miércoles, 20 de julio de 2016

Los Azcuénaga realistas

Hablar de los Azcuénaga es hablar de lo que algunos historiadores denominan "clan Azcuénaga - Santa Coloma - Basavilbaso", quizá el grupo económico más poderoso de Buenos Aires al momento de la Revolución de Mayo de 1810.

El vizcaíno Vicente de Azcuénaga e Iturbe, nacido en 1706 y comerciante, pasa al Río de la Plata cuando tenía poco más de 40 años. Aquí se asocia con el vasco, más joven que él, Francisco Ignacio de Ugarte. Quizás, a través de este gran comerciante porteño, llega a asociarse con el poderoso Domingo de Basavilbaso.

El bilbaíno Basavilbaso había llegado a Montevideo con tan sólo 18 años para ayudar a un tío suyo en el comercio. Cuando su pariente regresó a la Península, dueño de una decente fortuna, Basavilbaso quedó a cargo y logró desarrollar una exitosa carrera. Pasa a la capital del Virreinato, casa con una criolla y accede así a la vida pública, primero como alcalde ordinario de 1º voto del Cabildo, después síndico y, finalmente, regidor. Se hizo cargo del correo de Buenos Aires con Potosí y Lima, y, eventualmente, se creará para él el cargo de administrador del Correo Marítimo, puesto desde que afianzará su fortuna privada. En 1771 se retiró, dejando sus cargos a su hijo Manuel. Falleció cuatro años después.

Vicente Azcuénaga sellará su alianza con el matrimonio con María Rosa de Basavilbaso Urtubia en 1752, con quien tendrá varios hijos. Miguel, José Bruno, Vicente y Domingo entre los varones. De sus hijas, se recuerda a Flora, que casará con Gaspar de Santa Coloma, y Ana, desposada por el virrey don Antonio Olaguer y Feliú.

Santa Coloma era bastante más joven que Azcuénaga y Basavilbaso, pero aportó un importante podería económico al clan. Por motivos nunca aclarados del todo, este alavés que tenía acceso a la Corte, debió escapar de un día para el otro y recaló en Buenos Aires en 1768. Aquí se dedicó al comercio con bastante éxito y, tras relacionarse familiarmente con los Azcuénaga-Basavilbaso en 1781, se integró a la poderosa empresa.

La notable obra historiográfica Buenos Aires colonial de Enrique de Gandía está basado en las numerosas notas, cartas y diarios de este minucioso comerciante, quien, además, se convertiría en patriarca del clan y protector de jóvenes notables. Alojó en su casa, entre sus numerosos sobrinos, a Martín de Álzaga, un joven vasco (que apenas hablaba un poco de castellano), venido a los 12 años en un buque mercante propiedad de su tío. Santa Coloma percibió en él a su heredero, y lo cobijó bajo su ala durante largos diez años que terminaron con la independencia de éste; cosa que don Gaspar lamentó, pero no tomó a mal.

Tras la Revolución de Mayo de 1810, Santa Coloma fue perseguido, lo mismo que su antiguo protegido Álzaga, perdiendo gran parte de su riqueza en sucesivas oportunidades a manos del gobierno revolucionario, pero, aunque acusado de conspirar contra el Triunvirato como éste, salvó la vida. Falleció a comienzos de 1815, dejando el resto de su fortuna a su único hijo Francisco, casado con su prima Rosa Pascuala de Azcuénaga Núñez.

De los hijos de Vicente Azcuénaga, criados por su cuñado Santa Coloma, se destacaron dos: Miguel y Domingo de Azcuénaga y Basavilbaso. El primero es bastante conocido, el "prócer" de la historia argentina, militar y cabildeante, vocal de la Junta después de la Revolución de Mayo, morenista y directorial, fallecido siendo legislador en Buenos Aires. 




Domingo de Azcuénaga, por su parte, se graduó de abogado en Lima y ejerció en Buenos Aires. Pero parece que su vocación tenía más que ver con la literatura, siendo poeta fecundo y el "primer fabulista argentino". Apoyó a su hermano Miguel y se sumó entusiasta a la Revolución de Mayo.

Sin embargo, desde 1790, Domingo estaba casado con Clara Núñez y Chavarría, hija del notario del cabildo Pedro Núñez Alonso y de Isabel de Chavarría del Castillo (o Echavarría). A pesar de que su marido apoyaba el movimiento revolucionario, Clara era una leal vasalla del Rey. Ayudó a ocultar en su casa de Buenos Aires a más de 100 oficiales y soldados realistas, muchos de ellos fugados del campo de concentración de Las Bruscas, y los asiste para que escaparan a Montevideo, entonces último baluarte de la lealtad. Dueña de un sentido del humor muy particular, en una ocasión, Clara invitó a su casa a una reunión a alvearistas, rodriguistas, patriotas, realistas y portugueses, en un momento de extraña fraternidad. Así se supo de su papel encubriendo realistas, pero no fue molestada. 

Doña Clara colaboró con su hijo, el alférez José Benito de Azcuénaga, también realista, a cruzar a Montevideo. También su hija María Norberta Azcuénaga, casada con el coruñés Francisco Reguera Pérez, capitán veterano de las Invasiones Inglesas y ex secretario de Liniers, era notoriamente adicta a la causa del Rey.

Nacido en 1793, José Benito de Azcuénaga, hijo de Domingo Lino y de Clara Isabel, siendo un jovencísimo cadete del Fijo de Buenos Aires, participó con heroísmo en las Invasiones Inglesas. Pero, tras la Revolución de Mayo, asistido por su madre pasó a la ciudad de Montevideo. 

Siendo alférez, Jacinto de Romarate le encargó la defensa de la isla de Martín García en 1814, ante las incursiones de la flota anglo-argentina del corsario William Brown. Con sólo 70 hombres, la mayoría de ellos vecinos de la isla, y un cañón de 8 lb. (y dos navales de 6 lb., desembarcados más tarde), Azuénaga será un hueso duro de roer. 

La escuadra de Brown estaba integrada por la fragata “Hércules” (de Eliah Smith), la corbeta “Céfiro” (Zephyr, de James King), el bergantín “Nancy” (de Richard Leech), la goleta “Juliet” (de Benjamin Franklin Seaver), la goleta “Fortuna” (de John Nelson), el falucho “San Luis” (de John Handel) y la balandra “Carmen” (de Samuel Spiro). Frente a ellos, resistía la flotilla realista, dirigida por Romarate y compuesta por los bergantines “Belén” (de Ignacio Reguera), “Nuestra Señora de Aránzazu” y “San Julián de Gálvez” (de Pascual de Cañizo), las balandras “Americana” (de Ignacio Flores) y “Murciana”, las cañoneras de río “Perla”, “Lima” (de José Ignacio de Sierra) y “San Ramón”, y un lanchón a remo. 

Romarate consiguió rechazar el ataque anglo-porteño el primer día, quienes tuvieron numerosas bajas, incluyendo a los “patriotas” Benjamin Seaver, Eliah Smith, Martin de Jaume, Robert Stacy, Edward Price, Richard Brook, William Russell y Peter Brown, y entre los heridos a Thomas Richard, James Stone, Henry Harris, Elsey Miller y Anthony O’Donnell. En la segunda jornada, la fragata “Hércules”, destrozada el día anterior, logró escapar de la varadura y retirarse. Erróneamente, Romarate esperaba los refuerzos de Primo de Rivera que jamás llegaron.

Tres días después, Brown regresó con una estratagema: mientras simulaba un ataque naval para alejar a la flotilla realista, hizo desembarcar 240 hombres en Martín García. Tras el desembarco, el avance sobre la plaza iniciado a las 4 a.m. fue detectado y al subir el cerro para acceder al puerto recibieron el fuego de las fuerzas realistas. En el momento en que la defensa se apercibió del ataque, la flota de Brown inició un cañoneo como distracción desde el oeste sobre la escuadra realista. El ataque, efectuado bajo el fuego enemigo y a la carrera por camino fragoso y ascendente, se detuvo brevemente. En ese momento crítico se ordenó al pífano y al tambor tocar la marcha del Ejército Británico "Saint Patrick’s Day in the Morning". Los defensores martinenses se vieron sobrepasados y se rindieron tras veinte minutos de combate, con lo que el Tte. Jones de la “Céfiro” capturó la batería volante, volteó los cañones contra los navíos realistas e izó las insignias de Brown, poniendo fin al combate. 

Muchos de los defensores, al igual que la mayoría de los pobladores, pudieron refugiarse en los barcos y escapar a Montevideo, sólo algunos fueron copados en una balandra que no tuvo tiempo de huir pese a la protección de los fuegos de la escuadra: "En ella se encontraron algunos soldados enemigos los que hicieron una dura resistencia hasta que fueron pasados a degüello", dice el parte del "patriota" Pedro Oroná, del 18 de marzo. 

Por su heroico comportamiento en la resistencia de Martín García, el joven Azcuénaga fue ascendido a Teniente de los Reales Ejércitos. Prisionero en la rendición de Montevideo, tras su liberación se radicó en la Península Ibérica, abandonando para siempre el Río de la Plata natal. Luego se pierden los detalles de su vida. Lo vemos como "capitán en comisión de los Lanceros destinados a América" en 1816, aunque no llegó a cruzar el Atlántico. Falleció siendo Teniente Coronel de los Reales Ejércitos el 15 de julio de 1843.