superó en ingenio literario, estilo y conocimientos a la mayor parte de sus contemporáneos, aún a Camilo Henríquez, padre del periodismo nacional. 

Ricardo A. Latcham, "La Literatura y la vida intelectual chilena después de la Independencia", en Escalpelo (1925).



lunes, 23 de noviembre de 2015

Mirada católica de la Revolución de Mayo... antes del "relato"

Nuestros padres, ya cuando se afanaban por organizar la república, y dar sólida base à las instituciones libres, como cuando conquistaban su independencia en los campos de batalla, cometieron muchos y muy graves errores. No puede negarse que las doctrinas políticas y sociales que prevalecieron entonces, y que fueron acogidas sin criterio por un entusiasmo irreflexivo, han influido no poco en sus estravios, y en las calamidades que han aflijido à estos paises. Discípulos de la filosofia del siglo XVIII, y sin otro evangelio que el ‘Contrato Social’, sus teorias revolucionarias contribuyeron poderosamente à romper todos los lazos de la subordinacion social.

La Relijión: Periodico de los intereses morales y relijiosos de la Republica Arjentina (dir. Félix Frías*), Nº 6, sábado 19 de septiembre de 1857.

*Aunque algunos "nacionalistas" no lo quieren a Frías, por su anti-rosismo, el hecho es que fue tenido, pacíficamente hasta hace poco, como un paladín de la defensa del catolicismo en la Argentina. Cf. R.P. Cayetano Bruno SDB, "Félix Frías", Mikael: Revista del Seminario de Paraná (), año III, Nº 9, 3º cuatrimestre de 1975.



viernes, 30 de marzo de 2012

Bicentenario, Revolución y Tradición


Hemos leído la nota intitulada “Bicentenario y Tradicionalismo”, que publica el bloc de notas Crítica Revisionista (8/III/2012), autoría del profesor Dr. Fernando Romero Moreno, y publicada originalmente en la revista “Ahora Información” (nº 105, VII-VIII/2010), con el título “Bicentenario de Mayo: explicación desde el otro lado del Océano”. Ya dicho artículo fue contestado de forma magistral en la misma revista por el profesor Dr. José Fermín Garralda Arizcun, bajo el título “Buenos Aires y la Revolución de 1810: Tradición o Revolución”, que puede leerse aquí, sin embargo nos gustaría hacer constar algunos comentarios propios glosando el texto del Dr. Romero Moreno—a quien, desde ya, abrimos las puertas para comentar, responder o aclarar lo que crea conveniente, si lo desea, tiene ganas y tiempo—.

A continuación, entonces, nuestras observaciones.

BICENTENARIO Y TRADICIONALISMO

Conocer y festejar los acontecimientos fundamentales de la historia patria es un honroso deber de justicia con nuestros antepasados y una grave responsabilidad respecto de las nuevas generaciones. Por eso es importante saber qué es lo que celebramos en esta jornada cívica.

Hay quienes han enseñado que los hechos del Año X fueron una copia de la Revolución Francesa —laicista y regicida—, una rebelión contra la Tradición religiosa y cultural heredada de España o un acto cómplice con las pretensiones colonialistas de Gran Bretaña. Lo cual complica el explicar un acontecimiento como este a hermanos españoles, con quienes compartimos los mismos ideales.

Antes de que empecemos a leer los tópicos del revisionismo nacionalista, justo es aclarar que entre “quienes han enseñado” esto, están los mismos protagonistas. Es decir, no se trata de un relato construido años después por liberales que pretenden llevar agua para su molino. Por ejemplo, Manuel Belgrano, como ya hemos visto aquí, afirmando que se vio inspirado por la Revolución Francesa. O, respecto a la complicidad con el colonialismo británico de los miembros de la Junta de Mayo, sólo habría que leer los nombres de los implicados en la fuga de Beresford o, como ya hemos hecho aquí (por ejemplo, en los casos de los oficiales Montague y Ramsay, del agente inglés Paroissien, del papel británico en la extraña muerte de Moreno, o de la gran estrategia británica, ), revisar la registrada participación de la flota británica en mayo de 1810 en las costas del Río de la Plata—hecho coronado con el izamiento de la insignia británica en el Fuerte de Buenos Aires el mismo 26/V/1810—.

Sin embargo, la buena voluntad de ambas partes puede ayudar a un diálogo fecundo, partiendo aquellos principios que nos unen: la fidelidad a la Religión Católica y a la Tradición de las Españas.

La buena voluntad se descuenta. Por supuesto. Pero ello implica, también, estar dispuesto a modificar un relato —como el revisionista nacionalista— que es insostenible ante la abrumadora cantidad de evidencias en contrario.

Como punto de partida dejemos centrado que existieron cuatro tendencias en torno a la Revolución de Mayo: dos impulsoras de la misma y dos contrarias. De las impulsoras, una fue de tendencia tradicionalista (Saavedra) y otra liberal (Mariano Moreno). De las contrarias, una fue igualmente tradicionalista (Abascal, Liniers, Elío) y otra liberal (Consejo de Regencia y Cortes de Cádiz). 

Se trata de una petición de principios. Dividir a la Primera Junta, y los gobiernos siguientes, en dos partidos —uno tradicionalista y otro liberal—, es una misión harto difícil y que implica hacer muchos supuestos y amputar los dichos y los hechos de muchos de sus protagonistas. Es curioso, por dar un ejemplo, que los defensores de la supuesta “tendencia tradicionalista” del saavedrismo tomen como argumento justificador de la Revolución de Mayo el dicho por Castelli (personaje paradigmático de la “tendencia liberal”) en el cabildo abierto del 22/V/1810; al mismo tiempo que desdeñan las explicaciones que hizo el propio Saavedra en su Memoria. Pero, además, ¿era tradicionalista Saavedra? Hemos visto que no. ¿Lo era el deán Funes, líder del saavedrismo? ¿puede serlo quien traicionó a Liniers y escribió en La Gazeta el justificativo de su asesinato? Pues ya hemos visto que el presbítero Funes había sido el principal impulsor de la reforma ilustrada de la Universidad y de la diócesis de Córdoba del Tucumán. ¿Acaso hubo alguna oposición significativa a lo dispuesto por el secretario Moreno —supuesto líder de la “tendencia liberal”— antes de que se produjesen simples luchas por el poder que fue lo que en realidad dividió a saavedristas y morenistas? El arcabuceo de Liniers, la publicación con dineros públicos de El Contrato Social de Rousseau, el destierro de Duarte (quien se atrevió a hacer públicas —y así arruinar— las veleidades bonpartistas de Saavedra), la puesta en práctica del Plan de Operaciones, etc. fueron todos hechos aprobados por la Junta, en forma unánime (excepto el Pbro. Alberti que se abstuvo en el caso de Liniers, pero que luego —misteriosamente— va a morir). ¿No será que, como hemos sostenido aquí, Moreno es el chivo expiatorio del revisionismo nacionalista?

Las razones por las que adherimos a la Revolución de Mayo en su tendencia tradicionalista encabezada por Don Cornelio Saavedra (Presidente de la llamada Primera Junta) es el objeto principal de estas líneas. Pero los principios religiosos y políticos de los que partimos nos hacen mirar con comprensión, simpatía y respeto la reacción contraria de Liniers, así como nos llevan a rechazar el “Mayo de Mariano Moreno” como el “Anti Mayo” del Consejo de Regencia y de las Cortes de Cádiz.

Si aceptamos esa división matricial de la historia de la Revolución de Mayo entre “patriotas” y realistas, atravesados transversalmente por el tradicionalismo y el liberalismo, obteniendo así “patriotas”-tradicionalistas, “patriotas”-liberales, realistas-tradicionalistas y realistas-liberales, claro que podemos hacer apreciaciones como ésa. Pero el problema es que para ello deberíamos comprobar la existencia de estos compartimentos estancos, en caso de haber existido.

Ciertamente, y como hemos repetido numerosas veces en este bloc de notas, el liberalismo infiltró las fuerzas realistas, desde arriba (Cádiz primero, Madrid después), desde abajo (por el contacto con la Francia revolucionaria primero y con la Gran Bretaña de la guerra napoleónica peninsular después) y desde afuera (por el contacto con los insurgentes americanos, especialmente durante las numerosas treguas locales y el comercio e intercambio entre los bandos cuyas “fronteras” no eran tan precisas como se puede creer). Así hemos visto a los que eventualmente terminarán traicionando la Causa en Ayacucho, enfrentándose a Olañeta o abandonando a su suerte a los pincherinos. Pero lo que importa, fundamentalmente, no es lo que personajes individuales puedan o no haber hecho, sino la justicia de la Causa de los que defendían el bien común político —la unidad de la patria y la fidelidad al Rey—, como excepcionalmente explica J. A. Ullate en su magistral libro Españoles que no pudieron serlo (de sospechosa nula distribución en nuestra América hispánica), frente a los intereses particulares y mezquinos de los que la historiografía posterior, asumiendo la propaganda bélica como punto de partida, llamó “patriotas”, por muy justos que hayan sido sus sentimientos de agravio, sus deseos de mayor representatividad, sus necesidades de mayor apertura del monopolio hispano, sus reivindicaciones frente a políticos afrancesados e iluminados en la Metrópoli… Cualquiera de estas causas, justas, justificables o entendibles, en su contexto, excusa del mayor bien, el bien común político, que es causa final de toda vida en sociedad, de cualquier sociedad política (o estado, si se prefiere un término de uso común aunque significado un tanto equívoco).

Como cualquier hecho histórico, la Revolución de Mayo obedeció a múltiples factores que no es posible reseñar en estos momentos. Es cierto que minorías iluministas y agentes ingleses quisieron aprovechar para oscuros propósitos la instalación de la Primera Junta, como lo hacían simultáneamente con los heroicos defensores de la Independencia española que combatían a Napoleón. Pero fue precisamente el Presidente de dicha Junta (principal protagonista de la gesta), quien se encargó de dejar bien sentado los alcances de la Revolución. Don Cornelio Saavedra, que de él estamos hablando, había dicho al Virrey Cisneros que “no queremos seguir la suerte de España ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos”.

¿“Reasumir nuestros derechos”? ¿Qué “derecho” tenía Saavedra otro que la fuerza que le daba el hecho de ser comandante honorario de una milicia como representante de una de las principales familias de comerciantes del Alto Perú? ¿Qué “derecho” podía invocar sobre todo el (mal llamado) Virreinato del Río de la Plata una Junta reunida contra derecho y designada —bajo amenaza— por un ayuntamiento municipal? Vemos aquí ecos de Rousseau, de Locke… o, si se prefiere, de un Suárez, mal enseñado por los clérigos ilustrados de Charcas y confusamente asimilado por sus discípulos criollos (¡en ningún lugar de toda su obra Francisco Suárez justifica la secesión!).

El siguiente párrafo merece que lo tratemos por separado:

En efecto, como consecuencia de la Conferencia de Bayona en 1808, Carlos IV y Fernando VII habían entregado España y los reinos americanos al despotismo de José Bonaparte, facilitando además la invasión napoleónica. Sin embargo, tanto en la Península como en el Nuevo Mundo, los pueblos —suponiendo que Fernando había actuado bajo presión— formaron Juntas a su nombre —“Por Dios, por la Patria y el Rey” como se decía— para resistir a los franceses.

Efectivamente podemos sintetizar los hechos de esta manera. Sin embargo, es un poco curioso el tiempo que se tomaron los americanos para formar Juntas… Pero, además, las Juntas que se conformaron siguieron el modelo que aquí, de este lado del Atlántico, tuvieron las primitivas, con la participación de los principales cabildeantes, el virrey y demás autoridades civiles y eclesiásticas. Lo que no fue el caso de Buenos Aires, donde expresamente se hizo de otra forma.

La Junta Central de Sevilla se atribuyó por aquel entonces el gobierno de América, aunque no tenía títulos legítimos para pretender nuestra obediencia, ya que las Indias eran autónomas y sólo al Rey debían fidelidad (como había dispuesto en 1519 el Emperador Carlos V).

Esto no es tan así. Hay varias afirmaciones en esta oración que deberían ser matizadas. En efecto, las Indias —o América como ya se las denominaba desde el siglo XVII— debían fidelidad sólo al Rey. Pero éste gobernaba a través de los funcionarios por él nombrados y las instituciones creadas al efecto. El caso de los Reinos de Indias es totalmente asimilable al de los demás reinos de las Españas. La Junta Central vino a unificar —en tiempos extraordinarios, como son los de guerra, con una enorme proporcion de la Península Ibérica bajo control napoleónico— el gobierno de las Españas. Y, para ello, independientemente de cierta terminología equívoca utilizada (como el hablar de “nación española”), esa Junta Central llamó a los ayuntamientos americanos a nombrar representantes a Cortes.

En realidad, dicha autonomía ya venía siendo atropellada por los Borbones desde su llegada a la Corona en 1713, y los americanos temían que las autoridades peninsulares y quienes a ellas respondían —como el Virrey Cisneros en Buenos Aires o el Gobernador Elío en Montevideo— siguieran cercenando nuestros fueros o negociando la libertad americana frente a Napoleón, los ingleses o los portugueses.

Aquí encontramos una de las paradojas del revisionismo nacionalista argentino. Se acusa a los Borbones de todo tipo de iniquidades —desde la supresión de la Compañía de Jesús (que el tiempo daría la razón) hasta la Ordenanza de Intendentes (que nunca llegó a efectivizarse del todo y los hechos históricos de 1810, con el papel protagónico de los cabildos, lo demuestran)—, pero al mismo tiempo se reivindican otras medidas quizá mucho más “anti-tradicionales” como la creación del Virreinato del Río de la Plata, unificando una provincia marginal del Virreinato peruano como la de Buenos Aires (y Asunción, juntas o separadas según la ocasión), con las más ricas y rivales del Tucumán y el Alto Perú (subordinándolas a aquélla) y la de Cuyo (que dependía directamente de Chile).

Por eso, cuando en mayo de 1810 se supo en el Río de la Plata que aquel organismo —la Junta Central— había desaparecido, y que toda España —excepto la Isla de León— estaba ocupada por los ejércitos del Gran Corso, los vecinos principales de Buenos Aires presionaron para deponer al Virrey y lograr el autogobierno.

Es decir, se provocó una Revolución. Hablemos claro.

Como magistralmente dice el Dr. Garralda: “Las primeras Juntas (no digo gobiernos) no fueron un acto de fidelidad al Rey, y menos fidelidad heroica. Existía otra manera de retomar la tradición política hispana frente a unos Gobiernos absolutistas que se habían alejado de ella, como mostraron el Reino de Navarra resistiéndose al absolutismo, los realistas renovadores peninsulares, y después el Carlismo.” No estamos proponiendo una alternativa histórica teórica o ideal (como proponía en la ficción un libro del Dr. Beccar Varela), sino una opción bien concreta que se vio plasmada en la Península, frente a los “revolucionarios” que también allí quisieron “lograr el autogobierno” —los liberales gaditanos, los que luego se exiliaron en París o Londres, los que volvieron en el Trienio o los que finalmente regresaron (para quedarse) con la reina Cristina—. En cualquier caso, y para terminar por ahora con el comentario, los gobiernos “autonómicos” americanos no tenían ninguna razón de existir tras el regreso de Fernando VII en 1814.

Así formamos el Primer Gobierno Patrio, sin romper los vínculos con Fernando VII (uno de los que votaron por la destitución del Virrey, el célebre Padre Chorroarín emitió su voto diciendo que lo hacía “Por Dios, por la Patria y por el Rey”), en la esperanza de que vuelto al Trono respetara nuestra libertad, aunque preparándonos también para la Independencia si España se perdía definitivamente en manos de Napoleón o si Fernando regresaba como monarca absoluto y centralista.

Hablar de “Primer Gobierno Patrio” es en sí una petición de principios, puesto que supone que no había Patria antes del 25/V/1810. Lo cual es un sinsentido. La Patria eran las Españas, en su pluralidad de reinos y provincias en Europa, América y Asia. Lo que se crearía, en todo caso, serían naciones, pero naciones-Estados según el modelo ilustrado decimonónico. ¿Qué diferencia esencial —en sentido metafísico— existe entre la República Argentina, la República Oriental del Uruguay, el Estado Plurinacional de Bolivia o la República Chilena? Pues no lo hay. Sólo hay unos límites de un territorio definido por la fuerza (por los hechos consumados, la guerra y/o la ley positiva), sometido a un Estado-nación, que gobierna (o desgobierna, la mayoría de las veces) desde una capital.

¿Desde cuándo los súbditos pueden poner “condiciones” para no independizarse? Aunque Fernando VII hubiese sido el peor monarca de la historia, absolutamente déspota y centralista, la independencia no queda justificada. Si llevamos este “principio” (que el nacionalismo revisionista usa como justificativo) a su aplicación efectiva como base fundante de la República Argentina, entonces justificaríamos cualquier secesión sobre la base de que, sucesivamente, hemos tenido en el Sillón de Rivadavia a malos gobernantes, corruptos y anticristianos en sus leyes (de una manera que a Fernando VII, en el peor de sus días, no se le hubiese siquiera cruzado por la mente). ¿No nos damos cuenta que al quebrar la unidad de la Patria hemos puesto dinamita bajo los cimientos de nuestras republiquetas? No hay que hilar muy fino en la historia para comprobar que el quiebre de la unidad política de las Españas introdujo el germen de la discordia y la guerra fraternal entre americanos, rompiendo varios siglos de una “pax hispana” conservada casi sin ejércitos ni policías sino por la simple existencia de la figura de un Rey que, a pesar de todos sus muchos defectos humanos, era padre de su pueblo.

El primer gobierno patrio fue pues, un acto de fidelidad heroica a un Rey que no merecía ya nuestro vasallaje, a la vez que una medida prudente para preparar la posible independencia.

¿“Fidelidad heroica”? Lo dicho por el profesor Garralda. ¿“Que no merecía ya nuestro vasallaje”? La doctrina católica tradicional, aún cuando puede llegar al extremo (discutido) de admitir la rebelión contra leyes injustas o contra un Rey herético, la deposición y, hasta, el magnicidio en casos de extrema necesidad, nunca ha admitido la secesión ni la supresión de la Corona como institución.

Autonomía respecto de la España peninsular, defensa frente a Napoleón y fidelidad a los valores de la Tradición, esos fueron los móviles de la Revolución de Mayo en protagonistas como Don Cornelio Saavedra o el Padre Chorroarín y en la interpretación posterior de otros patriotas que tuvieron relevancia tanto en aquellos hechos como en la Declaración de la Independencia. Me refiero a próceres de pensamiento tradicional y católico como Don Tomás Manuel de Anchorena o el Padre Castañeda.

Sobre esto ya hemos hablado más arriba. Sólo nos resta repetir que el status clerical no previene contra una mala doctrina, especialmente en temas de ética política de más ardua disquisición para el no especialista. De hecho, como hemos dicho en este bloc de notas en una ocasión en general y en otra, en forma particular, el papel de los clérigos en la Revolución fue de primer orden. Tanto fue así, que el revolucionario y agente británico Miranda llegó a afirmar que el Cuartel General de la Revolución Americana estaba en los Estados Pontificios —en referencia a muchos ex jesuitas allí exiliados—.

Quienes quisieron desviar la Revolución de Mayo de ese camino, como Moreno o Castelli —instaurando un terrorismo jacobino, propiciando o tolerando el libertinaje y la impiedad religiosa, negando los derechos de las provincias, cediendo a las pretensiones británicas— fueron apartados sin contemplaciones.

¿En serio? ¿Cuándo? ¿en qué momento? ¿Fueran “ésas” las razones por las que fueron “apartados sin contemplaciones”? ¿O fue, más bien, el fruto de luchas políticas entre los sectores o partidos que se disputaban el poder revolucionario?

Es lo que se desprende del epistolario de Don Cornelio Saavedra. En carta a Chiclana del 15 de enero de 1811, decía el Presidente de la Primera Junta: “El sistema robesperriano que se quería adoptar (…), la imitación de revolución francesa que intentaba tener por modelo gracias a Dios que han desaparecido (…). Los pueblos deben comprender ya que la Ley y la Justicia son únicamente las reglas que dominan: que las pasiones, los odios y particulares intereses eran (…) diametralmente opuestas al ejercicio de las virtudes”. Por su parte, en carta a Viamonte del 17 de junio de 1811 sostenía: “¿Consiste la felicidad general en adoptar la más grosera e impolítica democracia?” —es decir, no una sana aplicación del “principio democrático”, sino una democracia relativista y demagógica— “¿Consiste en que los hombres hagan impunemente lo que su capricho o ambición les sugiere? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar?” —como sucedió con el fusilamiento de Liniers o las tropelías cometidas por los hombres de Castelli en el Alto Perú— “¿Consiste en la libertad de religión?”, es decir en el indiferentismo y el secularismo. “Si en eso consiste la felicidad general, desde luego confieso que ni la actual Junta provisoria, ni su presidente tratan de ella; y lo que más añado que tampoco tratarán mientras les dure el mando”.

¿Son éstas palabras de un tradicionalista o de un conservador, de un “girondino”, de un “conservador de la Revolución” —según la genial definición de Balmes—? Lo dicho. ¿Por qué el saavedrismo —que contaba con el principal apoyo militar y con el de los caudillos orilleros— esperó para actuar todo el tiempo que esperó y, mientras tanto, convalidó todo lo actuado por Moreno, Castelli, Belgrano, etc.?

La Revolución de Mayo desembocó finalmente —luego de seis difíciles años— en la Declaración de la Independencia.

Éste es uno de los favoritos del nacionalismo revisionista. La independencia no fue buscada sino que fue una trágica e inevitable eventualidad a la que llevaron las leyes inexorables de la historia. Para ello debe negar la existencia de la llamada “máscara de Fernando VII” —los vivas al Rey que hipócritamente cubrieron los primeros años de la Revolución— y toda la enorme documentación que existe al respecto. Como hemos dicho más arriba, siguiendo al Prof. Garralda, la independencia no era la única alternativa. Como hemos dicho en algún momento, el 9/VII/1816 significó no la independencia, sino “el abandono del cálido hogar paterno hispánico en búsqueda de utópicos ideales revolucionarios, según expresa nuestro himno nacional, para acabar en el chiquero donde se mezclan lo peor del liberalismo anglosajón y europeo continental”. A pesar de los cambios realizados a dicho himno, lo fundamental quedó: “¡Oíd, mortales!, / el grito sagrado: / ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! / Oíd el ruido de rotas cadenas / ved en trono a la noble Igualdad. /…”

Fueron la religión, el orden, la justicia, la tradición, las libertades concretas, los valores que presidieron a los más esclarecidos de nuestros patriotas. No el laicismo, el igualitarismo, el espíritu revolucionario o las “libertades de perdición”, como llamarían los Papas del siglo XIX a los falsos derechos surgidos de las revoluciones liberales —y que encandilaban a la facción “ilustrada” del bando patriota—.

Pues eso no es lo que la historia ha plasmado. Ni siquiera en nuestros símbolos. Eso no es lo que recoge nuestro himno ni nuestro escudo nacional. ¿No será que la facción “tradicional” no existió realmente?

Con justa razón afirmaba en 1819 el Padre Castañeda —uno de los líderes de nuestra Independencia—: “no nos emancipemos con deshonor como rebeldes, forajidos y ladrones, sino con el honor correspondiente a los que hemos sido hijos y vasallos de la corona. Motivos hay muy justos para separarnos, sobran las razones para la emancipación: la ley natural, el derecho de gentes, la política, y la circunstancias todas nos favorecen (…) La piadosa América cuando determina emanciparse no es sino para renovar su juventud como la del águila, (…) para ser el emporio de la virtud, el templo de la justicia, el centro de la religión y el ‘non plus ultra’ de la hidalguía, de la nobleza, de la generosidad y de todas las virtudes cívicas”.

Las palabras de Castañeda muestran un interesante tono poético, donde se percibe claramente la confusión imperante en el clero, aún en el más conservador como es el caso. Ya lo hemos dicho antes, ¿hay “motivos… muy justos para separarnos” o “las razones [que sobran] para la emancipación”? ¿Qué motivo hay más alto que el bien común de la Patria para justificar su ruptura? Se nos ocurre, tal vez, el caso de un soberano que obligara a todos sus súbditos a apostatar. Y aún en ese caso habría que analizar si no hay ninguna otra alternativa. Pero, en cualquier caso, no era ésta la situación de América en 1810.

Es nuestro deber como cristianos y como argentinos no dejar que nos falsifiquen la historia, que nos roben la memoria colectiva, que nos oculten el ejemplo de nuestros arquetipos. Los Padres de la Patria independiente nos han marcado el camino. Forjar una Nación justa, una Nación libre, una Nación cristiana, fieles a los principios de la Hispanidad. Tenemos fueros limpios. Seamos fieles a esa herencia.

El autor habla de “nación”, término por demás equívoco para referirlo a nuestros países americanos. El término tradicional “nación” (del lat. nātĭō) hacía referencia a raza e idioma. ¿Qué diferencias concretas de lengua o raza existen entre la República Argentina o la del Perú, o aún, con la de Federal Mexicana? Sólo podemos pensar en la idea moderna e ilustrada de “nación”, que no es otra que la de “nación-Estado”, que viene a reemplazar la figura del Rey por un “aparato” burocrático, una entelequia legal auto-constitutiva (autonómica en sentido etimológico) que, en última instancia, se justifica por la “voluntad general” revolucionaria, para imponer la ley positiva, creada ex nihilo, en un territorio determinado y delimitado.

Compartimos con el autor, sin embargo, de cuya buena voluntad no dudamos, los deseos de fidelidad a la herencia hispánica. Pero, siguiendo a Castellani, decimos que tenemos el deber de “pensar la Patria” y de “hacer verdad”. Y esto implica reconocer que las republiquetas americanas son inviables en su actual situación. No sólo económicamente, sino también cultural, social y políticamente. Y que éste es un vicio de origen: nuestro pecado original de impiedad, perjurio y traición.

Fuente: http://biblio18de4.blogspot.com.ar 




miércoles, 22 de febrero de 2012

¿Misa para celebrar el Bicentenario?

Hace un tiempo, el bloc de notas Sacro y Profano, que dirige el periodista Andrés Beltramo Álvarez, informó sobre la Misa, presidida por el Santo Padre, que tuvo lugar en el Vaticano “en honor al bicentenario de las independencias de los países latinoamericanos”.

Como no podía ser de otra forma, esto precipitó un encendido debate. Del mismo, entre otros varios aportes interesantes, destacamos los comentarios de un lector que utilizó el seudónimo “Minero” y que nos permitimos reproducir aquí para ilustración de nuestros seguidores. (Los enlaces en el texto son nuestros para quien desee profundizar.)

“Creo que ha tenido un lapsus, supongo que se refiere a los pueblos vivos y reales de la tradición hispánica, que se agrupan en la católica Hispanoamérica, salvo que esté hablando del concepto geográfico vacío que los franceses llamaron Latinoamérica. 

Por otro lado, el bicentenario no es otra cosa que el bicentenario de la destrucción de la monarquía católica y del reinado de Cristo en Hispanoamerica. El bicentenario de la impiedad, la masonería y el liberalismo. No hubo independencia de España, hubo una independencia de la religión católica. España también renegó del gobierno de Cristo, como sus hermanos (o "ganaron su libertad", en sus palabras) en 1833, asi que en España en 2033 también celebraremos la independencia de la religión que tanta alegría le produce.  

No parece que este acontecimiento merezca una misa, salvo si es en reparación por la blasfemia cometida hace 200 años.  

Lectura recomendada para católicos que quieren comprender lo que pasó hace 200 años y liberarse de la propaganda liberal: "Españoles que no pudieron serlo" de José Antonio Ullate.  

Pero vamos, que un católico diga que Haití se "liberó" en 1804, teniendo en cuenta lo que realmente pasó, me parece preocupante.”

“La gran virtud del libro de Ullate es que no se queda en un lucha de peninsulares contra criollos, sino que explica claramente la guerra civil entre católicos y liberales que suponen las guerras de independencia, en América y en la península, donde el esfuerzo militar por destruir la monarquía católica es el último paso de un proceso anterior. 

Lamentablemente, los detalles amables no hacen menos horrible el conjunto revolucionario. Los próceres, aunque algunos, pocos, fueran píos en lo personal, eran liberales y anticristianos en sus ideas y formación. De hecho, los liberales beatorros, que ha habido bastantes aquí y allí, son los peores de todos, porque disfrazan de religiosidad superficial la monstruosidad de las ideas revolucionarias que portan. Igual que la Constitución de 1812 es liberal y anticristiana, aunque en uno de sus artículos haga España confesionalmente católica. Eso lo entendieron bien los católicos de entonces, que la rechazaron aquí y allí. Los estados que se construyen no son libres de nada, salvo del reinado de Cristo, y no nacieron otra cosa salvo masónicos. Ahí están las banderas y escudos de la mayoría de los países "liberados", repletos de simbología masónica "libertadora", para demostrarlo. Luego alguno cree que con ponerle el gorro frigio jacobino a la Virgen de Luján lo hemos arreglado todo... 

A estas altura de la historia, cuando vemos que estos 200 años sin monarquía católica (a ambos lados) no han valido de nada salvo para destruir la ciudad de Dios en los países Hispanoamericanos, que haya católicos que puedan hablar de "libertad", en vez lo natural, que sería hablar del terror, demuestra hasta qué punto los católicos de hoy se han convertido en los afrancesados contra los que luchaban los católicos de hace 200 años.”

“Y para el que quiera ver la opinión de la Iglesia, que no deje de leer la encíclica, "Etsi longissimo terrarum", de Pío VII. 

En el bicentenario de las independencias, los católicos no tenemos nada que celebrar, tenemos que lamentarnos como se lamentó la Iglesia que las sufrió. 

Insisto en que de nada nos vale recordar si tal o cual prócer tuvo una vez un detalle religioso (claro que si alguno ve piedad hasta en el asesino cristianofóbico de Bolívar...), lo que cuentan son sus ideas y el estado revolucionario que querían construir, y ahí no se salva ninguno. Los buenos católicos estaban en las juntas locales o en el bando realista, depende si tocaba luchar por la monarquía católica o contra Napoleón, Riego y la Constitución de 1812. Y lo mismo vale para los revolucionarios, también cambiaban de lucha según las circunstancias.  

Lo cierto, lo único cierto, es que al final del proceso independentista los que tenemos es un enjambre de repúblicas liberales y masónicas, calcadas de la Francia revolucionaria y tuteladas por Inglaterra. Esa era la "libertad" que empezó hace 200 años. 

¡Nada que celebrar!”

“Debo decir que me ha gustado su mensaje señor Beltramo, demuestra que lo fundamental de mi tesis es correcto, que las independencias de hace 200 años son injustificables desde un punto de vista católico. 

De entrada volvemos a sobre si los próceres eran gente muy beata, aunque los dos primeros ejemplos reconoce que no son muy buenos... vale. Si quieren ejemplos de políticos beatos en lo privado que han hechos horrores contra la religión, hay una lista enorme...  

Iturbide, una figura enorme, aunque no tanto como el anticristianismo del orden político que dejó a sus sucesores, el que más ha perseguido a los católicos de toda Hispanoamérica. 

Insisto: la Constitución de 1812, que fue rechazada por Iturbide y por muchos otros católicos, hacía España confesionalmente católica, lo cual era precisamente lo que más irritaba a los católicos de ese papelucho ¿seguro que entendemos el por qué? ¿entendemos también que mencionar a Dios no significa nada, menos si se hace en vano? 

Luego menciona el 40% de católicos hispanoamericanos. Esos católicos son mérito de la monarquía católica, y están ahí no gracias a sino a pesar de las repúblicas liberales de hace 200 años. ¿O alguien va a demostrar que en realidad esas repúblicas han sido utilísimas herramientas de evangelización? ¿Verdad que no? 

Los pobres europeos sufren de lo mismo que los hispanoamericanos, solo que aquí estamos en el epicentro del mal, con lo que se difunde a precio de llamada local. Los peninsulares se independizaron (o se "liberaron") de la monarquía católica en 1833, igualándose desde ese año en la desgracia de los hermanos de América. A ambos lados aplica el mismo criterio. ¡Y eso que los próceres revolucionarios de la península, María Cristina, Espartero o Espoz y Mina eran todos católicos también! ¡Y son los mismos de la desamortización! 

En resumen, que no hay por donde cogerlo desde el punto de vista católico, para defender todo esto hay que recurrir a otra cosa fuera del catolicismo: la ética de los hechos consumados de Hegel. 

Lo que el catolicismo no justifica, que lo haga la ética hegeliana. 

No podía tener mejor confirmación que esta. Como el hegelianismo no es católico, y mi tesis es que el bicentenario es insostenible como hecho feliz para un católico, aquí termino mi exposición.  

Sobre el otro "hecho consumado" de Latinoamérica, le dejo el artículo de M. Morillo, que es mucho mejor que lo que yo pueda decir: 


Me despido con el temor que me lleva a no tener que preguntarle qué opina de los "hechos consumados" (ahora, o dentro de 200 años) del aborto o el matrimonio homosexual legales, y tantos y tantos otros hechos consumados. Temo la respuesta. 

Un cordial saludo y gracias por permitir el debate.”

Composición presentada en el II Congreso Mariano Interamericano de 1961. [Fuente]
Pueden observarse los escudos de las republiquetas de la antigua América Hispana,
cargados de simbología masónica como triángulos, soles, estrellas de cinco puntas, gorros frigios, etc.,
diseños esotéricos tan alejados de la heráldica tradicional,
rodeando la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.
Una muestra del intento de conciliar el agua y el aceite:
la Iglesia de Cristo con la Revolución.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Postura de la Iglesia (II): Encíclica "Etsi Quam Diu" de León XII (1824)


A los venerables hermanos, los arzobispos y obispos de América. 

LEÓN XII, PAPA. 

Su Santidad León XII
Venerables hermanos, Salud y la Bendi­ción apostólica. Aunque Nos persuadimos habrá llegado hace ya tiempo a vuestras manos la encíclica que, en la elevación de nuestra humildad al solio de san Pedro, remitimos a todos los obispos del orbe católico, es tal el incendio de caridad en que nos abrasamos por vosotros y por vuestra grey, que, hemos determinado, en manifestación de los sentimientos de nuestro corazón, dirigiros especialmente nuestras palabras. 

A la verdad, con el mas acerbo e incom­parable dolor, emanado del paternal afecto con que Os amamos, hemos recibido las funestas nuevas de la deplorable situación en que tanto el Estado como a la Iglesia ha venido a reducir en esas regiones la cizaña de la rebelión, que ha sembrado en ellas el hombre enemigo, como que conocemos muy bien los graves perjuicios que resultan a la religión, cuando desgra­ciadamente se altera la tranquilidad de los pueblos. En su consecuencia, no pode­mos menos de lamentarnos amargamente, ya observando la impunidad con que corre el desenfreno y la licencia de los malva­dos; ya al notar como se propaga y cunde el contagio de libros y folletos incendia­rios, en los que se deprimen, menospre­cian y se intentan hacer odiosas ambas potestades, eclesiástica y civil; y ya, por último, viendo salir, a la manera de lan­gostas devastadoras de un tenebroso pozo, esas juntas que se forman en la lobreguez de las tinieblas, de las cuales no dudamos afirmar con san León papa, que se concreta en ellas como en una inmun­da sentina, cuanto hay y ha habido de más sacrílego y blasfemo en todas las sectas heréticas. Y esta palpable verdad, digna ciertamente del más triste descon­suelo, documentada con la experiencia de aquellas calamidades que hemos llorado ya en la pasada época de trastorno y confusión, es para Nos en la actualidad el origen de la más acerba amargura, cuan­do en su consideración prevemos los inmensos males que amenazan a esa heredad del Señor por esta clase de de­sórdenes. 

Examinándolos con dolor, se dilata nues­tro corazón sobre Vosotros, venerables hermanos, no dudando estaréis íntima­mente animados de igual solicitud en vista del inminente riesgo a que se hallan ex­puestas Vuestras ovejas. Llamados al sagrado ministerio pastoral por aquel Señor que vino a traer la paz al mundo, siendo el autor y consumador de ella, no dejaréis de tener presente que vuestra primera obligación es procurar que se conserve ilesa la religión, cuya incolumi­dad, es bien sabido, depende necesaria­mente de la tranquilidad de la patria. Y como sea igualmente cierto que la religión misma es el vínculo más fuerte que une tanto a los que mandan cuanto a los que obedecen, al cumplimiento de sus diferen­tes deberes, conteniendo a unos y otros dentro de su respectiva esfera. conviene estrecharlo más, cuando se observa que con la efervescencia de las contiendas, discordias y perturbaciones del orden público, el hermano se levanta contra el hermano, y la casa cae sobre la casa. 

La horrorosa perspectiva, venerables hermanos, de una tan funesta desolación, Nos obliga hoy a excitar vuestra fidelidad por medio de este nuestro exhorto, con la confianza de que, mediante el auxilio del Señor, no será inútil para los tibios ni gravosa para los fervorosos, sino que, estimulando en todos vuestra cotidiana solicitud, tendrán complemento nuestros deseos. 

No permita Dios, nuestros muy amados hijos, no lo permita Dios, que cuando el Señor visite con el azote de su indignación los pecados de los pueblos, retengáis vosotros la palabra a los fieles que se hallan encargados a vuestro cuidado con el designio de que no entiendan que las voces de alegría y de salud sólo son oídas en los tabernáculos de los justos; que entonces llegarán a disfrutar el descanso de la opulencia y la plenitud de la paz, cuando caminen por la senda de los man­damientos de aquel Señor que inspira la alianza entre los príncipes y coloca a los reyes en el solio; que la antigua y santa religión, que sólo es tal mientras permane­ce incólume, no puede conservarse de ninguna manera en pureza e integridad cuando el reino dividido entre si por fac­ciones es, según la advertencia de Jesu­cristo señor nuestro, infelizmente desolado; y que vendrá con toda certeza a verifi­carse, por último, que los inventores de la novedad se verán precisados a reconocer algún día la verdad y a exclamar, mal de su grado, con el profeta Jeremías: Hemos esperado la paz y no ha resultado la tran­quilidad; hemos aguardado el tiempo de la medicina, y ha sobrevenido el espanto; hemos confiado en el tiempo de la salud, y ha ocurrido la turbación. 

Pero ciertamente nos lisonjeamos de que un asunto de entidad tan grave tendrá por vuestra influencia, con la ayuda de Dios, el feliz y pronto resultado que Nos promete­mos si Os dedicáis a esclarecer ante vuestra grey las augustas y distinguidas cualidades que caracterizan a nuestro muy amado hijo Fernando, rey católico de las Españas, cuya sublime y sólida virtud le hace anteponer al esplendor de su grandeza el lustre de la religión y la felici­dad de sus súbditos; y si con aquel celo que es debido exponéis a la consideración de todos los ilustres e inaccesibles méritos de aquellos españoles residentes en Euro­pa, que han acreditado su lealtad, siempre constante, con el sacrificio de sus intere­ses y de sus vidas, en obsequio y defensa de la religión y de la potestad legítima. 

La distinguida predilección, venerables hermanos, para con vosotros y vuestra grey, que nos estimula a dirigiros este escrito, nos hace, por el mismo caso, estremecer tanto más por vuestra situa­ción, cuanto os consideramos mayormente oprimidos de graves obligaciones en la enorme distancia que os separa de vues­tro común padre. Es, sin embargo, un deber que Os impone vuestro oficio pasto­ral el prestar auxilio y socorro a las perso­nas afligidas, el descargar de las cervices de todos los atribulados el pesado yugo de la adversidad que los aqueja, y cuya idea obliga a verter lágrimas; el orar, por último, incesantemente al Señor, con humildes y fervorosos ruegos, como de­ben hacerlo todos aquellos que aman con verdad a sus prójimos y a su patria, para que se digne su divina majestad imperar que cesen los impetuosos vientos de la discordia y aparezca la paz y tranquilidad deseada. 

Tal es sin duda, el concepto que tenemos formado de vuestra fidelidad, caridad, religión y fortaleza; y en tanto grado Os consideramos adornados de estas vir­tudes, que Nos persuadimos cumpliréis de modo todos los enunciados deberes que Os hemos recordado, que la Iglesia dise­minada en esas regiones obtendrá por vuestra solicitud la paz y será magnífica­mente edificada, siguiendo las sendas del santo temor de Dios y de la consolación del divino Espíritu. 

Con esta confianza, de tanto consuelo para Nos, para esta santa Sede y para toda la universal Católica Iglesia, que nos inspiren vuestras virtudes, ínterin el cielo, venerables hermanos, derrama sobre vosotros y sobre la grey que presidís el auxilio y socorro que le pedimos, os da­mos a todos con el mayor afecto la bendi­ción apostólica. 

Dado en Roma, en San Pedro, sellado con el sello del pescador, el día 24 de setiem­bre de 1824, año primero de nuestro pontificado. 

[El lugar del sello del pescador]

martes, 23 de agosto de 2011

Clérigos revolucionarios y mito de la revolución católica

El triunfo o derrota de la Guerra de la Independencia se deberá a lo que hicieron los sacerdotes.- Goyeneche.

El triunfo se debe a los curas que siempre han estado de nuestra parte.- Castelli a la Junta.

De los 24 sacerdotes que asistieron al Cabildo Abierto del 22 de mayo, 18 votaron por la deposición del Virrey, y 12 por la formación de lo que sería la Primera Junta.

En la petición revolucionaria presentada al Cabildo, figuraban las firmas de 15 sacerdotes. En la Plaza, los más audaces entre los insurgentes fueron los llamados “manolos” acaudillados por el P. Ignacio Grela.

Uno de los nueve sujetos electos para formar el gobierno independentista fue el P. Manuel M. Alberti. Éste se hizo cargo de La Gaceta, fundada en junio de 1810 como órgano de la Revolución, y la dirigió casi sólo hasta octubre.

El 30 de mayo, el Pbro. Diego Estanislao Zavaleta fue el principal orador durante el Te Deum, intentando demostrar la legitimidad de todo lo actuado.

La Junta eligió a fray Julián Perdriel O.P. para escribir una Historia de los Sucesos de Mayo, por ser uno de los principales intelectuales de la Revolución, aunque no pudo ser llevada a cabo. En 1816, el deán Gregorio Funes tomó el encargo y escribió su Historia Civil.

Entre los portavoces de la Revolución enviados a las Provincias, fueron designados el Pbro. Ignacio Aráoz (hacia Tucumán), Julián Navarro (hacia Rosario), Pedro Ignacio Castro Barros (hacia La Rioja), Alejo de Alferro (hacia la Quebrada de Humahuaca) y otros.

Pero, tal vez, ningún otro clérigo tuvo mayor protagonismo que Gregorio Funes. El Deán Funes, como es recordado por la historia, nació en 1749 en Córdoba del Tucumán en el seno de una acaudalada familia local. Estudió en el Colegio de Monserrat justo cuando los jesuitas, que regenteaban el colegio, estaban siendo expulsados de América. Siguió la carrera eclesiástica y fue ordenado sacerdote en 1773, justo durante un conflicto entre el rector de la Universidad (y el Obispo) y el Cabildo diocesano, a causa del reparto de los cuantiosos bienes de los jesuitas en la provincia eclesiástica. A pesar de ser un novato, Funes fue nombrado director del seminario, pero apoyó al Cabildo contra el Obispo. En castigo, éste lo envía de Párroco a Punilla, en ese entonces un pago rural alejado de la ciudad universitaria.

Sin permiso de su Obispo, Funes obtiene el pase a España y en 1779 se doctora en Derecho Canónico en Alcalá de Henares. Allí, en la Península, se empapa de las ideas de la Ilustración y será firme y entusiasta defensor de las reformas eclesiásticas de Carlos III. Regresa a Córdoba junto al nuevo Obispo, José Antonio de San Alberto, y éste lo designa Canónigo. De allí en más, su carrera eclesiástica no para: en 1793 es nombrado Provisor del obispado y en 1804, deán de la Catedral (decano del Cabildo diocesano).

Ese año murió el Obispo San Alberto y Funes quedó como Administrador de la diócesis, mientras se preparaba para ser consagrado. Pero en 1805 es designado el peninsular Rodrigo de Orellana O. Praem., quien, sin embargo, se demora años en embarcarse. Recién en 1809 llega a Buenos Aires donde es consagrado por el obispo local, Benito Lué. Y nuevamente se toma su tiempo, para llegar a Córdoba recién en octubre.

Para ese entonces el deán Funes, fiel admirador del despotismo ilustrado, tenía el control absoluto de la diócesis. Desde 1807 era rector de la Universidad y del Colegio de Monserrat. Había reformado completamente los planes de estudio, introduciendo asignaturas ilustradas como Matemática, Física, Francés, Música y Trigonometría. Asimismo hizo una fuerte donación para sostener becas para estudiar Geometría, Aritmética y Algebra.

Si bien se negó a introducir a Descartes, Locke o Leibnitz, impulsó la escolástica suareciana tal cual se estudiaba en España, es decir, impregnada de elementos “modernos” como las publicaciones de Feijóo y Jovellanos. Fruto de este suarecianismo mediatizado fueron sus ideas democráticas que le trajeron problemas con el gobernador mediterráneo, el Marqués de Sobremonte, ex Virrey muy desprestigiado por su actuación durante las Invasiones Inglesas.

Ya desde 1809 estaba al tanto de los planes revolucionarios, a través de los oficios de Manuel Belgrano y Juan José Castelli. En una famosa carta al Oidor de la Audiencia de Charcas, su amigo Pedro Vicente Cañete, le recomienda apartarse del Virrey Cisneros dado que se aproximaba en Buenos Aires un cambio radical de gobierno. Cañete no tiene mejor idea que denunciar a su amigo ante el gobernador de Córdoba, Gutiérrez de la Concha, quien sin embargo nada puede hacer contra el poderoso canónigo.

Estallada la Revolución de mayo de 1810, y mientras Concha y Orellana, con la ayuda del ex Virrey Santiago de Liniers que se encontraba retirado en la provincia mediterránea, organizaban la contrarrevolución, el poderoso Deán tramaba su traición. La Junta de Buenos Aires había enviado a José Melchor Lavín a Córdoba para entrevistarse con Liniers y luego con las autoridades provinciales. Pero Funes hospeda en su casa al emisario y se entera de primera mano de las novedades.

Cuando las autoridades provinciales se reúnen para discutir el reconocimiento de la Junta revolucionaria, el Deán estaba enterado ya de todos los pormenores y había levantado una red de comunicación con sus amigos en el nuevo gobierno, principalmente Belgrano y Castelli. Rápidamente informa a los insurgentes de la postura de Concha, Liniers, Orellana y los demás, y organiza en la ciudad al partido revolucionario.

Por lo que apenas Concha y sus aliados abandonan la ciudad ante la aproximación de la Expedición militar al Norte, Funes reúne inmediatamente al Cabildo y hace reconocer a las autoridades porteñas.

Para ganarse el afecto de los revolucionarios, redactó la “justificación” de las ejecuciones de Liniers, Concha y los demás líderes contrarrevolucionarios.

Poco después fue electo Diputado por el Cabildo cordobés y enviado a Buenos Aires en su representación para integrar la nueva Junta, llamada “Junta Grande” por la historiografía. Apoyó a Saavedra, contra la política de Mariano Moreno, y fue el redactor de la mayoría de las proclamas, cartas y manifiestos.

Después del golpe de abril de 1811 contra la facción morenista, se quedó con la dirección de la Gaceta, órgano de propaganda del gobierno revolucionario de Buenos Aires. Desde allí, justificó el cisma religioso surgido de la Revolución, desarrollando su teoría sobre la reversión del derecho de patronato eclesiástico a la Junta.

Tras la derrota de Huaqui, fue autor de la exhortación al pueblo para la resistencia. Pero la ida de Saavedra al Norte para reorganizar el Ejército, lo dejó sin su principal sostén y, fiel a su espíritu acomodaticio, fue uno de los firmantes del armisticio con el gobierno de Montevideo, fiel al Rey. Incluso aconsejó a su hermano Ambrosio y a sus amigos cordobeses, moderarse en sus expresiones de apoyo a la Revolución.

El nombramiento del Triunvirato en septiembre de 1811, dejó a Funes a cargo de la Junta que se convertía en poder legislativo. Pero el secretario del poder ejecutivo, Bernardino Rivadavia, convirtió hábilmente a la Junta en un órgano meramente consultivo sin poder efectivo. Durante la represión del llamado Motín de las Trenzas, Funes fue acusado de ideólogo, la Junta fue disuelta y sus miembros expulsados de la capital.

El otrora poderoso Deán regresó a Córdoba, donde se dedicó a escribir su Ensayo de Historia Civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán. A fines de 1817, regresó a Buenos Aires para integrar el Congreso que recientemente había abandonado Tucumán donde un año antes declarara, contra todo derecho, la independencia. Su actuación posterior excede los límites de este trabajo.

Pero volvamos a los otros clérigos revolucionarios.

La oración pública inaugural de la Revolución fue pronunciada por Diego Estanislao Zavaleta, canónigo porteño y profesor del Real Colegio. Tras el asesinato del Obispo Lué, fue nombrado por el Cabildo diocesano, influenciado por la Junta revolucionaria, como Provisor del obispado bonaerense. Fue miembro activo de la masónica Logia Lautaro hasta la caída de Alvear. Luego fue diputado y secretario del Congreso y colaboró en la redacción de la Constitución unitaria de 1819. Sostenedor del ministro Rivadavia, apoyó su reforma eclesiástica. Su posterior carrera política escapa el tema propuesto.

Cuando en septiembre de 1810, luego de los fusilamientos de Liniers y compañeros, el obispo cordobés Orellana es enviado preso a la Guardia de Luján, Francisco Ortiz de Ocampo, gobernador puesto por la Expedición porteña, presiona al Cabildo catedralicio para nominar como Provisor y Vicario a José Gabriel Vázquez, quien haría las veces de obispo.

En 1811, estando Manuel Belgrano al frente del Ejército del Norte en Salta, hizo detener al obispo Nicolás Videla del Pino, acusado de mantener supuestamente contactos con los realistas. De más está decir que Videla del Pino era adversario del deán Funes. La cosa es que el jefe revolucionario no se limitó a deponer al obispo, sino que sacrílegamente designó en su lugar a Juan Ignacio Gorriti, que en ese entonces era vicario castrense.

Mientras tanto, y ya desde el 25 de mayo de 1810, se daba una verdadera persecución de los sacerdotes que no estaban dispuestos a aceptar las políticas cismáticas y sacrílegas de la Junta revolucionaria y sus clérigos aliados. Dejamos aquí constancia de unos pocos de estos mártires de la Revolución. Próximamente profundizaremos en sus poco conocidas vidas.

Dionisio de Irigoyen, prior del convento porteño de San Francisco, es asaltado violentamente por un grupo de jóvenes. A Felipe Reynal se le prohibió guardar secreto de confesión. El rector del seminario, Francisco de la Riestra, fue destituido y expulsado del Río de la Plata. La abadesa de las Capuchinas fue exonerada. El prefecto de los betlemitas, Vicente de San Nicolás, fue confinado a Salta por orden de Saavedra. El obispo bonaerense, Lué, fue puesto bajo una especie de prisión domiciliaria, se le impidió decir Misa y recorrer su diócesis; sus sacerdotes le boicoteaban y, finalmente, en 1812, fue envenenado por su asistente, el canónigo Fernández.

El motín realista encabezado por Martín de Álzaga fue la excusa perfecta para que recrudeciera la represión contra los clérigos y religiosos fieles al Rey, incluso llegando al fusilamiento o ahorcamiento.

Fray José de las Ánimas, prior del convento betlemita, fue ahorcado en la Plaza Mayor. Su cuerpo fue dejado a la intemperie colgando de una cuerda. Los dominicos revolucionarios Julián Perdriel y Juan González, que solían dirigir a sus alumnos a presenciar las ejecuciones revolucionarias, por su interés didáctico, encabezaron un grupo que destrozó a balazos el rostro de Fray José.

Orellana, luego de súplicas al gobierno y buenos informes de sus carceleros, fue restaurado en su diócesis. Pero pronto volvieron las inquinas de los revolucionarios. En 1814, el alcalde del Cabildo cordobés, denunciaba al gobernador la conducta del obispo: “desafecto al sistema de nuestra libertad, porque no ha predicado una sola vez a favor de la cauda de América”. Finalmente, los insurgentes no pudieron tolerar que el obispo para cubrir curatos de su diócesis que se encontraban vacantes, recurriera a sacerdotes franciscanos que se encontraban impedidos de ejercer su ministerio por orden de las autoridades revolucionarias. Fue confinado al convento de San Lorenzo, junto al Paraná, hasta que logró escapar a la Península.

Por haber sido foco de la contrarrevolución, los insurgentes se ensañaron especialmente con el clero de Córdoba del Tucumán. Los betlemitas de allí también fueron perseguidos. El presidente de su Hospital, Felipe Baltazar de San Miguel, fue arrestado. Otros fueron remitidos a Catamarca como sospechosos. Del clero secular, Tadeo Llanos, canónigo, fue detenido junto al obispo Orellana y apresado en San Luis. El rector del Colegio de Monserrat, Juan Bernardo de Alzugaray, fue capturado en Santa Fe, junto a uno de los hijos de Liniers, mientras aparentemente iban a fugar a Montevideo. Mientras tanto, el cura rector interino de la catedral cordobesa, Benito Lascano, fue acusado de “revoltoso y perturbador de la tranquilidad pública” y detenido. Otros detenidos fueron los franciscanos Pedro Pacheco, Manuel Suárez, León Pajón, Mariano Lencinas, Juan Antonino, Vicente Sánchez y Matías Alvarez.


¿Esta es la revolución católica de la leyenda rosa?

Discusiones de la Semana de Mayo, cuadro de Pedro Subercaseaux,
conservado en el Museo del Cabildo de Buenos Aires,
que se ha convertido en la imagen canónica de la Revolución de Mayo.
En cualquier caso, puede apreciarse en él, la cantidad de clérigos que participaron de la Revolución.


Fuentes:

Valentina Ayrolo, Funcionarios de Dios y de la República: Clero y política en la experiencia de las autonomías provinciales (Bs. As., 2007).
Efraín Bischoff, Historia de Córdoba (Buenos Aires: 1989).
Cayetano Bruno S.D.B., Historia de la Iglesia en la Argentina (Buenos Aires: 1966).
Nacy Calvo, Roberto Di Stéfano y Klaus Gallo, Los Curas de la Revolución (Buenos Aires: 2002).
Rómulo D. Carbia, La Revolución de Mayo y la Iglesia: Contribución histórica al estudio de la cuestión del Patronato nacional  (Buenos Aires: 1945).
Roberto Di Stéfano, El Púlpito y la Plaza (Bs. As.: 2004).
R Di Stéfano, “De la Cristiandad colonial a la Iglesia nacional: Perspectivas de investigación en historia religiosa de los siglos XVIII y XIX”, ANDES, nº 11 (Salta: Fac. de Humanidades, Univ. Nacional, 2000).
R. Di Stéfano, “La Iglesia católica y la Revolución de Mayo”, Criterio, nº 2360 (Buenos Aires: VI/2010).
Guillermo Furlong S.J., La Revolución de Mayo: Los sucesos, los hombres, las ideas (Buenos Aires: 1960).
G. Furlong, “Algunos datos olvidados de la Revolución de Mayo”, El Mensajero, nº 475 (1960), pp. 32-34.
Bernardo Lozier Almazán, Martín de Alzaga (Bs. As., 1998).
Rosa María Martínez de Codes, La Iglesia Católica en la América Independiente: Siglo XIX (1992).
Mons. Agustín Piaggio, La Influencia del Clero en la Independencia Argentina (Barcelona: 1910).
Américo Tonda, El Obispo Orellana y la Revolución (Córdoba, 1981).
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