"Si la historia la escriben los que ganan, quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia."
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miércoles, 23 de marzo de 2022

Los últimos de América: Nuevo libro

 

miércoles, 10 de octubre de 2018

En defensa del Rey: Observaciones sobre el Realismo hispanoamericano en la era de las independencias



René José Silva, 10/X/2016. [*]

[Traducción libre de “In Defense of the King: Observations on Spanish American Royalism in the Era of Independence”, Panoramas (Center for Latin American Studies, University of Pittsburgh, II/2015).]

Entre los historiadores, la independencia latinoamericana ha sido y sigue siendo un campo de investigación prolífico. Comenzando con los relatos personales de los participantes en las guerras de independencia publicados en la primera mitad del siglo diecinueve, década tras década los historiadores han producido una corriente continua de erudición sobre los eventos que dieron nacimiento a las naciones múltiples de América. Estos reportes generalmente pro “patriotas” se han visto enmarcados dentro de los márgenes de una narrativa nacionalista que sirve para elucidar los orígenes de los Estados de hoy día, incluso aunque los contornos geográficos y políticos del Imperio Hispanoamericano no necesariamente encajan en las configuraciones modernas. [1] La misma intensidad investigativa no se aplica a aquellos americanos que se pusieron del lado del monarca español. Hasta recientemente, los realistas que defendieron al Rey Borbón —aunque bastante significativos bajo cualquier punto de vista— habían sido mayormente olvidados. [2] Estos criollos, nativos, mestizos, castas, negros libres, esclavos y residentes españoles de largo aliento en América conforman un grupo distinto al de los peninsulares enviados desde España durante períodos de tiempo limitados para gobernar el Imperio u ocuparse del comercio. Afortunadamente, estudios innovadores provocados en parte por la oleada de historiografía social y cultural del pasado siglo veinte han redescubierto una riqueza de evidencia sobre aquellos segmentos de la sociedad que optaron por conservar su lealtad a la Corona española. Los resultados han sido impresionantes y con frecuentes sorprendentes. Entre la miríada de características del realismo hispanoamericano, al menos sobresalen cuatro elementos: la volatilidad del proceso independentista, los factores religiosos, los múltiples significados de lealtad y las actividades de los subalternos coloniales. Cada uno de estos temas ha recibido la atención erudita desde hace poco.

Desde una perspectiva hemisférica, la lucha por la independencia latinoamericana fue altamente contenciosa, en no menor medida debido a que importantes sectores de la población apoyaron al monarca. Muchas áreas disputadas estuvieron alternativamente bajo autoridad imperial o “patriota” en coyunturas diferentes. Nueva Granada es tal vez el ejemplo más sobresaliente de este casi perpetuo estado fluido. Dentro del virreinato, ciudades como Cartagena de Indias y Bogotá buscaron la independencia total a medida que se desarrolló el conflicto, mientras que otras como Santa Marta, Río Hacha y Pasto intentaron permanecer bajo la tutela de la dinastía borbónica. Para todos, la resolución debió esperar al final de la lucha pero, en el ínterin, cada una sucumbió a los cambios dramáticos traídos por los acontecimientos militares y políticos. Como el resto del Imperio, Cartagena se vio recortada del reino luego de que Napoleón invadiera la Península Ibérica en 1808. Su reacción al comienzo de todo fue profesar fidelidad a la Corona. La ciudad procedió luego a declarar la independencia en 1811, fue reconquistada por el ejército expedicionario español en 1815 y recuperada por las fuerzas “patriotas” en 1821. Así, durante el transcurso de poco más de una década, el puerto se vio gobernado como una entidad autónoma dentro del marco del diseño imperial, apartado durante un tiempo del estandarte real, coaccionado bajo sumisión absolutista y dejado en libertad definitivamente de todo y cualquier ligadura con la madre patria. Tal proceso obviamente no fue una receta de estabilidad. Sus habitantes —aquéllos que lograron sobrevivir las subsiguientes fases y permanecer o regresar— tuvieron que adaptarse en consecuencia a sus nuevos gobernantes durante cada etapa del camino. Esta volatilidad fue la norma en gran parte del Imperio. De las áreas que eventualmente lograron la independencia, sólo las jurisdicciones coloniales del Perú y del Río de la Plata experimentaron algún sentido real de continuidad política. En la primera, la fidelidad a la Corona se vio sostenida hasta el mismo final del enfrentamiento, un momento que los historiadores tradicionalmente atribuyeron a la batalla libertadora “final” de Ayacucho en 1824. [3] En el último caso, la mayor parte del Cono Sur al Este de los Andes conservó una independencia de facto desde el principio del movimiento en adelante. [4] Tras la conclusión de la guerra, los territorios del hemisferio occidental bajo dominio imperial quedaron reducidos a islas caribeñas como Cuba y Puerto Rico. Un excelente estudio que demuestra la volatilidad del período es la colección de ensayos editados por Haroldo Calvo Stevenson y Adolfo Meisel Roca con el título Cartagena de Indias en la Independencia. [5]

Incrustados en esta inestabilidad, las fortunas de los realistas estaban sujetas a preocupaciones religiosas. Fray Eugenio Torres Torres ha editado una sobresaliente colección de ensayos sobre la Orden Dominicana que examina el papel de la institución católica durante el período de la independencia. [6] La historiografía latinoamericana ha subrayado frecuentemente la significación de clérigos como el Padre Miguel Hidalgo en México en apoyo del esfuerzo “patriota”. Por esa razón, es refrescante encontrar que aquí los colaboradores eruditos han reconocido la complejidad más pronunciada del conflicto y han encontrado las simpatías de los sacerdotes, monjas y hermanos laicos afiliados de la Orden hacia ambos lados de la división entre “patriotas” y realistas. Los protagonistas inclinados hacia el realismo incluyen a un sacerdote dominico cuyas afinidades camaleónicas espejaban los flujos y reflujos de la guerra en Chile, cambiando de lado de acuerdo con los recurrentes cambios de régimen; las hermanas dominicas en la Argentina que fueron acusadas de deslealtad por establecer contacto con prisioneros de guerra pertenecientes a los antiguos círculos de la alta sociedad; y los comerciantes prósperos en Buenos Aires devotos de la Tercera Orden Dominicana para seglares cuya influencia se fue disipando continuamente a medida que la región rechazaba al monarca y abrazaba la causa republicana. Tal vez la más intrigante ilustración realista, sin embargo, fue engendrada por eventos poco conocidos en Nueva España, donde Fray Ramón Casaus escribió El Anti-Hidalgo en 1810 como una refutación directa del trabajo del célebre sacerdotes insurgente, mientras que otros realistas intentaron compensar la veneración de la Virgen de Guadalupe entre las fuerzas pro independentistas exponiendo activamente la intervención divina de la Virgen de la Soledad en Oaxaca del lado del rey Fernando VII. [7]

La invasión catalítica de Napoleón a la Península Ibérica en 1808 tuvo efectos profundos más allá del Atlántico, impulsando una cadena de consecuencias no deseadas que transformaron al Imperio en un desarreglo. El soberano español fue secuestrado y retenido como rehén por los invasores y un nuevo régimen bajo el liderazgo del hermano del emperador francés, José I, fue impuesto a todo el país. Los españoles que consideraban a Napoleón una extensión de los ideales de la Revolución francesa y el toque de difuntos para el absolutismo borbónico dieron la bienvenida a los agresores y declararon su lealtad al nuevo orden. La mayoría, sin embargo, desafiaron a los intrusos. Como respuesta, las regiones étnicamente diversas de España formaron sus propios gobiernos locales en oposición a los franceses y en apoyo del Rey cautivo. Así nació la Guerra de la Independencia Española. Las acciones peninsulares llevaron eventualmente a la creación de un Consejo de Regencia que pretendía representar a toda la nación. El problema fue que sus ejércitos repetidamente fallaron en el campo y los españoles en todos lados perdieron su fe en la capacidad del Consejo para gobernar. Esta situación llevó en última instancia a la formación de las Cortes españolas en 1810 que incluían la representación de los dominios imperiales de ultramar. Sin embargo, cuando los gobiernos locales en América se enfrentaron a la cuestión central de la lealtad a una causa común, las opciones estaban lejos de ser claras. La cuestión pronto fermentó en la pregunta más amplia de lealtad a quién. Una posibilidad era el nuevo monarca francés. Otra era el Rey español rehén. Una tercera era una solución de compromiso en las estructuras imperiales existentes, como los virreinatos y capitanías generales, bajo los jefes nombrados por Fernando. Una cuarta era la floreciente oposición nacionalista en la “patria” —primero hacia el Consejo de Regencia y luego hacia las Cortes. Finalmente, los locales podían recurrir a precedentes históricos de la Reconquista medieval y proclamar la autonomía de los autogobernados cabildos locales. La complejidad de este intrincado proceso se vio más complicado en 1814 con la reinstalación de Fernando VII.  Inmediatamente se volvió hacia aquéllos que habían peleado en su nombre y envió una masiva expedición militar para recuperar sus posesiones transatlánticas para su gobierno absolutista. El Rey fue depuesto nuevamente en 1820, sólo para recuperar su trono en 1823 con la ayuda de la mismísima Francia. Dado el abanico de alternativas para los miembros de tan extenso, desconectado y multifacético Imperio, no es sorpresa que los distintos locales inicialmente hiciesen elecciones diferentes. O que los eventos se fueran completamente de manos y que muchas regiones prosiguieran por el camino de la eventual independencia.

Dos textos recientes tratan sobre esta dinámica de lealtad. Preaching Spanish Nationalism Across the Atlantic de Scott Eastman examina cómo el liberalismo se intersectó con el catolicismo para crear una nueva ideología en defensa de la nacionalidad española —logrando ayudar a derrotar a las armas francesas en la Península pero fracasando en Nueva España donde la misma síntesis paradójicamente sirvió para fortalecer la causa de la independencia mexicana. [8] La colosal compilación en tres volúmenes de José Antonio Escudero intitulada Cortes y Constitución de Cádiz: 200 Años también incluye ensayos de académicos de primera línea que exploran el significado de la lealtad en América bajo las luchas políticas que disparó la invasión francesa. Aunque la intención de la obra no es analizar el realismo en sí, las visiones consideradas en los dieciocho ensayos que específicamente tratan de América—demasiado numerosos para reseñarlos aquí—proveen una fascinante mirada de las diversas facetas de la cuestión de la lealtad confrontada por los súbditos españoles de allí. [9]

Un componente integral de la cuestión de la lealtad también concierne a los grupos subalternos en Hispanoamérica que defendieron las prerrogativas de la Corona. Dos estudios recientes proveen un análisis detallado de las elecciones que confrontaron los pueblos indígenas, los descendientes de africanos y los de antepasados mixtos, y las conexiones de esos grupos con los eventos macro. [10] Los resultados a primera vista parecen presentar extrañas contradicciones —por ejemplo, los indios alguna vez conquistados que se ganaron el respeto de los españoles por su continua lealtad, así como los criollos de antepasados españoles generaban sólo desprecio peninsular por su rebelión. Una clave de la lealtad defensiva en Santa Marta fue el apoyo que las élites locales recibieron de los indios rurales que entendían que el apoyo al Rey era la manera de mantener sus privilegios bajo el sistema imperial reinante. Los indios caquetíos de Coro en Venezuela del mismo modo apoyaron a los españoles como forma de preservar su status como “libres”, garantizado por un acuerdo diplomático con España en 1527. Otro estudio explora las distintas lealtades entre los negros. Curiosamente, los arribos de esclavos más recientes desde África tendían a apoyar al monarca español, mientras que los negros libres y esclavos de padres americanos afiliados a fraternidades religiosas o gremios de artesanos con frecuencia apoyaron al bando “patriota”. La lógica de la fidelidad de los subalternos revela que la lealtad en Hispanoamérica fue construida más sobre la base de las necesidades y aspiraciones pragmáticas locales más que sobre la de un espectro ideológico más amplio defendiendo los principios abstractos de la libertad. [11]

Estas observaciones demuestran que el realismo hispanoamericano conlleva el potencial para convertirse en campo de estudios históricos mejor desarrollado, del mismo modo que ya ocurre del lado británico americano con los “Loyalists” de la Revolución americana. [12] Las posibilidades de investigación son infinitas. Los estudios recientes sobre la volatilidad política, la religión, la ideología realista y la subalternidad mencionados aquí son la punta del iceberg. Aforando de lo que estas investigaciones y otras anteriores han develado a la fecha, la lucha por la independencia puede no haber sido tan tranquilizadoramente transparente como alguna vez se supuso.

Detalle de Denis Auguste Marie Raffet, "Memorable y decisiva batalla de Ayacucho en el Perú" (1926).


Referencias:
[*] René Silva nació en La Habana (Cuba) y pasó su primera niñez en la isla. Exiliado con su familia, creció en el nordeste de los Estados Unidos. Graduado en Comunicación en la Universidad Seton Hall (1977), magíster en Historia por la Univ. Internacional de Florida (2011), próximamente doctorado en Historia Atlántica en la misma Universidad; es profesor asistente e investigador en la misma alta casa de estudios.
[1] Por ejemplo, para fines del siglo dieciocho lo que hoy son Ecuador, Venezuela y Panamá eran todos parte del Virreinato de Nueva Granada; los países de la moderna Centroamérica estaban bajo el eje de la Capitanía General de Guatemala; mientras que Uruguay, Paraguay y la mayor parte de Bolivia estaban dentro del Virreinato del Río de la Plata.
 [2] Estudios excepcionales sobre este grupo son más numerosos para Perú que tal vez para cualquier otro país latinoamericano e incluyen: Daniel Valcárcel, “Fidelismo y separatismo en el Perú”, Revista de Historia de América nº 37-38 (I-XII/1954): pp. 133-162; Armando Nieto Vélez, Contribución a la historia del fidelismo del Perú, 1808-1810 (Lima: Instituto Riva Agüero, 1960); Raúl Palacios Rodríguez, “Notas sobre ‘fidelismo’ en la Minerva Peruana”, Boletín del Instituto Riva Agüero nº 8 (1969): pp. 757-806; Waldemar Espinoza Soriano y Luis Daniel Morán Ramos, Reformistas, fidelistas y contrarrevolucionarios: Prensa, poder y discurso político en Lima durante las Cortes de Cádiz 1810-1814: Tesis doctoral (Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2008); César Félix Sánchez Martínez,  “Dispuestos a esgrimir nuestras espadas con los aleves enemigos: la reacción realista en el sur del Perú 1814-1825”, Ahora Información nº 104 (Madrid: 2010).
[3] La investigación reciente ha identificado conflictos violentos que continuaron más allá de la “grand finale” históricamente aceptado. Por ejemplo, el ensayo de Heraclio Bonilla sobre los indios de Iquicha en Indios, negros y mestizos en la independencia (Bogotá: Planeta / Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Ciencias Humanas, 2010).
[4] El proceso en Chile al Oeste de los Andres no sigue en este patrón.
[5] Haroldo Calvo Stevenson y Adolfo Meisel Roca (Ed.), Cartagena de Indias en la independencia (Cartagena: Banco de la República, 2011).
[6] Fray Eugenio Torres Torres (Ed.), Dominicos insurgentes y realistas, de México al Río de La Plata (México: Porrúa Miguel Ángel, SA, 2011).
[7] Para una selección de textos de ensayos específicos de esta colección y otras obras referenciadas aquí, ver René J. Silva y Victor Uribe-Urán, “Spanish American Royalism in the Age of Revolution”, Latin American Research Review vol. 49 No. 1 (2014), pp. 271-281.
[8] Scott Eastman, Preaching Spanish Nationalism Across the Atlantic, 1759-1823 (Baton Rouge: Louisiana University Press, 2012).
[9] José Antonio Escudero, Cortes y Constitución de Cádiz: 200 Años (Madrid: Espasa, 2011), 3 volúmenes.
[10] Heraclio Bonilla (Ed.), Indios, negros y mestizos en la independencia (Bogotá: Planeta, 2010); Jairo Gutiérrez Ramos, Los indios de Pasto contra la república, 1809-1824 (Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2007).
[11] Ver nota 7.
[12] Ver René J. Silva, “Loyal and Royal: A Comparative Analysis of Adherents to the Crown during the American Revolution and the Spanish American Wars of Independence”, inédito (2013).

lunes, 13 de junio de 2016

Regimiento de Infantería de Burgos 1er Batallón

Oficial del 1er Batallón en uniforme usado en la campaña de Chile

Este regimiento fue creado en España en 1794. Terminada la guerra contra las fuerzas de Napoleón fue ordenada su marcha a Ultramar.

En mayo de 1815 fue dividido en dos Batallones. En 1817 estaba al mando del General José de Canterac y fué destinado al reforzar el Ejérico del Virreynato del Perú. El segundo batallón embarcó el 1 de abril de 1817 al mando del Teniente Coronel Agustín O'Termín debiendo llegar a Perú por vía de Costa Firme mientras que el primer batallón lo haría el 2 de mayo desde Cádiz por la ruta de Cabo de Hornos. El segundo batallón nunca llegaría a destino ya que el General Pablo Morillo lo retuvo para cubrir su falta de tropas.

Participó en la campaña de Chile y en Perú.

Para la campaña de Chile el 1er Batallon vistió casaca azul con solapa encarnada, cuello y botas enteadas, chupa y pantalón blanco.

Fuente: J. Luqui Lagleyze, Los Realistas (Madrid: Quirón, 1998).

lunes, 6 de junio de 2016

Escolta de Caballería del Virrey del Perú


Esta unidad fue creada en 1557 y junto al cuerpo de infantería de Alabarderos constituían la guardia personal del Virrey del Perú. Dotado con una fuerza de 147plazas, esta se redujo en 1784 a 35 plazas siendo 1 oficial y 34 soldados.

El General San Martín la disuelve en el año 1821 al hacerse cargo del gobierno del Perú pero se mantiene en el ejército realista al servicio de La Serna tras haber este abandonado Lima como figura en las Guías de Forasteros de Madrid de los años posteriores.

En 1824 se uniformaban de dolmanes verdes con cuello y botas de piel negra galonado de trencilla amarilla y pantalones blancos. 

Fuente: J. Luqui Lagleyze, Los Realistas (Madrid: Quirón, 1998). 



lunes, 30 de mayo de 2016

Un dominico chileno y realista: J. M. de la Torre (1777-1840)

Hace contraste, sin embargo, con la literatura revolucionaria, la prosa que empleó un periódico aparecido para defender los intereses del Rey de España durante los días amargos de la reconquista española [de Chile, después de Rancagua].

Nos referimos a la Gaceta del Rey, que dirigió el Padre dominico Fray José María de La Torre, nacido en Santiago el año 1777 y fallecido en la misma ciudad en 1840. Cuando Osorio, que fué un hombre culto y con ínfulas de letrado, abolió, durante la reconquista, diversas instituciones creadas por los patriotas, comprendió con un gesto lleno de claridad de visión que, para los propósitos sustentados por España, era necesario conservar la imprenta y aprovechar bien sus servicios en pro de la causa del Rey.

Los patriotas, antes de abandonar a Santiago, después del desastre de Rancagua, destruyeron la imprenta existente en la capital.

Con los restos tipográficos salvados de esta ruina, Osorio hizo publicar la Gaceta del Rey, que encomendó a la dirección sagaz e inteligente del Padre La Torre. Con licencia del Obispo Rodríguez Zorrilla, este religioso se hizo cargo de la publicación del citado periódico. 

Cuando salió la Gaceta del Rey, su director hacía las siguientes observaciones sobre los deberes del periodista:
«Su espíritu aún debe ser más agitado; pues él ha de discurrir acerca de toda clase de materias; ha de desengañar sin exasperar; ha de lidiar con todo un público, a quien es casi imposible contentar; ha de combatir con energía las opiniones sediciosas; ha de procurar unir y pacificar los ánimos disidentes; ha de pelear con la pluma por su rey, y con ella conquistarle multitud de corazones; ha de conciliar la verdad con los intereses de la política; ha de tener mucha lectura e instrucción en varias lenguas, tanto para traducir gacetas, como para otros empeños; ha de ser honrado, sigiloso, y de prudente cautela; ha de tener imaginación viva, estilo culto, pluma expedita, y en suma, debe ser tal que merezca la confianza del gobierno.»
El primer número de la citada publicación, cuyo redactor revela, a juzgar por las ideas citadas, una mentalidad amplia para su época y un espíritu cultivado, salió a luz el Jueves 17 de Noviembre de 1814, es decir, pocos días después de la entrada de los realistas a la capital con motivo de su triunfo en la batalla de Rancagua.

Comprendiendo el Padre La Torre que, para las ideas realistas, la mujer era an elemento útil y poderoso, les dirigió las siguientes frases, amables y cordiales y destinadas a penetrar en su psicología: 
«Chilenas, añadid la docilidad y la dulzura a los demás atractivos que os hacen tan apreciables. No se diga que la seducción os halló fáciles y el desengaño tenaces. No tenga más poder y más influencia en vuestro tierno corazón, la inconsideración, la rapacidad, la desenvoltura, que el honor, el juicio y la prudencia. Devoto llama la Iglesia a vuestro sexo; no lo desmintáis dando a entender que aprobáis las rapiñas, los sacrilegios, la descarada irreligión, si defendéis apasionadamente a sus autores. No ensuciéis vuestros bellos corales, invectivando con fiereza contra los amadores de la paz y de vuestros verdaderos intereses. Cesen del todo y para siempre las tertulias mordaces, las sediciosas canciones que pueden seros muy nocivas.»
Así el Padre de La Torre ganaba voluntades para la causa realista. Su acción habilidosa y tesonera, su conocimiento del carácter chileno, y su maravilloso espíritu de adaptación, hicieron de este escritor uno de los elementos de más valer de aquel tiempo. 

El postrer número de la Gaceta del Rey salió a luz el 21 de Enero de 1817. El triunfo definitivo de los patriotas, después de la jornada de Chacabuco y de Maipo, acabó con esta publicación que defendía la reacción colonial y en cuyas columnas se ostentó una prosa muy superior a la que exhibieron los escritores patriotas.  

Justo es reconocer ahora, cuando la distancia que nos aparta de esa época hace ver con imparcialidad a los hombres y las cosas de entonces, que el Padre de La Torre superó en ingenio literario, estilo y conocimientos a la mayor parte de sus contemporáneos, aún a Camilo Henríquez, padre del periodismo nacional. 

Ricardo A. Latcham, "La Literatura y la vida intelectual chilena después de la Independencia", en Escalpelo (1925).



lunes, 23 de mayo de 2016

"Los defensores del Rey"


"...Más de algún realista, seguramente, lucha con la convicción de que, tarde o temprano, será la suya una causa perdida.

"Pero combaten como lo hicieron siempre los españoles: con valor y con nobleza; se defienden como leones; acorralados, aún quieren los últimos, con una obstinación de poseídos, guardar por las antiguas selvas de Arauco la bandera del Rey, entre indios y bandoleros."

Fernando Campos Harriet*, Los defensores del Rey,
 est. prelim. de Jaime Eyzaguirre (Santiago: Edit. A. Bello, 2ª ed., 1976)

Portada de la 2ª edición.
Fernando Campos Harriet (1910-2003). Estudió Derecho en la Universidad de Concepción, egresando en 1932. Fue profesor en su alma máter y en la Universidad de Chile. Su Historia Constitucional de Chile es aún hoy (después de siete reediciones) el libro de texto obligado para todos los estudiantes de Derecho. En el campo historiográfico propiamente dicho, fue el gran investigador del mal llamado "periódo colonial", de Chile en general y de Concepción en particular; saliendo de su pluma numerosísimos ensayos originales. Fue miembro de número de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, del Instituto de Chile, de la Academia Chilena de la Historia, de la Sociedad de Bibliófilos Chilenos, del Instituto O'Higginiano y de la Sociedad de Historia de Concepción, de la que fue presidente. Además fue honrado como miembro correspondiente del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano y de la Real Academia de la Historia. Era Caballero de Honor y Devoción de la Soberana y Militar Orden de Malta. Asimismo era infanzón de Illescas. En 1988 fue galardonado con el Premio Nacional de Historia. En 1989 fue declarado Hijo Ilustre de la Ciudad de Concepción.
 

viernes, 20 de mayo de 2016

"Quito fue España: Historia del realismo criollo"

Con profunda alegría comunicamos la aparición del nuevo libro de nuestro colaborador ecuatoriano Francisco Núñez Del Arco Proaño: Quito fue España: Historia del Realismo Criollo.

El mismo será presentado el día 9 de junio de 2016 en Quito en lugar a designar. Contará con la digna presencia de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón.

Para mayor información, la página en Facebook que lo anuncia.



«La liberación de las espaldas de indígenas por la introducción de bestias, bien merecen, como el asno, más estatuas que tantos de nuestros libertadores.»
—José Vasconcelos

¿La Independencia liberó a los pueblos de sus opresores? ¿Cómo explicarse que la llamada Guerra de Independencia haya durado más de 15 años en la América del Sur? ¿Cómo explicarse que nuestra región, la llamada en nuestros días América Latina, sea la más involucionada del mundo tan sólo después de África? ¿Cuáles son las causas de todo esto?

Es en el período que ha sido denominado como de «Independencia», cuando se conforman ex-novo los actuales estados-nación de la América Hispana o, mejor dicho, de la España americana, por la sola acción de un puñado de oligarcas, sedientos de mayores esferas de poder y de riqueza de las que ya gozaban, orquestados bajo la dirección del conocido principio divide et impera de la política colonial británica, es decir, bajo los intereses de división y dominación inglesa de nuestro continente, donde podemos encontrar las respuestas para las dolencias que nos aquejan hasta el día de hoy. La acumulación agropecuaria en el sector primario, el estancamiento en una fase agraria de nuestros países y sociedades, de nuestras economías, impidiendo la normal evolución hacia los sectores secundario y terciario de la cadena productiva, o sea, la nunca realizada revolución industrial, y la ausencia de significativos desarrollos político-culturales y, por extensión científico-técnicos, se explican con facilidad tomando como punto de referencia el período de la «independencia» y lo que ocurrió en las inmediatas décadas posteriores, producto exclusivo de esta etapa.

Que la Independencia o las independencias hayan liberado a los pueblos de sus opresores es una falacia absoluta que no sostiene el rigor histórico más elemental. Dicha falacia oficialista se sustenta a través del elenco de mentiras impuestas verticalmente por una mitología artificial cocinada ad hoc que sirvió entonces y sirve aún hoy para legitimar la existencia de las bananeras repúblicas americanas, instrumento político cuya razón de ser consiste única y exclusivamente en facilitar inmunidad plena a la explotación del colonialismo financiero internacional.

¿Quiénes eran y son los opresores y cuáles los oprimidos?
Una evidencia fácilmente constatable de lo sucedido es que la Guerra de la Independencia en América del Sur se extendió por más de 15 años, casi el triple del tiempo que duró la Segunda Guerra Mundial, y eso tomando en consideración la tenacidad del soldado alemán y la incomparable capacidad industrial del continente europeo. ¿Cómo y por qué se extendió entonces tanto un conflicto donde supuestamente la inmensa mayoría de la población nativa: criollos, mestizos, indios, negros, mulatos... se posicionaron ab initio y sin fricciones a favor de la independencia? ¿Cómo se entiende que cerca de 20.000.000 de abnegados patriotas americanos necesitaran tantos años para doblegar a menos de 50.000 peninsulares de toda condición -hombres, mujeres y niños- residentes en la América? En el censo mexicano de 1827 aparecen catalogados 7.148 españoles peninsulares dentro de una población de más de 6.000.000 de habitantes nativos. ¿Alguien en su sano juicio puede creer que seis millones de personas precisarán más de 15 años de luchas fratricidas para reducir a un núcleo de 7.000, del que siendo generosos quizás sólo una cuarta parte son hombres en edad militar?

Analicemos otra evidencia. Las últimas guerrillas realistas en rendirse fueron: 1839, capitulación de las guerrillas realistas indias del Perú; 1845, rendición y exterminio de las guerrillas negras, pardas y mulatas dirigidas por un indio en Venezuela; 1861, derrota de los últimos reductos realistas de Sudamérica en la región india de Araucanía al sur de Chile -nunca incorporada a la Monarquía Hispánica, curiosamente-. Es más que notable que los últimos reductos realistas hayan sido sostenidos precisamente por integrantes de los grupos étnicos que, supuestamente, más quisieron liberarse del «saqueo» sufrido durante trescientos años.

No podemos dejar de entender, haciendo aquí nuestras las palabras del embajador nicaragüense, Augusto Zamora Rodríguez: «Para las poblaciones indígenas la independencia fue una auténtica tragedia, porque guste o no, las Leyes de Indias desarrollaron un primer sistema de derechos humanos en que a estos pueblos se le reconocieron territorios, idiomas, derechos a vivir bajo sus culturas y hasta los evangelizadores tenían que aprender las lenguas de estos pueblos. Todo eso fue desbaratado por las oligarquías que tomaron el poder. Al destruirse esas leyes, los indígenas quedaron desamparados y los terratenientes se lanzaron sobre sus tierras, antes protegidas por la corona. Ahora, en América latina, encontramos una gran paradoja: los pueblos indígenas andan buscando las cédulas reales que les reconocían sus territorios. Esta es la demostración más palpable de que las Leyes de Indias fueron un sistema mejor para los indígenas que lo que vino después de la independencia. Por otra parte, las oligarquías, profundamente reaccionarias, establecieron un sistema de estado en el que la riqueza era todo para ellos y nada para los pobres. Ese es el origen de la desigualdad que hoy tenemos en Latinoamérica.»

No hace falta ser demasiado perspicaz para arribar al origen del argumento expuesto ut supra por Augusto Zamora Rodriguez, a saber: auto-odio. Auto-odio cual herramienta de dominio psicológico, sentimiento de inutilidad y ruina que lleva al inmovilismo cuando no al suicidio de nuestros pueblos. En la moderna guerra psicológica el campo de batalla es la mente del enemigo. Leyendo el tratado de Freud la estrategia de dominación parece ser de una simplicidad pasmosa.

Nacemos y nos enseñan a odiarnos, a odiar lo que somos biológica, psíquica y espiritualmente, a odiar nuestra identidad, a odiar al padre biológico, cultural y arquetípico por «violador» y a odiar a la madre mítica por «ofrecida», por haberse «dejado violar», por no haber sido lo suficientemente orgullosa -egocéntrica- y «heroica» para preferir la muerte al coito -supremo acto de amor- con el conquistador hispano; y así, como no puede ser de otra manera, a odiar al hermano.

El gran trauma de la vida nacional ecuatoriana es el odio, el resentimiento y la fijación con la figura del padre, desde la mitificada y mitificadora independencia que se constituyó en una revuelta en contra de la imagen paterna simbolizada y representada por la Monarquía, dejando vacío después ese espacio en el inconsciente colectivo, dejando un país huérfano; hasta nuestro momento actual donde los destinos del país están en manos de un hombre profundamente marcado por la relación de conflicto con su padre, también huérfano.

Llama poderosamente la atención que si bien la sociedad ecuatoriana es profundamente matriarcal –con las debidas excepciones-, nótese, por ejemplo, las diferencias entre la celebración del Día de la Madre con el Día del Padre; esta sociedad produce hombres dependientes de esa relación con el matriarcado –mamitis aguda, de quienes remplazan a su madre por su esposa- y de profundo rechazo al padre, que termina dando la pauta para su comportamiento social y público. Imponiéndose así, implícitamente, una moral femenina al hombre. Hasta para insultar se lo hace con una de las denominaciones vulgares del aparato reproductor masculino: «¡Esto o aquello vale verga!» Nadie dice: «¡Esto o aquello vale vagina!» Yo por mi parte no insulto al pene, al pene hispánico dador de nuestra propia existencia. Pienso que la mayor responsabilidad de esto es justamente la de los padres que no han hecho valer su presencia como corresponde.

La educación formal nos martillea poco a poco con sus ingeniosas mentiras, nos moldea con relatos de héroes que nunca lo fueron, de abusos que nunca sucedieron, nos conduce de una libertad adulterada, nos habla una igualdad quimérica, y de una hermandad desgajada cual tela podrida.

Nuestra historia oficial, difundida mediante la educación formal actúa a modo de estructura al servicio del poder con objeto de confundir y dividir a propósito a los ecuatorianos, facilitando su control mental y sometimiento psicológico. La futilidad de la historiografía oficial contiene contradicciones insalvables que avergüenzan a quien las conoce; contradicciones de tal calibre que no pueden excusarse por ignorancia, deben ser calificadas directamente o bien de esquizofrénicas o bien de mal intencionadas, cuando no de ambas. ¿Cómo entender que dentro del mismo libro en el capítulo primero los Incas pasan de ser genocidas y brutales invasores que someten al épico y rebelde pueblo caranqui quitu-cara, verdadero núcleo de la nacionalidad moderna ecuatoriana en episodios como Yahuarcocha cerca de 1520 y, que en el capítulo segundo, esos mismos Incas en 1534 sean heroicos resistentes a la invasión colonial española, entregando su vida por el núcleo de la nacionalidad moderna –concepto eurocéntrico inexistente entonces- a la cual anteriormente habían arrasado? ¿O cómo explicar a continuación que los libertadores son en 1822 padres de la patria, colosos y redentores nacionales a los cuales debemos ad infinitum eterna gratitud, sin quienes seguiríamos en el oscurantismo y la explotación colonial... cuando pocos años más tarde (1830) esos mismos libertadores serán militaristas extranjeros, tiránicos usurpadores de la soberanía nacional, causantes de la postración de la república? ¿Cómo asumir que la «abnegada generosidad del apoyo británico a la Independencia» se transforme casi de inmediato en dominación económica a través de la Deuda Externa Inglesa o cómo se puede leer el relato de la «independencia» bajo un prisma puramente local latinoamericano -guerra de liberación- dejando de lado la actuación determinante de las mayores potencias rectoras del orden internacional de la época orbitando siempre sobre nuestro destino continental? No, estas contradicciones no son producto del azar o de la casualidad, son el resultado del interesado criterio de quienes escribieron la historia en beneficio propio y perjuicio de todos los demás.

Ya sueltos en el mundo, surgen las corazas para defenderse de los dos primeros rasguños, y así lo bio-político-socio-histórico se extrapola a lo personal-familiar primero, y a lo común (social) después. Desde los complejos, se produce la admiración y la fascinación por el otro, sea en lo individual como en lo colectivo (el vecino tiene más y mejores cosas/el primer mundo anglosajón es mejor). La más fuerte y engañosa de esas corazas es el ego, el ego del mí –esto es mío- que suprime al Yo -Yo soy-; el ego del que merezco que los demás odien, mientan (la mentira como modus vivendi) y sufran como yo; sufran como yo al no aceptarme como lo que soy. Entonces, los vicios ajenos se adoptan como virtudes propias: orgullo (ego), vanidad, envidia (lujuria por entretenimiento), superficialidad, pasión (deseo), pasión por la ganancia y por el poder (deseo de poseer personas y cosas), estupidez (prejuicio), agresión (odio), la circunspección calculadora, el fanatismo por el trabajo, el respeto a las convenciones y a las imposiciones sociales. En resumen, máscaras que no permiten avanzar ni a la personalidad ni al conjunto.

Se enfrentan el ser contra el tener. No se escucha: «YO SOY», se adolece del «YO TENGO». El desarrollo de la personalidad se produce tomando en consideración aquello que se posee y no aquello que se es. Ergo se evita el desarrollo de la personalidad buscando la estabilidad material. Ya que se busca desarrollar la personalidad a través de lo que se posee materialmente, a través de una estrategia de proyección mediante el objeto. Objeto que realiza la función de tótem, icono simbólico al que la colectividad atribuye ciertos poderes mágicos. El equilibrio psicológico se ha alcanzado entonces al vestir unos pantalones, al calzar unos zapatos o conducir un auto de una marca determinada... todos ellos íconos mediáticos identificados con la idea de éxito social. Es así como se doma al hombre: con baratijas, espejitos y chucherías. El Dr. Pavlov lo describe muy bien en sus estudios sobre la doma de los perros pues a fin de cuentas el hombre que reniega de su libertad deviene en perro de otro y es dominado por la misma estructura de aprendizaje que nos descubrió el médico ruso del siglo pasado.

La psicopatología sería, en lugar de la historia, la disciplina que más propiamente debería investigar lo que acontece con aquellos individuos presos del auto-odio.

El hispanoamericano en sentido amplio, ya sea éste criollo, mestizo o indio reniega sus raíces. Quisiera ser inglés o estadounidense o francés o suizo o lo que sea con tal de no ser él mismo, cualquier cosa le va bien con tal de no ser español o indio.

Sin embargo, cuando le conviene el criollo hispanoamericano trata de hacerse pasar por indio cuando no lo es, como un medio cómodo y fácil de tratar de explicar y cortar la dependencia, tanto en lo que se refiere a Europa como a Estados Unidos. El indigenismo es una forma de facilismo ideológico.

Siempre revestirá mayor comodidad asumir la posición alienante de la víctima, echándoles la culpa a hombres de hace quinientos de años de nuestros males presentes; mejor esconder la cabeza en un mar de fantasías antes que asumir la responsabilidad del momento actual como beneficiarios de la herencia bio-psico-histórica que nos es propia y nos define en tanto que grupo humano diferenciado con respecto de otras culturas. Sin embargo, cada uno es arquitecto de su propio destino. De nosotros depende el seguir viviendo permanentemente engañados y engañándonos, sin querer asumir nuestra realidad. En lo que a mí concierne tengo muy claro que por fin ha llegado la hora de decir: ¡Basta! Ese es y no otro el motivo que impulsa mi voluntad al redactar estas modestas líneas. El despertar la conciencia dormida, aletargada de nuestro pueblo, a través del revisionismo histórico de la guerra de «Independencia». Alcanzar la libertad, una libertad plena de lacras e imperfecciones. Una libertad fundamentada en la verdad, pues no puede haber libertad edificada sobre la mentira al ser necesariamente una libertad falsa, desvirtuada e imperfecta. Con cuánta razón reza la Biblia aquello de: «La verdad os hará libres.»

La Monarquía Universal Hispánica al ser una creación humana distaba mucho de ser un sistema perfecto. Allí donde está el hombre aparece el error, ahora bien, la misma reconoció su falibilidad y se fundó sobre bases de realismo socio-político, aspecto que permitió un nexo común cuya coherencia y estabilidad perduró a través del tiempo. Notable es el contraste con las repúblicas que la continuaron, mantenidas endeblemente en sucesión infinita de ilusorias constituciones escritas en papel higiénico, guerras civiles, revoluciones de cuarto de hora, golpes de Estado y fraudes electorales.

Canonizados cuando no directamente sacralizados, los llamados «libertadores» constituyen a todas luces una nueva religión. Autores de la ignominia desastrosa denominada «independencia», no se contempla su crítica o estudio, la más mínima disidencia intelectual o falta de afección al régimen republicano está penada con el peor de los castigos. Sólo es permisible tolerar la idolatría y el culto por parte de la oligarquía académica establecida, sustentadora cual correa de transmisión de la oligarquía socio-política-económica verdadera beneficiaria de los réditos del discurso políticamente correcto. Es entonces, la antes citada oligarquía académica, dueña o usufructuaria de escuelas, colegios, universidades e instituciones educativas y culturales, públicas y privadas, quien impone su visión unilateral, totalitaria y dogmática de los hechos históricos a diestra y siniestra. La misma oligarquía que borró a la Monarquía Universal Hispánica de sus registros después de la Independencia, que sólo enseña de la Conquista y la Independencia, ad usum Delphini; pero se engulle de tres siglos de historia conjunta entre América y Europa. Construye cárceles mentales donde se obliga a reverenciar a ídolos con pies de barro en beneficio propio, pretendiendo ejercer una moderna inquisición a modo de policía orwelliana del pensamiento para vigilar y aún castigar las «herejías» y «traiciones» de quienes se atreven a pensar, a investigar y a buscar la verdad por sí mismos,debido a que afectan a su andamiaje engañoso y a la estructura de expoliación, fraude y estafa ideológica, establecida y mantenida sin pausa desde hace dos siglos en nuestro país y, por extensión, en todo el continente.

¿Cómo, entonces, se ha escrito hasta ahora sobre la independencia de Quito? Pues, a base de corrección política, liberalismo político, marxismo clásico y cultural, fetichismo constitucional kelseniano, relativismo conceptual y semántico, anacronismos ideológicos y chauvinistas típicos -ni hablar de los jurídico-políticos, V.g. la visión lineal de su interpretación-, como llamar colonias a los territorios de las Indias, o llamar ecuatorianos a personas que nacieron y murieron antes de que el Ecuador siquiera existiera. Repitiendo las fórmulas clásicas de los historiadores patrioteros, citando refritos como de costumbre (casi queriendo citar al Terruño). Publicando los mismos documentos de siempre. Desconociendo de historia social, de relaciones internacionales, de geopolítica, de historias de las ideas, de historia social, así como de genealogía y nobiliaria. Y, por supuesto, repitiendo con el lirismo acostumbrado hasta el cansancio que Quito era más independentista que la independencia y más libertario que la libertad… Queriendo incinerar en la neo-inquisición democrática lo que no comulga con la pretendida lógica retorcida de las ideas bolivarianas-alfaristas-liberales-neoizquierdistas (así de largo, contradictorio y absurdo es este pensamiento, consecuente nada más con el proceso de decadencia moderno). En una frase: los mismos perros con distintos collares. Lo ha dicho Pablo Andrés Brborich refiriéndose a la severidad de la verdad: «Qué mayor seriedad que la verdad.»

Latinoamérica, que no la América Hispánica, es invulnerable al desaliento. No importa cuántas veces fracase nuestro sistema político republicano basado en irrealidades desde hace dos siglos, lo seguimos intentando. Aunque no se concrete y no se vea posibilidades de concretarse ineludiblemente, siempre deberá realizarse a futuro, aun cuando nos hayamos dado con la misma piedra en los dientes diez mil veces. Una bella ucronía, casi tan bella como la del socialismo soviético que nunca llega a concretarse, pero que como género literario es envidiable. Nosotros los latinoamericanos –que no los hispanoamericanos- conocemos el mejor sistema de gobierno que jamás se haya querido experimentar, aunque siempre quede en experimento. El hecho de que hasta ahora no se haya llevado a cabo, es la más patente prueba de que se lo llevará más adelante y así hasta la eternidad. Hoy no hay república, mañana sí. ¡Volvamos mañana, pues!

La epopeya realista criolla americana con sus tintes terribles, con sus ribetes desoladores, con sus luces enceguecedoras y sus sombras pasmosas; con los cientos de miles de muertos, de masacrados, de fusilados, de azotados y humillados públicamente, de condenados al ostracismo sin regreso, muriendo lejos de sus lares, separados para siempre de sus familias y los suyos, despojados de sus bienes, perseguidos hasta la infamia; muestran que esta tierra, que esta América, parió hombres y mujeres bien paridos a la altura de los principios universales imperecederos por los que dieron y antepusieron todo, hasta su último aliento, hasta su propia vida.

Ahora que sentimos que no podemos seguir más debido a que toda nuestra esperanza se ha ido. Ahora que nuestras vidas se han llenado de confusión, cuando la felicidad es sólo una ilusión, mientras el mundo a nuestro alrededor está desmoronado; ahora que todo está patas arriba; ahora cuando los doctores destruyen la salud, los abogados destruyen la justicia, las universidades destruyen el conocimiento, los gobiernos destruyen la libertad, los medios destruye la información y las religiones destruyen la espiritualidad; ahora cuando ya no tenemos en qué asirnos, cuando todavía nos encontramos en pie en medio de las ruinas, esos muertos, nuestros muertos, esos coterráneos nuestros, nos extienden la mano desde la eternidad para reconfortarnos, para mandarnos, para decirnos que su hermosa tragedia nos brinda la esperanza de volver a encontrarnos, de volver a ser nosotros mismos.

Para como dijera ese gigante mexicano, Octavio Paz, ante otra España desangrada más de un siglo después:

«Su recuerdo no me abandona. Quien ha visto la Esperanza, no la olvida. La busca bajo todos los cielos y entre todos los hombres. Y sueña que un día va a encontrarla de nuevo, no sabe dónde, acaso entre los suyos. En cada hombre late la posibilidad de ser o más exactamente, de volver a ser otro hombre.»